lunes, 6 de julio de 2009

Ahora, a trabajar

Bueno, terminó el trance electoral. Los resultados, como dejó entrever el Presidente desde anoche, hacen más necesario que nunca negociar inteligentemente con el ganador de la contienda - en términos de diputaciones federales- que es el PRI, la ronda de reformas estructurales que le urgen al país.
No sólo se trata de la reforma fiscal, sino de reformas tal vez más decisivas para el futuro del país, en términos de productividad (que es la clave para crecer a tasas más altas una vez superada la recesión global), que se deben hacer ya:
* Flexibilizar la legislación laboral
* Garantizar, ya, una mayor competencia en telecomunicaciones
* Fomentar una mayor competencia en transportes (incluido el transporte aéreo)
* Abrir a la inversión, y a la competencia en beneficio de los consumidores, el sector energético, especialmente: energía eléctrica.
* Fortalecer de veras a la Comisión Federal de Competencia para que combata con mayor eficacia las prácticas monopolísticas.
* Abrir a la inversión extranjera sectores que, absurdamente, se encuentran protegidos en perjuicio de los consumidores, como el de telefonía local, el de medios de comunicación electrónica, el transporte aéreo local ("cielos abiertos"), y varios más.
* Emprender una reducción inmediata y significativa de los aranceles a las importaciones y abolir otras barreras no arancelarias al comercio.
* Encabezar en el mundo la cruzada a favor del libre comercio (revivir la ronda de Doha) y en contra del proteccionismo.
¿Usted qué opina?

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miércoles, 25 de marzo de 2009

¿Y si fundamos “Proteccionistas Anónimos”?

En una semana, el 2 de abril, será la nueva reunión del G-20, que agrupa a 19 países tanto desarrollados como en desarrollo, más la Unión Europea como conjunto con un sitio adicional rotatorio.

En la reunión anterior celebrada en Estados Unidos en noviembre de 2008, los jefes de Estado y/o de gobierno de todos los países presentes manifestaron su repudio al proteccionismo comercial, recordaron sensatamente que las medidas proteccionistas durante la década de los 30 del siglo pasado profundizaron, prolongaron y diseminaron la Gran Depresión en todo el orbe, prometieron hacer su mejor esfuerzo (como si fueran jugadores de un seleccionado nacional antes de un partido decisivo) para reanimar una agonizante Ronda de Doha y nada más les faltó ponerse la mano en la corazón – “cross my heart”- o besar cada cual la cruz formada por los dedos pulgar e índice de su mano derecha – “se los juro, por ésta”-, para proclamarse como los paladines del libre comercio.

Pues ¿qué creen?, a inicios de este mes 17 de los 20 ya habían incurrido en nuevas prácticas o medidas proteccionistas (desde subsidios a sus exportaciones hasta barreras arancelarias o no arancelarias a las importaciones, pasando por los consabidos intercambios de represalias comerciales; ejemplo: China prohíbe la importación de carne de cerdo irlandesa), según una investigación del Banco Mundial que detectó 47 importantes restricciones comerciales nuevas en el mundo surgidas entre el 15 de noviembre de 2008 y el primer día de marzo de 2009.

Mi cálculo es que para hoy, si bien nos va, sólo quedan dos, Australia y tal vez Sudáfrica, del grupo de los 20, que han honrado sus juramentos a favor del libre comercio. El resto parecen alcohólicos reincidentes tras una emotiva sesión catártica de promesas que serán incumplidas. Habrá que fundar el club P. A. (Proteccionistas Anónimos) y alguien deberá inventarse una guía de diez pasos para que estos hombres y mujeres – y sus burocracias – puedan controlar la enfermedad proteccionista, que es crónica, progresiva y mortal.

Los hay peores, de esos que parecen irredentos y cínicos (la Unión Europea como conjunto, Francia, Japón, China, Argentina, Rusia, Estados Unidos), los hay medio proteccionistas y hasta alguno habrá que, cansado de los constantes incumplimientos de su arrogante vecino, se acaba de unir al grupo.

Señoras y señores: el primer paso debería ser la confesión pública. Reconocer que son enfermos y que necesitan ayuda: “Hola, soy Barack y soy proteccionista…”, o algo así.

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martes, 17 de marzo de 2009

Las banderitas patrioteras salen caras

Las guerritas comerciales demostraron ser, a lo largo del siglo XX, una pésima ocurrencia.

La hoy legendaria gran depresión de los años 30 del siglo pasado se hizo más profunda y prolongada por culpa del proteccionismo comercial iniciado por el gobierno de Herbert Hoover en Estados Unidos; la ley Smooth-Hawley en 1930, que elevó unilateralmente los aranceles. Proteccionismo imitado por muchos otros países, en un intercambio de represalias comerciales.

Las acciones más eficaces y eficientes en contra de la depresión mundial – y, por tanto, a favor del bienestar- las llevó a cabo, a contracorriente dentro del gobierno de Franklin D. Roosevelt, el Secretario de Estado, Cordell Hull, (Premio Nobel de la Paz, 1945), con la ayuda de Francis B. Sayre, subsecretario de Estado, al apostar por la liberalización del comercio mundial.

Cito el juicio que hizo el historiador Arthur M. Schlesinger Jr., acerca de la gran aportación de Hull y Sayre para que el mundo recobrase la senda del crecimiento económico: “Con tranquila intensidad, Hull y Sayre resucitaron la visión de una civilización que comerciara libremente, la enfrentaron a la imagen del control totalitario y prepararon de este modo los cimientos de un esfuerzo adicional para la liberación del comercio mundial en las décadas de 1940 y 1950”.

Desde 1918, Hull fue un decidido partidario del libre comercio y enemigo de las represalias comerciales y de la discriminación; llamaba a los aranceles “la raíz de todos los males” y decía: “Las guerras comerciales no son sino los gérmenes de las verdaderas guerras”. Las dos grandes guerras mundiales comprobaron, por desgracia, que Hull tenía razón.

Los promotores de represalias comerciales son como promotores de caras y deformadas banderitas nacionales: tocan a la puerta de los ciudadanos, o los abordan en la calle, obsequiando sus banderitas y excitando sentimientos de revancha y envidia, pero jamás advierten a sus compatriotas que las banderitas se pagarán muy caras, mediante precios más elevados, mercancías de menor calidad, promoción de los monopolios, escasez y empobrecimiento.

