miércoles, 14 de mayo de 2008

El mascarón de proa y otras gracejadas

Lo más bonito que se dijo el martes 13 acerca de Pemex es que "debe ser el mascarón de proa del nacionalismo mexicano". Linda metáfora del siglo XVIII expresada por un doctor en relaciones internacionales que es un furibundo nacionalista.

La cursilería oratoria es una de las grandes ventajas comparativas de México. El martes pasado, primer día oficial de debates acerca de Pemex y asuntos anejos, el doctor en relaciones internacionales Lorenzo Meyer acuñó una frase digna de recogerse en alguna nueva edición de "El declamador sin maestro". Después de una larga parrafada, don Lorenzo le dio el último toque retórico a su pastel nacionalista-colectivo-petrolero con un derroche de merengue, empalagoso pero inolvidable, que decía más o menos así: "Pemex debe ser el mascarón de proa del nacionalismo mexicano".

Hablar de "mascarones de proa" en pleno siglo XXI para referirse al futuro de una entidad petrolera y recaer en la gastadísima metáfora de que un país es como un barco que surca el océano y en el que nos llevan quién sabe hacia dónde y quién sabe qué pilotos, y otorgarle al monopolio petrolero el papel de mascarón de la anticuada nave, es sencillamente delicioso.

Un mascarón de proa era "una figura de adorno colocada -en siglos pasados- en lo alto del tajamar de los barcos", justamente cuando los grandes barcos surcaban los mares movidos por el viento o por el esfuerzo de los remeros, no por ningún odioso combustible derivado del petróleo. Ya no hay barcos así, más que en los museos o como curiosidades para diversión de ociosos adinerados.

Lo peor no es lo decrépito de la metáfora sino que, en su apasionada defensa nacionalista, don Lorenzo no le haya encontrado mejor papel a Pemex que el de "adorno" naviero. Majestuoso, sí; edificante, también, pero adorno al fin y al cabo, que no sirve para navegar, ni para llegar a buen puerto, acaso para enorgullecer a los tripulantes: "Ninguno de esos odiosos trasatlánticos extranjeros que nos pasaron y nos dejaron solitos acá atrás, tiene mascarón de proa. ¡Como México no hay dos!".

Don Lorenzo, si vamos a ponernos a buscar adornos para la avejentada nave nacionalista yo propongo que el mascarón de proa sea la efigie de Salma Hayek. Digo, Salmita es más inspiradora y tiene un aire más clásico que el logotipo de Pemex.

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jueves, 3 de abril de 2008

El mito del mito de las “fibras sensibles”

Con razón Lula se pitorrea de nosotros. Vistos desde fuera los mexicanos debemos parecer unos bichos raros que le rinden culto al chapopote y a las mazorcas de maíz y que se consideran agraviados cuando alguien les pide ajustarse a la lógica o a los hechos.

Cuando menos 50 veces en el último mes he leído sentenciosas reflexiones donde se explica que la principal dificultad para conseguir una reforma razonable de Pemex obedece a que “el petróleo es una de las fibras más sensibles para los mexicanos”.

En otras ocasiones, “la fibra sensible” – intocable – es la que se refiere al maíz o a la tortilla, o al carácter inmaculado de la UNAM (¿fue de la UNAM o de la Virgen de Guadalupe de quien se dijo que Dios “no hizo cosa semejante con nación alguna”?) o a la indescriptible emoción que uno debe experimentar al ver los murales de Diego Rivera o los canales de Xochimilco con sus trajineras…y unos muchachitos alcoholizados empujándose unos a otros hacia las sucias aguas. Idílico, ¿no?

Me imagino que al enterarse de todo el inventario de las “fibras sensibles” que llevan a cuestas los mexicanos, los extranjeros han de sospechar que los mexicanos vamos como erizados por el mundo, tratando de evitar a toda costa que cualquier persona o cosa, deliberada o involuntariamente, nos vaya a tocar alguna de las muchas “fibras” que vienen, dicen, con el equipo de fábrica con el que cada mexicano nace en este país. ¡Y mejor ni pregunten lo que puede pasar si, acaso, “mas si osare un extraño enemigo”, nos llegan a tocar una fibra sensible! ¡La hecatombe! ¡El fin del mundo!

Todo esto lo sé porque lo he leído, o lo he escuchado, no tengo ninguna experiencia empírica (“sensible”) del asunto. Nací, supongo, sin el equipo de fábrica que se atribuye a los mexicanos, las fibras las prefiero en el desayuno o para lavar platos, para mí el 18 de marzo es el cumpleaños de mi papá, no la fecha fundacional de la patria auténtica por el general Cárdenas, el maíz es un cereal, el petróleo una mercancía como cualquier otra y la UNAM una universidad pública grandota de media tabla en el mundo de las universidades. No más. ¡No tengo “fibras sensibles”!, ¿a dónde me quejo?

¿Y a usted, estimado lector, si le tocaron fibras sensibles en el reparto?

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