jueves, 17 de septiembre de 2009

Obama, el vándalo

Genial, dura, directa y oportunísima. Así es la portada de "The Economist" que empieza a circular hoy jueves.

Vemos alejarse, de espaldas, a un señor muy parecido a Barack Obama, después de clavar un destornillador sobre un neumático que se llama "libre comercio".

Ampliamente recomendable el artículo de portada (Vandalismo Económico) para entender las gravísimas consecuencias que puede tener la estúpida ocurrencia de imponer aranceles prohibitivos a los neumáticos fabricados en China. Vandalismo puro e ignorancia histórica de Barack Obama. ¿La magnífica economista y conocedora de la historia económica Christina Romer, asesora de Obama, no le podría dar unas clasecitas acerca de la plaga del proteccionismo comercial y de los severos riesgos, para todo el mundo, de iniciar guerritas comerciales para complacer a unos sindicalistas incompetentes del partido Demócrata?

Otra vez, Obama. El proteccionismo, como el alcoholismo, más que vicio es enfermedad crónica y progresiva. Sólo se puede controlar con grupos de ayuda, al estilo de los de AA: "Hola, soy Barack y soy proteccionista..."

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jueves, 2 de abril de 2009

G-20: Lo que está en juego

El asunto más importante para el bienestar mundial – incluso para la paz del planeta- que tienen en sus manos los dirigentes del G-20 es evitar a toda costa que la crisis se convierta en el pretexto para dar marcha atrás al proceso de globalización comercial.

Un compromiso auténtico con la libertad comercial y una condena enérgica a las casi incontables prácticas proteccionistas es lo más importante que puede lograr la reunión del G-20.

La mala noticia es que hay muy pocas probabilidades de que así suceda.

Un ejemplo: Los desplantes de Nicolás Sarkozy (cito su declaración: “No seré socio de una cumbre que concluya con un comunicado de compromisos falsos que no aborden los temas que nos preocupan”) son una pésima señal. El gobierno de Francia (y en gran medida el de Alemania) parece llegar a la cumbre con una agenda no-cooperativa, más para consumo de sus electores en casa, en la que ostensiblemente NO está el libre comercio o la condena al proteccionismo comercial. Su agenda – “los temas que nos preocupan” – es enfrascarse en una discusión sin salida con Estados Unidos acerca del falso dilema entre programas de estímulo (gasto) a la demanda y nuevas regulaciones financieras de carácter global.

El libre comercio NO es un “tema” que agobie a Francia; por el contrario, la tradición secular de la política comercial francesa ha sido el proteccionismo.

Pero no son sólo los gobiernos de Francia o Alemania los que relegan el asunto del libre comercio. La mayoría de los líderes llegan a la cumbre con agendas marcadas por la necesidad de complacer, cada cual, a grupos de interés en sus respectivos países que, a su vez, forman parte de sus reductos electorales. Grupos de interés anclados en el proteccionismo.

Fue precisamente la interconexión entre economías emergentes y economías desarrolladas la que posibilitó un largo período de prosperidad y crecimiento del comercio mundial en las últimas décadas. En el proceso varias economías emergentes crecieron desempeñando el papel de exportadoras y acreedoras, en tanto que varias economías altamente industrializadas disfrutaron de financiamiento abundante y barato proveniente de sus contrapartes comerciales.

La opción de restablecer esa prosperidad es lo que podría tirarse por la borda en esta cumbre.

Por desgracia, la globalización no es irreversible. Ya en las primeras décadas del siglo pasado el mundo retrocedió en materia de libertad comercial y migratoria; ese retroceso fue una de las principales causas de las dos grandes guerras mundiales.

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domingo, 29 de marzo de 2009

Políticos alérgicos a la globalización

Bien vistas las cosas, los políticos de este mundo tienen grandes incentivos para remar en contra de la globalización.

La gran red global interconectada de los mercados financieros y de otros bienes, junto con la gran red que es la Internet (esa “telaraña del tamaño del mundo”) sólo pueden restarle control y poder a los políticos, para dárselo (regresárselo) a las personas comunes.

Esta crisis nos ha mostrado que los canales de transmisión que van de los mercados financieros a la llamada economía real son más amplios, eficientes y eficaces – lo mismo para dispersar las buenas noticias que para contagiar las malas -, que los canales convencionales a los que recurren los políticos.

Los políticos aman las fronteras porque toda esa parafernalia asociada de controles de migración y aduanas, aranceles, normas de etiquetado, policías y esclusas que se cierran y se abren a discreción, da control y poder.

Por su parte, los mercados financieros globales y las redes de comercio internacional (que hacen posible, digamos, que en un pequeño restaurante de El Salvador la mantequilla fresca provenga de Nueva Zelanda) aborrecen las fronteras y la insidiosa costumbre política de andarle poniendo puertas al campo.

Las clientelas de los políticos – esos grupos relativamente pequeños organizados para obtener rentas del Estado, como sindicatos, gremios, empresas con aficiones monopolísticas y demás- se cultivan localmente, hacia dentro. Su condición de existencia y rentabilidad es que exista una autoridad que cierre las puertas y las ventanas a los que se califiquen de intrusos.

También por eso los políticos tienen debilidad por los rollos nacionalistas, aun cuando se trate de tópicos irracionales o imposibles de defender con argumentos. ¿Qué relevancia puede tener la nacionalidad de los accionistas de un banco? Ninguna. Lo relevante es la regulación a la que está sujeto el banco, la probidad de su administración, los contrapesos y candados efectivos que impidan que acreedores o deudores del banco sean estafados. Pero, como lo hemos presenciado en los últimos días, eso del nacionalismo y la soberanía vende bien en el bazar político. Al grado de que hasta algunos analistas serios confiesan con candor: “Sería bonito que el banco tal fuese de compatriotas”. ¿Por qué?, nadie lo sabe. Son como los que creen que un taco de carnitas sólo es “bueno” si el maíz fue cultivado en México.

Los políticos tendrán que ceder poder y control a las personas, dado el empuje de la globalización que es la gran aliada de la libertad personal. Este siglo será de las personas, no de las naciones. Ya verán.

