lunes, 9 de noviembre de 2009

El dúo dinámico debate sobre productividad

La productividad en Estados Unidos creció un espectacular 9.5 por ciento anual en el tercer trimestre. En contraste, la tasa de desempleo abierto, también en Estados Unidos, llegó a los dos dígitos, más de 10 por ciento, por primera vez en 25 años.

Por supuesto - y para ello hay muchas explicaciones, no sólo la afición de los medios de comunicación a las malas noticias- en los principales diarios especializados como el WSJ o el FT, ya no se diga en los de información general, la noticia sobre el crecimiento de la productividad se registró en las páginas interiores en tanto que el reporte sobre desempleo se desplegó en las primeras planas e influyó negativamente (dicen quienes les leen las entrañas a los mercados financieros para explicar porqué suben o porqué se desploman) el día que se anunció. La diferencia de valoración no sólo se explica por el alarmismo congénito de la profesión periodística, sino porque el desempleo es un concepto más tangible para el público que el concepto de productividad. A largo plazo el motor del crecimiento económico y del bienestar es la productividad, pero en el horizonte inmediato de millones de personas lo que pesa, en las cuentas de cada día, es tener o no tener un empleo.

A partir de estos dos datos en contraste (desempleo y productividad) el dúo dinámico de la Universidad de Chicago - Gary Becker y Richard Posner- reflexiona y discrepa entre sí. El documentado debate puede leerse en la bitácora conjunta del premio Nobel (Becker) y del jurista-economista (Posner) pinchando en este sitio para Becker y en este otro sitio para Posner.

Becker, en línea con la experiencia histórica, advierte que a largo plazo los incrementos de la productividad habrán de traducirse en más empleo y más bienestar,si bien en el corto plazo esos mismos incrementos pueden generar desempleo, (se trata, en última instancia, de la famosa "destrucción creativa" que tan brillantemente expuso Jospeh Schumpeter en su "Teoría del desarrollo económico"). Un ejemplo típico es del mensajero que, por la generalización del uso del fax y del correo electrónico, se quedó sin trabajo pero capacitándose obtiene un empleo mucho más productivo y remunerador, por ejemplo: ordenando archivos y datos electrónicos en una computadora o incluso produciendo programas de computación para usos administrativos.

Posner no está de acuerdo con Becker en que, hoy y ahora y en esta "world wide recession", estemos presenciando un incremento de la productividad que sea producto de una mejora tecnológica o de un proceso creativo; conjetura que más bien se trata de que menores trabajadores están trabajando más horas, ganando menos, así como de otras reacciones temporales de las empresas para ajustarse ante la recesión: posponer pagos a proveedores, disminuir la calidad de las materias primas e insumos empleados para producir los bienes y otras medidas microeconómicas de emergencia frente a la crisis que se traducen a la postre en una real o aparente mayor producción ("output") a partir de menos factores productivos.

Lejos de mí pretender terciar en este debate entre dos gigantes (de los auténticos, no de los que menudean por estos lares perorando y salpicando bilis ideológicas o sectarias), pero me atrevo a opinar que, en lo básico, Becker es quien tiene razón: Este aumento en la productividad es una buena noticia y presagia (en un futuro que no sabemos determinar cuán cercano está) mayor bienestar y, a la postre, mayor empleo.

Las razones de cada cual ahí están - en una de las bitácoras imprescindibles en el mundo de la investigación económica- y es un placer intelectual aprender un poquito asomándose a discusiones inteligentes.

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domingo, 11 de octubre de 2009

Gran triunfo

México ganó ayer.

Por años, miles de millones de pesos fueron destinados a mantener con vida una de las peores empresas públicas del mundo: Ineficiente, abusiva, nido de extorsionadores. Se acabó Luz y Fuerza del Centro. En buena hora.