Si los ciudadanos pudiésemos elegir los cursos de acción de las políticas públicas (como dicen los románticos que pasa en las democracias) deberíamos ser informados de los costos detrás de las decisiones de los gobiernos y, entonces, como en los mercados en competencia, deberíamos decidir en consecuencia. No es así, entre otras razones porque el costo de estar bien informado parece muy elevado. Así, disfrutamos la ignorancia hasta que los costos de las políticas públicas erradas nos pasan la factura.

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domingo, 8 de marzo de 2009

Entiende, Obama: La respuesta está fuera de casa

Estados Unidos no saldrá solo de esta crisis. Estados Unidos necesita ahorrar más, para lo cual necesita más clientes en el mundo; para lo cual, a su vez, necesita contar con más trabajadores jóvenes y productivos que produzcan más de lo que consuman. Ese excedente de población trabajadora que requiere no está en Estados Unidos, sino fuera de sus fronteras.

Estados Unidos tiene que abrir sus fronteras a esos inmigrantes jóvenes y calificados de todo el mundo y tiene que impulsar en serio el libre comercio mundial.

No hay manera de restaurar el precario equilibrio anterior: Estados Unidos como gran consumidor-deudor y las economías emergentes como grandes exportadores-acreedores.

La principal falla de todo lo que hasta ahora ha hecho Washington ante esta crisis es que se ha concentrado en la sala de urgencias, actuando espasmódicamente y con respuestas casuísticas, en lugar de diseñar respuestas duraderas. Y aún más grave: Como ha sucedido otras veces en su historia, Estados Unidos es víctima de sus inclinaciones aislacionistas.

El próximo 2 de abril, en Londres, será la próxima reunión del G-20 y el gobierno de Barack Obama no ha dado muestras de comprender la importancia crucial de que para esa fecha Estados Unidos asuma sin titubeos el liderazgo de una respuesta global a la crisis en dos vertientes : liberalización comercial y liberalización migratoria.

Pese a lo que leemos todos los días en los periódicos, el síntoma más grave de esta crisis es el acelerado encogimiento del comercio mundial. El pastel se ha reducido tal vez en más de un tercio de su tamaño y en términos netos el mundo es hoy mucho más pobre que en agosto pasado. Los episodios de turbulencia en los mercados y de grandes empresas quebradas son sólo manifestaciones ostentosas de un mal más profundo: Se ha roto el equilibrio global que generaba riqueza y la respuesta no es renunciar a la globalización, sino incrementarla: liberalizar en serio el comercio mundial y facilitar de veras los flujos migratorios de trabajadores calificados.

El gran pecado del gobierno de Estados Unidos en esta crisis (incluido de manera destacada el Congreso; que ha sido miope y mezquino) han sido sus respuestas egocéntricas. No se salvarán solos, pero sí pueden hundirnos a todos, como lo haría un gran oso torpe y ciego que no mide las consecuencias de sus movimientos atolondrados.

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martes, 25 de noviembre de 2008

Los obstruccionistas

Al igual que los grupos de presión que obstruyen el libre tránsito en calles y caminos los negociantes mexicanos - presuntos dirigentes de cúpulas empresariales- han hecho de los aranceles (obstrucciones al libre tránsito de mercancías) la fuente de sus rentas; márgenes exorbitantes de utilidad obtenidos del despojo a los consumidores.

Comedido, con gran timidez, el gobierno federal ha propuesto una reducción arancelaria en el contexto de la crisis global que nos aqueja. Es una propuesta en la dirección correcta, dado que el peor de los errores que podemos cometer es profundizar y agravar la recesión incurriendo en el proteccionismo.
El problema ha sido que, como es usual, el gobierno eligió como interlocutores para disminuir el proteccionismo comercial ¡al puñado de negociantes que obtienen sus rentas de los elevados aranceles!, en lugar de acudir a más de cien millones de consumidores que somos quienes los padecemos.
Es el mismo patrón de negociación que siguen las autoridades con quienes obstruyen una avenida o una carretera para defender algún interés particular (con gran frecuencia ilegítimo), desdeñando a la inmensa mayoría que es afectada por los obstruccionistas. Al obstruccionista se le ofrece dialogo, negociación, concesiones y hasta, metafóricamente, besos y arrumacos; a quienes padecemos el abuso de los obstruccionistas se nos ordena una dieta de ajo y agua: "a joderse y aguantarse".
De seguir ese camino la muy necesaria - ¡urgente!- reducción de aranceles terminará como otro parto de los montes: en el alumbramiento de un ratoncillo insignificante.
México ocupa el vergonzoso lugar 107 en el mundo – de una lista de 125 países- en términos de aranceles MFN (nación más favorecida), es decir: es, en los hechos, uno de los países más proteccionistas del planeta.
Engallados, los voceros de los obstruccionistas exigen que no se toquen sus territorios de caza: nos ven a los consumidores como piezas de su propiedad.
Un sueño: Los consumidores, por una vez al menos, deberíamos instalarnos a las puertas de la Secretaría de Economía (buena parte de las oficinas ya están tomadas, en la práctica, por los negociantes proteccionistas) para exigir sin dilaciones la reducción sustancial y acelerada de los aranceles.
¿De donde obtienen los obstruccionistas tantos recursos para cabildear y presionar a favor del sostenimiento de sus cotos de caza de rentas? Muy sencillo: De los excedentes de los que hemos sido despojados los consumidores, ¡gracias a la protección arancelaria!

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martes, 24 de junio de 2008

Alimentos, mercados y tonterías

El alza en los precios de los alimentos ha tenido un efecto secundario temible: Algunos comentaristas de asuntos económicos están sacando del desván de los recuerdos sus pésimos apuntes escolares de hace 30 años para "explicar" lo que no entienden.

Un colega de Guadalajara publicó la siguiente frase en su colaboración habitual del lunes pasado: "La cosa es tan bizarra que los grandes supermercados tienen más fuerza que la Sagarpa cuando se trata de definir lo que consumiremos los mexicanos". Es una frase que combina, con gran ahorro de palabras, la pésima gramática con la pésima economía y la pésima "ideología" reinantes en los años 70 del siglo pasado. Veamos:

Primero, el adjetivo bizarro significa en español "generoso, valiente, espléndido"; justo lo contrario de lo que quiso decir este colega, quien seguramente estaba pensando en francés (idioma en el que el adjetivo "bizarre" significa "extraño, extravagante" o incluso "absurdo") cuando escribió su columna.

