martes, 31 de marzo de 2009

GM y el milagro que desea Obama

Son muchas las probabilidades de que General Motors termine acogiéndose a un proceso de quiebra en tribunales, conforme al famoso capítulo once de la ley respectiva en Estados Unidos.

El problema es que desde noviembre pasado ése era el camino a seguir y los políticos - en la Casa Blanca y en el Congreso - se empeñaron en evitarlo. Lo mismo que los directivos de GM a quienes ahora se acusa de haber cuidado más su puesto que la compañía.

Lo cual es cierto: Rick Wagoner – el despedido CEO de GM – vio por su puesto antes que por el bien de GM. Lo mismo que Barack Obama, el Congreso y la inmensa mayoría de los políticos han visto en este asunto por sus intereses, no por los de esa empresa o, más importante, por el bien de los contribuyentes. Exactamente igual que lo ha hecho el poderoso sindicato de la industria automotriz. Así es la naturaleza humana.

Evitar la quiebra le convenía a Wagoner, al sindicato y a Obama y al Congreso. A nadie más. Postergar lo inevitable ha empeorado la situación de la empresa, les ha costado mucho dinero a los contribuyentes y ha ocasionado descalabros innecesarios en los mercados de valores, como el sufrido el lunes pasado.

El martes 18 de noviembre de 2008 Martin Feldstein publicó un contundente artículo en The Washington Post argumentando porqué las tres grandes armadoras de automóviles estadounidenses (Ford, sorprendentemente, ya quedó fuera del paquete porque NO requiere de rescates públicos) tenían que irse a la quiebra, en lugar de mendigar dinero de los contribuyentes:

“Los tres grandes fabricantes de autos de Estados Unidos necesitan más que una inyección de 25 mil millones de dólares del gobierno federal. Porque dadas sus pérdidas actuales en menos de un año quemarán ese dinero y volverán por más".

Por lo pronto, GM volvió por más y Obama le dijo que no...por ahora. Que sí habrá dinero público, si dejan que los burócratas de la Casa Blanca evalúen el plan de negocios.

Si desde entonces GM se hubiese acogido al equivalente a lo que en México es un concurso mercantil (el famoso "chapter eleven")habría seguido produciendo automóviles, habría seguido siendo fuente de empleo directo o indirecto para millones de personas – dentro y fuera de los Estados Unidos- y, lo más importante, se habría empezado a reorganizar a fondo, para volverse competitiva frente sus competidores asiáticos.

Una reorganización a fondo de GM, supervisada por un tribunal de bancarrotas NO por un equipo de burócratas encabezado por el presidente Obama, habría obligado a que los sindicatos aceptasen nuevas condiciones laborales, sin prestaciones exorbitantes ni privilegios absurdos.

Obama cree poder lograr el milagro: Sanear GM sin tocar los sacrosantos intereses sindicales. ¿Cuánto dinero tendrá que perderse antes de que admita que no habrá tal milagro?

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domingo, 9 de septiembre de 2007

Los "SUV", el iluminado López y los "bultos"

Sólo pasa en México: Los dueños de las inseguras, agresivas y contaminantes camionetotas o "SUV" tienen a los mejores defensores de sus intereses en el caudillo de la izquierda populista, en el partido de la izquierda y en algunos gobiernos de la izquierda, como el de la ciudad de México. ¡Gasolina subsidiada para proteger a la burguesía motorizada!


El no-caudillo de la izquierda mexicana – Andrés López Obrador- ya dio instrucciones precisas a los legisladores del PRD: "No se trata de parlamentar (sic)…que nuestros legisladores se paren de sus curules, tomen la tribuna y se queden ahí el tiempo que sea necesario, día y noche si es necesario, hasta que se retire la propuesta". ¿Qué propuesta? La de un gravamen a las gasolinas, que sería cien por ciento participable a las entidades federativas.

¡Así se defienden los intereses populares! ¿Qué interés más proletario y popular que el de los grandes consumidores de gasolina?, ¿para qué dialogar o discutir, para qué ofrecer argumentos, si los más afectados serían los dueños y usuarios de camionetotas SUV (Sport Utility Vehicles) que en promedio consumen 11.4 litros de gasolina por cada cien kilómetros recorridos contra un promedio de 8.6 litros por cada cien kilómetros que consumen los automóviles normales? A los SUV se les defiende "echando lámina" u obstruyendo el trabajo legislativo.

Además, los usuarios del "Metro" en la ciudad de México o del tren ligero o de los trolebuses – medios que no utilizan gasolina- no son parte de las clases populares, sino de la odiosa burguesía…o tal vez son de otra clase social - ¿los infra – populares?- que no le interesa a la izquierda.

Ya López había demostrado con creces su amor, ¿no correspondido?, a la burguesía motorizada, consumidora de gasolina subsidiada (hoy día, el IEPS en las gasolinas es negativo) y contaminadora, construyéndole "segundos pisos" y distribuidores viales – en lugar de "desperdiciar" los recursos públicos en "tonterías" como más líneas del Metro-, al tiempo que beneficiaba a un puñado de "proletarias" empresas constructoras.

