jueves, 26 de junio de 2008

¡No le manden señales equivocadas al productor!

La solución al desorden en los mercados internacionales de alimentos y a los altos precios es desmantelar mecanismos proteccionistas (subsidios y barreras al comercio) y – sobre todo- dejar que los precios no manipulados informen a los productores que están ante una oportunidad única.



Hace algunos meses un buen amigo me hizo notar que la versión de que los altos precios de los alimentos obedecen a la demanda de China e India, cuyos habitantes de la noche a la mañana estarían comiendo mejor, no tiene lógica: No es verosímil que millones de chinos e indios hayan despertado todos el mismo día ganando dos o tres veces más que el día anterior y que ese mismo día decidieran que todos iban a comer más carne, tomar más leche y consumir más cereales. Esos cambios en el ingreso son graduales, llevan varios años y los mercados se acomodan a ellos.

El mecanismo mediante el cual los mercados se acomodan a un cambio en la demanda, generando una mayor oferta, demuestra la maravilla del sistema de precios: los precios altos avisan al productor que hay que sembrar más porque ése será un buen negocio.

Reproduzco el comentario que me hizo llegar un lector de Tamaulipas que vende agroquímicos: "Un pequeño productor de maíz (unas cuatro hectáreas) hace dos temporadas comenzó a utilizar maíces híbridos, hace una temporada fertilizantes y este año va a volver a utilizar híbridos y esta vez fertilizantes de alto desempeño.



"¿Acaso debemos ese cambio en favor del uso de tecnología a algún ambicioso programa de gobierno? ¿Algún "pacto", "alianza" o "cruzada" por la productividad en el campo? NO.



"Se lo debemos al mercado, específicamente al incremento al precio del maíz que se ha encargado de decirle de forma inequívoca: ¡produce más!



"Me aterra pensar que el gobierno pudiera estar a un paso de querer controlar los precios y decirle que deje de hacerlo".



La solución es producir más, con el incentivo de los precios altos, y que el gobierno de los Estados Unidos tenga la honestidad de reconocer que su ocurrencia, dizque ecologista, de subsidiar la producción de etanol a partir de maíz fue estúpida, antiecológica y generadora de hambre. Esa es la causa que explica la mayor parte de las distorsiones actuales en el mercado de los alimentos. ¡Dejen de subsidiar!

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martes, 22 de abril de 2008

Alimentos caros por gobiernos entrometidos

En seis años, de enero de 2002 a enero de 2008, los precios de los alimentos en el mundo han subido en promedio 140 por ciento. ¿Cuál es la solución? Dejar que el sistema de precios funcione sin interferencias de los gobiernos.

La pésima idea de subsidiar los cultivos de maíz para producir combustibles (etanol) ha sido la principal causa del disparo de los precios de cereales, leche, carne y otros alimentos en los últimos años. Como se sabe esa ocurrencia del gobierno de Estados Unidos – cuyo principal beneficiario son las grandes corporaciones que compran las cosechas como Archer Daniels Midland– ha perturbado los mercados de alimentos a través de efectos en cadena: el encarecimiento del maíz ha incrementado la superficie de tierras dedicadas a ese cultivo, en detrimento del trigo, la soya, el frijol, el arroz, lo que, a su vez, ha disparado también los precios de estos últimos; además, como algunos cultivos sirven para alimentar al ganado, los precios de los lácteos y de la carne también se han disparado.

Lo más desastroso de esta política es que ni siquiera disminuye el uso de hidrocarburos sino que lo incrementa.

Otro factor detrás del alza en los precios ha sido el mejoramiento de los ingresos – y, por tanto, de la dieta- de millones de chinos e indios. A diferencia de los subsidios, que encarecen artificialmente los productos, un aumento de la demanda de alimentos derivado de un mayor bienestar es una magnífica noticia.

Por desgracia muchos gobiernos están reaccionando con gran torpeza ante el fenómeno. En Argentina Cristina Fernández de Kirchner está fastidiando a miles de productores agrícolas imponiéndoles exorbitantes impuestos a la exportación. El resultado será una menor producción dado que los productores carecen de incentivos para sembrar más o para mejorar los cultivos; habrá mayor encarecimiento. Otro tanto, con torpeza similar, está haciendo el gobierno de la India.

