lunes, 1 de junio de 2009

Las lecciones de una bancarrota (I)

La bancarrota de General Motors, obligada desde hace meses, ha sido rigurosamente monitoreada por el gobierno de Barack Obama a tal grado que no es una quiebra típica, sino un esfuerzo desesperado de rescate gubernamental, una última oportunidad para tratar de conciliar lo que parece irreconciliable: La productividad con la política.

Me temo que el experimento fallará porque se trata de asuntos irreconciliables.

La productividad que requiere una empresa que aspire a desempeñar un liderazgo mundial en mercados globales y competitivos jamás ha florecido en un entorno de intervencionismo político-gubernamental.

Obama ha hecho su mejor esfuerzo para salvar uno de los bastiones más importantes no sólo del Partido Demócrata, sino de su propia carrera política. De ahí el intervencionismo. La biografía marca: Un político joven y progresista, abogado que se fogueó en las batallas de los problemas comunitarios de una ciudad como Chicago (desempleo, seguridad social, servicios médicos, combate a la marginación y a la delincuencia de barios bajos, regeneración de la vida comunitaria, derechos de las minorías raciales), sólo puede ser amigo incondicional de un sindicato como la United Auto Workers (UAW). Obama cree en la retórica de la UAW y usa los tópicos de dicha retórica: defensa de los empleos “americanos” frente a las amenazas del comercio libre y de la migración, derechos irrenunciables a la seguridad social, a pensiones y a servicios médicos más que generosos.

Todo ello inevitablemente hace colisión con la dura lógica de la productividad: si tus autos no son los de mejor calidad al precio más competitivo, si no están construidos para funcionar en un mundo de combustibles caros y de duras normas ambientales, estás fuera.

Este rescate-quiebra de GM suena tan “sólido” como la reforma que hicimos en México para volver a PEMEX una empresa globalmente competitiva: Un gran estruendo para dar a luz un ratoncito.

Es una pena y entiendo que Obama desearía sinceramente recrear el paraíso perdido de los años 60 en Detroit: cuado GM tenía más del 50% del mercado, cuando se decía que “lo que es bueno para GM es bueno para América”, cuando los obreros de las líneas de ensamble de GM vivían mejor que un muy competente profesionista fuera de Estados Unidos. Pero estamos en 2009, Detroit tiene la tasa de desempleo más alta de Estados Unidos y este es un mundo ferozmente competitivo, con compañías automotrices (lideradas por las japonesas) que no tienen arreglos laborales tan onerosos, ni están atrapadas en el “sueño americano” de hace 50 años.

Continuaré mañana.

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martes, 31 de marzo de 2009

GM y el milagro que desea Obama

Son muchas las probabilidades de que General Motors termine acogiéndose a un proceso de quiebra en tribunales, conforme al famoso capítulo once de la ley respectiva en Estados Unidos.

El problema es que desde noviembre pasado ése era el camino a seguir y los políticos - en la Casa Blanca y en el Congreso - se empeñaron en evitarlo. Lo mismo que los directivos de GM a quienes ahora se acusa de haber cuidado más su puesto que la compañía.

Lo cual es cierto: Rick Wagoner – el despedido CEO de GM – vio por su puesto antes que por el bien de GM. Lo mismo que Barack Obama, el Congreso y la inmensa mayoría de los políticos han visto en este asunto por sus intereses, no por los de esa empresa o, más importante, por el bien de los contribuyentes. Exactamente igual que lo ha hecho el poderoso sindicato de la industria automotriz. Así es la naturaleza humana.

Evitar la quiebra le convenía a Wagoner, al sindicato y a Obama y al Congreso. A nadie más. Postergar lo inevitable ha empeorado la situación de la empresa, les ha costado mucho dinero a los contribuyentes y ha ocasionado descalabros innecesarios en los mercados de valores, como el sufrido el lunes pasado.

El martes 18 de noviembre de 2008 Martin Feldstein publicó un contundente artículo en The Washington Post argumentando porqué las tres grandes armadoras de automóviles estadounidenses (Ford, sorprendentemente, ya quedó fuera del paquete porque NO requiere de rescates públicos) tenían que irse a la quiebra, en lugar de mendigar dinero de los contribuyentes:

“Los tres grandes fabricantes de autos de Estados Unidos necesitan más que una inyección de 25 mil millones de dólares del gobierno federal. Porque dadas sus pérdidas actuales en menos de un año quemarán ese dinero y volverán por más".

Por lo pronto, GM volvió por más y Obama le dijo que no...por ahora. Que sí habrá dinero público, si dejan que los burócratas de la Casa Blanca evalúen el plan de negocios.

Si desde entonces GM se hubiese acogido al equivalente a lo que en México es un concurso mercantil (el famoso "chapter eleven")habría seguido produciendo automóviles, habría seguido siendo fuente de empleo directo o indirecto para millones de personas – dentro y fuera de los Estados Unidos- y, lo más importante, se habría empezado a reorganizar a fondo, para volverse competitiva frente sus competidores asiáticos.

Una reorganización a fondo de GM, supervisada por un tribunal de bancarrotas NO por un equipo de burócratas encabezado por el presidente Obama, habría obligado a que los sindicatos aceptasen nuevas condiciones laborales, sin prestaciones exorbitantes ni privilegios absurdos.

Obama cree poder lograr el milagro: Sanear GM sin tocar los sacrosantos intereses sindicales. ¿Cuánto dinero tendrá que perderse antes de que admita que no habrá tal milagro?

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