jueves, 3 de diciembre de 2009

Reformar a México es destruir mitos

¿Por qué es tan difícil reformar a México?
Porque es muy difícil derribar mitos arraigados y reforzados por años de adoctrinamiento.
Este adoctrinamiento está plasmado en la instrucción oficial que durante casi un siglo hemos recibido los mexicanos.
Este adoctrinamiento, que ha troquelado los mitos en las conciencias, se ofrece cada día, desde hace décadas, en las instituciones educativas mexicanas, incluidas las instituciones privadas.
Este adoctrinamiento se refuerza cotidianamente a través de la propaganda, disfrazada de información y análisis, de la mayoría de los medios de comunicación.
Ajustarse a los mitos inoculados por el adoctrinamiento garantiza el éxito - o al menos previene contra el fracaso- en el sector público, en las instituciones y en los ambientes académicos, en el mundo editorial y de los medios de comunicación. De esta forma, hay un nuevo refuerzo para la constelación de mitos: Si te atienes a ellos puedes triunfar, si atacas los mitos tienes el fracaso asegurado. Pierdes la chamba por incómodo, eres condenado al ostracismo y el aislamiento social ("ninguneado"), no puedes ingresar al Sistema Nacional de Investigadores, no te publican, no obtienes ascensos, becas, promociones, no recibes "palmadas en la espalda" (el premio tal o cual; los homenajes, las invitaciones...), no eres funcional; tienes "problemas de actitud".
Los mitos son ilusiones (mentiras glorificadas por el deseo) y somos una sociedad de ilusos que lo que más detesta es que lleguen los insolentes o los iconoclastas o los excéntricos a destruir mitos. (Ver "país de ilusos" en esta misma bitácora).
Uno de los procesos históricos más fascinantes y menos conocidos de la historia mexicana fue la exitosa transformación de Benito Juárez y de la Reforma liberal del siglo XIX en sendos mitos. A 15 años de la muerte de Juárez, el Presidente de México, Porfirio Díaz, lo elevó a los altares, lo hizo mito, del mismo modo que su régimen, con el valioso auxilio de los positivistas mexicanos, había ya logrado hacer del liberalismo una etiqueta mítica que encajaba sin hacer ruido en el discurso del orden y el progreso, en la retórica que justificaba la poca política y la mucha administración.
El liberalismo mexicano del siglo XIX murió cuando se hizo mito retórico, del mismo modo que Benito Juárez (ser humano de carne y hueso, lleno de defectos, que representaba la facción triunfadora del liberalismo mexicano del siglo XIX), se murió definitivamente cuando, a 15 años de su muerte, Porfirio Díaz lo "inmortalizó" haciéndolo mito, estatua de piedra o de bronce, héroe inaccesible al que se recurre retóricamente lo mismo para un barrido que para un fregado (Andrés López, profundamente antiliberal, pudo proclamarse ferviente seguidor de Juárez y prácticamente nadie se llamó a sorpresa o enojo por la falsificación).
Tres ejemplos de mitos que algunos "excéntricos", que desde luego cuentan con toda mi simpatía, han tratado de derribar en días recientes:
-La UNAM es una gran universidad que merece recibir un caudal inagotable de recursos públicos. El mito lo desbarata Santos Mercado en Asuntos Capitales (leer pinchando aquí).
- El campo mexicano no debe incluirse en las reformas estructurales, no se toca. Mito que lamenta Ángel Verdugo en Excélsior hoy (puede leerse pinchando en este otro lugar).
- "México" pide a sus hijos "sacrificarse" por la voz del gobierno (Presidente, senadores, diputados, ¿encuestas?, ¿editoriales en medios de comunicación?) para ocupar puestos de "servicio público". "México" asume, entonces, el carácter de una deidad que habla de forma unívoca y a la que jamás se le puede decir que no. Mito que ataca mordazmente Clotilde Hinojosa en "Asuntos Capitales" (puede leerse aquí).

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miércoles, 18 de junio de 2008

¿El sufragio femenino violó la Constitución?

No hay absurdo – decía Aristóteles – que no encuentre un filósofo dispuesto a defenderlo. Si el "espíritu" del Constituyente de 1917 fue otorgar, como "derecho adquirido" de los varones la exclusividad del voto, ¿habrá que concluir que el sufragio femenino, reconocido en 1953, violó el espíritu de la sacrosanta Constitución?


Una de las reivindicaciones del movimiento vasconcelista a fines de la segunda década del siglo XX en México fue el sufragio femenino. Desde luego, se opuso a ello el flamante Partido Nacional Revolucionario (PNR), simiente del actual PRI, argumentando, entre otras cosas, que las mujeres representaban un peligro para la Revolución dado que en su mayoría estaban bajo la influencia del pensamiento clerical.

Años más tarde, y ante la presión de algunas mujeres decididas incluso a realizar una huelga de hambre para exigir la modificación del artículo 34 de la Constitución (cuya redacción en género masculino parecía limitar la ciudadanía a los varones), el general Lázaro Cárdenas envió una iniciativa de reforma al Congreso para que el nuevo artículo especificase: " son ciudadanos de la República, todos los hombres y las mujeres que…".

Considerando la ferviente sumisión del Congreso a los dictados del Presidente (estamos hablando de 1937 y todos los legisladores eran ya, al menos de dientes para fuera, cardenistas), se hizo el cambio, pero ese reconocimiento de ciudadanía no significó, aún, el derecho a votar y ser votadas.

Llama la atención que el senador Luis Mora Tovar en un principio estuviese en contra de reconocer la ciudadanía a las mujeres y, aunque más tarde cambiase de opinión, haya expuesto de cualquier forma sus prevenciones, entre otras que "la mujer es ignorante por lo que su actuación puede ser peligrosa para el país" y esta otra, típica de la época, "no es el momento oportuno porque las mujeres de la reacción, que son muchas y con muchos recursos, forman un bloque compacto, mientras que las emancipadas están divididas".

Y, al final, esta joya: No es conveniente, dijo Mora Tovar, que a la mujer "se le haga descender a compartir con nosotros – los hombres- esa pestilencia del fango de nuestra democracia".


Pues, ¡qué caballeroso fue el senador!

(Las citas están en el libro "¡Por fin ya podemos elegir y ser electas!" de Enriqueta Tuñón Pablos, 2002, Plaza y Valdes, que también puede encontrarse pinchando aquí en la biblioteca de Google.