Segundo, ¿de cuándo acá es tarea de la Sagarpa o del gobierno determinar lo que consumiremos los mexicanos? Aun en las épocas de la economía cerrada a piedra y lodo los consumidores en México consumían los alimentos que podían comprar, que había en el mercado y que se les daba la gana comer. ¿En dónde cree este colega que vivimos?, ¿en un monasterio?, ¿en un orfanato?

Tercero, tampoco los grandes supermercados determinan lo que comemos, lo elegimos nosotros de acuerdo con lo que hay en el mercado (donde hay más opciones que en el pasado, gracias a la apertura comercial).

La frase es la desafortunada conclusión de varios prejuicios ridículos: 1. El gobierno debe protegernos como críos y decidir por nosotros, 2. El libre comercio es malo porque es "neoliberal", 3. Los intereses de un puñado de productores incompetentes son más importantes que la libertad de los consumidores, 4. No existen las ventajas comparativas, ni las ventajas competitivas, 5. Si los islandeses quieren comer plátanos tendrán que cultivarlos en Islandia (en invernaderos) y les costarán una fortuna y si los mexicanos queremos comer ciruelas durante el invierno tendremos que cultivarlas en invernaderos, a un costo prohibitivo, pero jamás importarlas del hemisferio sur, porque perdemos "soberanía".

Ya veo al ingeniero Alberto Cárdenas, ordenando qué es lo que tenemos que comer. ¡Ni en una pesadilla, y a Dios gracias!

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lunes, 5 de mayo de 2008

Políticos alérgicos a los costos

La mayoría de los políticos detestan el liberalismo económico porque les recuerda la tremenda sentencia de Milton Friedman: "No hay comidas gratis". Así, especulan, nadie gana elecciones.


Tanto en los países desarrollados como en los países en vías de desarrollo, los gobiernos y los políticos en busca del éxito le están prestando más atención a los encuestadores y a los expertos en mercadotecnia política que a los economistas y a los especialistas serios y preparados.

En esa medida retrocede la productividad en el mundo. En esa medida, millones de seres humanos están pagando más por los alimentos al tiempo que escuchan ávidos a los políticos que prometen energéticos baratos, servicios de salud sin costo, pensiones inagotables y empleos de "Adelitos defensores de la soberanía" (modalidad que la izquierda mexicana ha ideado para reciclar la viejísima costumbre de cobrar en el gobierno sin trabajar, como lo describió Sergio Sarmiento hace poco).

Tomemos el caso de la liberalización comercial. Alan Greenspan ha escrito que si la gente no experimenta de primera mano – en su vida diaria - las ventajas de la libre competencia, tenderá a ponerse en manos del primer populista que le prometa erigir barreras al comercio y obstáculos a la migración. Si Miguel de la Madrid hubiese tenido que someter a referéndum la necesidad de abrir unilateralmente la cerradísima economía mexicana, todavía estaríamos hoy jugando a los contrabandistas aficionados, escondiendo en las maletas, como tesoro prohibido, una "iPod" después de una visita relámpago a Laredo.

El economista serio le dirá al político que la mejor forma de preservar los recursos - por ejemplo, el petróleo o el agua – es cobrarlos al precio que dictan la oferta y la demanda, pero el estratega político o el encuestador le dirán que cueste lo que cueste hay que evitar, por ejemplo, que suba el precio de la gasolina…no importa que para ello cada día se subsidien millones de pesos a los más ricos y que se fomente un desperdicio ruinoso.

Un dato: En los tres primeros meses de 2008 México importó 37.4% más litros de gasolina que un año antes. Un alza tal en la demanda sólo se explica por un precio de ganga. Así se quedó Argentina sin gas natural en 2003- 2004…, pero el matrimonio Kirchner se mantuvo en el poder…, arguye el encuestador.

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jueves, 3 de mayo de 2007

Compartir los frutos de la productividad

El libre comercio promueve la especialización de cada cual, de acuerdo con sus ventajas competitivas y comparativas. La especialización es el óptimo arreglo de los factores de producción disponibles en determinado momento y el resultado de ese arreglo óptimo – relativo, no absoluto- es la generación de valor que el intercambio disemina.

Algún buen amigo y economista me ha hecho notar, respecto del artículo de ayer, una imprecisión técnica que merece corregirse: Como tal el libre comercio no puede modificar el índice general de precios, sino tan sólo los precios relativos. Así es, la expresión correcta debió haber sido que el libre comercio además de disminuir los precios relativos (por ejemplo, del tomate respecto del maíz, sabiendo además que el primero se comercia libremente en tanto que el segundo está sujeto a restricciones comerciales) puede ocasionalmente incidir en el nivel general de precios cuando el intercambio de bienes trae aparejada una modificación en los factores de producción – productividad- que disemina sus beneficios en prácticamente toda la economía.

Hecha la aclaración, insisto en que frecuentemente desdeñamos el formidable potencial del comercio libre como generador de bienestar. Lastimosamente buena parte de los políticos en el mundo están desempolvando prédicas proteccionistas y mercantilistas a veces en busca de votos y más frecuentemente en busca de dinero: aportaciones de cazadores de rentas a quienes favorecen las restricciones a la libertad de comercio.

Tanto en Hispanoamérica, como en Estados Unidos, como en la Unión Europea, como en Japón – por mencionar los casos más conocidos- tales grupos son fáciles de identificar por su protagonismo propagandístico; productores agrícolas, fabricantes de ropa y textiles, siderúrgicas, empresas de transporte o de telecomunicaciones…

Lo que nos están robando tales políticos es invaluable. Nos están impidiendo la oportunidad de participar de los frutos de la productividad mundial. Cuando en México, por ejemplo, los transportistas de carga se quejan de que hay demasiados oferentes en el mercado y se rehúsan a competir con sus similares del extranjero, simple y llanamente nos están diciendo a los consumidores: “Me opongo a que te beneficies de las habilidades, del talento, de los conocimientos o de los esfuerzos de otros. Exijo que permanezcas atado a mi improductividad”.

Cuando los políticos promueven y hacen leyes que “protegen” a determinados productores o gremios elevan a decreto la pobreza y la improductividad.
Debemos ser masoquistas porque, además, les pagamos por hacerlo.

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jueves, 26 de abril de 2007

¿A quién beneficia la libre competencia?

Respuesta: A los consumidores más pobres. Veamos por qué.

Hay dos formas de combatir la pobreza: la ruinosa y la efectiva.

