martes, 20 de noviembre de 2007

Educación: Dos modelos opuestos

Juan Carlos de Borbón fue objeto de una educación esmerada a cargo de algunos de los hombres más sabios de España. Hugo Chávez obtuvo la mayor parte de sus rudimentos en cuarteles más o menos sórdidos, donde aprendió a admirar a personajes como el militar y dictador peruano Juan Velasco Alvarado.

En esto de callarse, como muestra provechosa del dominio de sí, Juan Carlos de Borbón tuvo un prolongado aprendizaje. La educación de Juan Carlos estuvo a cargo de algunos de los hombres más sabios de España y fue resultado de un difícil compromiso entre los deseos de su padre, don Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII, y monárquico liberal si los ha habido, y los proyectos de continuidad que para su régimen autoritario concibió Francisco Franco.

Desde el exilio, y odiado por Franco, don Juan cuidó decididamente que su hijo no tuviese como tutores a burócratas incondicionales del dictador, sino a personajes de intachable solvencia intelectual y moral, especialistas en historia, en derecho, en ciencia política, en economía. Franco debió ceder, persuadido tal vez porque veía que su propia corte de sujetos grises no destacaba por lúcida, sino por aduladora y sumisa.

El proverbial silencio de Juan Carlos dio pábulo para que los despistados conjeturasen que tenía pocas luces y escaso talento. Error. El silencio, que Juan Carlos aprendió a sopesar hasta el escrúpulo gracias a sus maestros, le rindió provechosos frutos y fue abono para una feliz transición de España a la democracia.

El rey también aprendió cómo poner un alto a personajes de cuartel, atrabiliarios, como el teniente coronel Antonio Tejero, el mamarracho – otro de la especie de Hugo Chávez- que intentó el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981.

A Chávez nadie le enseñó a callar y dominarse. Poco y malo lo que habrá aprendido en los cuarteles. A eso suma, ahora, la tutoría de una famosa divulgadora marxista de los años setenta y ochenta del siglo pasado, Martha Harnecker, chilena, cuyo tosco manual de materialismo dialéctico, de ínfima calidad, fue catecismo impuesto en esos años a miles de universitarios latinoamericanos. Hoy es la amanuense de Chávez; trata, sin resultados, de dar coherencia a las largas peroratas del palurdo y le dispensa rudimentos de su marxismo barato, trasnochado y esquemático; simplista hasta el ridículo.

Dos modelos educativos opuestos, cuyos respectivos frutos están a la vista.

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jueves, 15 de noviembre de 2007

El rey y el mamarracho: Lecciones gramaticales

Quien quiera que conozca un poco la sintaxis del idioma español estará de acuerdo conmigo en que la pregunta del rey de España – dirigida al mamarracho- fue precisa y pertinente.

La exclamación interrogativa del rey Juan Carlos I – “¿por qué no te callas?”- dirigida a Hugo Chávez fue precisa. El rey preguntó lo que quería preguntar, tuvo la cortesía de interrogar al verboso de forma directa, no con circunloquios de falsa modestia y significado oscuro. Un típico político mexicano habría usado la oración dubitativa, deliberadamente ambigua: “¿Podría callarse?”, pluscuamperfecto en modo subjuntivo que, en este caso, tiene además el riesgo del equívoco, dada la igual declinación del verbo en español para la segunda (usted) y para la tercera personas (él) del singular (la única forma de evitar tal ambigüedad es hacer explícito el pronombre personal: “¿Podría usted callarse?”; de ahí que también sea un acierto gramatical, amén de político, haberse dirigido en términos de igualdad – de tú, como decimos coloquialmente- al parlanchín: “¿Podrías callarte?”, al menos deja en claro a quién se hace la pregunta).

Otro acierto de esa oración interrogativa es el uso del verbo callar como intransitivo. El monarca no preguntó a la audiencia en general si acaso Chávez podría ser callado (participio pasivo), sino que interrogó al locuaz acerca de la causa de su incapacidad para guardar silencio cuando no le correspondía hablar. Esto es muy importante: El rey apeló, respetuoso de la libertad de cada cual, a la capacidad de su interlocutor para dominarse a sí mismo, para ser señor de su ánimo.

Chávez ha confesado, sin rubor, que no escuchó la pregunta del rey. Esa es la mejor respuesta a la interrogante real: Chávez no se calla – nótese otra vez el verbo intransitivo: el efecto de la acción debe recaer sobre el mismo actor que voluntariamente la ejerce- porque no puede: a la verborrea insustancial se suma, como suele suceder, la sordera. Ambos síndromes provienen de la misma enfermedad: Narcisismo incontrolable. El adicto al habla desenfrenada ha perdido no sólo la capacidad de escuchar, sino el dominio de sí cada vez que cae, con frecuencia creciente, en las garras de su adicción.

“¿Podrá (él) callarse?” (Futuro de indicativo). Ya lo sabemos: No podrá porque ha perdido el dominio de sí. ¿Y así, quien no es capaz de gobernarse pretende gobernar a los demás?

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