Según parece liquidar generosamente a toda la plantilla de la extinguida Luz y Fuerza del Centro costará 16 mil millones de pesos, para hacer "más tersa" la operación el gobierno parece dispuesto a mejorar aún más esa liquidación generosa, siempre y cuando los ex-trabajadores de la empresa extinguida se avengan al procedimiento en el lapso de un mes, en tal eventualidad el costo fiscal de terminar con esa pesadilla será de 20 mil millones de pesos. Ver nota aquí.

Por increíble que parezca sale barato, eso es menos de la mitad del subsidio anual - a fondo perdido -que se ha venido otorgando a la extinguida empresa desde hace años: más de 45 mil millones de pesos.

Unas cifras de César Hernández, investigador del CIDAC, para documentar la legendaria improductividad de Luz y Fuerza del Centro:

Endesa, de España, con 12,666 trabajadores produce 17.36 gigawatts hora por trabajador.
ENEL, de Italia, con 21,300 trabajadores produce 7.50 gigawatts hora por trabajador.
Comisión Federal de Electricidad, con 81,269 trabajadores produce 1.7 gigawatts hora por trabajador.
Luz y Fuerza del Centro, con 41,049 trabajadores produce 0.72 gigawatts hora por trabajador.

CFE, que es una empresa diez veces menos productiva que la española Endesa, luce como una empresa de excelencia comparada con la extinta Luz y Fuerza. De esa magnitud era la sangría fiscal.

En 2007, en estas Ideas al vuelo, hable de tres modelos de producción y distribución de energía en el mundo: el europeo, con libre competencia; el argentino, con empresas privadas que sin embargo son ahorcadas por tarifas oficiales e irreales impuestas por el gobierno, y el peor de todos: el modelo mexicano de monopolio gubernamental, para leer el artículo basta hacer clic AQUÍ.

A principios de 2006 escribí sobre un padecimiento que conoce muy bien cualquier habitante del valle de México: Estar tres horas en penumbra, sin poder trabajar. "añorando el progreso". Puede leerse el comentario EN ESTE OTRO VÍNCULO.

Ese artículo de 2006 ocasionó una atenta carta del encargado de las relaciones públicas de la hoy extinta compañía (carta de disculpa que NO reciben los usuarios normales, sino sólo aquellos que se pueden quejar en un medio de comunicación, dicho sea de paso), que transcribo a continuación:

Ricardo Medina. Como de costumbre leí tu columna “Ideas al Vuelo”, encontrándome, en esta ocasión, con tu molestia por una interrupción de energía eléctrica que se prolongó por dos horas. Sobre el particular me pongo a tus órdenes vía este correo o al teléfono 5140 0459, para poder atenderte en estos casos.
Sin tratar de justificar, te comento que en estas épocas del año las interrupciones del fluído eléctrico son más frecuentes por el incremento en la demanda de energía debido a las ferias, tianguis, vendedores ambulantes y el uso doméstico acostumbrado en las fiestas navideñas. Duplicamos el número de nuestras cuadrillas para atender las quejas por este motivo, pero desafortunadamente hay casos en que el daño obliga a una reparación que lleva más tiempo de lo deseado. Te ofrezco una disculpa y me pongo a tus órdenes.

Miguel Tirado Rasso
Jefe de la Unidad de Relaciones Institucionales y Comunicación Social


A lo cual, respondí de esta forma:

Estimado Lic. Miguel Tirado Rasso:

Le agradezco su atención y tomo nota del teléfono para una futura eventualidad que, esperemos, no se presente.
Entiendo que el problema de fondo no es administrativo, ni mucho menos de la dirección de esa empresa pública, sino estructural. La frustrada reforma energética en nuestro país (que, querramos o no debe permitir la competencia entre distintos oferentes del servicio para que de veras funcione) sería la verdadera solución.

Gracias de nuevo por las atenciones,



Sigo pensando exactamente lo mismo, la verdadera solución se dará cuando se permita la competencia entre diferentes oferentes del servicio. Por eso, que ahora la CFE se haga cargo del suministro en el Valle de México es una buena noticia fiscal (supongo que el erario - nosotros, los contribuyentes- nos ahorraremos varios miles de millones de pesos al año, antes de que les hinquen el diente los partidos políticos de la consigna "ni un peso menos", que son el PRI y el PRD), pero sigue estando muy lejos de ser la verdadera solución para la libertad de elección de los consumidores y para la productividad del país.

