jueves, 30 de julio de 2009

Y en Cuba, la calle habla

Por cierto, hablando de Cuba, no puede durar mucho (¿años?, ¿meses?), la opresión. A 56 años del asalto al cuartel Moncada el fin de la pesadilla se antoja cercano...Y después, ¿qué?

Después, dicen quienes luchan por la democracia y por la libertad en la isla, cada cual a su manera, cada cual cargando su historia personal, sus fortalezas y sus debilidades, tendrá que privar la mesura, la sensatez y, sobre todo, el perdón.

Cito un párrafo impecable y hermoso de la reciente declaración conjunta de la diversa disidencia cubana:

Los momentos difíciles son también horas fascinantes para trabajar creativamente desde los fundamentos en la reconstrucción de nuestro proyecto nacional. Con la conciencia clara de estas gravedades, a las fuerzas democráticas nos queda mucho por hacer. Y esto lo podemos lograr animando una plataforma para el consenso entre todos. El gobierno cubano, si decide pegar el oído a la calle, tiene aquí una opción: abrirse a dialogar con la sociedad cubana. Una sociedad que, pese a las angustias y violencias cotidianas a las que se ve obligada, y al malestar profundo por la acumulación de vidas frustradas, tiene una magnífica capacidad para el perdón y para el ejercicio pacífico de la controversia. En todo caso, no es ocioso recordar que Cuba pertenece a todos los cubanos”.


Para leer más sobre esto les recomiendo encarecidamente el artículo del poeta Eliseo Alberto que publica hoy el diario Milenio.

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Cuba: las banderas como tapadera

En su bitácora "Desde Cuba. Generación Y", Yoani Sánchez, que obtuvo una mención especial en los premios de periodismo Maria Moors Cabot que otorga la Universidad de Columbia, nos cuenta la historia de 138 altos mástiles con sus respectivas banderas cubanas ondeando, apiñados, frente a la oficina de intereses de los Estados Unidos en La Habana.

Las banderas no cumplían otra función que impedir que cualquier ser humano de dimensiones normales pudiese leer los mensajes que difundía la luminosa marquesina de la representación estadounidense. Lo que ha sucedido ahora es que ya quitaron los mensajes sobre derechos humanos, las noticias y los enunciados políticos de la famosa marquesina y habrá que quitar, más temprano que tarde, las ostentosas e inútiles banderas y los 138 mástiles. La bandera como tapadera se degrada a trapo inútil cuando ya no hay algo que esconder.

Es la triste historia de siempre de las dictaduras. En la Unión Soviética también se recurrió a extravagancias insólitas y a dispendios inusitados para impedir que la gente tuviese acceso a versiones distintas de la oficial o a noticias en estado natural, no filtradas, no contaminadas, por la propaganda del régimen. Otros tantos desplantes absurdos llevaba a cabo Franco en España, en especial durante los años más duros, implacables, que fueron los inmediatamente posteriores a la guerra civil...

O es lo mismo que hacía la piadosa madre de un amigo mío, que forraba las portadas de los discos en los que acaso aparecía alguna imagen perturbadora para las buenas conciencias, digamos una chica en bikini o con una falda - ¡minúscula!, decían- que le hacía mostrar, ¡por Dios!, las rodillas. O, como lo contó alguna vez Jorge Ibargüengoitia, es lo mismo que hacía algún padrecito jesuita en el entonces Club Vanguardias, que tapaba con un sombrero el lente del proyector para impedir que los muchachos presenciasen, en las funciones de cine casero, alguna escena inconveniente.

¡Qué poderosa debe ser la verdad y cuán frágil debe ser nuestra mentira cuando nos vemos precisados a someter al prójimo a la ceguera, pretendiendo, ahora sí que tapar el sol con un dedo!

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miércoles, 20 de febrero de 2008

Todavía no

Ese viejo soberbio y despreciable se muere en abonos vistiendo un inopinado atuendo deportivo. Ya no puede con la carga de fingirse omnipotente, pero, afortunado, aún puede anunciar que se va de a poquitos, a su modo, a su aire, dictando el guión. ¿Podrá salirse con la suya?

Fidel Castro no quiere morir como mueren los dictadores. Debe sentir un escalofrío de terror imaginando una agonía como la de su paisano gallego Francisco Franco – a quien, sin embargo, quiere imitar dejando todo atado y bien atado- y debe estremecerle de miedo la sola eventualidad de un final violento y atroz como el de Nicolai Ceaucescu.