La solución es la contraria: Liberar las fuerzas del mercado que, mediante el sistema de precios, incentivarán una mayor productividad; así, ante una mayor oferta los precios disminuirán y se estabilizarán. Y, por supuesto, abolir ya los estúpidos subsidios al maíz para producir etanol; algo que ni por error propondrán el par de demagogos que se disputan la candidatura del partido demócrata en Estados Unidos (no vaya a ser que pierdan votos o patrocinios).

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jueves, 3 de abril de 2008

El mito del mito de las “fibras sensibles”

Con razón Lula se pitorrea de nosotros. Vistos desde fuera los mexicanos debemos parecer unos bichos raros que le rinden culto al chapopote y a las mazorcas de maíz y que se consideran agraviados cuando alguien les pide ajustarse a la lógica o a los hechos.

Cuando menos 50 veces en el último mes he leído sentenciosas reflexiones donde se explica que la principal dificultad para conseguir una reforma razonable de Pemex obedece a que “el petróleo es una de las fibras más sensibles para los mexicanos”.

En otras ocasiones, “la fibra sensible” – intocable – es la que se refiere al maíz o a la tortilla, o al carácter inmaculado de la UNAM (¿fue de la UNAM o de la Virgen de Guadalupe de quien se dijo que Dios “no hizo cosa semejante con nación alguna”?) o a la indescriptible emoción que uno debe experimentar al ver los murales de Diego Rivera o los canales de Xochimilco con sus trajineras…y unos muchachitos alcoholizados empujándose unos a otros hacia las sucias aguas. Idílico, ¿no?

Me imagino que al enterarse de todo el inventario de las “fibras sensibles” que llevan a cuestas los mexicanos, los extranjeros han de sospechar que los mexicanos vamos como erizados por el mundo, tratando de evitar a toda costa que cualquier persona o cosa, deliberada o involuntariamente, nos vaya a tocar alguna de las muchas “fibras” que vienen, dicen, con el equipo de fábrica con el que cada mexicano nace en este país. ¡Y mejor ni pregunten lo que puede pasar si, acaso, “mas si osare un extraño enemigo”, nos llegan a tocar una fibra sensible! ¡La hecatombe! ¡El fin del mundo!

Todo esto lo sé porque lo he leído, o lo he escuchado, no tengo ninguna experiencia empírica (“sensible”) del asunto. Nací, supongo, sin el equipo de fábrica que se atribuye a los mexicanos, las fibras las prefiero en el desayuno o para lavar platos, para mí el 18 de marzo es el cumpleaños de mi papá, no la fecha fundacional de la patria auténtica por el general Cárdenas, el maíz es un cereal, el petróleo una mercancía como cualquier otra y la UNAM una universidad pública grandota de media tabla en el mundo de las universidades. No más. ¡No tengo “fibras sensibles”!, ¿a dónde me quejo?

¿Y a usted, estimado lector, si le tocaron fibras sensibles en el reparto?

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domingo, 30 de septiembre de 2007

Comer gasolina

En Kansas los agricultores están felices ante la perspectiva de que las alzas en los precios de los granos continuarán; se ha iniciado la batalla por los acres de tierra y el problema es decidir entre trigo, maíz, sorgo o soya. En México los agricultores se siguen quejando, ¿por qué?

Es bastante ilógico que a los políticos mundiales pintados de verde (ecologistas) les entusiasme tanto el etanol como combustible alternativo, cuando es un energético mucho más ineficiente que el petróleo y cuando la ocurrencia de estimular su producción mediante subsidios ha trastornado el mercado mundial de los alimentos.

Si eso ya es bastante absurdo, lo que rebasa toda noción lógica es que ante un alza mundial en los precios de los alimentos, haya quien proponga – y lo haga- abaratar la gasolina en términos relativos. A menos que se trate de que empecemos a comer gasolina y gas licuado…

En cambio suena perfectamente lógico que ayer el diario The Wichita Eagle, de Wichita Kansas, anunciase: “2008, un buen año para ser cultivador de granos”. Lógico porque se trata de Kansas, que es un granero. Pero aún más lógico porque así funcionan los mercados libres: Si los precios del trigo van al alza, se siembra más trigo; si los precios de la soya también, se hacen cálculos para ver si conviene más sembrar soya que trigo, igual con el maíz y el sorgo. Los datos detrás de está lógica son sencillos: son los datos de la demanda y de la oferta (precios a futuro y reservas de granos), no las declaraciones alarmistas de los políticos. Conclusión: Tendremos precios caros de los alimentos para un buen rato.