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jueves, 13 de agosto de 2009

Reformar el gobierno

La precariedad de las finanzas públicas de México - conocida y advertida desde antiguo tanto por el actual como por los anteriores secretarios de Hacienda- fue desnudada sin compasión por la recesion global, pero NO fue causada por la recesión.

De ahí que no haya ninguna contradicción entre dos hechos ciertos: 1. Ya pasó lo peor de la recesión y hay señales inequívocas de recuperación económica, y 2. Aun con la recuperación incipiente de la demanda mundial y local, nuestras finanzas públicas seguirán siendo precarias, como lo eran antes de la crisis global. Con un agravante: El plazo fatal para subsanar esa precariedad ya llegó.

De no corregirse habremos de hundirnos en una espiral de mediocridad - en el mejor de los casos- o en una quiebra fiscal ésta sí, como es obvio, de origen interno.

La caída de los precios del petróleo no es ni signo ni causa de nuestra precariedad fiscal. Contribuyó al agravamiento de los síntomas, pero NO es la enfermedad.

La enfermedad - crónica y que los fatalistas se empeñan en imaginar incurable- es la dependencia fiscal de los recursos petroleros, aunada al hecho igualmente crónico de la ineficiencia del monopolio gubernamental petrolero. Los precios del petróleo podrán acaso recuperarse, de hecho ya se han recuperado a lo largo del año (de manera exagerada a mi juicio, pero eso es otro asunto), y la precariedad fiscal seguirá siendo tan grave como ahora.

En lo inmediato, ya se ha dicho, se cuenta con tres herramientas fiscales para atenuar el golpe (es decir: para subsanar el diferencial entre ingresos y gastos fiscales), que son: 1. Incrementar de forma permanente los ingresos fiscales no petroleros, 2. Disminuir significativamente - y también de forma permanente- el gasto del gobierno (o, mejor, de los gobiernos, incluyendo a los gobiernos locales y el gasto de otras entidades del Estado), y 3. Sólo como remedio temporal - esté sí relacionado con la recesión global que, al desplomar la actividad económica, ha impactado la recaudación de ingresos no petroleros- recurrir a un déficit fiscal; que es un remedio tan lleno de riesgos que debe administrarse con extrema cautela, con un plazo perentorio para convertir en menos de dos años el déficit en finanzas equilibradas o en superávit, mediante ahorros e ingresos extraordinarios destinados en su totalidad a la amortización de deuda pública.

De las tres herramientas tal vez la que prometa mejores resultados - y que, por lo tanto, debe emplearse a fondo- es la de disminuir de forma permanente el gasto público y frenar su tendencia a expandirse muy por encima del crecimiento de la economía.

De hecho, una genuina reforma fiscal debe incluir como capítulo principal una reforma del ejercicio del gasto público con criterios de eficiencia. Costos contra beneficios medidos objetivamente y sin subterfugios retóricos.

La información crucial en cualquier estado de resultados es la línea final: La utilidad o la pérdida neta. Si se hiciese para cada operación del gobierno (en sus tres niveles) un auténtico estado de resultados, ¿qué arrojaría la línea final de cada uno de esos análisis?

En la mayoría de los casos tendríamos pérdidas, y en muchos de tales casos las pérdidas se nos mostrarían tan cuantiosas que la operación gubernamental tendría que cancelarse de inmediato y dejarla a la libre competencia de los particulares.

