jueves, 28 de diciembre de 2006

Mucho menos debemos subsidiar lo dudoso

Si el arte es bueno, no necesita subsidios. Y si es malo, o cuando menos de dudosa calidad, subsidiarlo es criminal.


Dejamos ayer la discusión entre Bastiat y Lamartine en donde el primero deshace los alegatos del segundo, mostrando que si en efecto el arte – digamos, el teatro en París a mediados del siglo XIX- es provechoso y genera no sólo empleos, sino que engrandece a la nación que lo cultiva e ilustra a sus habitantes, no requiere subsidios del Estado porque por sí solo, sin estorbosas intervenciones de la burocracia gubernamental, florecerá y prosperará.

No cabe duda que Bastiat y Lamartine discutían no sólo de una manera civilizada, sino inteligente. El economista, con prudencia, no se metía a calificar la calidad del arte para el que Lamartine pedía cuantiosos fondos públicos; daba por sentado, con una gran generosidad, que tal arte era “bueno”. Por su parte, el intelectual no incurría en groseros chantajes amenazando con trastornar la vida cívica de Francia si no se cumplían sus deseos. Por desgracia, en eso hemos retrocedido.

El acertado razonamiento de Bastiat se funda en la constatación de una ley invariable, formulada por Santo Tomás de Aquino: “El bien es difusivo de suyo”. No necesitamos subsidiar lo que es bueno, porque lo bueno se defiende por sí mismo sometido al juicio del público en su día y, más importante, al juicio de la historia, que vendría a ser el mismo juicio popular decantado por la experiencia; experiencia que lo mismo arroja desengaños que hallazgos insospechados.

¿Qué sucede cuando se nos dice que el arte requiere del subsidio de fondos públicos porque en la práctica no logra florecer sin tales ayudas? Sucede, entonces, que el promotor de tales subsidios y los políticos que lo secundan incurren en una arrogancia inadmisible que ofende al público. Sucede, entonces, que erigiéndose en jueces supremos de la belleza y de la bondad, pretenden recetarle a la gente – a la fuerza – lo que ellos consideran digno de encomio, aunque la gente lo desprecie o lo vea con indiferencia soberana.

Esos tales se comportan del mismo modo que cualquier sátrapa que pretende obligar al pueblo a “ser bueno” a su pesar, imponiéndole, por la propaganda oficial o mediante la coacción, tales o cuales cosmovisiones y prejuicios. Lo hizo Hitler, lo hizo Stalin, lo hace el régimen castrista en Cuba, lo hizo Mussolini, lo hace cualquier dictadorzuelo callejero engreído con el delirio de que él, y sólo él, sabe lo que es bueno para todos los demás.

Si no hemos de subsidiar lo bueno, que se defiende solo. ¿Por qué demonios deberíamos subsidiar lo malo o lo que es incapaz de imponer, por su propia naturaleza, el imperio de su bondad?

No es lo mismo la obra de Víctor Hugo, el auténtico, que se defiende sola y sigue dando frutos, que las obritas mediocres de algunos Víctor Hugo menores y locales, carentes de talento para subyugar al espectador.

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