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miércoles, 25 de marzo de 2009

¿Y si fundamos “Proteccionistas Anónimos”?

En una semana, el 2 de abril, será la nueva reunión del G-20, que agrupa a 19 países tanto desarrollados como en desarrollo, más la Unión Europea como conjunto con un sitio adicional rotatorio.

En la reunión anterior celebrada en Estados Unidos en noviembre de 2008, los jefes de Estado y/o de gobierno de todos los países presentes manifestaron su repudio al proteccionismo comercial, recordaron sensatamente que las medidas proteccionistas durante la década de los 30 del siglo pasado profundizaron, prolongaron y diseminaron la Gran Depresión en todo el orbe, prometieron hacer su mejor esfuerzo (como si fueran jugadores de un seleccionado nacional antes de un partido decisivo) para reanimar una agonizante Ronda de Doha y nada más les faltó ponerse la mano en la corazón – “cross my heart”- o besar cada cual la cruz formada por los dedos pulgar e índice de su mano derecha – “se los juro, por ésta”-, para proclamarse como los paladines del libre comercio.

Pues ¿qué creen?, a inicios de este mes 17 de los 20 ya habían incurrido en nuevas prácticas o medidas proteccionistas (desde subsidios a sus exportaciones hasta barreras arancelarias o no arancelarias a las importaciones, pasando por los consabidos intercambios de represalias comerciales; ejemplo: China prohíbe la importación de carne de cerdo irlandesa), según una investigación del Banco Mundial que detectó 47 importantes restricciones comerciales nuevas en el mundo surgidas entre el 15 de noviembre de 2008 y el primer día de marzo de 2009.

Mi cálculo es que para hoy, si bien nos va, sólo quedan dos, Australia y tal vez Sudáfrica, del grupo de los 20, que han honrado sus juramentos a favor del libre comercio. El resto parecen alcohólicos reincidentes tras una emotiva sesión catártica de promesas que serán incumplidas. Habrá que fundar el club P. A. (Proteccionistas Anónimos) y alguien deberá inventarse una guía de diez pasos para que estos hombres y mujeres – y sus burocracias – puedan controlar la enfermedad proteccionista, que es crónica, progresiva y mortal.

Los hay peores, de esos que parecen irredentos y cínicos (la Unión Europea como conjunto, Francia, Japón, China, Argentina, Rusia, Estados Unidos), los hay medio proteccionistas y hasta alguno habrá que, cansado de los constantes incumplimientos de su arrogante vecino, se acaba de unir al grupo.

Señoras y señores: el primer paso debería ser la confesión pública. Reconocer que son enfermos y que necesitan ayuda: “Hola, soy Barack y soy proteccionista…”, o algo así.

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martes, 17 de marzo de 2009

Las banderitas patrioteras salen caras

Las guerritas comerciales demostraron ser, a lo largo del siglo XX, una pésima ocurrencia.

La hoy legendaria gran depresión de los años 30 del siglo pasado se hizo más profunda y prolongada por culpa del proteccionismo comercial iniciado por el gobierno de Herbert Hoover en Estados Unidos; la ley Smooth-Hawley en 1930, que elevó unilateralmente los aranceles. Proteccionismo imitado por muchos otros países, en un intercambio de represalias comerciales.

Las acciones más eficaces y eficientes en contra de la depresión mundial – y, por tanto, a favor del bienestar- las llevó a cabo, a contracorriente dentro del gobierno de Franklin D. Roosevelt, el Secretario de Estado, Cordell Hull, (Premio Nobel de la Paz, 1945), con la ayuda de Francis B. Sayre, subsecretario de Estado, al apostar por la liberalización del comercio mundial.

Cito el juicio que hizo el historiador Arthur M. Schlesinger Jr., acerca de la gran aportación de Hull y Sayre para que el mundo recobrase la senda del crecimiento económico: “Con tranquila intensidad, Hull y Sayre resucitaron la visión de una civilización que comerciara libremente, la enfrentaron a la imagen del control totalitario y prepararon de este modo los cimientos de un esfuerzo adicional para la liberación del comercio mundial en las décadas de 1940 y 1950”.

Desde 1918, Hull fue un decidido partidario del libre comercio y enemigo de las represalias comerciales y de la discriminación; llamaba a los aranceles “la raíz de todos los males” y decía: “Las guerras comerciales no son sino los gérmenes de las verdaderas guerras”. Las dos grandes guerras mundiales comprobaron, por desgracia, que Hull tenía razón.

Los promotores de represalias comerciales son como promotores de caras y deformadas banderitas nacionales: tocan a la puerta de los ciudadanos, o los abordan en la calle, obsequiando sus banderitas y excitando sentimientos de revancha y envidia, pero jamás advierten a sus compatriotas que las banderitas se pagarán muy caras, mediante precios más elevados, mercancías de menor calidad, promoción de los monopolios, escasez y empobrecimiento.

Si los ciudadanos pudiésemos elegir los cursos de acción de las políticas públicas (como dicen los románticos que pasa en las democracias) deberíamos ser informados de los costos detrás de las decisiones de los gobiernos y, entonces, como en los mercados en competencia, deberíamos decidir en consecuencia. No es así, entre otras razones porque el costo de estar bien informado parece muy elevado. Así, disfrutamos la ignorancia hasta que los costos de las políticas públicas erradas nos pasan la factura.

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miércoles, 4 de febrero de 2009

Los mitos de FDR y el "New Deal"

Encontré un ejemplar, en una venta de libros usados, del segundo tomo de la obra "La era de Roosevelt" del historiador estadounidense Arthur M. Schlesinger junior, que trata de "La llegada del Nuevo Trato" (The coming of the New Deal 1933-1935), a un precio de ganga. Lo empecé a leer con la sincera intención de convertirme en un admirador de Franklin Delano Roosevelt (FDR) y del famoso New Deal que la sabiduría dizque progresista suele tipificar como el arquetipo del buen gobierno que derrotó a la Gran Depresión.