Si acaso por la naturaleza específica de la actividad gubernamental de la que estemos hablando - digamos, la procuración y administración de justicia- parece desaconsejable dejarla en manos de empresas particulares, resulta claro que lo que debe hacerse es reformarla a fondo; es decir: darle una forma nueva (eso significa reformar) que permita evaluarla con objetividad y con criterios similares a los que aplicamos a otras actividades en las que la asignación de recursos debe buscar la eficiencia. Y, ¿qué es la eficiencia? Obtener resultados cuyo valor sobrepase el valor original de los recursos empleados: un "producto" superior a la suma de los "insumos" invertidos.

Es decir, aunque les horrorice a los ideólogos de la "superioridad moral" de gobiernos y políticos, evaluar la actividad de los gobiernos y de todas las actividades sufragadas con recursos público con criterios económicos o "bussines-like".

Dirán de inmediato algunos que usar el símil con un estado de resultados es totalmente inapropiado. Desde tiempo inmemorial los creyentes en una presunta superioridad moral de los gobiernos sobre lo que motejan como "estrechez de miras" de los tecnócratas, han considerado sacrílego analizar la "noble" tarea de los gobiernos con herramientas de análisis financiero, propias - siguen diciendo- de la contabilidad de una tienda de abarrotes o de la frialdad - "insensibilidad social"- de los informes periódicos que los accionistas demandan a la administración de una empresa para ver cómo marcha el negocio. Presumen que la tarea de gobernar es tan sublime que evaluarla con criterios de eficiencia es tan inapropiado como ponerle precio al amor, a los buenos sentimientos o a los sentimientos religiosos.

Esas creencias en realidad son patrañas. Gobernar no es amar, ni rezar, ni ejercer la caridad.

¿En qué consiste la presunta y aplastante "superioridad moral" de los gobiernos sobre los prosaicos negocios? En una falacia o petición de principio (para usar la terminología de la lógica) que es la siguiente: "Los gobiernos son mejores moralmente que los negocios porque no buscan mezquinas utilidades, sino el beneficio de la colectividad, el bien común, el bienestar de las mayorías". Falacia que suele acompañarse de esta otra: "Quienes gobiernan, aspiran a gobernar o son funcionarios en un aparato gubernamental, no buscan su beneficio sino el del prójimo, a diferencia de quienes son accionistas, funcionarios o empleados de un emprendiemiento privado que invariablemente buscan prioritariamente su beneficio personal".

Desafío a cualquier téorico de la filosofía política o a cualquier experto en administración pública a demostrar racionalmente esas dos peticiones de principio. No podrá hacerlo por la simple razón de que son falsedades. Mitos ideológicos muy convenientes para quienes viven (vivimos) del erario, sea como burócratas, "representantes populares", técnicos, políticos profesionales o recipendarios de subsidios públicos, por ejemplo: personal administrativo y académico de universidades sustentadas con dinero de los contribuyentes.

Ojo, no estoy diciendo que sea de suyo inmoral o incorrecto que alguien se dedique a la política o trabaje en el llamado "sector público", simplemente estoy diciendo que al igual que cualquier otro trabajo (transformación de lo existente para obtener un valor agregado al que se tenía originalmente) los trabajos públicos y la actividad gubernamental en sí misma tienen que evaluarse con criterios de eficiencia igualmente rigurosos que aquellos con los que evaluamos las actividades privadas.

Ahora bien, si se debe reformar profundamente el gasto público en los tres niveles de gobierno para evaluarlo y ejercerlo con criterios de eficiencia económica esto nos conduce, inevitablemente, como sucedió en el caso de Nueva Zelanda durante la década de los años 90, a una auténtica reforma de la totalidad del gobierno. Incluso a un replanteamiento de lo que corresponde y de lo que no corresponde hacer al Estado.

Estoy cierto de que si a los administradores de entidades gubernamentales les exigimos llevar estados de resultados, semejantes a los de cualquier empresa que busca deliberadamente utilidades para sus accionistas, y se les advierte que de acuerdo con tales resultados se les evaluará, ellos mismos acabarán por desechar todo gasto superfluo e injustificado, porque estorbara al cumplimiento de las metas con las que serán evaluados y del que depende su permanencia en el puesto o la pérdida, por incompetencia, del mismo.