La forma ruinosa de combatir la pobreza: Impedir el funcionamiento de los precios en un mercado libre (lo que “mata” las ventajas relativas y absolutas) sea mediante uno o varios de estos mecanismos: Controles de precios, subsidios a los productores ineficientes, subsidios no discriminados al consumo (que benefician a los más ricos, que son quienes consumen más; verbigracia: tasa cero de IVA en alimentos), barreras a la entrada de más oferentes en el mercado (impedimentos a la inversión privada y extranjera; prohibiciones o aranceles elevados a la importación y otros), restricciones a la libre exportación (verbigracia: el gobierno argentino impide la exportación de carne dizque para bajar los precios internos; lo que conseguirá es desalentar la oferta y por tanto ¡elevar los precios!); sesgos fiscales o de regulación a favor de determinados productores o gremios.

La forma efectiva de combatir la pobreza es liberalizar la economía, permitiendo la libre entrada de cualquier oferente (libertad de inversión) y garantizando el libre acceso a cualquier demandante (libertad de comercio).

Los demagogos, que confunden el éxito competitivo con el abuso, dirán que esta segunda forma de combatir la pobreza (que no es otra cosa que generar bienestar) es “injusta” porque premia a los más eficientes, a los más talentosos y a los más productivos. Lo cual revela, de paso, que los demagogos, oficiosos “defensores de los pobres”, creen que sus “defendidos” son ineficientes, carentes de talento e improductivos. ¡Cuánto los quieren!

Sucede lo contrario: Los principales beneficiarios de la libre competencia son los más pobres, porque la libre competencia desparrama la productividad característica de los más competentes.

Dos ejemplos:

1. ¿En dónde cuesta más caro hoy un kilo de tortilla en México? En comunidades aisladas, remotas y pequeñas donde viven los más pobres de entre los pobres, ¿por qué?, porque ahí no hay supermercados (con precios muchos más bajos para la tortilla) y sólo hay uno o dos oferentes que se reparten el mercado. Nada los obliga a volverse competitivos (eficientes) y bajar sus precios.

2. Gracias al proteccionismo comercial de Brasil en materia de equipos de informática, para un brasileño es notoriamente más caro adquirir una computadora personal que para un mexicano, y probablemente la computadora del brasileño será de calidad inferior y de tecnología atrasada.

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martes, 27 de marzo de 2007

¡Hay que prohibir el suero oral!

Dos ejemplos de cómo funciona la lógica mercantilista a la que se adhieren cotidianamente multitud de gobiernos, políticos, sindicatos, periodistas, académicos y organizaciones no gubernamentales.

Imagine el lector que en un país pobre, como Bangladesh, se descubre una terapia de rehidratación oral que es cien veces más económica que la terapia usada hasta entonces: 50 centavos de dólar por paciente atendido contra 50 dólares por paciente atendido. Ahora imagine el lector que algunas poderosas compañías farmacéuticas en países desarrollados, que generan empleos y pagan millones de dólares de impuestos, poseen la patente de la terapia usual hasta entonces para atender la deshidratación – la de 50 dólares por paciente- y detectan que el descubrimiento del suero oral y su difusión en el mundo significará que su producto patentado desaparecerá del mercado y, con ello, cientos de empleos directos y miles de empleos indirectos, amén de la disminución de las utilidades, de la pérdida para los accionistas en bolsa y del menor pago de millonarios impuestos.
En la lógica mercantilista habría que prohibir el suero oral ¡para salvar empleos! En la lógica mercantilista son más importantes esos empleos (y las utilidades, y los impuestos pagados) que la vida de millones de niños que mueren de deshidratación – derivada de enfermedades gastrointestinales- en los países pobres. Por fortuna, en el caso del suero oral la lógica mercantilista fue derrotada.
Imagine ahora el lector que gracias a la investigación tecnológica, a innovaciones productivas y a condiciones inmejorables de suelo y clima – entre otros factores- Australia, Nueva Zelanda y Brasil pueden producir y vender azúcar a 12 centavos de dólar la libra puesta en cualquier puerto del mundo, mientras que en México el precio del azúcar es de 28 centavos de dólar la libra (precios aproximados vigentes en enero de 2007).
En la lógica mercantilista hay que impedir a toda costa que cien millones de consumidores mexicanos – país que tiene el segundo lugar mundial en consumo de azúcar por habitante- puedan adquirir ese edulcorante 57% más barato. ¡Hay que salvar empleos de cañeros, hay que salvar utilidades de los dueños de ingenios!, ¡salvar al campo es salvar a México!
Para que después nos digan que todos somos iguales. No, en la lógica mercantilista, como en la granja de Orwell, “unos son más iguales que otros”. Ya sabemos quiénes.
¿Progresistas?, ¿de izquierda? No me hagan reír.