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jueves, 3 de abril de 2008

El mito del mito de las “fibras sensibles”

Con razón Lula se pitorrea de nosotros. Vistos desde fuera los mexicanos debemos parecer unos bichos raros que le rinden culto al chapopote y a las mazorcas de maíz y que se consideran agraviados cuando alguien les pide ajustarse a la lógica o a los hechos.

Cuando menos 50 veces en el último mes he leído sentenciosas reflexiones donde se explica que la principal dificultad para conseguir una reforma razonable de Pemex obedece a que “el petróleo es una de las fibras más sensibles para los mexicanos”.

En otras ocasiones, “la fibra sensible” – intocable – es la que se refiere al maíz o a la tortilla, o al carácter inmaculado de la UNAM (¿fue de la UNAM o de la Virgen de Guadalupe de quien se dijo que Dios “no hizo cosa semejante con nación alguna”?) o a la indescriptible emoción que uno debe experimentar al ver los murales de Diego Rivera o los canales de Xochimilco con sus trajineras…y unos muchachitos alcoholizados empujándose unos a otros hacia las sucias aguas. Idílico, ¿no?

Me imagino que al enterarse de todo el inventario de las “fibras sensibles” que llevan a cuestas los mexicanos, los extranjeros han de sospechar que los mexicanos vamos como erizados por el mundo, tratando de evitar a toda costa que cualquier persona o cosa, deliberada o involuntariamente, nos vaya a tocar alguna de las muchas “fibras” que vienen, dicen, con el equipo de fábrica con el que cada mexicano nace en este país. ¡Y mejor ni pregunten lo que puede pasar si, acaso, “mas si osare un extraño enemigo”, nos llegan a tocar una fibra sensible! ¡La hecatombe! ¡El fin del mundo!

Todo esto lo sé porque lo he leído, o lo he escuchado, no tengo ninguna experiencia empírica (“sensible”) del asunto. Nací, supongo, sin el equipo de fábrica que se atribuye a los mexicanos, las fibras las prefiero en el desayuno o para lavar platos, para mí el 18 de marzo es el cumpleaños de mi papá, no la fecha fundacional de la patria auténtica por el general Cárdenas, el maíz es un cereal, el petróleo una mercancía como cualquier otra y la UNAM una universidad pública grandota de media tabla en el mundo de las universidades. No más. ¡No tengo “fibras sensibles”!, ¿a dónde me quejo?

¿Y a usted, estimado lector, si le tocaron fibras sensibles en el reparto?

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sábado, 22 de marzo de 2008

Dos grandes mentiras sobre Pemex

La magnitud de las mentiras que se han dicho – y se seguirán diciendo – acerca de Pemex es pasmosa e indignante, especialmente por parte de quienes se oponen a cualquier transformación estructural de esa “empresa”. Dos ejemplos.


Primera mentira: Durante los últimos años no se ha invertido en Pemex y los recursos excedentes, derivados de mayores de precios del petróleo, se han desperdiciado.

La realidad: De 2000 a 2007 se han invertido en Pemex más de 70 mil millones de dólares. Gracias a las cuantiosas inversiones realizadas en Pemex de 2000 a la fecha la “empresa” ha aumentado sustancialmente la producción de gas natural en la cuenca de Burgos, disminuyendo las importaciones de ese energético; en 1997 se producían cada día 420 millones de píes cúbicos de gas en dicha cuenca; hoy se producen diariamente 1,450 millones de píes cúbicos de gas, un crecimiento de 245% en diez años. También gracias a dichas inversiones Pemex ha localizado prometedores mantos en aguas profundas en el Golfo de México.

Lo que sí es cierto es que la inversión en Pemex durante el último gobierno del PRI – Ernesto Zedillo- fue magra: sólo 29 mil millones de dólares en todo el sexenio 1994-2000.

Segunda mentira: El fisco – la Secretaría de Hacienda – ha exprimido a Pemex; otras petroleras nacionales, como Petrobras en Brasil, no pagan tantos impuestos.

La realidad: Todas las compañías petroleras del mundo pagan altos impuestos a los gobiernos por la extracción de energéticos. Específicamente, Petrobras en 2007 pagó “impuestos de producción” por 60.3% del valor de cada barril de petróleo o equivalente al gobierno brasileño (ver informe anual de Petrobras: El costo promedio de “lifting” sin impuestos en 2007 fue de 7.70 dólares; con “impuestos de producción” fue de 19.39 dólares).

La principal diferencia entre Pemex y Petrobras – que también es controlada por el Estado- es que la brasileña sí es una empresa pública cuyas acciones se cotizan en los mercados internacionales, con ejemplares prácticas de gobierno corporativo, que no tiene restricciones para asociarse con otras petroleras y empresas de servicios para explorar y explotar yacimientos en Brasil y en todo el mundo. Pemex ni siquiera es jurídicamente una empresa sino un organismo público descentralizado que está sujeto a inflexibles y absurdas restricciones para establecer asociaciones – por ejemplo, contratos de riesgo – con empresas privadas nacionales o extranjeras.

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jueves, 21 de febrero de 2008

Los ruido – traficantes

Un gran porcentaje de la supuesta información que difunden los medios no es tal sino “ruido” a veces involuntario y a veces deliberado. Por eso, como aconsejaba Antonio Machado, conviene pararse “a distinguir las voces de los ecos”.

El prematuramente fallecido economista Fischer Black (1938-1995) desarrolló, entre otras valiosas aportaciones a las finanzas modernas (derivados y opciones), una sugerente descripción del mercado financiero como el lugar de encuentro entre los “information traders” y los “noise traders”. Dicho en forma simple: Los mercados se mueven porque no somos omniscientes y diferimos en nuestras especulaciones acerca del futuro; pero algunas de esas especulaciones están sustentadas en información – por ejemplo, los datos sobre el crecimiento de las importaciones de bienes de capital que nos dan indicios sobre el futuro de la actividad económica – mientras que otras de las especulaciones se mueven por puro “ruido”, sinónimo de cualquier interferencia que distorsiona los mensajes. Dos ejemplos de ruido: los múltiples datos falsos que maneja en sus peroratas el patriarca de los pantanos (López) o las frecuentes campañas de desinformación que emprenden las televisoras – y sus apéndices- con el objeto de obtener alguna ventaja para sus negocios.