¿Qué sigue en la agenda de la izquierda?, ¿hacer que todos paguemos la incompetencia de algunos oligopolios adinerados exigiendo subsidios al gas natural?

Y eso por no hablar del aprecio de López a los legisladores de su partido: "¡No argumenten!, ¡no propongan!, ahí siempre pierden, usen el único talento que tienen: ¡Ser bultos que estorban!"

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miércoles, 29 de agosto de 2007

Federalismo de dientes para fuera…

Otro falso axioma de los expertos instantáneos en asuntos fiscales: No conviene que haya competencia fiscal entre las entidades federativas. Mientras los gobiernos locales teman asumir potestades tributarias México seguirá siendo un país centralista, pobre y con grandes desigualdades regionales.

Hace unos días en el sitio de la red "Asuntos Capitales" se publicó lo siguiente:

"Así, transitamos – verbo favorito de los políticos- del federalismo limosnero de los últimos priístas que fueron presidentes de la república (…) al federalismo infantil: 'Mira, gobernador o gobernadora, como eres tan bruto o bruta que ni siquiera sabes cobrar impuestos y para evitar que hagas tonterías como cobrar más o menos impuestos que tus vecinos, generando (…) competencia entre los estados, mejor vamos a decirle a los del gobierno federal que sean ellos los que cobren más impuestos y que te entreguen lo recaudado rapidito y de buen modo'". (Juan Pablo Roiz: "El PRI, los gobernadores y el infantilismo fiscal").

Uno de los puntos menos discutidos públicamente en el asunto de un posible impuesto a las gasolinas – de menos de cinco por ciento- cuya recaudación se distribuiría íntegra a los estados, es el hecho de que la propuesta original, auténticamente federalista, se transformó en un arreglo centralista que, para colmo, hoy parece huérfano.

Prevalece otro falso axioma que los expertos instantáneos repiten como pericos: "Si se dan facultades tributarias a los gobiernos locales, para cobrar, si así lo deciden, algún impuesto adicional en los rubros en que la Federación cobra los IEPS, generaríamos una indeseable competencia entre los estados, ya que algunos cobrarían esos impuestos y otros no".

Pregunto: ¿por qué ha ser indeseable la competencia?

El falso axioma revela cuán falso es el federalismo que proclaman muchos políticos, empezando por algunos gobernadores.

Supongamos que el impuesto local tuviese por objeto, como debe ser, combatir una externalidad negativa: los daños que causan millones de automóviles circulando diariamente y los gastos multimillonarios que ello acarrea para los gobiernos locales. Son candidatos obvios a cobrar dicho impuesto los gobiernos del Distrito Federal y del estado de México. Ambas entidades son gobernadas por políticos que no tienen el defecto de la timidez, sino más bien el de la locuacidad. ¿Por qué callan al respecto?, ¿no les interesa defender la capacidad de sus entidades para definir sus propias políticas públicas?, ¿querrían dinero pero no responsabilidades?

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martes, 10 de julio de 2007

Luces direccionales y teoría de juegos

Algún estudioso de la ciencia política, de la economía o de las matemáticas debería diagramar, conforme a la teoría de juegos, el síndrome automovolísitico, típico de la ciudad de México, que consiste en evitar a toda costa que el conductor que indica su deseo de cambiar de carril – mediante las luces direccionales de su auto- pueda lograrlo.

Miles de conductores de vehículos en la ciudad de México parecen adiestrados con disciplina castrense en el arte de oponer férrea resistencia a los deseos previa y civilizadamente anunciados por otros conductores. Basta con que “A” manifieste, mediante las luces direccionales, su pretensión de cambiar de carril para que el conductor de junto, “B”, – advertido de la intención de “A”- se lo impida acelerando o frenando.

Esta conducta revela que para el conductor medio en la ciudad de México estar al mando de un automóvil es lo contrario de un juego cooperativo “ganar-ganar” y es lo más parecido a una guerra sin cuartel que suele terminar en “todos pierden”.

Tal parece que el conductor “B” abriga un profundo desprecio por alguien que como “A” avisa con anticipación sus intenciones. En su deteriorado cerebro “B” cavila: “Sólo un pelmazo revela en la jungla de asfalto sus intenciones a sus adversarios; este pelmazo – es decir “A”- merece ser castigado por despreciar la primer regla de esta guerra de guerrillas: sorprender y abusar”. Salvo casos excepcionales y patológicos, los conductores que como “A” reciben esa primera lección de cómo funcionan las cosas en la lucha diaria por los centímetros de asfalto, la asimilan, la aprenden y actúan en consecuencia: 1. Omitirán en el futuro el uso de las luces direccionales y 2. Impedirán a toda costa el paso a eventuales pelmazos que manifiesten su deseo de cambiar de carril: “¡Si lo quieres arrebátalo, jamás lo pidas!”.