Mientras esto sucede en Kansas, en México nuestros cultivadores de granos – al menos los que vociferan en los medios de comunicación- se quejan y piden más recursos gubernamentales: “¡El campo no aguanta más!”. ¿Por qué? Porque aquí no funcionan los mercados libres – nos enseñan a detestarlos desde la más tierna infancia- sino otra lógica, la de que obtiene más aceite (recursos públicos) la rueda que más chille. Conclusión: ¡A chillar que el presupuesto se va a repartir!

Porque nos encanta la patafísica – que es la generación de soluciones inviables para problemas inexistentes- debemos de ver como perfectamente lógico que si sube el trigo congelemos el precio de la gasolina. Más claro, ni el agua del drenaje profundo.

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martes, 1 de mayo de 2007

El bioetanol más caro del mundo

¿Qué pasará si en México se establecen “estímulos” gubernamentales a la producción de etanol a partir de la caña de azúcar, sin una verdadera reforma energética y sin modificar las condiciones de improductividad por decreto que privan en la industria azucarera? Muy sencillo: Tiraremos miles de millones de pesos para producir el etanol más caro del mundo.

Es atemorizante el entusiasmo que manifiestan los líderes cañeros ante la perspectiva de utilizar en México la caña de azúcar para producir etanol. Contrasta con el escepticismo que expresan los dueños de los ingenios azucareros respecto del mismo sueño.

Los líderes cañeros advierten que el proyecto es factible siempre y cuando se garanticen estímulos gubernamentales – subsidios directos o indirectos- y se mantengan las actuales condiciones que obligan a los industriales a pagar por la caña un porcentaje superior al 50% del precio del azúcar en el mercado doméstico, precio que continua – por cierto- más de 150% por arriba del precio internacional del azúcar.

Si se hiciese realidad el proyecto de los líderes cañeros México produciría el etanol más caro del mundo. Caro en costo de producción, caro para Pemex que sería el comprador forzoso y, por supuesto, caro para los consumidores y para los contribuyentes. Tan caro sería el bioetanol mexicano que el escandaloso caso del bioetanol estadounidense a partir de maíz parecería un pecadillo menor.

El gobierno de Estados Unidos subsidia con 52 centavos de dólar por galón la producción de etanol a partir de maíz. Tal subsidio en realidad es la mejor garantía de precios más altos para el maíz. No es una política ambiental sino un ingenioso mecanismo de proteccionismo agrícola, manipulación de precios en los mercados, despojo a los consumidores y pago de favores político-electorales en la más pura lógica mercantilista.

No sería extraño que en México, la poderosa Unión de Cañeros – y la CNC, que es el pariente pobre- imaginen un mecanismo similar de subsidio “verde” que, sumado a los desastrosos convenios laborales y a la legislación aberrante que priva en la industria azucarera, junto con la garantía de un comprador forzoso para el etanol (el monopolio de Pemex), sería para ellos una nueva mina de ganancias inagotables.

Si alguien no los detiene, produciremos el bioetanol más caro e inútil del mundo.

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domingo, 29 de abril de 2007

El etanol y la sed

Señores conservacionistas: ¿Ya se dieron cuenta de que el furor por los biocombustibles propicia un brutal desperdicio del agua?

El jueves pasado la Cámara de Diputados, en México, aprobó la Ley de Promoción y Desarrollo de los Bioenergéticos. De inmediato han surgido opiniones apresuradas a favor y en contra.

La verdad: sin una reforma energética radical y sin modificaciones serias, por ejemplo, al aberrante marco jurídico de la industria de la caña de azúcar – que es un monumento a la improductividad- las previsiones de que México podría convertirse en un productor de bioetanol son una vacilada.

El rompecabezas de los biocombustibles es muy complicado. El subsidio al etanol producido a partir de maíz en Estados Unidos – hoy día de 52 centavos por galón-, sumado a los ordenamientos locales en varios estados de la Unión Americana para sustituir el Metil Terciario Butil Eter, MTBE, por etanol en las gasolinas, han generado un incremento dramático de los precios del maíz en el mundo; esto, desde luego, hace felices a los cultivadores y a ciertos intermediarios, como la poderosa empresa Archers Daniels Midland (ADM), pero hay serias dudas de que este camino sea sensato y eficaz para proteger el ambiente.