Schlesinger no oculta su admiración por Roosevelt. Finaliza la obra (página 563) con este panegírico: "Vivió, de acuerdo con su exultación, en los horizontes lejanos y en los mares desconocidos. Fue esto lo que le mereció la confianza y la lealtad en una época atemorizada (…) esto y la convicción de la gente sencilla de que les había dado su mente y su corazón y que no cesaría de luchar por su causa".


Sin embargo, lo que antes ha reseñado Schlesinger a lo largo de la obra, no se conduele con la imagen heroica de un gobernante ejemplar, sino con la de un amasijo de contradicciones, voluntarismo político, arrogantes experimentos intervencionistas, demagogia, impericia técnica, transacciones políticas inconfesadas con los poderosos…Lo que salvaría al personaje es que invariablemente dijo estar a favor de la "gente sencilla" y en contra de la odiosa "derecha". Esto es: el mito del "pueblo bueno" al que invariablemente recurren los populistas.

Si Barack Obama pretende resucitar en los albores del siglo XXI los mitos de FDR y del "New Deal" ha empezado con el pie derecho (o con el izquierdo, para aquellos que llevan la ideología hasta los píes), pero eso significa, también, que no hay que abrigar esperanzas de que Estados Unidos supere con rapidez esta crisis. Intervencionismo gubernamental a granel, rescates y socorros multimillonarios, mucha retórica y sofismas (basta seguir hoy los alegatos falsamente académicos de keynesianos redivivos contra neoclásicos en los diarios y en las bitácoras de la red), proteccionismo comercial aderezado de xenofobia y de solidaridad con la "gente sencilla" que perdió su empleo, nos dirán, por culpa de la codicia de Wall Street, del libre comercio y de la invasión de indocumentados de pelo oscuro y grasoso que hablan español. Prepárense.

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lunes, 2 de febrero de 2009

La estupidez proteccionista

"If we buy american, no one else will". Esa es la demoledora afirmación que encabeza la colaboración del profesor Douglas A. Irwin en The New York Times del sábado pasado. Traducción libre: "Si seguimos el mandato de 'compra sólo productos manufacturados en Estados Unidos', nadie más en el mundo los comprará".

La advertencia del profesor Irwin, quien es autor del libro "Free trade under fire" (El libre comercio en peligro) y profesor de economía en Dartmouth, no sólo es pertinente sino de suma urgencia, dado que la mayoría demócrata en la cámara de representantes de Estados Unidos ha logrado introducir, en el paquete multimillonario de estímulos fiscales aprobado la semana pasada, la provisión "buy american" en el gasto público destinado a reanimar la alicaída economía de los Estados Unidos. Es un error gigantesco que tendrá nefastas consecuencias no sólo para los contribuyentes de ese país, sino para la economía mundial. Además es un error que manifiesta una pasmosa ignorancia de los legisladores demócratas acerca de la experiencia histórica.

Cualquier estudiante de economía más o menos aplicado sabe que la oleada proteccionista con la que Estados Unidos intentó hacer frente a la depresión de los años 30 – simbolizada en el acta Smoot-Hawley de 1930 que elevó los aranceles a las importaciones a niveles prohibitivos – profundizó la depresión económica, redujo la riqueza mundial y generó, en respuesta, invencibles obstáculos fuera de Estados Unidos a las exportaciones e inversiones de ese país.

El principal efecto de cualquier iniciativa proteccionista es la reducción de la riqueza global; nos empobrece a todos, empezando por quienes aplican las iniciativas proteccionistas. ¿Por qué, entonces, los legisladores demócratas insisten?

1. Porque no sólo son ignorantes sino arrogantes,
2. Porque quieren complacer a los cabilderos de la industria siderúrgica estadounidense (exactamente la misma tontería en que incurrió el gobierno de George W Bush), y
3. Porque tienen una noción idealizada y falsa del "New Deal" de Franklin D. Roosevelt, que en realidad fue un amasijo desastroso de intervencionismo gubernamental y colectivismo y quieren repetir la experiencia, confiados en que algún falsificador de historias los inmortalizará como héroes populares, tal como se hizo con F.D.R.

En contraste, empresas como General Electric y Caterpillar se oponen al estúpido "buy american" porque saben que sólo les cerrará las puertas en países como China y la India que tienen ambiciosos planes de inversión pública.

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viernes, 19 de diciembre de 2008

La crisis de los disparates

En esta crisis global reina la más completa impunidad lógica, semántica, sintáctica e intelectual. Es la crisis del "todo se vale" porque "vivimos situaciones inéditas" o "navegamos en aguas desconocidas".
Por ejemplo, la newtoniana ley de la gravedad fue modificada radicalmente por un periódico que anunció ayer: "El mundo se hunde en un credit crunch". ¿Cómo puede hundirse algo cuando está sometido a un ruidoso apretón? Misterios de la crisis. Como sustantivo, "crunch" significa en inglés "un punto crítico al que se llega a causa de la presión ejercida por elementos opuestos" y como verbo "crunch" quiere decir "apretar produciendo un ruido semejante a un crujido". Podría decirse en todo caso que el mundo gime aplastado por la falta de crédito, lo que está por demostrarse, pero ¿hundiéndose?
Otro ejemplo divertido. Escribió un columnista de negocios: "Cuando el mundo vive la peor recesión contemporánea". ¡Vaya! ¿Pueden existir varias recesiones al mismo tiempo, es decir: contemporáneas?, ¿unas mejores y otras peores? El peor día de hoy es hoy; el mejor día de hoy es hoy. La peor recesión contemporánea es la que sucede ahora y la mejor recesión contemporánea es la que sucede ahora.
Otra perla, repetida por más de un columnista, ha sido la tontería de que disminuir aranceles en una etapa de recesión económica está contraindicado y sólo se le ocurriría a un inexperto funcionario. ¿De dónde sacaron esa idiotez? Tal vez del caletre de algún gestor de negocios – dirigente de alguna cámara mercantilista como la Concamin, digamos- que ni por asomo sabe que el proteccionismo comercial (a través de los aranceles originados por la infame ley Smoot-Hawley) agravó y prolongó la Gran Depresión.
Mañana nos van a decir que deberíamos pagar una multa quienes nos rehusemos a endeudarnos por encima de nuestras posibilidades de pago o que la mejor forma de estimular el crecimiento económico es cobrando más impuestos o que impedir la existencia de corresponsales bancarios promueve la competencia en beneficio de los consumidores. O que hay que añadir otros mandatos constitucionales al banco central, digamos: el de fomentar el consumo de carnitas de Michoacán y el de prevenir el contagio de enfermedades respiratorias en las sucursales bancarias.