Lo bonito de esta conducta típica es que reproduce fielmente la estrategia de algunos políticos para quienes toda cooperación es sinónimo de cobardía, afeminamiento y claudicación. Y ahí los tiene usted sentando cátedra, con el ejemplo, para beneficio de todos los guerrilleros motorizados: Marcelo advierte con vehemencia: “Aunque me inviten, jamás iré”. Andrés, el sumo pontífice, amenaza con el dedo flamígero: “Al infierno de los tibios deberán ir aquellos que negocien una reforma fiscal; estoy a punto de vomitarlos de mi boca”.

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jueves, 28 de junio de 2007

Instrucciones de viaje para eludir portentos

Bien vistas las cosas, la capital de México es una ciudad llena de portentos que permanecen ocultos, por ejemplo: Ese inmenso agujero en medio de la calle – y en el que sucumben algunos automovilistas incautos- tal vez esconda las tan publicitadas – y nunca vistas- raíces de la patria.

Cada cierto tiempo un buen amigo me emplaza a desayunar muy temprano cerca de su oficina en las Lomas de Chapultepec (fraccionamiento que nació con el “distinguido” y vendedor nombre de “Chapultepec Heights” en el siglo pasado) y me ofrece, por teléfono, un catálogo de instrucciones deliciosas para llegar con bien a la cita, por ejemplo esta:

“Aprovecha la primera distracción de las mujeres policía que están a la salida del periférico, por ejemplo cuando se retoquen el maquillaje frente a un espejito, para avanzar; de otra forma tendrás que esperar 15 minutos o más a que te cedan el paso”.

En realidad mi amigo describe uno de los tantos portentos de la ciudad: Algún comandante especialista en “perímetros y vialidades” ha ordenado a las mujeres policía que otorguen ostentosa preferencia, en las primeras horas de la mañana, a los automóviles que van de las Lomas hacia el centro de la ciudad, en detrimento de aquellos que desean ingresar al otrora rumboso y elegante fraccionamiento. ¿Por qué? Ahí está el portento y el secreto.

Otro portento es un gigantesco bache en una avenida del sur de la ciudad. Gobiernos van y gobiernos vienen y el bache sigue ahí, imperturbable, a la caza de automovilistas provincianos que no están adiestrados en la disciplina de las carreras de obstáculos, primera asignatura que debe aprobar cualquier automovilista capitalino que se respete. He llegado a sospechar que la persistencia del bache oculta un portento maravilloso o atroz. Tal vez el bache es tan intocable como PEMEX porque en sus profundidades se encuentran las raíces de lo mexicano, tan encarecidas. O quizá oculta el Aleph, ese misterioso punto – cuenta Borges- cuyo diámetro “sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo”. La cifra del cosmos en el fondo de un bache. ¡Qué nadie lo toque!

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jueves, 14 de junio de 2007

Su majestad, el automóvil, debe pagar

El desarrollo sostenible de la Ciudad de México requiere desalentar en serio el uso del automóvil e invertir cantidades multimillonarias en extender el Metro y mejorar de veras el transporte público.

El locutor que platicaba con Carlos Elizondo Mayer-Serra manifestó su asombro de que Carlos hubiese llegado a un concierto en Bellas Artes tomando el Metro. Lo asombroso, sin embargo, es que el locutor se asombrase de que una persona inteligente tomase la decisión más inteligente para llegar a su destino. El Metro, aun con su saturación y sus múltiples carencias de mantenimiento y seguridad, es un medio de transporte mucho más eficaz, rápido y limpio que el automóvil.

Lamentablemente, la extensión del Metro y su capacidad para transportar a los millones de usuarios potenciales están muy por debajo de las necesidades de la Ciudad de México. En el aciago gobierno de Andrés López Obrador el Metro no creció un solo centímetro; a cambio tuvimos obras caras, mal hechas, fastuosas y de relumbrón político para su majestad: el automóvil. Esa pésima decisión sólo agravó el problema.

Uno no necesita suscribir la dudosa hipótesis del calentamiento global para percatarse del inmenso daño que le ha hecho a la Ciudad de México la explosión automovilística. No se trata de un hipotético daño planetario sino de un grave daño específico, localizado y creciente: Los contaminantes que arrojamos a diario millones de automovilistas en la capital mexicana se quedan aquí, no dañan la selva amazónica ni ocasionan huracanes en el Golfo. Se quedan aquí y se traducen en enfermedades, en deterioro de la convivencia, en improductividad, en desperdicio de recursos públicos (calcúlese cuántos policías y recursos se dedican en la ciudad a facilitar, como sus comandantes les dan a entender, el tráfico de automóviles y camiones), en irritación y, sí, también en falta de competitividad.

El ejemplo de Carlos tomando el Metro es cien veces más honesto y realista que los paseos en bicicleta para tomarse la foto.

El gobierno de la Ciudad requiere invertir mucho más en extender la red del Metro y darle adecuado mantenimiento. Para ello debería cobrarnos a los automovilistas y destinar lo recaudado a sufragar esas multimillonarias inversiones en transporte público. Eso es lo que hacen los gobiernos de izquierda modernos. Lo demás es “posar para la foto”.

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