Tomo prestada la descripción de Black para hablar de los traficantes de ruido – o ruido-traficantes- que padecemos en México y en otros países. Tengo para mí que hay una correlación estrecha entre la proliferación de ruido y los obstáculos al desarrollo. Suele haber más ruido que información en los países pobres e improductivos y la más clara muestra de la improductividad es que hay en dichos países muchas más personas que obtienen rentas mediante el tráfico del ruido, que personas ganando utilidades legítimas al difundir información.

Una de las fuentes más prolíficas de ruido son las supersticiones y mitos disfrazados de dogmas “nacionalistas” o “revolucionarios” que caen en tierra fértil gracias a un sistema educativo diseñado para promover y perpetuar la ignorancia. El sistema educativo es la nodriza y ése, y no otro, es el significado de la frase acerca del gran poder que tiene “la mano que mueve la cuna” acuñada por James Joyce.

A mayor ruido en el sistema mayor será la brecha futura entre los ingresos de quienes tienen información y los ingresos de quienes sólo tienen ruido. Y a mayor pobreza y desigualdad se refuerza el negocio de los “ruido-traficantes”.

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martes, 5 de febrero de 2008

Energéticos y “guerras de religión”

El concepto “revolución mexicana” es un poderosísimo mito integrador que el general Lázaro Cárdenas consolidó con la expropiación petrolera. Conforme al mito, plantear una reforma energética desde el punto de vista de los consumidores provoca excomuniones fulminantes dictadas por los guardianes de la fe revolucionaria, quienes amenazan con desatar una guerra de religión contra los liberales infieles.

Supongo que el valiente y valioso libro de Macario Schettino, “Cien años de confusión” (1), fue recibido con fingida indiferencia por las capillas intelectuales de México – ya no se diga por los amanuenses de las minorías rectoras del país- porque es un libro peor que herético, que derrumba el mito fundacional e integrador (“revolución mexicana”) alrededor del cual se han sustentado la mayor parte de los arreglos de poder y de reparto de rentas en México de 1937 a la fecha.

La tesis fundamental de Schettino es que la revolución mexicana es un concepto construido a posteriori – principalmente por Lázaro Cárdenas del Río- para dar coherencia a las variopintas revueltas de las primeras décadas del siglo pasado y establecer un sistema corporativista y mercantilista de permanencia en el poder. Palabras más o menos, Schettino propone a Cárdenas como el gran creador del concepto nacional-revolucionario y ubica a la expropiación petrolera como el momento fundacional de ese mito integrador.

Con más o menos rigor, el autor aporta numerosos elementos históricos para desmontar el mito. Se podrán encontrar varias imprecisiones y lagunas en la revisión que hace Schettino, pero la tesis de que la revolución mexicana es una construcción posterior a los hechos, diseñada para controlar e integrar a los mexicanos, así como para repartirse más o menos pacíficamente el poder y las rentas entre unas minorías rectoras, tiene un gran poder explicativo. Rechazarla a priori es como rechazar la teoría general de la relatividad porque en su formulación, en 1905, Einstein cometió alguna pifia matemática.

Mito integrador que se ha convertido en religión institucional, con culto, sacramentos, liturgia, sumos sacerdotes, dogmas, escrituras y santoral. El monopolio estatal petrolero – monopolio extendido más tarde a todos los energéticos- está en el núcleo del mito.

Y los guardianes del culto – como Andrés López- desean fervientemente la gloria de encabezar una guerra de religión, sangrienta si es preciso, en contra de los infieles liberales que osen, siquiera, proponer una reforma. ¿Otra guerra de reforma, pues, con López encabezando a los “cangrejos de la reacción”?

(1) Ficha bibliográfica: Cien años de confusión. México en el siglo XX. Schettino, Macario. México 2007, editorial Taurus (Santillana), 526 páginas.

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jueves, 17 de enero de 2008

La economía y el pecado original (IV y final)

La evidencia de la falibilidad humana – "naturaleza caída", "pecado original" o defecto de diseño, como quiera llamársele- debería alejar a los economistas de la tentación de convertirse en los "nuevos teólogos" de "nuevas confesiones dogmáticas". Los modelos económicos son imperfectas herramientas para aproximarnos a la realidad, de gran utilidad, pero jamás deberíamos tomarlos como la última palabra.

Aunque uno no comparta la vehemencia de algunos anticlericales a ultranza, como lo fue el gran economista Frank H. Knight, debe reconocerse que tal espíritu escéptico – que algunos motejan de cínico – es la actitud que más conviene al científico que busca la verdad, porque es muestra de que el científico auténtico sabe que la realidad que investiga siempre es más rica que todos los modelos que construyamos para capturarla.

En este sentido, Knight decía que la tarea del buen economista es semejante a la labor de Sísifo, que debe recomenzar ahí donde se quedó la noche anterior o, incluso, sobre los escombros de una hipótesis que primero pareció reveladora y después se mostró equivocada al confrontarse con los hechos.

Adicionalmente, no sólo se trata de que la realidad nos rebasa, sino de que el propio investigador - ¡otra vez, el pecado original!- es falible. En palabra de Blas Pascal – científico, pero también católico convencido de la falibilidad y de los infranqueables límites de la razón humana- no es necesario que todas las fuerzas del universo se conjuren para desviarnos de la búsqueda de la verdad; basta el perturbador vuelo de una mosca para que nuestra inquisición científica pierda la brújula…o deje de interesarnos.

Vivimos una época en la que, a despecho de grandes descubrimientos científicos y de la formidable dispersión social de la información, proliferan las supersticiones – calificadas gratuitamente como "ciencia" por no pocos medios de comunicación- y los novedosos dogmatismos. Mientras algunos clérigos olvidan la salud de las almas y repiten mitos y prejuicios totalmente acientíficos sobre los tratados comerciales, los precios o la pobreza, no pocos académicos confunden la ciencia con la teología y, abandonando el método científico, predican consignas ideológicas, cual si fuesen enviados divinos revelándonos el último dogma del momento. Han convertido el aula en púlpito sectario.

Ni unos ni otros podrían responder la pregunta clave que Milton Friedman solía hacer a los estudiantes que alegremente formulaban afirmaciones gratuitas: "Y eso que dices, ¿cómo lo sabes?".

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miércoles, 9 de enero de 2008

Francia y Alemania: ¿Educar para el fracaso?

Parecería que la receta educativa, aplicada por décadas en México mediante algunos textos escolares, para formar adultos fracasados, resentidos socialmente y atiborrados de mentiras ideológicas, está popularizándose en Francia y Alemania.