Una crisis que da para todo género de idioteces

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domingo, 7 de diciembre de 2008

¿Una economía sin consumidores?

Al consumidor no se le deja opinar sobre la reducción de aranceles

Un “especialista” (Luis Rubio) publicó hoy ("Reforma") un extenso artículo acerca de la reducción de aranceles en México. Son más de 1,100 palabras pero jamás aparece la palabra “consumidor” o las oraciones: “precios para el consumidor final”, “bienestar de los consumidores”.
En cambio, el artículo menciona constantemente las palabras: “productores”, “gobierno” y “apoyos”.
El autor argumenta que la reducción de aranceles podría ser impecable desde el punto de vista de la ciencia económica, pero carece de programas de “apoyo” para aquellos productores que podrían ser “arrasados” – ese es el verbo que emplea- por la competencia de productos extranjeros que serían, merced a la reducción de aranceles, más baratos que hoy.
Así como están ausentes los consumidores en el alegato, también se omite cualquier mención a que la devaluación del peso experimentada en los últimos meses ha encarecido para el consumidor final alrededor de 35% el precio de todos y cada uno de los bienes importados.
En México cuando los especialistas, los empresarios o el gobierno hablan de competitividad, de comercio exterior, de empleos, de precios o de crecimiento económico lo último que les interesa, si acaso les interesa, es el bienestar del consumidor.
Reducir aranceles equivale a regresar a millones de consumidores miles de millones de pesos que actualmente les son sustraídos por un puñado de negociantes. Pero tal “apoyo” a los consumidores – que no le costaría un solo centavo a los contribuyentes- es herético, porque no puede capitalizarse en aportaciones electorales, ni venderse como favor en el supermercado de la política, ni traducirse en patrocinios de algunos poderosos empresarios para centros de análisis e investigación.

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La criminal miopía proteccionista

Si se dejase la solución de esta crisis económica global en manos de la Concamin o de la Canacintra, el mundo se hundiría en una depresión tan profunda y prolongada que haría palidecer a la “gran depresión” de los años 30.

Si aquí y allá los mercantilistas se enquistan en la defensa de barreras arancelarias y no arancelarias habremos transformado un severo colapso financiero en el peor desastre económico de la historia de la humanidad: Desempleo galopante, hiperinflaciones locales, pérdida total de confianza en el mercado, pobreza y miseria, violencia, nacionalismos y regionalismos exacerbados. El infierno.
La economía global ha funcionado en los últimos años – generando prosperidad- sostenida en un frágil balance entre países con abultados superávit y países con abultados déficit en sus respectivas cuentas corrientes. Los primeros tienen un exceso de ahorro respecto de su inversión y su consumo y ese excedente ha servido para financiar los déficit de ahorro (especialmente déficit fiscales) de los segundos.
Según cálculos difundidos el miércoles por Martin Wolf en el Financial Times los superávit en cuenta corriente de China, Alemania y Japón sumados a los superávit de los países exportadores de petróleo explican el 84% del superávit global en cuenta corriente (ese porcentaje equivale a 1.685 millones de millones de dólares).
Esos países frugales – que ahorran más de lo que consumen e invierten- sufragan el dispendio – dicho en sentido figurado – de los países con abultados déficit en sus cuentas corrientes. Los dispendiosos son encabezados por Estados Unidos y le siguen España, Reino Unido, Francia, Italia y Australia, cuyos déficit equivalen a poco menos de 1.159 millones de millones de dólares; casi al 70% del déficit global en cuenta corriente,.
El mundo aprentemente tiene un superávit en cuenta corriente consigo mismo de unos 350 mil millones de dólares (diferencia ente 2.006 millones de millones que suman los superávit y 1.656 millones de millones que suman los déficit), pero en realidad tal superávit no existe porque forzosamente la balanza global debe estar equilibrada, es una identidad contable entre egresos e ingresos de la suma de balanzas de cada nación. Se trata de errores de contabilidad, omisiones o hasta de pérdidas (imaginemos, siguiendo una vieja analogía que hacía Bastiat para ridiculizar los afanes mercantilistas, que en medio del océano hay varios barcos perdidos cargados de mercancías que algunos países han contabilizado como exportaciones pero que nadie ha recibido y por tanto no se han contabilizado como importaciones. ¡Una pérdida neta! El maravilloso símil de Bastiat nos recuerda que el bienestar se mide por lo que consumimos (importamos) no por lo que producimos (exportamos).
Es imperativo para salir de la crisis que los países frugales empiecen a gastar (importar) más y que los países dispendiosos empiecen a exportar más y a gastar menos. Sólo así se puede restablecer el equilibrio global y la economía volverá a crecer. Si unos y otros se cierran al comercio mundial, sosteniendo aranceles y barreras no arancelarias, la depresión mundial durará décadas y será la peor de la historia.
¿Creían que hacer fracasar la ronda de Doha no tendría consecuencias graves? Ya las vemos. Aún estamos a tiempo para evitar una catástrofe mayor.

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martes, 25 de noviembre de 2008

Los obstruccionistas

Al igual que los grupos de presión que obstruyen el libre tránsito en calles y caminos los negociantes mexicanos - presuntos dirigentes de cúpulas empresariales- han hecho de los aranceles (obstrucciones al libre tránsito de mercancías) la fuente de sus rentas; márgenes exorbitantes de utilidad obtenidos del despojo a los consumidores.

