miércoles, 18 de marzo de 2009

El juego del obstruccionista

Ejemplo uno: Los miembros del Sindicato Mexicano de Electricistas bloquean varias calles del centro de la ciudad de México y se apoderan de la plaza central para celebrar un mitin. Causan incontables molestias a turistas, comerciantes, empleados y habitantes de la zona. ¿Acaso creen los miembros del SME que molestando a todas esas personas harán que éstas salgan corriendo a exigirle al Presidente, al secretario del Trabajo o al director de la empresa que cedan a las demandas del SME para que, a su vez, los del SME hagan el favor de dejarlos de fastidiar?. No, lo que han hecho los del SME es una demostración de fuerza, una intimidación ante el interlocutor que les interesa (el gobierno), confiados en que los medios de comunicación serán eficaces para hacerle llegar al interesado su exigencia: un aumento salarial exorbitante o tal vez una garantía de impunidad.

¿Qué papel jugamos los efectivamente perjudicados? El de víctimas impotentes de un “efecto externo negativo” (externalidad negativa, en la jerga de los economistas) producto, a su vez, de un esquema perverso de negociación que privilegia la fuerza (o la exhibición de fuerza) por encima de la discusión racional.

Ejemplo dos: El país A incumple un acuerdo especifico en un tratado bilateral de comercio que hizo con el país B; en respuesta, el gobierno de B decreta una represalia para encarecer la importación, por consumidores del mismo país B, de algunas mercancías procedentes de A.

Los perjudicados (los consumidores de B que tendrán que pagar más por las importaciones procedentes de A o que tendrán que prescindir de ellas) sólo son víctimas impotentes de un “efecto externo negativo” producto de la incapacidad política de A y de B para ponerse de acuerdo mediante una discusión racional.

¿Cuál es el peor de los escenarios? Que la represalia del gobierno del país B ni siquiera logre perturbar al gobierno del país A porque la economía del país B es 20 o 50 veces más pequeña que la economía del país A; por lo tanto, el arsenal de A es 20 o 50 veces más eficaz, para dañar, si es que de eso se trata, que el arsenal de B.

Lo del SME es detestable, pero les funciona como demostración de fuerza. Lo del ejemplo – hipotético, por supuesto- de la represalia comercial del gobierno del país B es patético, tontería pura.

Las víctimas no cuentan en ninguno de los dos casos, desde luego.

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martes, 17 de marzo de 2009

Las banderitas patrioteras salen caras

Las guerritas comerciales demostraron ser, a lo largo del siglo XX, una pésima ocurrencia.

La hoy legendaria gran depresión de los años 30 del siglo pasado se hizo más profunda y prolongada por culpa del proteccionismo comercial iniciado por el gobierno de Herbert Hoover en Estados Unidos; la ley Smooth-Hawley en 1930, que elevó unilateralmente los aranceles. Proteccionismo imitado por muchos otros países, en un intercambio de represalias comerciales.

Las acciones más eficaces y eficientes en contra de la depresión mundial – y, por tanto, a favor del bienestar- las llevó a cabo, a contracorriente dentro del gobierno de Franklin D. Roosevelt, el Secretario de Estado, Cordell Hull, (Premio Nobel de la Paz, 1945), con la ayuda de Francis B. Sayre, subsecretario de Estado, al apostar por la liberalización del comercio mundial.

Cito el juicio que hizo el historiador Arthur M. Schlesinger Jr., acerca de la gran aportación de Hull y Sayre para que el mundo recobrase la senda del crecimiento económico: “Con tranquila intensidad, Hull y Sayre resucitaron la visión de una civilización que comerciara libremente, la enfrentaron a la imagen del control totalitario y prepararon de este modo los cimientos de un esfuerzo adicional para la liberación del comercio mundial en las décadas de 1940 y 1950”.

Desde 1918, Hull fue un decidido partidario del libre comercio y enemigo de las represalias comerciales y de la discriminación; llamaba a los aranceles “la raíz de todos los males” y decía: “Las guerras comerciales no son sino los gérmenes de las verdaderas guerras”. Las dos grandes guerras mundiales comprobaron, por desgracia, que Hull tenía razón.

Los promotores de represalias comerciales son como promotores de caras y deformadas banderitas nacionales: tocan a la puerta de los ciudadanos, o los abordan en la calle, obsequiando sus banderitas y excitando sentimientos de revancha y envidia, pero jamás advierten a sus compatriotas que las banderitas se pagarán muy caras, mediante precios más elevados, mercancías de menor calidad, promoción de los monopolios, escasez y empobrecimiento.

Si los ciudadanos pudiésemos elegir los cursos de acción de las políticas públicas (como dicen los románticos que pasa en las democracias) deberíamos ser informados de los costos detrás de las decisiones de los gobiernos y, entonces, como en los mercados en competencia, deberíamos decidir en consecuencia. No es así, entre otras razones porque el costo de estar bien informado parece muy elevado. Así, disfrutamos la ignorancia hasta que los costos de las políticas públicas erradas nos pasan la factura.

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