La siguiente frase (en “negritas” para que no pase desapercibida) pertenece a un libro de texto sobre la historia del siglo XX, en tres volúmenes, que tienen que memorizar los jóvenes para su examen de ingreso en algunas prestigiosas universidades de Francia:

“El crecimiento económico impone un modo de vida febril, produce exceso de trabajo, estrés, depresión nerviosa, enfermedades cardiovasculares y, de acuerdo con algunos, incluso puede provocar cáncer”.

Dice un libro de trabajo sobre la globalización que se utiliza en las escuelas alemanas:

“El llamado mundial a una mayor desregulación en realidad significa despojar de su vitalidad material a la moderna nación- Estado”.

Y pregunta un libro de matemáticas para 4° grado utilizado en Berlín:

“En 2004 un paquete de pan costó 40 centavos. Por el trigo que contenía el paquete de pan el agricultor recibió menos de 2 centavos, ¿qué piensas al respecto?”

Mientras que otro texto de bachillerato utilizado en Francia “enseña” lo siguiente:

“La globalización significa ‘la subyugación del mundo al mercado’, lo cual representa un verdadero peligro cultural”.

En Alemania, en un texto de décimo grado para ciencias sociales se dan consejos para combatir el desempleo, pero no vaya a creerse que se habla ahí de productividad, sino de cómo pueden organizarse los desempleados para hacer marchas y protestas “conforme con la tradición de Alemania del Este de los lunes de manifestaciones”.

¿Qué pasa en esos dos países europeos?, ¿se están preparando para ingresar al Tercer Mundo?, ¿habrá en el futuro legiones de vendedores ambulantes y de choferes de microbús, locutores de radio y hasta periodistas, eso sí con título universitario, deambulando por Francia y Alemania?, ¿habrá una competencia descarnada entre decenas de miles de políticos disputándose el poder a punta de diatribas ideológicas y fanáticas, mientras que esos países languidecen, porque ya nadie sabrá ni querrá generar riqueza, sino sólo pelearse las migajas de lo que hubo alguna vez?

Si usted, estimado lector, se ha quedado tan estupefacto como yo, le recomiendo el perturbador informe de Stefan Theil, editor de economía de Newsweek en Europa, publicado en Foreign Policy: “Europe’s Philosophy of Failure”

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martes, 8 de enero de 2008

China: Dejar a los "santos" en sus altares

La tercera lección del gran viraje chino es: Emancipa tu mente, deja los cartabones ideológicos para los discursos y deja a los "santos", como Mao, en sus altares, no permitas que estorben las reformas.

A pesar del fracaso evidente de la "revolución cultural" y de las atrocidades provocadas por el "gran timonel" – digamos los millones de muertos por hambre a causa de la colectivización del campo -, el nombre de Mao Tse Tung, la ideología comunista y toda la parafernalia heredada seguían siendo intocables en 1978, cuando se efectuó el tercer pleno del 11 Comité Central del Partido Comunista.

Yu Guangyuan, testigo del pleno y de sus trabajos preparatorios como asistente de Deng Xiaoping, consigna que el propio Deng tuvo mucho cuidado en dejar inmaculado el nombre de Mao y en advertir que nadie debería poner en duda la sabiduría del gran líder; hecho esto, formulados los "cuatro principios cardinales" – que fueron la garantía ofrecida por Deng de que por ningún motivo las reformas pondrían en riesgo el monopolio de poder del Partido-, y una vez que bañaron de incienso la figura histórica de Mao y que todos hicieron profesión de fe en el comunismo, se pusieron a trabajar en lo que verdaderamente importaba: Cómo sacar del atraso y de la miseria a China…

En cierta forma, Deng jugó el papel de severo guardían de la pureza ideológica, durante su discurso del 25 de noviembre, frente a las propuestas más audaces de cambio, como las que había formulado Chen Yun en su discurso del 12 de noviembre (cuando significativamente Deng no estaba en la reunión) llamando a dejar atrás la "revolución cultural" y virar toda la discusión del congreso hacia cómo lograr el desarrollo económico. Pero aun como guardían de la pureza Deng exhortó a sus camaradas a "emancipar su mente", lo que – a la postre- significó: "No dejemos que los dogmas nos detengan".

Más tarde se popularizaría otra metáfora que podemos aplicar a este compromiso entre dogmas y reformas: La jaula y el pájaro. El ave, que simboliza la emancipación mental, debe volar libre pero nunca fuera de la jaula que es la preservación del partido y de sus dogmas. El chiste – que en México muchos políticos "revolucionarios" jamás han entendido- es que conforme vuela más alto y más lejos el ave, más crece la jaula…hasta volverse invisible o del tamaño del cosmos.

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jueves, 1 de noviembre de 2007

Supersticiones irrefutables

Una vez que han sido promulgadas – como si fuesen revelación divina-, algunas modernas supersticiones resultan tan irracionales como irrefutables.

Escuché por la radio decir a un conocido juez y profeta instantáneo que ya está “demostrado científicamente” que un trágico accidente en una plataforma petrolera – que cobró varias vidas- se debió al calentamiento global. Este visionario, tal vez usted lo haya escuchado, se caracteriza porque maniáticamente repite las palabras como si su auditorio fuese sordo o distraído.

Ha nacido, pues, una nueva causa última que lo explica todo: El calentamiento global.

Después de escuchar este monótono evangelio – y ¡ay de aquél que dude! porque será tachado de “negacionista” (sic)- leí en un periódico de inconfundible e incorregible sintaxis que: “Impacta el IETU el bienestar”. Vamos mejorando, se trata de una superstición más compleja. La fuente original de esta otra profecía es un comunicado del banco central que dice: “Existen riesgos adicionales para la inflación (sic). En particular, es previsible que algunas empresas intenten trasladar al consumidor el costo asociado a la elevación de la carga fiscal”. Además de que en buen castellano debería decirse que ése es un posible riesgo para la estabilidad de precios, NO para la inflación, la conjetura – que el diario convirtió en superstición dogmática- es poco probable, toda vez que la competencia en la mayoría de los mercados de los bienes comerciables impediría que el presunto intento tuviese éxito.
Pero eso no importa, porque estamos en el reino de las supersticiones irrefutables. Bertrand Russell en su ensayo “Un perfil de la basura intelectual” (An Outline of Intellectual Rubbish) escribió:

“Admiro especialmente a cierta profetisa que vivió a orillas de un lago al norte del estado de Nueva York en 1820. Anunció a sus numerosos seguidores que ella poseía el poder de caminar sobre las aguas y propuso que lo haría a las 11 horas de cierto día. Llegado el momento se reunieron miles de fervorosos seguidores alrededor del lago y ella les preguntó: ‘¿Están completamente convencidos de que puedo caminar sobre las aguas?’ A una sola voz la multitud replicó: ‘Lo estamos’. Entonces ella anunció: ‘En tal caso, no es necesario que lo haga’. Y todos ellos volvieron a sus hogares muy edificados”.

