miércoles, 13 de julio de 2005

El rock de los pobres (V y último)

Ricardo Medina Macías
La clave para salir de la pobreza está en los incrementos de la productividad. Cada vez que un país, una empresa, una familia, una persona, logra producir más con menos avanza en la senda del crecimiento sostenido y del bienestar.
Para cerrar esta serie sobre las “ayudas” a los países pobres y a los grupos vulnerables financiadas con recursos públicos, me tomo el atrevimiento de retomar parte de lo que publiqué hace un año sobre uno de los más efectivos avances productivos del siglo XX que, descubierto en un país paupérrimo como Bangla Desh, ha salvado millones de vidas y ha hecho un poco más habitable este mundo convulso: La terapia de rehidratación oral (ORT por su siglas en inglés).
“Es un invento que ha salvado millones de vidas. No se realizó en un costoso laboratorio de un país desarrollado, sino en Bangla Desh, en medio de la miseria y la marginación. Cuesta cien veces menos (50 centavos de dólar por paciente contra 50 dólares por paciente) y es notoriamente más eficaz que la terapia que antes solía utilizarse.
“En México se le conoce como ‘suero oral’ e internacionalmente como terapia de rehidratación oral (ORT por sus siglas en inglés) y consiste en azúcar y sal disueltas en agua purificada. Es de una sencillez pasmosa. Pero para su invención fue necesario aplicar rigurosos conocimientos científicos.
“Conocimiento clave: Lo que suele matar a los niños con enfermedades gastrointestinales agudas es la rápida pérdida de sales en el organismo, sales indispensables para el buen funcionamiento de las células.
“En términos de bienestar lo que ha aportado al mundo en desarrollo la tecnología del suero oral es incalculable. Es tecnología porque son conocimientos científicos aplicados a la solución de problemas”.
Pero el llamado “suero oral” no es sólo tecnología y conocimiento aplicados al bienestar, es productividad: Hacemos más (bien) con menos (recursos) y lo hacemos mejor (que antes o que otros). Los avances productivos – que a veces parecen tan sencillos como organizar de una nueva forma creativa los factores que intervienen en la producción de algún bien o en la prestación de algún servicio, como hizo Wal Mart revolucionando las cadenas que van del productor al último consumidor en un supermercado- hacen mucho más por el desarrollo de los países pobres que millones de dólares en “ayudas” que acaban en manos de burócratas o de políticos venales.
Sin embargo, tales avances en la productividad suelen encontrar formidables resistencias porque atentan contra los intereses de cazadores de rentas ya establecidos. Por ejemplo, un monopolio puede ganar millones de dólares simplemente logrando que los políticos locales pongan barreras de entrada a un avance tecnológico. El correlato de esas utilidades fabulosas es que se la da otra vuelta de tuerca al atraso y que se cierran miles de oportunidades de bienestar para decenas de miles de familias.
Como una triste paradoja no sería extraño que el dueño del monopolio – en este ejemplo totalmente hipotético – fuese un mecenas que dona unos cuantos de los millones de sus ganancias (fruto de la improductividad deliberada) para ayudar a los países pobres o a tal grupo vulnerable de la población.

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