Un ejemplo: El 8 de febrero pasado el columnista Andy Mukherjee, de Bloomberg, advertía que si el agua tuviese una cotización en los mercados internacionales el entusiasmo por los biocombustibles se esfumaría. Los millones de toneladas de agua que se usan para cultivar una tonelada de maíz, sumados a los millones de toneladas de agua utilizados para transformar al maíz (o a la caña de azúcar) en etanol han encendido todas las alarmas en el gobierno en China, país que es hoy el tercer productor mundial de bioetanol, dado que ya son más de 400 las ciudades chinas en las que el agua escasea gravemente.

Esto sólo es un ángulo del asunto de los biocombustibles, pero toca el corazón de otro grave problema mundial: el agua. Mientras falazmente sigamos pensando que el agua es tan valiosa que no debe tener precio, estaremos pavimentando el camino para su agotamiento. Si no queremos que se acabe pongámosle su precio real.

¿Ya hicieron estas cuentas esos “conservacionistas” que promueven, con más entusiasmo que análisis, los biocombustibles?

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lunes, 26 de marzo de 2007

Apertura comercial agrícola: Hay que ir más lejos

Encuentro con un optimista en el Senado

En los meses previos a la aprobación, por el Senado mexicano, del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN) fui invitado a presentar una pequeña ponencia en el mismo Senado acerca de las previsibles consecuencias de la apertura comercial para los productores agrícolas, así como para los consumidores mexicanos de alimentos.
La ponencia se encaminó a desenmascarar el mito de la autosuficiencia en la producción de alimentos, no sólo como una meta inalcanzable sino como uno más de esos nocivos anzuelos que los políticos lanzan al ruedo para engatusar a los electores incautos, al tiempo que protegen a grupos minoritarios de presión que viven de todo el catálogo de subsidios, barreras comerciales, protecciones, créditos blandos (que suelen acabar en cartera incobrable de la banca de desarrollo, que a su vez se le carga a la cuenta de los contribuyentes) y demás “ayudas al campo” que se han inventado los gobiernos.
Fui escuchado con cortesía e indiferencia por los senadores y al terminar fui abordado por un hombre joven que elogió mi presentación, me solicitó una copia de la misma y me entregó su tarjeta. Era el director de una pequeña agroindustria en Guanajuato, dedicada a la producción de hortalizas. Me comentó que en su empresa esperaban ansiosos la aprobación del TLCAN ya que conjeturaban que ello les abriría los mercados de Estados Unidos y Canadá donde esperaban arrasar por calidad y por precio. La apertura significaría crecer aceleradamente para satisfacer a esos mercados, ávidos y con gran poder de compra, lo que a su vez generaría economías de escala en la producción de forma que - en un círculo virtuoso- se abatirían los costos de producción lo que se reflejaría en precios aún menores y en la conquista de porcentajes cada vez mayores del mercado. Nada nuevo: La vieja receta de la productividad estimulada por el libre comercio y que se traduce en mayor prosperidad para todos.
Me sorprendió el entusiasmo del pequeño empresario, toda vez que contrastaba con los sombríos augurios de muchos “expertos” y con las protestas vehementes de sindicatos y organizaciones de campesinos y productores agropecuarios afiliados al entonces todavía todopoderoso PRI.
Hoy prácticamente la totalidad de los pepinos (frescos y en conserva, de las más diversas variedades y para todos los gustos) que se venden en Estados Unidos y en Canadá provienen de la agroindustria de ese visionario optimista que me abordó entonces en el Senado. Pepinos, brócoli, ajo, cebolla, lechugas, calabazas, chícharos, papa, chiles, champiñones. La variedad de productos agropecuarios mexicanos que compiten con gran éxito en Norteamérica y en el mundo – de entonces a la fecha México ha firmado multitud de tratados de libre comercio bilaterales y se ha incorporado plenamente a la Organización Mundial de Comercio- es impresionante. Sin embargo, los periodistas, los políticos y hasta los académicos, que reflexionan sobre el campo mexicano desde un cómodo cubículo en las ciudades, parecen seguir pensando que en México sólo producimos maíz y frijoles en pequeñas parcelas, sin sistemas de riego, sin ningún implemento tecnológico, y en condiciones de miseria.
Lo triste es que sí, en efecto, aún hay miles de campesinos atados a cultivos tradicionales que viven en condiciones de miseria. Por increíble que parezca la principal razón de su atraso hay que buscarla en la “generosa protección” que les dieron los políticos contra los supuestos peligros del comercio libre y de la producción rentable sin subsidios gubernamentales. Como se sabe, en su gran “sabiduría” los políticos mexicanos y estadounidenses excluyeron de la apertura comercial inmediata a productos agrícolas “sensibles” (maíz, frijoles, azúcar, leche, entre otros) y postergaron la temida apertura la friolera de 15 años. Gracias a esa previsión de los políticos, aún tenemos productores en el campo viviendo en condiciones de miseria, atados a cultivos no rentables (pero subsidiados crecientemente), a quienes hemos engañado diciéndoles que esa situación es inevitable, que no pueden dedicarse a otros cultivos o abandonar la agricultura por actividades más rentables en la industria o en los servicios, pero que ahí estará siempre el munificente gobierno para aliviarles en algo su miseria.
El tiempo no sólo le dio razón al entonces pequeño empresario sino que comprobó contundentemente que los alegatos en contra del libre comercio y de la apertura económica estaban completamente equivocados. Es probable que algunos de los “expertos” mintieran entonces sin darse cuenta de su error. Lo que ya no es creíble es que más de una década después – con un cúmulo de experiencias nacionales e internacionales que comprueban que el libre comercio es la llave de la prosperidad – esos mismos “expertos” y sus corifeos, ahora más viejos, sigan mintiendo sin advertirlo. No han ganado en sabiduría de entonces para acá, sino en cinismo para mentir.