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La lección del griego

Fuimos educados para ser príncipes del Renacimiento, emperadores aztecas o "señoritos" en cortijo andaluz. Modelos, los tres, a los que repugna el prosaico comercio, la fatigosa competencia en un mercado libre.


Primo Levi fue un judío de Turín, Italia, que fue deportado a Auschwitz en 1944, padeció los horrores indecibles del campo de concentración y milagrosamente sobrevivió. Sus experiencias las narró en una trilogía: "Si esto es un hombre", "La tregua" y "Los hundidos y los salvados".

Una de sus narraciones cortas – "El griego"- relata la relación que entabló con un griego, también sobreviviente de los campos de exterminio de los nazis, a los pocos días de haber sido liberado. Liberación desencantada, porque el ejército soviético los dejó librados a su suerte, sin recursos, en un país desconocido: Polonia.

Después de incontables penalidades Primo Levi y el griego encontraron acogida entre un grupo de italianos en un pobre campamento improvisado. Tras una noche en la que por fin pueden comer algo sustancioso, explayarse y hasta tomar vino, Primo es despertado bruscamente. Apenas despunta el día y el griego le ordena: "Levántate, ponte los zapatos, coge el saco (que contenía todas las escasas pertenencias del griego) y vámonos".

"- ¿Adónde vamos?
"- A trabajar. Al mercado. ¿Te parece bonito que te mantengan los demás?"

Y cuenta Primo: "Era un argumento que yo rechazaba de plano. Además de cómodo, me parecía muy natural que alguien me mantuviese y también bonito. Me había parecido bonita, exultante, la demostración de solidaridad nacional, y más aún de espontánea humanidad de la noche anterior. Además, lleno como estaba de conmiseración por mí mismo, me parecía justo, hermoso, que la gente, por fin, experimentase compasión por mí. Y además no tenía zapatos, estaba enfermo, tenía fiebre, estaba cansado y, en resumen, por los clavos de Cristo, ¿qué demonios tenía que hacer en un mercado?"

Dos preguntas: Si uno NO está recién salido de un campo de exterminio, ¿por qué puede parecerle "bonito y muy natural" que le mantengan y por qué puede repugnarle ganarse el pan en el mercado? y ¿qué modelo es eficaz para sustituir a los de príncipe del renacimiento, emperador azteca o señorito en cortijo andaluz? Ah, pues sí, el modelo de político. Por eso hay tantos…

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martes, 23 de octubre de 2007

A todo esto, ¿Keynes era keynesiano?

Tal vez junto con Milton Friedman, el británico John Maynard Keynes fue el economista más influyente del siglo pasado; pero, a diferencia de Friedman, es casi imposible saber cuál era la posición de Keynes respecto de muchos de los asuntos para los que se le invoca, sea para elogiarlo, sea para criticarlo.

En el debate entre economistas el adjetivo "keynesiano" evoca básicamente dos creencias o afinidades: 1. Estar a favor de una política fiscal activa como remedio para la recesión o, dicho coloquialmente, promover el gasto público como motor del crecimiento y como generador de empleos y 2. Creer que el libre mercado tiene sus límites y que el gobierno debe corregir los frecuentes excesos y fallas del mercado. En otras palabras: Ser "keynesiano" suele entenderse como sinónimo de "atinada izquierda".

Sin embargo, acudiendo a la fuente original, la obra de Lord Keynes, es difícil encontrar una postura única y definida sobre asuntos cruciales de la ciencia económica. Hace ya muchos años, en diciembre de 1992, así lo hizo notar un divertido artículo del semanario "The Economist" que proporcionaba, entre otros, los siguientes ejemplos:

A favor del libre comercio . Keynes escribió que el argumento de que las barreras al libre comercio contribuyen a proteger el empleo "esconde la falacia proteccionista más grosera y cruda"; también escribió: "Creo en el libre comercio porque es (…) la única política técnicamente sólida e intelectualmente correcta".

A favor del proteccionismo : "Simpatizo más con aquello que puede disminuir más que maximizar la maraña de la economía entre las naciones. Las ideas, el arte, la hospitalidad, los viajes – ésas son cosas que por su naturaleza deben ser internacionales. Pero dejemos que los bienes sean hechos en casa en la medida de lo razonable o de lo convenientemente posible; y, sobre todo, financiemos primordialmente lo nacional".

A favor de los trabajadores (con motivo de la huelga general de 1926 en el Reino Unido): "Mis sentimientos, distintos de mis juicios, están con la clase trabajadora".

A favor de la burguesía y la aristocracia : "Creo que hombre por hombre la clase media y aún la clase alta son mucho muy superiores a la clase de los trabajadores".

Así que, después de todo, ¿qué es "ser keynesiano"?

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miércoles, 25 de julio de 2007

“La Cité c’est moi”: Frère Marcel

El “adefesio bicentenario” será en el futuro – dicen- referencia inevitable de cuando se verificó el milagro de que la ciudad de México se convirtiese en un artilugio llamado “La Ciudad” (mayúscula obligada) al que el señor Marcelo Ebrard hacía hablar y gesticular.

La Ciudad habló y dijo:

“La Ciudad se felicita de este proyecto; va a tener todo el respaldo; sí hay que hacer adecuaciones de uso de suelo, pero el uso de suelo no es una norma inminente” (sic).

A lo mejor quienes escuchaban no le entendieron bien a La Ciudad y tal vez no quiso decir (La Ciudad) ese disparate de la “norma inminente” sino alguna otra cosa con más sentido. El caso es que así apareció consignado, con todo y sus comillas reglamentarias, en la nota del periódico “Reforma” del martes 24 de julio pasado.

Ah, se me olvidaba lo más importante: La Ciudad que se felicita a sí misma es Marcelo Ebrard. Esa es la noticia más importante: La Ciudad – antes conocida sólo como la ciudad de México- se ha transubstanciado en Marcelo Ebrard y ahora es conocida como La Ciudad.

¿Y de qué se felicita La Ciudad? Ah, pues de un proyecto arquitectónico que desafía no sólo a los cielos sino a la estética y a las “no inminentes” normas de uso de suelo.

