jueves, 28 de diciembre de 2006

¿Se debe subsidiar lo bueno?

Otra vez lo que se ve y lo que no se ve. Se nos dice que se deben destinar recursos públicos a la producción del arte, ya que ello es bueno para el espíritu y genera además muchos empleos, para escritores, traductores, actores, cineastas, peluqueros, músicos, camarógrafos y otros técnicos. ¿Y lo que no se ve?, ¿lo que deja de hacerse por gastar ese dinero público?


La discusión es mucho más vieja de lo que se cree. Y desde antiguo ha sido resuelta, en el plano de las razones y los argumentos, en contra de los subsidios a "lo bueno".

Un prestigiado intelectual francés, a quien identificaremos – por ahora- como "L", argumentó a favor de los subsidios públicos a la producción de obras teatrales en su país diciendo que la cuestión económica del asunto se resume en una palabra: Empleos. "Se trata – decía- de empleos tan productivos como cualesquiera otros. Los teatros, como ustedes saben, aportan los salarios de no menos de ocho mil trabajadores de todo tipo: pintores, albañiles, decoradores, encargados del vestuario, arquitectos, que son la vida y la industria de muchos de los barrios de esta capital, y ellos claman por recibir el apoyo de vuestras simpatías".

Un economista contemporáneo, a quien llamaremos "B", le contestaba al intelectual: "¿Recibir mis simpatías o mis subsidios?".

Terminaba su perorata el intelectual diciendo, más o menos, que esos miles de trabajadores encargados de llevar diversión y cultura a cientos de miles de franceses, no sólo en Paris, sino en las provincias, necesitaban proveer las necesidades de sus familias y tener una vida digna. Es a ellos, remataba, "a quienes estaremos dando esos sesenta mil francos (del presupuesto público) que hoy se discuten".

Aplausos de la, asamblea, y gritos entusiastas: "¡Muy bien!".

Respondía el economista: "¡Muy mal!". Y explicaba: "Esos 60 mil francos es lo que se ve. Pero de dónde saldrá ese dinero, a quién se le quitará y en qué dejará de gastarse, es lo que no se ve". El punto central es que cualquier gasto público significa impedir que ese dinero sea gastado por las personas o las familias en lo que mejor les parezca. Significa un gasto privado que dejará de hacerse. ¿Quién será tan arrogante para dictaminar que es mejor gastar ese dinero en una obra de teatro que en unos zapatos o en una reparación de plomería en un hogar pobre o en una frazada para protegerse del frío?, ¿quién será tan arrogante para decir que el autor de una comedia teatral es superior al zapatero, al plomero, al hilandero o al fabricante de ropa?

El intelectual de la historia se llamaba Alphonse Marie Louise de Lamartine. El economista Frederic Bastiat. La discusión tuvo lugar en la asamblea francesa alrededor de 1848.

Si hacer obras de teatro es tan fértil y productivo como fabricar zapatos, reparar cañerías o confeccionar ropa – como, en efecto, debe serlo- muy bien puede florecer esa manifestación del arte y la cultura sin necesidad de subsidios.

4 Comentarios:

Blogger J.S. Zolliker dijo...

Y eso, sin considerar sus mafias culturales, sus "becas" y demás... que como bien dices, lo que no se ve, es que podrían ser gastados en otras cosas mucho más importantes para el país, y dejar que la cultura, se venda sola. Un abrazo y feliz año!

diciembre 28, 2006  
Blogger Ricardo Medina Macías dijo...

José: Gracias por tu comentario. Felicidades atrasadas por la Navidad y adelantadas por el año nuevo, un abrazo.

diciembre 28, 2006  
Anonymous Anónimo dijo...

Y que ocurre con las externailidades postivas. En ese caso el mercado tampoco "ve" su existencia y entonces las autoridades deben aplicar subsidios que disminuyan los errores que produce el mercado. Y así, se me ocurre que el arte (en varias de sus formas) es una actividad que genera externailidades positivas (o ganancias que los privados no puede explotar) al mismo tiempo que se produce en una cantidad sub óptima. ¿Es entonces necesario subsidiar el arte? Creo que si, es más, debería poder llegar a todos y especialmente a aquellas personas que no pueden acceder a él, a las clases más bajas que es donde mayores son las externailidades positivas, pero menores son los incestivos de los privados para entregarles este tipo de servicios.

Saludos

diciembre 29, 2006  
Blogger Ricardo Medina Macías dijo...

A veces somos un poquito arrogantes (sólo un poquito). ¿Cómo está eso de que a veces el mercado no "ve" las externalidades positivas? Vamos por partes: El mercado no es otra cosa que las personas, nosotros mismos, la sumatoria de voluntades eligiendo y renunciando (al elegir). Si el mercado, la gente, no ve las externalidades positivas, ¿por qué otros - gobiernos, legisladores, economistas sabihondos- sí las vemos y sabemos que merecen ser subsidiadas?, ¿no suena un poquito arrogante esta presunción de sabiduría y pre-visión?, ¿somos la "humana providencia" detectando externalidades negativas que castigar con un impuesto y externalidades positivas que premiar con su subsidio, que los demás, pobrecitos ignorantes, no ven? Hace unos días me enfrasqué en la provechosa discusón acerca de los impuestos pigouvianos. Lo hice para satirizar, con poca fortuna me temo, los argumentos de los productores de refrescos en contra de un impuesto especial, resaltando las muy conocidas externalidades negativas - daños a la salud- que causa el consumo excesivo de esas bebidas azucaradas y carbonatadas. Muchos lectores me hiciero ver que detrás de muchos, si es que no todos, los impuestos al pecado o impuestos pigouvianos, había la típica arrogancia de quien, desde el gobierno o desde la academia, quiere dicatrle a la gente lo que debe hacer y lo que no debe hacer y quiere hacer felices a los demás, aún a su pesar. Digo que la discusión fue provechosa, porque esas críticas me hicieron caer en la cuenta de que yo mismo estaba cayendo en tal arrogancia providencialista. Gracias a la discusión, rectifiqué -al menos en mi fuero interno- y decidí que, salvo algún caso especial y susceptible de discutirse muy cuidadosamente, los impuestos pigouvianos NO son recomendables. Siendo simétricos, no me queda sino oponerme también a estos subsidios a lo bueno; para lo cual, Bastiat, genial como siempre, me aporta desde la historia el argumento decisivo: Si el arte es bueno, no requiere subisidios para difundirse; si es malo, sería criminal gastar el dinero público en fomentarlo. Como no podemos saber, y la historia de la cultura y del arte está plagada de ejemplos, si los presuntos astros de la cultura y del arte de hoy serán mañana olvidables y deleznables, o si, por el contrario, los despreciados de hoy llegarán a ser hitos en la historia del arte y de la culura, ¿por qué no dejamos a la gente decidir, según su leal saber y entender? Después de todo, ser artista o intelectual no es necesariamente algo más bueno o útil socialmente que ser plomero o conductor de un taxi, ¿o sí?

diciembre 29, 2006  

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