Nada más miope que ver la reordenación de los gobiernos y del Estado como un mero recorte de gastos. El recorte, urgente, de los gastos que son notoriamente improductivos habrá de darse de inmediato (el lector, estoy seguro, podrá mencionar de inmediato tres o cuatro secretarías de Estado y decenas de entidades gubernamentales totalmente prescindibles), pero la reforma debe ir aún más allá, para ser permanente y contribuir a la productividad total de la economía. La reforma debe ser reforma del gobierno en su esencia.

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miércoles, 29 de julio de 2009

Banxico señala barreras al crecimiento económico

En su informe trimestral de inflación el Banco de México señala dos graves restricciones estructurales que padece la economía mexicana para crecer (y cerrar la "brecha del producto" de la que escribimos aquí ayer por la tarde):

1. La baja flexibilidad que exhibe el país para reubicar eficientemente sus factores productivos (traducción: urge una reforma laboral de a de veras).

2. "Falta de mayores incentivos para la adopción de tecnologías de punta y de prácticas de trabajo más eficientes" (traducción: restricciones a la inversión extranjera en sectores clave; falta de competencia en los mismos sectores y, asociado a lo anterior, el desinterés de las empresas dominantes en dichos sectores para invertir en tecnología, dadas las rentas excesivas que obtienen al despojar al consumidor del excedente que le correspondería, ¿así, o lo ponemos en mayúsculas: TELECOMUNICACIONES?).


Estas dos barreras al crecimiento - descritas en forma muy general- se sumaron a la estrecha dependencia de México respecto del ciclo económico en Estados Unidos y a un deterioro de la confianza de algunos inversionistas a la vista de los estrechos márgenes fiscales de que goza México, para agravar los efectos de la recesión en México (traducción: Es no sólo indispensable sino urgente una reforma fiscal integral, que comprenda lo mismo ingresos que gastos)

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martes, 28 de julio de 2009

La “brecha del producto” y la recuperación

La calidad de la recuperación del crecimiento dependerá, en el caso de Estados Unidos, de que sea rápida y eficaz la corrección del desastroso déficit fiscal. En el caso de México, además del prerrequisito de mantener finanzas públicas en orden, sólo reformas estructurales en serio para incrementar la productividad pueden garantizar un crecimiento del PIB que supere las mediocres tasas del 3% anual promedio.

Hay una interesante discusión entre los economistas serios en Estados Unidos acerca de la “brecha del producto” (output gap) en ese país y de cuáles serían las condiciones necesarias y suficientes para que dicha brecha – actualmente negativa, desde luego, por la recesión - sea cubierta en el menor plazo posible y, de tal forma, que la recuperación del dinamismo de la economía sea sostenida y rápida, en lugar de tímida, prolongada y sembrada de retrocesos.

Huelga decir que, hasta ahora, el segundo de los escenarios, el de la recuperación a cuentagotas y con retrocesos (algo así como una W o una serie de W con pendiente negativa), es el que va ganando la partida. Si bien hay un formidable potencial de productividad en los avances tecnológicos, ésta puede verse frenada si el gobierno de Estados Unidos (presidencia y congreso) no se compromete con mayor seriedad a reducir el desastroso déficit fiscal y si el banco central (la Reserva Federal) no recupera su autonomía real respecto del gobierno y prioriza el combate a la inflación desde ahora como su verdadera misión, aun cuando ello parezca políticamente impertinente porque estamos aún en medio de la recesión y los dichosos retoños tardan en aparecer o en convertirse en frondosa vegetación.

Otro factor decisivo para una recuperación sostenida (que cierre la brecha del producto en el menor plazo posible) es la reanimación del comercio mundial que, en estos momentos, sólo puede lograrse con acciones decididas a favor de la reducción de aranceles y barreras al comercio, asunto en el que el gobierno de Barack Obama, dicho sea sin segunda intención, no ha dado color.