Hace unos días Marcelo Ebrard (en adelante: “La Ciudad”) ya me había sorprendido porque habló de “los derechos de la ciudad” cuando en realidad, creía yo, debería haberse referido a “los derechos del gobierno de la ciudad de México”. Pero yo no había entendido: La Ciudad no es otro ente que Marcelo Ebrard.

Las mañanas de los lunes primeros de cada mes La Ciudad anda en bicicleta. Quizá mientras lo hace se pregunta para qué se hacen las normas y las leyes, y La Ciudad se responde: “Pues se hacen para adecuarse a los deseos cambiantes de La Ciudad; es decir: a mis deseos”.

¿Por qué La Ciudad se refiere a sí misma en tercera persona? (como solía hacerlo Manuel Camacho Solís en momentos de excitación), pues porque es Grande. Tan Grande que merece un adefesio arquitectónico gigantesco que deje constancia de los tiempos maravillosos que se vivieron cuando Marcelo Ebrard reveló:

“La Cité c’ est moi”

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domingo, 22 de julio de 2007

Reformas y sociedad abierta

La democracia es un sistema en permanente reforma; sólo las tiranías, surgidas de idealismos totalizadores, se resisten a reformarse y sólo los fanáticos, intoxicados igualmente de idealismo totalizador, repudian el reformismo y exigen revoluciones definitivas, que resuelvan todo de la noche a la mañana.

Una de las grandes enseñanzas de Karl Popper, útil tanto para el científico a la búsqueda de la verdad como para el político a la búsqueda de mejores arreglos institucionales para la vida social, fue la prevención contra el idealismo platónico y hegeliano que propone soluciones holísticas o totalizadoras, definitivas.

La tentación revolucionaria surge de la superstición idealista de estirpe platónica: Hay un mundo de ideas y arquetipos perfectos y bastaría con que alguien lo establezca en la vida social para que reinen la paz, la armonía, la justicia perfectas. Un gran mérito filosófico de Popper fue justamente revelar cómo Hegel – abuelo común del marxismo y del neopositivismo- es el eslabón intelectual entre Platón que proclamaba la tiranía de los sabios como el gobierno perfecto y los atroces totalitarismos que el mundo padeció en el siglo pasado.

Dando un salto de la filosofia a la vida pública cotidiana encontramos la expresión de ese idealismo totalizador en la retórica granidlocuente de no pocos políticos del todo o nada. Matizada, esa misma grandilocuencia está en quienes siempre encuentran motivos de rechazo hacia cualquier intento de reforma sea porque les parece lleno de imperfecciones, sea porque se les antoja tímido o parcial, sea porque no se aviene con un mundo abstracto de esencias ideales e inmutables.

A veces, incluso esas pretendidas esencias inmutables – por ejemplo: “soberanía nacional” o “identidad nacional”- se acaban revelando como auténticas patrañas cuando las confrontamos con la realidad.

Al discutir una reforma, como la reforma fiscal, sería muy provechoso que no se olvidasen estos dos sencillos principios: 1. Dada nuestra incapacidad de abarcar de un solo golpe toda la realidad, está en la naturaleza de la democracia reformarse continuamente, como quien procede por aproximaciones o, incluso, por ensayo y error, y 2. Dado que no hay, aquí en la tierra, reformas últimas, definitivas y perfectas la pregunta no debe ser si tal o cual reforma nos lleva directo al paraíso – ninguna lo hace- sino si significa un avance o un retroceso. La grandilocuencia sólo estorba.

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martes, 5 de junio de 2007

Yo también detesto a Frida

Una víctima que se refocila en su desgracia y destila resentimiento contra todo lo que sea exitoso o fruto del mérito individual.

Luis González de Alba no cosechará muchas felicitaciones de la progresía mexicana por su atinada y valiente invectiva contra el símbolo Frida Kahlo publicada el lunes. Sin embargo algunos – quién sabe si muchos o pocos- nos regocijamos porque alguien finalmente desenmascaró ese mito de “la sufrida Frida” que tanto ha intoxicado a generaciones de mexicanos. (El artículo de González de Alba, "Al carajo con Frida" puede encontrarse aquí).

Frida es una especie de cuento de hadas al revés muy querido por la progresía local. Simboliza a la hija de extranjero que se “enamora” de las “más hondas raíces de lo mexicano” – de ahí los perpetuos trajes de Tehuana- y también a quien idealiza esa idiosincrasia nacional (artificiosa y de pastiche) elevándola a categoría metafísica: Ser mexicano es ser víctima perpetua de una fatalidad, un tranvía que nos dejó baldados. Tragedia que nos alimenta de resentimientos. Vivir es retratarnos hasta la saciedad en pleno sufrimiento resentido contra los otros: los poderosos, los capitalistas, los traidores de clase, aquellos que quieren despojarnos de nuestras “hondas raíces”, todos los que persiguen cualquier tipo de éxito basado en el mérito individual.

La manía de los autorretratos de “la sufrida Frida” conviene con exactitud a la manía de la contemplación del propio ombligo como “idiosincrasia nacional”. Un narcisismo de la derrota y de la perpetua humillación, adolorido, amargado desde la columna vertebral llena de clavos, que parece simbolizar que lo que nos mantiene enhiestos es echarle en cara al mundo nuestra desgracia. Épica de los vencidos y de los defraudados: Somos víctimas de todo tipo de atracos, especialmente de los agravios que nos infligen leyes que, sabemos de antemano – aun cuando ni siquiera las conozcamos-, sólo se diseñaron para hundirnos más en la miseria, porque ése es el fin de los poderosos en el universo: desgraciarnos. Se trata de una creencia “honda y sentida”, de una teología en la que nosotros - ¿quién más?- somos el centro, el principio y el fin.

Me extraña que algún astuto negociante no haya hecho camisetas con el icono de “Frida, la sufrida” y la jaculatoria: “Todos somos Frida”. Se venderían como pan caliente en las marchas del CNTE, en las asambleas del PRD y en todo acto bendecido por la progresía mexicana.

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jueves, 10 de mayo de 2007

Atrapados por fantasmas ancestrales

¿Por qué son tan populares los miedos y los prejuicios contra la migración y contra el libre comercio?

Hace ya muchos años el demógrafo, antropólogo e historiador de la economía Alfred Sauvy (1898-1990) combatía el mito de los límites del crecimiento en el que se empeñaron en formarnos durante la segunda mitad del siglo pasado.