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lunes, 26 de marzo de 2007

Apertura comercial agrícola: Hay que ir más lejos

Encuentro con un optimista en el Senado

En los meses previos a la aprobación, por el Senado mexicano, del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN) fui invitado a presentar una pequeña ponencia en el mismo Senado acerca de las previsibles consecuencias de la apertura comercial para los productores agrícolas, así como para los consumidores mexicanos de alimentos.
La ponencia se encaminó a desenmascarar el mito de la autosuficiencia en la producción de alimentos, no sólo como una meta inalcanzable sino como uno más de esos nocivos anzuelos que los políticos lanzan al ruedo para engatusar a los electores incautos, al tiempo que protegen a grupos minoritarios de presión que viven de todo el catálogo de subsidios, barreras comerciales, protecciones, créditos blandos (que suelen acabar en cartera incobrable de la banca de desarrollo, que a su vez se le carga a la cuenta de los contribuyentes) y demás “ayudas al campo” que se han inventado los gobiernos.
Fui escuchado con cortesía e indiferencia por los senadores y al terminar fui abordado por un hombre joven que elogió mi presentación, me solicitó una copia de la misma y me entregó su tarjeta. Era el director de una pequeña agroindustria en Guanajuato, dedicada a la producción de hortalizas. Me comentó que en su empresa esperaban ansiosos la aprobación del TLCAN ya que conjeturaban que ello les abriría los mercados de Estados Unidos y Canadá donde esperaban arrasar por calidad y por precio. La apertura significaría crecer aceleradamente para satisfacer a esos mercados, ávidos y con gran poder de compra, lo que a su vez generaría economías de escala en la producción de forma que - en un círculo virtuoso- se abatirían los costos de producción lo que se reflejaría en precios aún menores y en la conquista de porcentajes cada vez mayores del mercado. Nada nuevo: La vieja receta de la productividad estimulada por el libre comercio y que se traduce en mayor prosperidad para todos.
Me sorprendió el entusiasmo del pequeño empresario, toda vez que contrastaba con los sombríos augurios de muchos “expertos” y con las protestas vehementes de sindicatos y organizaciones de campesinos y productores agropecuarios afiliados al entonces todavía todopoderoso PRI.
Hoy prácticamente la totalidad de los pepinos (frescos y en conserva, de las más diversas variedades y para todos los gustos) que se venden en Estados Unidos y en Canadá provienen de la agroindustria de ese visionario optimista que me abordó entonces en el Senado. Pepinos, brócoli, ajo, cebolla, lechugas, calabazas, chícharos, papa, chiles, champiñones. La variedad de productos agropecuarios mexicanos que compiten con gran éxito en Norteamérica y en el mundo – de entonces a la fecha México ha firmado multitud de tratados de libre comercio bilaterales y se ha incorporado plenamente a la Organización Mundial de Comercio- es impresionante. Sin embargo, los periodistas, los políticos y hasta los académicos, que reflexionan sobre el campo mexicano desde un cómodo cubículo en las ciudades, parecen seguir pensando que en México sólo producimos maíz y frijoles en pequeñas parcelas, sin sistemas de riego, sin ningún implemento tecnológico, y en condiciones de miseria.
Lo triste es que sí, en efecto, aún hay miles de campesinos atados a cultivos tradicionales que viven en condiciones de miseria. Por increíble que parezca la principal razón de su atraso hay que buscarla en la “generosa protección” que les dieron los políticos contra los supuestos peligros del comercio libre y de la producción rentable sin subsidios gubernamentales. Como se sabe, en su gran “sabiduría” los políticos mexicanos y estadounidenses excluyeron de la apertura comercial inmediata a productos agrícolas “sensibles” (maíz, frijoles, azúcar, leche, entre otros) y postergaron la temida apertura la friolera de 15 años. Gracias a esa previsión de los políticos, aún tenemos productores en el campo viviendo en condiciones de miseria, atados a cultivos no rentables (pero subsidiados crecientemente), a quienes hemos engañado diciéndoles que esa situación es inevitable, que no pueden dedicarse a otros cultivos o abandonar la agricultura por actividades más rentables en la industria o en los servicios, pero que ahí estará siempre el munificente gobierno para aliviarles en algo su miseria.
El tiempo no sólo le dio razón al entonces pequeño empresario sino que comprobó contundentemente que los alegatos en contra del libre comercio y de la apertura económica estaban completamente equivocados. Es probable que algunos de los “expertos” mintieran entonces sin darse cuenta de su error. Lo que ya no es creíble es que más de una década después – con un cúmulo de experiencias nacionales e internacionales que comprueban que el libre comercio es la llave de la prosperidad – esos mismos “expertos” y sus corifeos, ahora más viejos, sigan mintiendo sin advertirlo. No han ganado en sabiduría de entonces para acá, sino en cinismo para mentir.

Sí hay vida después de la muerte de los subsidios y de la protección

A lo largo de la historia encontramos decenas de ejemplos de cómo el libre comercio, la abolición de barreras a las importaciones y el fin de los subsidios gubernamentales a las actividades agropecuarias “sensibles”, se han traducido en prosperidad no sólo para los consumidores, que tienen más y mejores opciones en calidad y precio, sino para los mismos productores de esos productos supuestamente “sensibles”.
A mediados del siglo XIX la gran hambruna en Irlanda, provocada por dos años de malas cosechas de papa infestadas de roya, causó miles de muertes y una gran corriente migratoria de irlandeses hacia Estados Unidos. Pero también sacudió a los políticos británicos en el Parlamento, la mayoría de ellos ferozmente proteccionistas en la misma medida que eran “squires” dueños de tierras o empleados de éstos, quienes – ante la tragedia irlandesa- aceptaron a regañadientes abrir el mercado de la Gran Bretaña a la libre importación de trigo y de otros productos agrícolas; algo que pedían desde hace años los partidarios del libre-cambio o libre comercio animados por los brillantes hallazgos intelectuales de Adam Smith y David Ricardo, entre otros.
El resultado fue sorprendente: La Gran Bretaña inició, a partir de esa apertura comercial unilateral, una época de insólita y sostenida prosperidad. Los mismos terratenientes tuvieron el incentivo de destinar sus tierras a usos más rentables y productivos y quedó claro – para todo aquél que estudiase el problema objetivamente- que la causa del desastre en Irlanda del sur provino, primero, de los casi nulas derechos de propiedad de arrendatarios y arrendadores de las tierras de cultivo (los católicos eran abiertamente discriminados, negándoseles la posibilidad de adquirir las tierras que cultivaban) carentes de estímulos para hacer las tierras más productivas y, segundo, del nefasto proteccionismo comercial.
Otro caso histórico: Nueva Zelanda en 1984. Inmerso el país en una profunda crisis y perdiendo cada día más terreno en los mercados mundiales, los políticos de ese país – de diferentes partidos, pero especialmente los laboristas, de izquierda- decidieron, entre otras reformas, desmantelar la costosa y gigantesca estructura de subsidios y protecciones comerciales (cuotas de producción, barreras arancelarias y no arancelarias, severas restricciones a la importación y a la exportación, entre muchas otras) con la idea de que, sometido a la libre competencia en los mercados internacionales, cada uno de los productores agrícolas detectaría de inmediato si estaba en un negocio rentable y con futuro o si estaba tirando miserablemente su dinero y el dinero público en una actividad tan absurda – desde el punto de vista económico- como querer cultivar plátanos en Islandia.
Para la transición se ofrecieron apoyos gubernamentales no para que los productores agrícolas desplazados por la competencia persistiesen en seguir echando dinero bueno al malo – verbigracia, cultivando con métodos improductivos o invirtiendo en supuestos agronegocios contrarios a la vocación de las tierras- sino para que cambiasen de cultivos o incluso de actividad, dedicándose a la industria o al comercio o a los servicios en lugar de a la producción agropecuaria.
El resultado de esta reforma, tomada por políticos de veras animados por un sentido de urgencia, ha sido espectacular. Menos del diez por ciento de los antiguos productores agrícolas tuvieron que cambiar de cultivo o de actividad a causa de la liberación comercial. Por el contrario, la inmensa mayoría de ellos se han vuelto mucho más prósperos y competitivos. Sin duda, hoy día Nueva Zelanda es líder mundial en competitividad agropecuaria.
Por ejemplo, la industria lechera de Nueva Zelanda – que no disfruta de ningún subsidio o ayuda gubernamental salvo unas pequeñísimas asignaciones para investigación y desarrollo- sin cuotas, sin barreras comerciales, sin protecciones, sin créditos blandos de la banca de fomento, es la más productiva del mundo. Los costos de producción de la leche en Nueva Zelanda son los más bajos del mundo; su calidad es legendaria. En las mesas de muchos restaurantes en todo el mundo, incluido México, las pequeñas porciones empacadas en papel metálico de excelente mantequilla neozelandesa son habituales.
Tan sólo de 1995 a 2005 la industria láctea de Nueva Zelanda ganó – año con año- crecientes porciones del mercado mundial, pasando del 20% del mercado a dominar el 27% del mercado mundial de lácteos. En el mismo lapso, la Unión Europea en su conjunto – donde persisten todo género de protecciones, subsidios y barreras al libre comercio de lácteos- perdió diez puntos porcentuales del mercado: pasó de tener el 41% del mercado mundial a sólo el 31% de participación. Y contando…, en pocos años Nueva Zelanda será el líder mundial en ese mercado.