La muerte es ineluctable e irrespetuosa. Lo sabe Fidel Castro. Le quiere ganar la partida, aunque sea parcialmente, poniendo algunas condiciones. Me voy, pero no me voy. Me voy, pero todavía no. Lo de su renuncia a ocupar todo el catálogo de cargos supremos que se fue fabricando a lo largo de más de 45 años de mentiras, opresión y cobardes astucias de obseso del poder y del control, no es la gran cosa. Una especie de prestación laboral por razones de edad, como la describía ayer Román Revueltas Retes, para no cumplir con extenuantes horarios de trabajo. El héroe está fatigado y enfermo. Pero no ha renunciado a ser el héroe y a hacer su voluntad por encima de todos. Ni soñar con que a él lo quiten.

En su abrumadora soberbia pretende que el mundo aplauda, extasiado, su nueva estratagema, como si fuese un gran gesto de renuncia. Pero no hay grandeza en este cálculo mezquino de quien, desde la Sierra Maestra, corría a esconderse apenas escuchaba, lejano, el motor de los aviones de Batista.

Lo que más asombra en este episodio de una lenta agonía, de una desesperante despedida, es el embobamiento de sus fieles, la mayoría de ellos fuera de la isla por cierto, que atesoran llenos de nostalgia la imagen sagrada del héroe que soñaron. Desempolvan recuerdos – la memoria tiende a lo apoteósico-del revolucionario infalible que habría de llevarlos al paraíso del socialismo impoluto, maravilloso y justiciero. Patrañas, entrañables para ellos.

Todavía no. Ya veremos en qué termina este episodio, probablemente el último en el que ese viejo, disfrazado de cliente de gimnasio, trata de imponer su voluntad. Todavía no. Ya llegarán tiempos mejores para los cubanos. Paciencia.

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martes, 27 de marzo de 2007

De la “gabomanía” y otras modas idiotas

Ahora resulta, según la docta sentencia de algún anónimo redactor de titulares de periódico, que García Márquez es “artífice del habla hispana”. Afirmación tan idiota, en mi nada recomendable opinión, como la de quienes aseguran que el calentamiento global es el más grave problema que ha enfrentado la humanidad en toda su historia.

Referirse a Gabriel García Márquez como “Gabo” es signo inequívoco de esnobismo bobalicón, salvo que uno pertenezca al puñado de amigos y parientes cercanos del escritor colombiano.
El colmo fue ayer cuando el periódico mexicano “El Universal” enunció en su primera plana, justo arriba de una foto de este eficacísimo agente de relaciones públicas de la infame monarquía de Fidel Primero y Único de Cuba, lo siguiente: “Rinden tributo a artífice del habla hispana”. Tremendo disparate que demuestra – otra vez- que el papel aguanta todo.
Cada cual sus gustos, cada cual sus afinidades, cada cual su conocimiento de ese océano majestuoso que es la lengua española. En el mundo de la charlatanería lo mismo se puede consagrar a un mediano contador de un par de historias coloridas que afirmar, como ha hecho varias veces el comediante involuntario Al Gore, que los gases de invernadero son el peor flagelo que ha sufrido la humanidad, desechando de un plumazo, arrogante e idiota, el Holocausto, el Gulag, la peste, cientos de guerras, las variopintas dictaduras…
Tengo para mí – y como dijo Góngora “ándeme yo caliente y ríase la gente”- que toda la obra de García Márquez no vale lo que una sola línea de Borges ("Nadie rebaje a lágrima o reproche…”), lo que la fantasía de un cuento de Cortazar, lo que algunas líneas de Octavio Paz, lo que valen las tres o cuatro novelas magistrales de Mario Vargas Llosa (y cito: “Conversación en la Catedral”, “La Fiesta del Chivo”, “La Guerra del Fin del Mundo” y “Travesuras de la Niña Mala”), lo que vale “Dormir en Tierra” de José Revueltas o lo que vale ese caudal de humor profundamente triste que son los relatos de Alfredo Bryce Echenique.
Si el tal “Gabo” – a quien tantos disimulan sus oficios de cortesano en la finca de Fidel- es “artífice del habla española”, habrá que escribir en yiddish, porque el español ya ha de ser “lengua muerta”.

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