Sí hay vida después de la muerte de los subsidios y de la protección

A lo largo de la historia encontramos decenas de ejemplos de cómo el libre comercio, la abolición de barreras a las importaciones y el fin de los subsidios gubernamentales a las actividades agropecuarias “sensibles”, se han traducido en prosperidad no sólo para los consumidores, que tienen más y mejores opciones en calidad y precio, sino para los mismos productores de esos productos supuestamente “sensibles”.
A mediados del siglo XIX la gran hambruna en Irlanda, provocada por dos años de malas cosechas de papa infestadas de roya, causó miles de muertes y una gran corriente migratoria de irlandeses hacia Estados Unidos. Pero también sacudió a los políticos británicos en el Parlamento, la mayoría de ellos ferozmente proteccionistas en la misma medida que eran “squires” dueños de tierras o empleados de éstos, quienes – ante la tragedia irlandesa- aceptaron a regañadientes abrir el mercado de la Gran Bretaña a la libre importación de trigo y de otros productos agrícolas; algo que pedían desde hace años los partidarios del libre-cambio o libre comercio animados por los brillantes hallazgos intelectuales de Adam Smith y David Ricardo, entre otros.
El resultado fue sorprendente: La Gran Bretaña inició, a partir de esa apertura comercial unilateral, una época de insólita y sostenida prosperidad. Los mismos terratenientes tuvieron el incentivo de destinar sus tierras a usos más rentables y productivos y quedó claro – para todo aquél que estudiase el problema objetivamente- que la causa del desastre en Irlanda del sur provino, primero, de los casi nulas derechos de propiedad de arrendatarios y arrendadores de las tierras de cultivo (los católicos eran abiertamente discriminados, negándoseles la posibilidad de adquirir las tierras que cultivaban) carentes de estímulos para hacer las tierras más productivas y, segundo, del nefasto proteccionismo comercial.
Otro caso histórico: Nueva Zelanda en 1984. Inmerso el país en una profunda crisis y perdiendo cada día más terreno en los mercados mundiales, los políticos de ese país – de diferentes partidos, pero especialmente los laboristas, de izquierda- decidieron, entre otras reformas, desmantelar la costosa y gigantesca estructura de subsidios y protecciones comerciales (cuotas de producción, barreras arancelarias y no arancelarias, severas restricciones a la importación y a la exportación, entre muchas otras) con la idea de que, sometido a la libre competencia en los mercados internacionales, cada uno de los productores agrícolas detectaría de inmediato si estaba en un negocio rentable y con futuro o si estaba tirando miserablemente su dinero y el dinero público en una actividad tan absurda – desde el punto de vista económico- como querer cultivar plátanos en Islandia.
Para la transición se ofrecieron apoyos gubernamentales no para que los productores agrícolas desplazados por la competencia persistiesen en seguir echando dinero bueno al malo – verbigracia, cultivando con métodos improductivos o invirtiendo en supuestos agronegocios contrarios a la vocación de las tierras- sino para que cambiasen de cultivos o incluso de actividad, dedicándose a la industria o al comercio o a los servicios en lugar de a la producción agropecuaria.
El resultado de esta reforma, tomada por políticos de veras animados por un sentido de urgencia, ha sido espectacular. Menos del diez por ciento de los antiguos productores agrícolas tuvieron que cambiar de cultivo o de actividad a causa de la liberación comercial. Por el contrario, la inmensa mayoría de ellos se han vuelto mucho más prósperos y competitivos. Sin duda, hoy día Nueva Zelanda es líder mundial en competitividad agropecuaria.
Por ejemplo, la industria lechera de Nueva Zelanda – que no disfruta de ningún subsidio o ayuda gubernamental salvo unas pequeñísimas asignaciones para investigación y desarrollo- sin cuotas, sin barreras comerciales, sin protecciones, sin créditos blandos de la banca de fomento, es la más productiva del mundo. Los costos de producción de la leche en Nueva Zelanda son los más bajos del mundo; su calidad es legendaria. En las mesas de muchos restaurantes en todo el mundo, incluido México, las pequeñas porciones empacadas en papel metálico de excelente mantequilla neozelandesa son habituales.
Tan sólo de 1995 a 2005 la industria láctea de Nueva Zelanda ganó – año con año- crecientes porciones del mercado mundial, pasando del 20% del mercado a dominar el 27% del mercado mundial de lácteos. En el mismo lapso, la Unión Europea en su conjunto – donde persisten todo género de protecciones, subsidios y barreras al libre comercio de lácteos- perdió diez puntos porcentuales del mercado: pasó de tener el 41% del mercado mundial a sólo el 31% de participación. Y contando…, en pocos años Nueva Zelanda será el líder mundial en ese mercado.