Digamos NO a la droga del proteccionismo comercial

Por contraste, los llamados productores independientes de leche en México lloran un día sí y otro también por mayores apoyos gubernamentales. México, ya se sabe, no sólo es deficitario en la producción de lácteos, sino que se ha vuelto uno de los mayores importadores de leche en polvo. Como si se tratase de un mandato divino, los productores independientes de leche en México claman para que el gobierno destine cada año más dinero público para comprarles su producción a precios altos; producción que se destina a programas sociales a precios subsidiados para los consumidores. El peor de los mundos: El gobierno – es decir, los contribuyentes, usted y yo- compra caro para vender barato. El negocio de los productores ya no es producir más y mejor leche, sino sacarle al gobierno más subsidios y compras forzosas. Los productores de leche, como los de azúcar, como muchos de los productores mexicanos de maíz o de frijoles, insisten en que se aumente la dosis de ese veneno que es la protección gubernamental.
Lo peor que nos podría pasar en el 2008 es que, otra vez, los poderosos pero minoritarios intereses proteccionistas en México y en Estados Unidos se salgan con la suya y la apertura comercial plena en esos productos “sensibles” de nueva cuenta se posponga hasta que el famoso calentamiento global derrita los polos del planeta…Es decir, por ahí del año 2200 o tal vez nunca.
Mientras tanto 100 millones de consumidores y contribuyentes seguimos pagando la costosa adicción a esa droga que se llama proteccionismo gubernamental. ¿Es justo?, ¿es racional?, ¿es inteligente?
El gobierno de México tiene la oportunidad única de convertirse en líder en América Latina y en general en los países en desarrollo apostándole en serio al libre comercio. En lugar de temerle a la apertura comercial agrícola pactada para 2008, México debería ir mucho más lejos emprendiendo una decidida campaña internacional – al lado de países como Brasil, Australia, Nueva Zelanda, la India, Singapur, Uruguay-, a favor de la abolición de barreras comerciales y subsidios en la agricultura. Somos los países en desarrollo los que más tenemos que ganar con la liberalización comercial.
No se trata tan sólo de hacer una apertura comercial unilateral como gesto político – ya que difícilmente ese gesto vencería la cerril resistencia de la Unión Europea, Japón y Estados Unidos a desmantelar su proteccionismo en los mercados agrícolas – sino hacer dicha apertura unilateral e inmediata como una inteligente y creativa política pública – al igual que hicieron los neozelandeses en 1984- que disminuiría los precios de los alimentos para los consumidores mexicanos, aumentaría los incentivos para la productividad en el campo mexicano y permitiría a miles de familias, encadenadas por atavismos y por fallidas políticas gubernamentales de falso arraigo regional, encontrar mejores oportunidades de trabajo y de vida en áreas de actividad más rentables y competitivas, como la industria o los servicios.

(Artículo especial para la revista "Bien común" de la Fundación Rafael Preciado)

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domingo, 25 de marzo de 2007

Veneno adictivo: La protección gubernamental

¿En qué sectores ha caído la producción, la productividad, el empleo y la rentabilidad después del Tratado de Libre Comercio de América del Norte? En todos los sectores que fueron celosamente protegidos por los gobiernos; en todos los sectores que no fueron sometidos a la competencia internacional y que siguen fuertemente subsidiados.

Lo peor que nos puede pasar a 100 millones de mexicanos respecto de la apertura comercial pactada para 2008 en productos “sensibles” como el maíz, los frijoles, el azúcar, la leche, es que los intereses proteccionistas de México y Estados Unidos – minoritarios, pero poderosos- vuelvan a salirse con la suya y la verdadera apertura comercial siga posponiéndose hasta que el famoso calentamiento global derrita los polos…Es decir, hasta algo así como el año 2200 o nunca.

También es lo peor que les puede pasar a los mismos productores agrícolas – no a sus representantes que seguirán drenando recursos públicos-, quienes continuarán haciendo una pésima asignación de recursos (incluido el trabajo) engañados por los apoyos y las protecciones gubernamentales.

En medio de una profunda crisis económica los políticos de Nueva Zelanda decidieron en 1984 detener el creciente deterioro del país. Animados de ese sentido de urgencia propusieron, entre otras cosas, desmantelar la gigantesca estructura de subsidios y barreras comerciales que presuntamente protegía a sus productores agrícolas; la idea fue que sólo sometidos a la competencia internacional, detectaría cada cuál si estaba en un negocio con futuro o si estaba desperdiciando miserablemente los recursos públicos. El resultado fue sorprendente: Sin subsidios y sin barreras comerciales los agricultores de Nueva Zelanda se han vuelto los más competitivos del mundo.

Un ejemplo es la industria lechera de Nueva Zelanda que año con año gana terreno en el mercado mundial: Tan sólo de 1995 a 2005, Nueva Zelanda pasó de tener el 20% del mercado mundial de lácteos a dominar el 27% del mismo mercado; en el mismo lapso, la Unión Europea, donde persisten subsidios y protecciones para los productores, perdió diez puntos de participación mundial, pasó de 41% a 31% del mercado.

Necedad proteccionista. Ése es el nombre del veneno al que los representantes políticos de los productores agrícolas de maíz, leche, azúcar, frijoles, se han vuelto adictos. Ya los veremos berrear ante la inminencia de enero de 2008. Más nos vale no hacerles caso. No hay que darles más droga.