Yo leí la traducción al español de uno de sus últimos libros: “La economía del diablo: paro e inflación” (L’Economie du diable: Chómage et inflation, París 1976) un poco a escondidas, con miedo a que el libro me fuese confiscado, para quemarlo en una hoguera de textos heréticos, por alguno de los jesuitas progre que daban clase en la Universidad y que se esforzaban por “ponerse al día” suscribiendo la moda del momento; imagino que hoy serían profetas apocalípticos del calentamiento global, como antes lo fueron de la explosión demográfica. Antiquísima doctrina: El progreso no existe y si acaso existiese sería malo.

De varias formas, Sauvy insistía en que la tragedia de Francia era su prejuicio antinatalista, tributario de una concepción estática del mundo, de suma cero, en la que si alguien gana algo es porque alguien pierde algo. Ese arraigado prejuicio ve los empleos como espacios físicos limitados a un territorio: si alguien obtiene un empleo, otro u otros lo pierden; la llegada de los jóvenes o, peor aún, de los “otros”, extranjeros, al mundo del trabajo es una agresión que se combate ferozmente.

Los mismos prejuicios ancestrales explican la aversión hacia el libre comercio.

Por su parte, Paul H. Rubin, profesor de Economía y Leyes de la Emory University propone que dichos prejuicios – contra el libre comercio y contra la libre migración de trabajadores, tan fomentados hoy por muchos políticos- son atavismos heredados de una época remota en la que la economía era estática – sin crecimiento- y los horizontes eran tan limitados que uno podía vivir, digamos 50 años, sin haber visto a más de 100 personas en toda su vida.

La sugerente hipótesis de Rubin es que tales prejuicios surgieron como “instinto” de supervivencia en un mundo en el que sólo existía la “suma cero” y quien ganaba algo era porque se lo había quitado a otro, fuese un empleo, fuese una utilidad.

Nuestros prejuicios están anclados antes del siglo XVIII. Son fantasmas que no han evolucionado y alimentan odios y temores antiquísimos en contra del progreso.

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miércoles, 25 de abril de 2007

Competitividad, ¿para qué y en qué?

Para variar voy a ser políticamente incorrecto y un poco – sólo un poco – provocador: Si de veras nos interesa tanto la competitividad, ¿por qué le tenemos tanto miedo a una verdadera apertura económica?

De unos meses a la fecha se ha puesto de moda criticar a los monopolios y, eventualmente, a los oligopolios. Perfecto, es un gran avance, al grado de que algunos, otrora paladines de la etérea justicia social, ahora se han transformado – en la retórica, al menos- en paladines de la competencia. Lo malo es que cada cual censura la falta de competencia según preferencias e intereses muy particulares y hasta peculiares.

¿Por qué exigimos competencia en las telecomunicaciones y no en el suministro de energéticos?, ¿por qué es bueno que compitan en precios las Afores, pero no las librerías?, ¿por qué nos parecería bien que hubiese más empresas en competencia en la televisión abierta pero nos repugna siquiera pensar que algunas de esas empresas pudiesen ser de capital extranjero?, ¿por qué somos partidarios de la libre competencia mundial sin cortapisas en la oferta de vinos pero nos oponemos a que terminen los apoyos y subsidios a la industria cinematográfica nacional?, ¿por qué está bien que compitan, en los estantes de los supermercados, chocolates y mermeladas de cualquier origen, pero aceptamos como una fatalidad que el azúcar en México cueste tres veces más cara que en el mercado libre internacional?

La lista de incoherencias podría seguir por muchas páginas. Y me parece que seguimos eludiendo la respuesta de fondo, radical en el sentido de ir a la raíz del asunto: Apertura económica plena.

Nunca vamos a saber para qué somos buenos – cuáles son nuestras ventajas y desventajas absolutas y relativas – si nos sigue paralizando de terror hablar de competencia nacional e internacional en el suministro de energéticos o si es tabú la inversión extranjera en medios electrónicos de comunicación o si es políticamente censurable proponer un desmantelamiento de las estructuras proteccionistas y de subsidios que mantienen en un mercado de mentiritas a los cultivos agrícolas tradicionales.

¿Competitividad? ¡Por favor!, ¡si es herejía poner a las escuelas públicas a competir y si merece excomunión cualquier particular que quiera entrar al negocio de producir y suministrar energía en el mercado!

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martes, 10 de abril de 2007

El cuarto viaje de Colón y el cambio climático (I)

Una de las mentiras más gruesas – y más comunes- respecto del cambio climático es la que asegura que por el calentamiento ocasionado por la quema de combustibles fósiles ha aumentado la intensidad y la frecuencia de los huracanes.

“La lluvia, los truenos, los relámpagos no cesaban y aquello parecía el fin del mundo…Esta intolerable tormenta duró 88 días” y sigue una colorida descripción del Almirante Cristóbal Colón acerca del temporal que sufrió en su cuarto viaje a “las Indias”, en el Mar Caribe, entre Cuba y Honduras, en el verano de 1502: “Toda la tripulación estaba enferma y todos se arrepentían de sus pecados y se volvían hacia Dios. Cada uno hacia votos y promesas de hacerse peregrino si era salvado de la muerte y, con gran frecuencia, los hombres iban tan lejos como para confesarse unos a otros sus pecados. Habíamos experimentado otras tormentas pero ninguna tan terrible. Muchos de los que teníamos por hombres valientes se vieron reducidos al terror en más de una ocasión”. (Citado por Hugh Thomas en Rivers of Gold, The Rise of the Spanish Empire, from Columbus to Magellan, Random House, Trade Paperbacks, New York, 2005, página 219).

Sin duda, Colón y su tripulación sufrieron el embate de un ciclón tropical, o de varios continuos, conocidos en el Caribe y en el Atlántico Norte como “huracanes”. Un huracán de lento desplazamiento – menos de 16 kilómetros por hora- dada la intensidad de las lluvias y su extraordinaria duración. (2). Por supuesto, un huracán que no tuvo nombre ni número, que no está registrado ni estudiado por los meteorólogos. Llegados a tierra firme, en lo que hoy es Honduras, Colón y sus hombres se enterarían de que a esos fenómenos aterrorizantes se les llamaba con el mismo nombre que al dios que los mayas atribuían la creación del mundo: “Huracán”, como se le dice en el Popol-Vuh.