Digamos NO a la droga del proteccionismo comercial

Por contraste, los llamados productores independientes de leche en México lloran un día sí y otro también por mayores apoyos gubernamentales. México, ya se sabe, no sólo es deficitario en la producción de lácteos, sino que se ha vuelto uno de los mayores importadores de leche en polvo. Como si se tratase de un mandato divino, los productores independientes de leche en México claman para que el gobierno destine cada año más dinero público para comprarles su producción a precios altos; producción que se destina a programas sociales a precios subsidiados para los consumidores. El peor de los mundos: El gobierno – es decir, los contribuyentes, usted y yo- compra caro para vender barato. El negocio de los productores ya no es producir más y mejor leche, sino sacarle al gobierno más subsidios y compras forzosas. Los productores de leche, como los de azúcar, como muchos de los productores mexicanos de maíz o de frijoles, insisten en que se aumente la dosis de ese veneno que es la protección gubernamental.
Lo peor que nos podría pasar en el 2008 es que, otra vez, los poderosos pero minoritarios intereses proteccionistas en México y en Estados Unidos se salgan con la suya y la apertura comercial plena en esos productos “sensibles” de nueva cuenta se posponga hasta que el famoso calentamiento global derrita los polos del planeta…Es decir, por ahí del año 2200 o tal vez nunca.
Mientras tanto 100 millones de consumidores y contribuyentes seguimos pagando la costosa adicción a esa droga que se llama proteccionismo gubernamental. ¿Es justo?, ¿es racional?, ¿es inteligente?
El gobierno de México tiene la oportunidad única de convertirse en líder en América Latina y en general en los países en desarrollo apostándole en serio al libre comercio. En lugar de temerle a la apertura comercial agrícola pactada para 2008, México debería ir mucho más lejos emprendiendo una decidida campaña internacional – al lado de países como Brasil, Australia, Nueva Zelanda, la India, Singapur, Uruguay-, a favor de la abolición de barreras comerciales y subsidios en la agricultura. Somos los países en desarrollo los que más tenemos que ganar con la liberalización comercial.
No se trata tan sólo de hacer una apertura comercial unilateral como gesto político – ya que difícilmente ese gesto vencería la cerril resistencia de la Unión Europea, Japón y Estados Unidos a desmantelar su proteccionismo en los mercados agrícolas – sino hacer dicha apertura unilateral e inmediata como una inteligente y creativa política pública – al igual que hicieron los neozelandeses en 1984- que disminuiría los precios de los alimentos para los consumidores mexicanos, aumentaría los incentivos para la productividad en el campo mexicano y permitiría a miles de familias, encadenadas por atavismos y por fallidas políticas gubernamentales de falso arraigo regional, encontrar mejores oportunidades de trabajo y de vida en áreas de actividad más rentables y competitivas, como la industria o los servicios.