Comedido, con gran timidez, el gobierno federal ha propuesto una reducción arancelaria en el contexto de la crisis global que nos aqueja. Es una propuesta en la dirección correcta, dado que el peor de los errores que podemos cometer es profundizar y agravar la recesión incurriendo en el proteccionismo.
El problema ha sido que, como es usual, el gobierno eligió como interlocutores para disminuir el proteccionismo comercial ¡al puñado de negociantes que obtienen sus rentas de los elevados aranceles!, en lugar de acudir a más de cien millones de consumidores que somos quienes los padecemos.
Es el mismo patrón de negociación que siguen las autoridades con quienes obstruyen una avenida o una carretera para defender algún interés particular (con gran frecuencia ilegítimo), desdeñando a la inmensa mayoría que es afectada por los obstruccionistas. Al obstruccionista se le ofrece dialogo, negociación, concesiones y hasta, metafóricamente, besos y arrumacos; a quienes padecemos el abuso de los obstruccionistas se nos ordena una dieta de ajo y agua: "a joderse y aguantarse".
De seguir ese camino la muy necesaria - ¡urgente!- reducción de aranceles terminará como otro parto de los montes: en el alumbramiento de un ratoncillo insignificante.
México ocupa el vergonzoso lugar 107 en el mundo – de una lista de 125 países- en términos de aranceles MFN (nación más favorecida), es decir: es, en los hechos, uno de los países más proteccionistas del planeta.
Engallados, los voceros de los obstruccionistas exigen que no se toquen sus territorios de caza: nos ven a los consumidores como piezas de su propiedad.
Un sueño: Los consumidores, por una vez al menos, deberíamos instalarnos a las puertas de la Secretaría de Economía (buena parte de las oficinas ya están tomadas, en la práctica, por los negociantes proteccionistas) para exigir sin dilaciones la reducción sustancial y acelerada de los aranceles.
¿De donde obtienen los obstruccionistas tantos recursos para cabildear y presionar a favor del sostenimiento de sus cotos de caza de rentas? Muy sencillo: De los excedentes de los que hemos sido despojados los consumidores, ¡gracias a la protección arancelaria!

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jueves, 13 de noviembre de 2008

G-20, ¿cómo restablecemos el juego?

Más allá de rollitos retóricos, el planteamiento de los países emergentes a los países industrializados, especialmente a Estados Unidos, en el G-20 deberá ser: Ustedes nos necesitan para que la demanda global conserve algo de su antiguo empuje. ¡No cierren sus mercados!, ¿estás escuchando, Obama?

La crisis global está rompiendo un equilibrio – inestable, como la mayoría de los equilibrios – entre el crecimiento de las economías emergentes (en algunos casos, como China, hablamos de un crecimiento explosivo) y la zona de confort de la que gozó la economía de los Estados Unidos que financió su carencia de ahorro con buena parte de los excedentes generados por las exportaciones de las mismas economías emergentes.

Podemos caracterizar, o caricaturizar, este equilibrio inestable, a punto de romperse, de la siguiente forma: Los consumidores en Estados Unidos disfrutaron de una mayor oferta de productos provenientes del extranjero, a mejores precios, apoyados en una orgía de apalancamiento – deuda – y dinero fácil que parecía interminable; mientras que los habitantes de los países emergentes mejoraron su nivel de vida trabajando duro para venderle cosas a los ávidos consumidores estadounidenses.

A su vez, el gobierno de Estados Unidos pudo financiar su creciente déficit – para regocijo de los políticos- gracias a que los gobiernos de los países emergentes (como China, India, México o Brasil) invirtieron e invierten las divisas, que obtuvieron con sus exportaciones a Estados Unidos, en bonos del Tesoro de ese mismo país, que pagan tasas de interés negativas.

Ninguno de los jugadores quería romper este juego, pero sus fundamentos eran endebles y estalló la crisis. El hilo se rompió por lo más frágil: el enloquecido apalancamiento en Estados Unidos.

Si los políticos estadounidenses, digamos Barack Obama y/o los populistas del estilo de Nancy Pelosi, caen en la tentación proteccionista (olvidando las lecciones de la gran depresión de los años 30 del siglo pasado), todos estaremos fritos, empezando por los estadounidenses que no encontrarán ya quién produzca para ellos, ni quién les financie su déficit y su carencia de ahorro interno.

Ejemplo: El Tratado de Libre Comercio con Colombia. El asunto no es un “quid pro quo” entre Obama y Bush, sino entre Obama y las economías emergentes, que exigen, con toda razón, un gesto de inteligencia. Son tiempos de cooperación, no de ignorar al resto del mundo. O nos salvamos todos, o nos hundimos todos.

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domingo, 28 de septiembre de 2008

Y después del “rescate”, ¿qué?

Tres grandes dudas: 1. ¿Perderá su hegemonía la moneda estadounidense?, ¿el euro será la divisa de reemplazo?, 2. ¿Cuánto durará y qué tan profunda será la recesión?, 3. ¿Terminará el “boom” del petróleo y de los “commodities”?


La mañana de hoy domingo el acuerdo para el multimillonario rescate de los activos financieros “tóxicos” estaba a punto. Un anónimo inversionista español escribió en la edición en línea de un diario financiero: “Espero que el acuerdo se alcance pronto. Tengo metido un kilo en acciones del Santander y si se firma el proyecto seguro que me meteré en el bolsillo al menos 600 euros en plusvalías”.
Pues, ¡suerte, matador!

¿Qué sigue? Ya sabemos que se inicia una sequía severa: Astringencia crediticia – a despecho de lo que digan las tasas de interés de referencia, la llave del crédito se ha cerrado- , caída de la demanda y, por tanto, de la actividad económica, recomposición del sistema financiero a favor de la banca tradicional, una percepción más aguda del riesgo asociado a los productos financieros complejos y opacos, revisión de las regulaciones con énfasis en la incompetencia – involuntaria o deliberada- de las calificadoras para distinguir la paja del trigo, ajustes de cuentas y fabricación de chivos expiatorios.