Conviene, antes de proseguir, definir en beneficio de los neófitos – que somos legión-, qué significa eso del “output gap” que hemos traducido como brecha del producto, ya que en los próximos meses, o semanas, el concepto será infaltable en las discusiones serias acerca de la recuperación económica, tanto en Estados Unidos como en México.

Se entiende por “brecha del producto” una medida económica de la diferencia entre la producto (el PIB sería el “producto” por excelencia) actual y aquél que podría alcanzarse en un escenario de óptima eficiencia en la asignación de los recursos o factores totales de la producción (TFP por sus siglas en inglés) o, en otras palabras, si la economía funcionase eficazmente a su máxima capacidad potencial sin generar presiones inflacionarias.

Teóricamente existen tanto brechas negativas como positivas del producto. Una brecha positiva sería aquella en la que el producto actual es mayor al óptimo en términos de eficiencia, se trataría en tales casos de un sobrecalentamiento de la economía, frágil y logrado artificiosamente, que genera presiones inflacionarias que lo hacen insostenible.

Para una discusión más profunda, y hasta un tanto abstrusa, acerca de la brecha del producto en Estados Unidos y la recuperación de la economía puede verse este sitio en la red: “Econbrowser” pulsando aquí.

Es obvio que hoy en día, salvo en el caso de China (aunque habría que discutirlo), ninguna economía relevante en el mundo vive una brecha positiva del producto. Todas están en brechas negativas, es decir: creciendo por abajo, o muy por abajo en algunos casos como México, de su potencial de eficiencia óptima. (Respecto de China hay indicios de que la sobre-estimulación fiscal a través de los cuantiosos créditos otorgados por sus bancos, apuntalados a su vez por rescates multimillonarios del gobierno, podría estar creando burbujas especulativas en los mercados locales de valores y de bienes raíces; por lo pronto, las autoridades financieras chinas el lunes pasado ya dieron la voz de alarma y están tratando de monitorear si tanto dinero de veras está llegando a donde se supone que tendría que llegar; pero el asunto de la existencia o no de “burbujas chinas” merecería un mejor y mayor análisis para otra ocasión; los interesados, por lo pronto, pueden consultar este breve reporte del Financial Times).

Descrito sucintamente el concepto de brecha del producto, pasemos a lo que nos interesa: ¿Cómo deberían cubrir Estados Unidos y México, cada cual en su circunstancia, dicha brecha negativa?, y, siendo realistas: ¿Qué nos espera en el mediano plazo si ambos países fallan en ese propósito, o falla uno de ellos?

Ya mencioné brevemente que las tres principales tareas de Estados Unidos, para cerrar la brecha del producto son: 1. Atender con eficiencia y eficacia la indispensable reducción del déficit fiscal, 2. Emprender una decidida cruzada a favor de la reanimación del comercio mundial, mediante la disminución unilateral de barreras a las importaciones (arancelarias o no), así como empujando de veras un salvamento política de la fracasada ronda de Doha, y 3. Que la Reserva Federal recupere vigorosamente su autonomía respecto de la política fiscal del gobierno estadounidense.

Y ya mencioné que en ninguno de los tres frentes las cosas pintan bien.

Para México, superar la brecha del producto es, en cierta forma, más sencillo y también más complicado. Veamos: Es más sencillo porque está mucho más claro lo que se debe hacer y se antoja mucho más complicado porque parecería que, salvo el gobierno federal (y ello de una manera desigual), ningún otro de los otros actores políticos tiene clara dicha agenda ni está muy interesado en sacarla adelante, sea porque es una agenda que lesiona sus intereses de corto plazo (o los de sus patrocinadores) o sea porque no ven rendimientos inmediatos en llevar a buen término tal agenda de reformas (por desgracia, parece ser que la miopía – imposibilidad de ver a larga distancia- es el padecimiento generalizado de la política mexicana).