Noticias y datos relacionados: "Llama la OMC a México a disminuir sus aranceles y a usar las negociaciones multilaterales para que Estados Unidos reduzca sus subsidios agrícolas"

Qué pasaría si se liberara el mercado mundial de lácteos según USDA

Quién es quién en el mercado mundial de lácteos

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miércoles, 14 de marzo de 2007

Apertura comercial agrícola ¡ya!



En México pagamos dos, tres y en ocasiones hasta cuatro veces más por el azúcar que el precio libre vigente en el mercado mundial. Sin embargo, los vividores que se ostentan como “líderes de los productores agrícolas” ya han puesto en marcha la enésima campaña de mentiras para evitar la apertura.



Los datos son demoledores. En enero pasado el precio del azúcar para el consumidor estadounidense fue casi el doble que el precio vigente en el mercado mundial, ¡pero en México el precio que pagamos fue cercano al triple del precio del mercado internacional!
México ocupa el segundo lugar mundial en consumo de azúcar por persona (el primer lugar es Brasil; el tercero es Australia), pero tiene costos de producción del azúcar tan ineficientes – caros- como los del azúcar producida a partir de remolacha en la Gran Bretaña; costos que duplican los costos de producción de Brasil – principal productor y exportador mundial-, cuyos precios al consumidor son aproximadamente tres veces más bajos que en México.
La única solución decente es la apertura comercial ¡ya!, y sin componendas.
Hay quien dice que ésta – la de la liberación comercial de a de veras en México- es una lucha perdida, porque aunque los consumidores seamos millones estamos desorganizados y pobremente representados (si acaso lo estamos) en el Congreso, mientras que el puñado de productores que se ha beneficiado por décadas de las barreras comerciales, del proteccionismo y de carretadas de dinero público, esta sobre-representado en el Congreso y en el PRI y el PRD, está muy bien organizado y tiene mucho más que perder que lo que cada consumidor aislado ganaría con la liberación comercial.
Si los datos fríos indignan, las declaraciones de algunos “líderes” son para sublevar a cualquiera. Véase lo que dice Víctor Suárez quien se ostenta como “presidente” de la Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo (ANEC): “El 1 de enero (de 2008) la liberalización arancelaria del maíz, frijol, leche y azúcar generará una desestabilización mayor en el mercado agroalimentario y la escalada de precios, las prácticas especulativas se desbordarán".
¿Cómo se le dice a quien miente con ahínco y aplomo?, ¿embustero? No, ¡luchador social!

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martes, 27 de febrero de 2007

Migración y comercio: Nudo de incoherencias

Es absurdo estigmatizar la libre migración de trabajadores al tiempo que se cantan alabanzas retóricas al comercio libre. Esta conducta esquizofrénica – común entre los políticos estadounidenses y europeos- revela que los prejuicios más reaccionarios se han instalado cómodamente en las propuestas de quienes presumen de progresistas.

Hace unos días The New York Times (NYT) trataba de dilucidar una presunta incógnita acerca del Tratado de Libre Comercio de Norte América: ¿Por qué, se preguntaba el diario, el TLCAN no ha frenado la migración de trabajadores mexicanos hacia Estados Unidos?

Se supone que el NYT representa la visión “progresista” y de “izquierda” en Estados Unidos. El solo hecho de plantear una pregunta tan absurda – como si la virtud del libre comercio fuese ser el antídoto contra la libre migración- confirma hasta qué punto el supuesto “progresismo” estadounidense (mal identificado en Estados Unidos como “liberal”) está infectado de prejuicios reaccionarios, así como de análisis y de información sesgados y defectuosos.

Otro tanto sucede en la Unión Europea con las posiciones presuntamente “progresistas”.

Las contradicciones y argumentos falaces del reportaje del NYT son analizados desde una perspectiva estrictamente académica en el espléndido weblog “Politics of Immigration and Trade” de Mariana Medina Garciadiego.

Sin entrar en el análisis académico, hay que anotar que este incoherente enfoque hacia el comercio y la migración – en el que la ultraderecha y los socialistas de diverso linaje acaban por coincidir, para explotar electoralmente los sentimientos xenófobos- no sólo es común, sino que representa uno de los mayores obstáculos que el mundo desarrollado está poniendo al progreso de los países pobres y en desarrollo.

Prejuicios, por otra parte, que por desgracia encuentran su paralelo exacto dentro de la retórica contra el libre comercio que aún persiste entre los líderes supuestamente “progresistas” de los propios países en desarrollo.

En América Latina los gobiernos están dejando pasar una oportunidad preciosa para construir nuevos liderazgos globales alrededor de una lucha decidida a favor del libre comercio y la libre migración.

Sorprendentemente han sido los gobiernos de los pequeños países de la región centroamericana, como en el caso de El Salvador, los pocos que han visto todo el potencial de esta rendija de oportunidad – exigir a los países “ricos” genuina libertad de comercio y libertad migratoria auténtica- como palanca eficaz para lograr la prosperidad y combatir la pobreza.

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miércoles, 21 de febrero de 2007

Una inmoralidad: Omitir la escasez

Usted tiene 50 mil millones de dólares para aliviar los problemas globales del planeta, ¿cuál sería el problema que atacaría prioritariamente? Aquél en el que el monto de recursos invertidos diese la mejor relación costo-beneficio ¿Por qué? Porque así se hace el mayor bien al mayor número de personas.

Una de las experiencias más interesantes acerca de cómo enfrentar los problemas del mundo se llevó a cabo en Copenhague en mayo de 2004 y se repetirá en 2008 también en mayo. Esa experiencia se llamó Consenso de Copenhague, fue organizada por Bjorn Lomborg, profesor asociado de Estadística en la Universidad de Aarhus de Dinamarca y fue auspiciada por el Ministerio de Asuntos Exteriores de ese país y por el semanario The Economist.

Identificados los diez problemas globales más acuciantes se propuso a un panel de ocho economistas notables decidir a cuál de esos problemas deberían destinarse unos hipotéticos 50 mil millones de dólares, adicionales a los recursos que ya se usan en el mundo para atenderlos.

Los economistas concluyeron que la prevención de enfermedades transmisibles – específicamente la prevención del VIH-Sida – era el mejor destino para esos recursos, el que daría la mejor relación costo-beneficio o, dicho en otras palabras: la inversión que produciría el mayor bien cierto para el mayor número de personas. Muy cerca quedó la abolición de subsidios y barreras al comercio. En cambio, en el sótano de la clasificación quedó el cambio climático; no sólo por las pocas certezas científicas acerca de la naturaleza y causas de dicho “problema”, sino por la incertidumbre acerca de la eficacia de las “soluciones”.