No deberá extrañarnos que los mercados prosigan dando tumbos, mientras se alcanzan otras definiciones de mayor calado. El próximo gobierno de Estados Unidos empezará con una gigantesca e inmediata tarea a cuestas y del rumbo que marque el próximo Presidente dependerán grandes definiciones para la economía mundial: ¿Se reconstruirá la hegemonía del dólar en los mercados mediante unas políticas fiscal y monetaria ortodoxas o el nuevo gobierno seguirá arrojándole carretadas de dinero devaluado a los problemas?

Del rumbo elegido dependerán asuntos tan importantes como la profundidad y la duración de la sequía (paradoja japonesa: mientras más liquidez inyectes, más durará la recesión), las presiones inflacionarias provenientes de los precios de energéticos y alimentos (la relación inversa entre el dólar y esos precios ha quedado establecida), la apertura o la cerrazón de los mercados al comercio exterior (la peligrosísima tentación proteccionista es más fuerte que nunca entre los políticos del mundo).

Pocas veces en la historia tanto ha dependido de una contienda electoral entre dos candidatos que, ¡ay!, no han dado hasta hoy señales de tener los tamaños para una tarea que requiere más agallas que artilugios electoreros.

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domingo, 8 de junio de 2008

¿Le ponemos más cremitas a la abuela?

Lo más inquietante del panorama económico mundial son las respuestas de la mayoría de los políticos en casi todo el planeta: La cosmetología parece haber sustituido a la buena economía.

¿Al mal tiempo, buena cara? No, eso es optimismo pacato. La mercadotecnia electoral, que se ha convertido en una especie de ciencia política posmoderna, tiene otra receta ante los males tiempos económicos: Una batería de cremas que prometen desaparecer arrugas y verrugas. La “buena cara” no surge ya del ánimo interno, sino de algún ungüento de colágeno y elastina.

En Argentina el gobierno K, la dupla Néstor y Cristina, está metido de lleno en la tarea del maquillaje. Por un lado, han arreglado la báscula que mide la inflación para que no inquiete con sus malas noticias y, de paso, para volverle a escatimar el pago de sus haberes a los acreedores del gobierno. Un nuevo impago ingeniosamente oculto detrás de una mentirosa metodología para calcular el índice de precios. Nadie se cree el embuste pero a los políticos ahora no se les paga para lidiar con la realidad sino para fabricar apariencias.
Por otro lado, el mismo gobierno K está enfrascado en una lucha feroz contra el sector más productivo y competitivo de su economía. Buscan que las malas noticias de los altos precios de los alimentos no lleguen al mercado interno. Los precios del mercado libre les dicen que hay que estimular la oferta, pero ellos prefieren el consejo de la modista: “No estás gordita, mi reina, lo que pasa es que las rayas horizontales no te favorecen”.
En Estados Unidos la fiebre electoral contamina prácticamente todas las políticas públicas: El Congreso multiplica los subsidios a los productores agropecuarios – que están en plena bonanza- y propone nuevas barreras al libre comercio. De pronto, cosmetología de punta, el libre comercio con Colombia se dibuja como una terrible amenaza para los empleos estadounidenses, ¡y lo dicen apasionados como si de veras se creyesen esa patraña!
En España, el gobierno ya no sabe de qué otros trapitos echar mano para cubrir las vergüenzas de una economía que pierde competitividad y fibra.
Y en otras latitudes no cantamos mal las rancheras ni nos faltan recursos cosméticos.
Malos tiempos para la economía; pero son días de gloria para la industria del embellecimiento.

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viernes, 16 de mayo de 2008

Los Kirchner y el hambre del mundo (I)

Argentina es probablemente el país más competitivo del mundo produciendo granos y alimentos. ¿Qué hace el gobierno argentino ante esta innegable ventaja competitiva de sus productores agropecuarios? Ponerles un impuesto confiscatorio a las exportaciones, agredirlos, acusarlos de criminales por ser prósperos y productivos.

La cosecha argentina de maíz de 2007-2008 será de unos 21.5 millones de toneladas, el consumo de ese cereal en Argentina es de apenas 6.5 millones de toneladas; la cosecha de trigo en Argentina será de 15.5 millones de toneladas y el consumo interno de trigo en ese país difícilmente llegará a 5.5 millones de toneladas. Son sólo dos ejemplos. Argentina tiene capacidad productiva de sobra para alimentar a cuatro o cinco países más.

Todo mundo sabe que hemos entrado mundialmente en un ciclo largo de encarecimiento de los alimentos, después de otro ciclo largo (de casi 50 años) en el que la productividad abarató sostenidamente los alimentos. No sólo se trata de que los chinos o los indios estén comiendo mejor porque tienen más ingresos – a partir de un trabajo duro y productivo- sino de que el intervencionismo gubernamental (subsidios ruinosos, barreras comerciales, supersticiones antiprogresistas, cultivo político de clientelas electorales y de patrocinadores de campañas partidistas, entre otros males) ha contribuido a un encarecimiento de los alimentos del mundo.

¿Qué ha hecho ante este fenómeno el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, quien en realidad es una simbólica encargada del despacho que le heredó y encomendó su marido Néstor? Pues desempolvar las teorías fracasadas del economista difunto que más daño causó en América Latina, Raúl Prebisch, e imponer una retención impositiva exorbitante a las exportaciones de granos; algo similar a lo que antes hizo con las exportaciones de carne. Repetir la nefasta receta de Juan Domingo Perón que, impulsado por ese poderoso resorte de la miseria moral que se llama envidia, quiso apropiarse de la renta agropecuaria de Argentina para consentir a una burocracia voraz y a unos industriales ineficientes que claman por subsidios y por protección.

La única motivación que puede haber detrás de este despropósito es la avidez de los políticos por apropiarse de la riqueza de los demás. Un gobierno de "izquierda moderna", anclado en los nefastos mitos de los años 70 del siglo pasado, contribuye con fervor a incrementar el hambre en el mundo. Malvados y, además, estúpidos.

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miércoles, 7 de mayo de 2008

Alimentos caros gracias a los políticos populistas

La carestía mundial de los alimentos – que NO inflación- ha sido causada fundamentalmente por el proteccionismo agrícola, las regulaciones gubernamentales excesivas y los subsidios a las clientelas electorales.