Lo que hay que hacer es sencillo:

Primero, en el plazo más corto posible, desde el inicio del próximo periodo de sesiones en el Congreso, diseñar una estrategia racional y viable de fortalecimiento definitivo de las finanzas públicas que, como ya se ha dicho, debe contemplar tanto un incremento de los ingresos tributarios (no petroleros, desde luego) como reducciones significativas del gasto con criterios de eficiencia, no politizados. La opción de un mayor endeudamiento debe manejarse con pinzas, hasta por razones prácticas: En la medida que la solución se recargue en exceso en un mayor déficit fiscal, el castigo de la potencial inversión externa hacia México (a través de las calificadoras de valores, urgidas de lavarse la cara después de sus desatinos durante la euforia previa a la crisis) será fulminante y nos meterá en problemas aún más graves; ni hablar de crecimiento en ese contexto.

Segundo: Desatar todo el potencial de productividad aletargado en la economía mexicana, mediante una reforma laboral seria que flexibilice tal mercado para demandantes y oferentes de trabajo; emprender una acción coordinada y decidida, sin titubeos ni aplazamientos burocráticos, para establecer condiciones de competencia auténtica en mercados estratégicos, empezando por las telecomunicaciones, la energía, el transporte y siguiendo por los mercados financieros. El “benchmark” o parámetro a imitar debe ser la competencia ya existente entre las grandes cadenas de comercio al menudeo, menos competencia es incompetencia.

La agenda es relativamente sencilla, porque es clara y porque los rendimientos esperados son inmensos y de corto plazo, pero se antoja también una agenda extremadamente complicada de negociar y llena de ruidos perturbadores. Los mismos que deberían llevarla a cabo, los políticos y en especial los miembros del Congreso, parecen ser los primeros promotores del ruido que impide, incluso, que se hable en serio de estos asuntos en la arena política.

Habrá que ver, pero las señales que envían los políticos tanto en Estados Unidos como en México no son para alentar el optimismo.

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lunes, 22 de junio de 2009

La sorprendente productividad de China

China necesita consumir un poco más y ahorrar un poco menos. Estados Unidos necesita ahorrar más y consumir menos.

Así, dicho de forma simple, hasta simplista, y esquemática, ven muchos el nuevo equilibrio mundial tras la recesión que padecemos.

Un vistazo superficial a los más recientes datos de la balanza comercial Estados Unidos-China parece indicar que hacia allá van las cosas.

Veamos, primero, cómo creció el déficit de 2004 a 2008:

(Dar clic en la imagen para ampliarla)



Y, ahora, cómo ha disminuido el déficit en el primer trimestre de 2009, respecto del mismo trimestre de 2008:

(Dar clic en la imagen para ampliarla)



Pero, ¡atención!, este vistazo es engañoso. El déficit ha caído porque el comercio mundial ha sufrido un brutal encogimiento, pero NO porque Estados Unidos le venda más a China que antes (de hecho le está vendiendo 20% menos que en 2008). El pastel se hizo mucho más chico - ¡esa es la calamidad de esta recesión: el encogimiento del comercio mundial!-, pero en el caso de China-Estados Unidos, es el segundo país el que ha llevado la peor parte. Las exportaciones chinas a Estados Unidos han caído 10%, pero, como ya señalé, las exportaciones estadounidenses a China han caído el doble en porcentaje: 20 por ciento.

¿Mi conclusión? Esto de los chinos, resistiendo mucho mejor que los estadounidenses el encogimiento del comercio global, se llama productividad. Los chinos siguen vendiendo mucho en el exterior, aun en medio de esta calamidad global, porque son muy competitivos en precio y/o en calidad. Y sería candoroso pensar que toda esa competitividad proviene solamente de un tipo de cambio subvaluado.