(Artículo especial para la revista "Bien común" de la Fundación Rafael Preciado)

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domingo, 11 de febrero de 2007

Elogio de la especulación y el “acaparamiento”

El especulador mejora el funcionamiento de los mercados, tanto para productores como para consumidores, porque a través de su incidencia en los precios normaliza y difunde la información para tomar decisiones.

Con una buena dosis de ignorancia se suele condenar como “acaparadores” a quienes se dedican a comprar determinados bienes a precios relativamente bajos con la expectativa de vender esos mismos bienes más tarde a un precio más alto.

Independientemente del nombre que les demos, esos especuladores le hacen un gran bien a productores y consumidores porque estabilizan mercados que sin su tarea se volverían endemoniadamente inciertos para unos y otros.

Es obvio que al hacer su trabajo un especulador busca obtener la mayor ganancia. Ese y no otro es su principal incentivo a la vista. El especulador sólo puede ganar dinero si se realiza su expectativa: que el precio de venta sea mayor que el precio de compra más todos los costos de oportunidad implícitos en la “inmovilización” temporal de la mercancía.

¿Cuál es el efecto de la acción del especulador sobre el productor de, digamos, maíz? Normaliza la demanda y, al hacerlo, normaliza los precios. El productor obtiene precios más altos cuando el mercado está excesivamente deprimido y obtiene precios menos altos cuando el mercado está excesivamente demandado. Por su parte, el consumidor se beneficia con la acción del especulador porque éste asume los costos de recopilar y procesar la información especializada que permite anticipar tendencias del mercado, así como los prohibitivos costos – para cada consumidor individual- de hacer inventarios de cada bien para periodos prolongados. El especulador, pues, también normaliza la oferta.

La labor del especulador se perfecciona aún más con la aparición de los mercados de futuros, que diversifican riesgos, difunden información confiable (especulación sobre precios) a productores y consumidores, que de otra manera no podrían obtener, y facilitan a todos la toma inteligente de decisiones.

Qué bueno que haya especuladores y qué bueno que ganen dinero. Eso último quiere decir que sí están cumpliendo eficientemente su tarea.

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jueves, 8 de febrero de 2007

El “calorcito” antiliberal

Hay de calores a calores. Una cosa, por ejemplo, es el “calentamiento global”, nueva versión del cataclismo cósmico dizque causado por el progreso (la mejor recomendación que he oído para combatir ese demonio es bañarse con agua fría, como dicen que hace Al Gore), y otra cosa, muy distinta, es el calorcito antiliberal: esa sensación de amparo, como de vientre materno, que nos prometen si nos abandonamos confiados al cuidado de los bondadosos gobiernos.

Ayer en "Asuntos Capitales" Roberto Salinas León se refería al desagradable sentimiento de “desamparo moral” que dicen experimentar algunos ante el énfasis dado por el liberalismo a la libertad individual y a su concomitante responsabilidad, también individual.

Por lo que se ve y se oye la sola mención de que por encima del Estado está la libertad de cada individuo, causa escalofríos en muchas conciencias. En contraste, esas mismas almas piadosas experimentan un tibio regocijo al pensar que el gobierno, el Estado y hasta entidades supranacionales, como las Naciones Unidas (ONU), llenas de sabiduría y bondad, están aquí para cuidarnos aún a nuestro pesar.

Esa arraigada afición al calorcito de la seguridad – que lisa y llanamente es miedo a la libertad y a sus consecuencias- explica el entusiasmo con que algunos proponen el resurgimiento de patrañas tales como la acción del Estado contra los acaparadores y “hambreadores del pueblo”.

También ayer, pero en otras páginas, otro opinante – al que caritativamente llamaré Mínimo Gorki, en memoria del escritor que devino en propagandista de las bondades del socialismo soviético- arrojaba con fruición adjetivos en contra de esos “malvados” que incurren en el “delito” de comerciar con granos, almacenarlos y obtener - ¡qué barbaridad! – alguna utilidad por su trabajo de acuerdo a las “malignas” leyes de la oferta y de la demanda.