No vivimos, como erróneamente se dice, una inflación en los precios de los alimentos. La inflación es un fenómeno cuyas causas – y remedios- siempre son monetarios. No es el caso. Vivimos una carestía que ejemplifica dramáticamente los daños que causa el proteccionismo comercial, el intervencionismo gubernamental en los mercados y la compra de clientelas electorales mediante subsidios a los productores agrícolas…o a quienes se ostentan como tales.

Cuando en agosto de 2006 se atascaron las conversaciones de la ronda de Doha, que entre otras cosas buscaban liberalizar la producción y el comercio de productos agropecuarios en el mundo, se aceleró la actual crisis de los alimentos.

Cuando los burócratas de las Naciones Unidas se inventaron el asunto del calentamiento global (tenía que ser "global" para justificar la intervención de la burocracia "global" premier) y junto con multitud de políticos vieron una veta política y de negocios en la promoción de los agro-combustibles, se aceleró la actual crisis de los alimentos.

Cuando en Japón, la Unión Europea, Estados Unidos, México, Corea, la India, los productores agrícolas – o, mejor dicho, los que se ostentan como tales a través de organizaciones incrustadas en los aparatos políticos- obtuvieron un peso e influencia desorbitados, a todas luces desproporcionados, en la elaboración de políticas públicas y de la legislación, se incubó la actual crisis de los alimentos.

Cuando los socialistas reciclados en "verdes" obstruyeron los avances técnicos en la productividad agrícola infundiendo miedos irracionales a los cultivos transgénicos, al uso de agroquímicos y a la globalización de los agro-negocios, se potenció la actual crisis de los alimentos.

No es una maldición enviada por los extraterrestres, ni una conspiración de esos fantasmales neoliberales (a los que tanto dice detestar Carlos Salinas de Gortari), es simple y llanamente el producto inevitable de la intromisión de los gobiernos en los mercados y de la explotación política de los aldeanos y atávicos temores al progreso y a la globalización. Esa es la causa de esta carestía mundial de los alimentos.

El remedio es quitar regulaciones, liberalizar el comercio mundial, destrabar la ronda de Doha y mandar a sus casas a los políticos populistas en todo el mundo.

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sábado, 3 de mayo de 2008

Competencia, competencia y más competencia

¿Quién está causando las presiones inflacionarias en alimentos y energéticos? Los gobiernos entrometidos. La solución es eliminar regulaciones obstruccionistas, promover la competencia sin cortapisas y apostarle a la eficacia de los mercados globales para asignar los recursos.

Si fueran médicos les estarían recetando a los diabéticos ingerir toneladas de azúcar.

Las alzas mundiales en los precios de los alimentos y los energéticos están alentando a los intervencionistas gubernamentales en todo el mundo a proponer más del veneno que precisamente ha ocasionado los problemas: barreras al libre comercio, regulaciones obstruccionistas, mecanismos compensatorios, precios mentirosos, subsidios irresponsables…

Tenemos en Estados Unidos a los dos personajes que se disputan la candidatura del Partido Demócrata tratando de seducir a los electores con recetas populistas que han comprobado una y otra vez su fracaso. Tenemos a un presidente, George W. Bush, totalmente desorientado defendiendo – contra la contundente evidencia- los irracionales y ruinosos subsidios a la producción de etanol a partir de maíz.

Tenemos en Argentina a una presidenta populista enfrentando al sector más productivo de ese país – que son los agricultores y los ganaderos- poniéndoles impuestos confiscatorios a las exportaciones y obstruyendo el libre comercio de granos, de carne y de leche.

Tenemos en Asía a gobiernos torpes impidiendo la exportación de cereales, como el arroz, con lo que contribuyen a exacerbar la inflación mundial y el hambre.

Tenemos a los "verdes" y a otras organizaciones no gubernamentales – que en realidad viven de los recursos de los contribuyentes- impidiendo el avance tecnológico en la agricultura, oponiéndose con supersticiones medievales al uso de agroquímicos para aumentar la productividad en el campo y estigmatizando, con alegatos infantiles, los llamados cultivos transgénicos.

Tenemos a gobiernos y a falsos ecologistas impidiendo el uso de tecnologías modernas, viables y limpias para generar energía, como la nuclear, alimentando miedos y fantasías populares propios de la edad de las cavernas.

Tenemos en México a legisladores y medios de comunicación capturados por el principal monopolista privado, atacando con mentiras cobardes a quien promueve la competencia y a quien denuncia la arrogancia de los que depredan los excedentes de los consumidores.

La inflación que viene, y que ya vivimos, se combate sobre todo amarrándoles las manos a los intervencionistas gubernamentales y promoviendo la competencia, más competencia y más competencia. ¡Por Dios, por una vez en la vida dejen trabajar a los mercados libres!

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jueves, 3 de enero de 2008

China: ¿Cómo evitó el “capitalismo de compadres”?

A diferencia de muchos países de Europa del Este y de fallidos intentos reformistas de varios países de América Latina – incluido México-, los reformadores de la economía china NO buscaron crear un capitalismo “nacionalista”, lo que suele degenerar en mercantilismo, capitalismo de compadres y relaciones corruptas entre la clase política y la naciente clase de negociantes.

Primera lección china: La parafernalia nacionalista y sus mitos son el más grande obstáculo para desatar la productividad.

Una de las principales diferencias entre las fallidas experiencias “capitalistas” de algunos países de Europa del Este y el gran viraje chino hacia la prosperidad fue que los dirigentes del Partido Comunista Chino, a partir del seminal tercer pleno del 11º Comité Central, y especialmente en la conferencia de trabajo previa al mismo pleno – 36 días de intensas discusiones- en noviembre y diciembre de 1978, detectaron que una transformación económica de fondo sería inviable si se sustentaba en el mito popular de que el Estado debe fomentar un empresariado nacional protegiéndolo de la competencia y entregándole, en bandeja de plata, a millones de consumidores como mercado cautivo o territorio de caza.