En su galardonada película, “Una verdad incómoda”, el político Al Gore asegura que el calentamiento global por las emisiones de CO2 ha aumentado la intensidad y la frecuencia de los huracanes y ejemplifica con los daños que causó en Nueva Orleáns el ciclón Katrina.

Es una mentira colosal.

Baste señalar que el propio informe del Panel de Científico sobre Cambio Climático (panel conocido como IPCC) de la ONU, dice textualmente, en su página 6, que “los datos no permiten ver tendencias a largo plazo, ni en la intensidad ni en la frecuencia de los huracanes”. (3).

Pero la mentira de Gore es aún más grande como mostraré mañana.

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lunes, 9 de abril de 2007

El cambio climático y la incertidumbre

Lo primero que debemos definir acerca del cambio climático en el planeta es lo que sí sabemos y lo que no sabemos. A partir de ahí, podremos desdramatizar un debate que se ha llenado de mitos y de moralina hipócrita.

La primera certeza que tenemos acerca del clima es que cambia sin cesar. El cambio no es de hoy. Es de siempre. El planeta forma parte de un sistema solar dinámico que a la vez está dentro de una galaxia igualmente dinámica en un cosmos que cambia cada instante.
La pregunta “reciente” es: ¿La actividad humana puede modificar el clima? Desde luego que sí. Ejemplo: El hombre es capaz de hacer inhabitable por décadas una extensa región debido a la radiación producida por una explosión nuclear.
Siguiente pregunta: ¿Es la actividad humana el factor más importante que genera los cambios de clima en el planeta? La respuesta es NO. Ni en el pasado, ni a la fecha, ni en el futuro de esta generación – los próximos cien años- la actividad del hombre podrá emular siquiera los efectos en el clima de un incremento o una disminución de explosiones en la superficie del sol, eventos “normales” en la actividad solar que todavía no somos capaces de predecir con exactitud.
El día que el hombre sea capaz de modificar a voluntad el clima de todo el planeta estaremos vendiendo y comprando condominios de lujo y tierras para cultivo en el círculo ártico.
Es un hecho que el hombre destruye ecosistemas. Y debe evitarse que lo siga haciendo. Es muy probable que la quema de combustibles fósiles tenga un efecto perturbador, y nocivo, en el clima. Pero no sabemos la magnitud de ese efecto, y aún es un juego de imaginación – alimentado por modelos de simulación matemática que parten de conjeturas, no de certezas- calcular dichos efectos.
Sabemos que un día el sol se extinguirá – como sucede con todas las estrellas- pero no sabemos si antes de ese evento habrá explosiones en su superficie que eleven la temperatura del planeta a magnitudes insufribles para el ser humano.
Les deseo todo el éxito a quienes, llenos de buenas intenciones, intercambian bonos de carbono para “salvar al planeta” y ganar un dinerito, pero cuando esto se acabe no habrá bonos que sirvan. Vivimos literalmente de milagro. Un poco de humildad, ése es el principio del conocimiento.

REFERENCIAS EN LA RED A VISIONES "POLÍTICAMENTE INCORRECTAS" SOBRE EL CAMBIO CLIMÁTICO Y EL CALENTAMIENTO GLOBAL:

1. Un artículo general y breve pero bien documentado.
2. Y si, a pesar de todo, tuvieran razón los profetas del calentamiento global, ¿qué hacer?
3. Por qué es un cuento que el calentamiento global provocará la aparición de enfermedades tropicales en países del hemisferio norte.

4. Otro artículo desmitificador, de Asuntos Capitales.

5. El Informe Independiente para "Policiymakers" de acuerdo con los resultados científicos del IPCC, Fraser Institute. NO SE LO PIERDAN

6. El testimonio de Richard S. Lindzen, meteorólogo del MIT , miembro del panel de científicos del IPCC, ante el Senado de Estados Unidos el 2 de mayo de 2001 o de cómo la burocracia de la ONU falsifica los auténticos resultados del panel de científicos.

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jueves, 22 de marzo de 2007

Noroña y un “nicho” del mercado


(Foto: Reuters)

Uno de los “nichos” de mercado más rentables es el de los tontos adinerados que compran lo que sea – dada su laxa restricción presupuestal- que les prometa disfrazar, suplir o aliviar sus insuficiencias físicas, emocionales o intelectuales.

Leído en una de tantas columnas de chismes políticos: “Noroña – por Gerardo Fernández Noroña- fue a hacer su show en Palacio Nacional, donde el Presidente Calderón ofrecía una cena a Michelle Bachelet. Ya no tuvo público, ni gritones. Confesó que sólo espera que la CNHDF le reciba una queja y ordene pagarle 25 mil pesos por su traje que él mismo rasgara”. La irrelevancia del chisme es abrumadora. Lo mismo que la escasa confiabilidad de lo escrito.

Sin embargo, hubo algo que me llamó poderosamente la atención: ¿25 mil pesos por un traje de los que usa, cuando los usa, Fernández Noroña?

Es probable que el lector haya visto en la televisión o en fotografías – tal vez hasta en vivo, palpitante, sudoroso y a todo color- a este personaje de la picaresca política. Si es así, puedo apostar que el lector jamás lo pondría en su personal lista de los personajes públicos mejor ataviados; tampoco creo que alguien haya observado con envidia uno de los ternos de Fernández Noroña cavilando que, con tales galas, la vida le sonreiría y hasta algunas guapas mujeres le verían con “buenos ojos”.

Suponiendo, sólo como hipótesis, que la versión chismosa fuese verídica tendríamos el caso de unos costosísimos trajes (tanto más costosos cuanto que nada hacen para mejorar la imagen del sujeto) que sólo se explicarían por la conjunción de dos factores:

1. Abundancia de recursos que hace marginales o irrelevantes, para el sujeto consumidor, las restricciones presupuestales, y

2. La sorprendente capacidad que tenemos los seres humanos para el autoengaño. Así como las personas anoréxicas se ven siempre “gordas” ante cualquier espejo, hay tontos que – contra toda evidencia- se ven a sí mismos guapos y distinguidos o hasta inteligentes.

La conjunción de estos dos factores permite establecer un nicho de mercado muy redituable. Como el burgués gentilhombre de Moliere, estos clientes pagan lo que sea por ocultar, disfrazar o aliviar las limitaciones que cargan a cuestas. Sólo hay que saber venderles los adminículos. Un factor clave es el precio exorbitante que deslumbra al incauto haciéndole creer que “si cuesta tanto, debe ser buenísimo…o hasta milagroso”.

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