Máximo Gorki se envileció cantando las loas del terror implantado tanto por Lenin como más tarde por Stalin en contra los “kulaki”, que no eran otros que los campesinos que osaban oponerse a la colectivización y que guardaban para su propio consumo, o para comerciar con ellos, los frutos de sus cosechas. Millones murieron de hambre en esa lucha que el Estado soviético decía llevar a cabo en contra del hambre. Al final, el objetivo se logró: Los graneros quedaron vacíos, los “acaparadores” muertos o presos en los helados campos siberianos y el hambre asoló todo el territorio soviético. Ah, el calorcito del Estado protector.

Mínimo Gorki, el nuestro, no va tan lejos. Sólo califica de “ruines”, “ratas”, “traidores a la patria” a los presuntos acaparadores de maíz y, ya en plena efusión calorífica, propone: “Yo no digo que debamos ahorcar a los acaparadores, pero sería formativo darles una arrastradita por el primer cuadro, unas buenas cachetadas guajoloteras, diez mil zapes estilo maestro de primaria…”.

El calorcito incluye un poco de faramalla – “charla artificiosa encaminada a engañar”- como ésa. Nada terrible, sólo efusiones demagógicas para darle al pueblo tortillas y circo. Calorcito.

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lunes, 29 de enero de 2007

Energéticos y alimentos, ¿ya tomamos nota?

Esto apenas empieza. Los hidrocarburos están entreverados con los carbohidratos. En los mercados, en las políticas públicas, en el nuevamente de moda discurso “verde” de los políticos, en las dádivas que hacen los grupos de presión e interés a las campañas electorales…Pero en algunos lugares todavía no tomamos nota.

Cuando la exitosa directora ejecutiva de la petrolera Chevron se quejó en 1999 ante unos funcionarios del sector energético en Estados Unidos: “Ya es tiempo de dejar de mezclar la política agrícola con la política de los combustibles”, algún crítico podría haberle advertido que se trataba de una mezcla inevitable si es que aún se acordaba de las clases de química que tomó en la escuela secundaria.

Paradójicamente, como lo hizo notar en octubre pasado The New York Times, esa entonces ejecutiva de Chevron, Patricia A. Woertz, es hoy la CEO de Archer Daniels Midland (ADM), tal vez la corporación mejor situada en el mundo en ese cruce de caminos estratégico entre agricultura y energía. Entre cultivos y combustibles. Además, ADM – la empresa número 56 entre las 500 de Fortune – es la empresa que más millones de dólares ha dado para campañas electorales a políticos de Estados Unidos, recibiendo a cambio miles de millones de dólares de los contribuyentes y de los consumidores, en la forma de subsidios y de políticas comerciales y regulativas.

Hace casi 12 años una investigación del Cato Institute revelaba que al menos el 43 por ciento de las utilidades de ADM provenían de productos fuertemente subsidiados o protegidos por el gobierno estadounidense: Cada dólar de utilidades de ADM proveniente de edulcorantes obtenidos del maíz (fructosa) costó $10 dólares a los consumidores; cada dólar de utilidades de ADM proveniente del etanol, obtenido del maíz, costó unos $30 dólares a los contribuyentes de Estados Unidos.

Por supuesto sería suicida imitar esa surrealista política de subsidios agro-energéticos de Estados Unidos, pero sí podríamos estar aprovechando, ya, las oportunidades que se están generando en el mercado global. ¿Alguien está haciendo algo en la industria azucarera para empezar a producir etanol a partir de la caña, con mucha mayor eficiencia energética que a partir del maíz, como lo hace exitosamente Brasil? (no, porque producir energéticos es un intocable monopolio del Estado), ¿alguien está viendo las oportunidades de la producción de fructosa – jarabe de maíz- en lugar de sostener con palabrerías el mito de la tortilla? (parece más fácil inventarse impuestos contra la fructosa para proteger a los cañeros), ¿algún político mexicano ya vio la estrecha relación entre precios del petróleo, precios del azúcar, precios del maíz, en los mercados internacionales? (tal vez no, porque están leyendo las columnas de chismes políticos).

Quiero creer que alguien está tomando nota pero parecería que no: En México algunos sesudos analistas y políticos no tienen nada mejor que patéticas cantaletas: “el maíz no sólo es alimento, sino religión, cultura, vida de los mexicanos”. La realidad global sigue su curso, y nos quedamos solos – otra vez- en la abismal contemplación de nuestro ombligo.

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