El lector puede conocer este trabajo en el libro Global Crises, Global Solutions.

Lo que me interesa destacar es la pertinencia de que fuesen economistas, y no “líderes morales”, a quiénes se recurrió para jerarquizar qué problema debe atacarse primero.

El imperativo moral ya está dado – hacer el mayor bien cierto al mayor número de personas- y corresponde a la economía, a partir de datos comprobados, determinar con rigor científico en dónde estará mejor empleado el dinero: Costo contra beneficio.

Hay una estúpida objeción moralista a este criterio económico: “todos los problemas deben ser resueltos”. Alegato inmoral porque nada hace más daño a más gente que suponer que los recursos son infinitos.

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miércoles, 7 de febrero de 2007

Jugársela por el libre comercio

El caso del azúcar ejemplifica dramáticamente la escasa credibilidad de los supuestos líderes de los países desarrollados. Por ello, es una oportunidad única para que gobiernos como el de México se la jueguen en serio, en los foros multilaterales y en el frente interno, por el libre comercio. Como dicen: ¿Tendremos el valor o “nos vale”?

Es admirable la decisión de países como Australia y Nueva Zelanda en su apuesta por la libertad económica, así como admirables han sido los magníficos resultados derivados de esa postura inequívoca.

El caso del corrompido mercado internacional del azúcar, que difícilmente se sostendrá en el mediano plazo, habla claramente de la crisis de liderazgo y credibilidad que padecen los países más desarrollados, como la Unión Europea y Estados Unidos.

Si México quiere de veras asumir un liderazgo en la región latinoamericana y usar frente a su poderoso vecino del norte un arma de negociación que vaya más allá de la gastada y vehemente retórica – que sirve más para consumo interno de una minoría trasnochada que para otra cosa- tiene que jugársela en serio a favor de la libre competencia y del libre comercio tanto en el frente interno como en los foros internacionales, por ejemplo en la Organización Mundial de Comercio.

Más todavía, puede empezar por una apertura unilateral de su mercado, como lo han hecho Australia o Brasil con magníficos resultados.

Como en muchas otras ocasiones en su historia México puede desaprovechar esta oportunidad y limitarse - ¡otra vez!- a que las cosas le pasen y a rumiar su mala fortuna con mitos y discursos ridículos.

Hasta ahora los gobiernos mexicanos han supeditado su política comercial en materia de azúcar al desastroso modelo estadounidense: Mercantilismo puro y duro, con grupitos de presión incrustados en el poder político medrando de los excedentes que se arrebatan a los consumidores.

Si en un golpe de audacia y visión de largo plazo México apostase en serio por la liberalización total de los mercados agrícolas del mundo, y empieza por el del azúcar, ganaría una gran credibilidad como un nuevo y efectivo líder de los países en desarrollo. Haría causa común con otros países en desarrollo, como Brasil, la India, Colombia, Perú y Cuba (cuya transformación política y económica puede estar a la vuelta de la esquina), así como con Centroamérica, entre otros.
De paso, beneficiaría a millones de consumidores pobres en el país y contaría con una magnífica palanca – la congruencia entre política exterior y políticas públicas hacia los mercados internos- para ir desmontando los arreglos mercantilistas que aún padecemos.

Como me escribió ayer un conocedor de estas oportunidades desperdiciadas: “Mientras sea más rentable cerrar una carretera para exigir un mayor precio para la caña que, por ejemplo, utilizar mejores fertilizantes, no habrá oportunidades para una mayor productividad”.

Como dicen por ahí: ¿Tenemos el valor o “nos vale”?

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martes, 6 de febrero de 2007

Liberación del azúcar: Ganadores y perdedores

Una total liberalización del mercado mundial del azúcar dejaría ganancias netas – para los consumidores en países importadores y para los productores eficientes de países exportadores que actualmente no subsidian la producción- cercanas a los 80 mil millones de dólares en el lapso de ocho años. Salvo por Australia, todos los ganadores netos serían países en desarrollo o francamente pobres.

Hay cuando menos una docena de modelos realizados por investigadores de distintos países que han proyectado los efectos que tendría una liberalización, parcial o total, gradual o inmediata, del mercado mundial del azúcar. Los resultados son similares en todas las proyecciones: Habría una ganancia neta global de varios miles de millones de dólares (ganancias menos pérdidas) y los mayores beneficiarios serían consumidores y productores de países en desarrollo o pobres y los productores de Australia, que cuenta con una industria azucarera muy eficiente sin subsidios ni barreras comerciales.

Uno de los más completos estudios es el del Centre for International Economics de Canberra y Sidney, Australia ( “Sugar, the taste test of trade liberalization”, Septiembre de1999, Brent Borrell y David Pearce), basado en el modelo Global Sweetener Markets (GSM) desarrollado por CSR Ltd., Australia, que anticipa los siguientes efectos, para 2008, en caso de que en 2000 se hubiese concretado una liberalización total del mercado mundial del azúcar:

Elevación de 34% en el precio nominal del azúcar en el mercado libre; lo que para la mayoría de los consumidores significa una notable disminución del precio ya que el nuevo precio libre se aplicaría al 100 por ciento del azúcar en el mundo y por tanto entre 85% y 93% del azúcar mundial, hoy protegida, bajaría de precio para los consumidores respecto de sus niveles actuales.

La disminución efectiva en el precio para la mayoría de los consumidores del mundo estimularía una mayor demanda, lo que sería aprovechado por los países y productores más eficientes (Brasil, India, Australia, Cuba, República Dominicana, Thailandia, Medio Oriente, Norte de Africa, Sudáfrica, entre otros) e incentivaría inversiones para modernizar y hacer más productivos los cultivos.

Países cuyos consumidores de azúcar más ganarían con la liberalización: Japón, Unión Europea, Estados Unidos, México, Indonesia, China y Este de Europa.
Como advierte el estudio las cifras específicas que arroja el modelo deben tomarse con cautela, debido a múltiples factores (por ejemplo, ¿qué tan rentable resultaría con un precio libre para el azúcar la producción de etanol a partir de caña?) que es imposible cuantificar con precisión en un modelo.

Pero tan importante o más que las ganancias globales netas de la liberalización sería el efecto ejemplar que una liberalización del mercado mundial del azúcar podría tener para fortalecer el libre comercio en el mundo.
El actual mercado mundial del azúcar es una vergüenza para la Organización Mundial de Comercio y daña gravamente la credibilidad de los países desarrollados.
Este aspecto de la geopolítica del azúcar merece tratarse en el siguiente artículo.

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