Por el contrario, la gran reforma de la economía china se apoyó en una verdadera apertura a la inversión extranjera precisamente en áreas estratégicas y prioritarias. Justo en aquellas áreas que tradicionalmente el mercantilismo latinoamericano del siglo XX cerró, y sigue cerrando, a la competencia internacional y reserva para una supuesta clase empresarial autóctona entreverada con la misma clase política (o peor todavía: las reserva para los mismos políticos, como sucede en PEMEX).

La diferencia de incentivos es abismal: en el caso latinoamericano, por ejemplo, se forjó no una clase empresarial sino de cazadores de rentas a expensas de los consumidores; clase que se beneficia de concesiones, fronteras cerradas, barreras de entrada, y cuyo incentivo es mantener relaciones ventajosas con la clase política que otorga los favores e impone las restricciones. En el caso chino el incentivo es la productividad y su acicate es la competencia internacional.

Otra manera de calcular el abismo entre el modelo mercantilista de América Latina y el modelo capitalista de China es ver las reacciones ante episodios de apertura: Pocos ejemplos tan elocuentes de incompetencia mercantilista como el escenificado hace poco por algunos protegidos industriales mexicanos del calzado ante la competencia china. Dan pena, de veras.

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jueves, 13 de diciembre de 2007

Zapateros de Guanajuato: Solos contra el mundo

Lo que yo entendí de toda la alharaca que armaron algunos fabricantes de zapatos es que se deben sentir muy solos: Según dicen ellos son una isla de eficiencia rodeada de un océano de imbecilidades; tontos, los chinos que quién sabe por qué andan regalando zapatos al mundo y tontos, millones de consumidores que compran zapatos más baratos.

El 12 de diciembre los zapateros de León, Guanajuato, junto con el gobernador de ese estado y la Concamin, hicieron su numerito contra la desaparición de las cuotas compensatorias – estratosféricas, por cierto- que se imponen en México a las importaciones de calzado producido en China. Un papelón digno de una sátira de Frederic Bastiat (los zapateros leoneses pueden consultar en alguna enciclopedia quién es ése señor del que tal vez jamás oyeron hablar), como la sátira de los fabricantes de velas exigiendo al gobierno que prohibiese la “competencia desleal” de…¡el sol!

El señor que encabeza la Cámara de la Industria del Calzado de Guanajuato, José Antonio Abugaber, hizo el consabido “road-show” en los medios con muchas ganas de envolverse en la bandera nacional, de manotearle al gobierno federal y de presumir que ellos – los negociantes zapateros de León- mantienen a miles de trabajadores (que, se infiere, de otra forma no tendrían cómo ganarse la vida), mientras que los chinos malvados – no hace falta recordar que son comunistas y ateos-, quieren inundar a México de zapatos baratos.

A estos paladines no se les cae de la boca la etiqueta: “Competencia desleal” como sinónimo de “Made in China”, pero jamás han definido qué entienden por eso: ¿vender más barato?, ¿aprovechar las ventajas competitivas y comparativas?, ¿ser más productivos?, ¿explotar el nicho de los zapatos baratos y desechables?

Tampoco quedó claro en este melodrama, tan barato como un par de zapatos chinos, cómo explican los zapateros de León la gran estupidez de los chinos que andan por el mundo vendiendo los zapatos por debajo de su costo, ¿qué les pasa a los chinos?, ¿además de comunistas se volvieron filántropos y quieren calzar al mundo aunque pierdan millones de dólares en el intento?

Y los consumidores, que no sabemos distinguir entre unas zapatillas chinas y unos zapatos de vestir bien hechos, tampoco salimos bien parados en esta historia lacrimosa. Somos tontos irredentos y es preciso que el gobierno nos impida comprar mercancías baratas.

Patético.

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martes, 23 de octubre de 2007

A todo esto, ¿Keynes era keynesiano?

Tal vez junto con Milton Friedman, el británico John Maynard Keynes fue el economista más influyente del siglo pasado; pero, a diferencia de Friedman, es casi imposible saber cuál era la posición de Keynes respecto de muchos de los asuntos para los que se le invoca, sea para elogiarlo, sea para criticarlo.

En el debate entre economistas el adjetivo "keynesiano" evoca básicamente dos creencias o afinidades: 1. Estar a favor de una política fiscal activa como remedio para la recesión o, dicho coloquialmente, promover el gasto público como motor del crecimiento y como generador de empleos y 2. Creer que el libre mercado tiene sus límites y que el gobierno debe corregir los frecuentes excesos y fallas del mercado. En otras palabras: Ser "keynesiano" suele entenderse como sinónimo de "atinada izquierda".

Sin embargo, acudiendo a la fuente original, la obra de Lord Keynes, es difícil encontrar una postura única y definida sobre asuntos cruciales de la ciencia económica. Hace ya muchos años, en diciembre de 1992, así lo hizo notar un divertido artículo del semanario "The Economist" que proporcionaba, entre otros, los siguientes ejemplos:

A favor del libre comercio . Keynes escribió que el argumento de que las barreras al libre comercio contribuyen a proteger el empleo "esconde la falacia proteccionista más grosera y cruda"; también escribió: "Creo en el libre comercio porque es (…) la única política técnicamente sólida e intelectualmente correcta".

A favor del proteccionismo : "Simpatizo más con aquello que puede disminuir más que maximizar la maraña de la economía entre las naciones. Las ideas, el arte, la hospitalidad, los viajes – ésas son cosas que por su naturaleza deben ser internacionales. Pero dejemos que los bienes sean hechos en casa en la medida de lo razonable o de lo convenientemente posible; y, sobre todo, financiemos primordialmente lo nacional".

A favor de los trabajadores (con motivo de la huelga general de 1926 en el Reino Unido): "Mis sentimientos, distintos de mis juicios, están con la clase trabajadora".

A favor de la burguesía y la aristocracia : "Creo que hombre por hombre la clase media y aún la clase alta son mucho muy superiores a la clase de los trabajadores".

Así que, después de todo, ¿qué es "ser keynesiano"?

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