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jueves, 11 de junio de 2009

Productividad, un ejemplo

Sigue la campaña en medios que lleva a cabo la línea aérea Aviacsa para sobrevivir. La sección de negocios de "Reforma" publicó hoy como nota principal las declaraciones del director de esa aerolínea acusando a la SCT de tratar de favorecer a Volaris sacándolos a ellos del aire. Lo chistoso - pésimo periodismo "interpretativo"- es que la acusación, según la propia nota, no fue directa sino que el director de Aviacsa "dejó entrever que la línea aérea a la que la SCT busca beneficiar es Volaris, aunque no dio el nombre". (¿Cómo lo dejo entrever?, ¿lo dijo en lenguaje de sordomudos?, ¿le planteó una advinanza-acertijo a la reportera? o ¿le dijo algo así: "No te voy a dar el nombre pero empieza con Volar y acaba con is"?)

Vale conjeturar que más bien el director de Aviacsa le dijo a la reportera: "Tratan de beneficiar a Volaris, pero no me cites, dilo como cosa tuya, como una deducción a la que ustedes llegaron".

Lo malo es que los "analistas" elaboraron un cuadro que, en lugar de "demostrar" que Aviacsa y Volaris compiten ferozmente y que la segunda busca quitarse de encima, con la ayuda de la SCT, a su incómodo competidor, demuestra exactamente lo contrario:

1. Que Aviacsa difícilmente le compite a Volaris.
2. Que Aviacsa es un pésimo negocio, improductivo, comparado con Volaris (o que Volaris es un dechado de productividad).
3. Que Volaris no necesita que la SCT le quite a un supuesto competidor, ya que que por su propia improductividad Aviacsa NO es competencia, al menos no una competencia para quitarle el sueño a nadie.

En todo caso, si los datos del cuadro de "Reforma" son ciertos estamos ante un ejemplo de libro de texto de las abismales diferencias en productividad entre empresas del mismo ramo. Veamos:

- Aviacsa tiene aviones 21 años más viejos que los de Volaris (edad de los aviones: 3 años en Volaris, 24 años en Aviacsa).
- Con 4 aviones menos que Aviacsa, Volaris vuela a cinco destinos más que su competidora: 23 contra 18 destinos.
- Con 1,100 empleados menos que Aviacsa, Volaris transportó en el primer trimestre a 125,040 pasajeros más que Aviacsa.


Con esos números ni la SCT ni nadie necesita ahuyentar a los potenciales inversionistas que busca Aviacsa....cualquiera con dos dedos de frente NO invertiría ni un centavo en ese fracaso.

Ni hablar, los numeritos dicen en esos casos mucho más que la palabrería.

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Hacia un nuevo periodismo (adiós a El Economista)

Una de las portadas más memorables del prestigiado semanario británico “The Economist” anunciaba la muerte del negocio de la telefonía tradicional ante la revolución que ha significado la Internet, dada la posibilidad de abatir sustancialmente mediante la red global los costos de la difusión de datos y de voz. Del mismo modo puede augurarse el inexorable fin del negocio tradicional del periodismo impreso, ante las abrumadoras ventajas que la red global ofrece para difundir intangibles. La clave para entender la magnitud de esta revolución es recordar que la información, la opinión, el análisis son productos intelectuales, no materiales.

Para hacer periodismo no es preciso contar con un ejército de distribuidores, ni con imprentas y gigantescos rollos de papel. La red sustituye con gran eficiencia – es un salto inconmensurable de la productividad- casi todas las etapas de la producción de un medio de información impreso y las reduce a lo esencial: un emisor y un receptor interactuando sin más intermediaciones.

Sería candoroso pensar que las consecuencias sociales y económicas, ¡culturales!, de la revolución de la Internet las veremos llegar de inmediato y a la misma velocidad con la que ha llegado el cambio tecnológico en sí. La telefonía tradicional seguirá siendo negocio por varios años más (si, además, sus dueños tienen poder sustancial de negociación para postergar las consecuencias de un avance tecnológico que les puedan resultar ruinosas, usan y usarán ese poder para frenar el progreso).

Tampoco desparecerán en un santiamén los medios impresos. Incluso cuando se generalice el hábito de informarse, debatir y difundir a través de la red, es posible que los impresos permanezcan como un archivo redundante para nostálgicos.
Pero las potencialidades del nuevo periodismo digital – casi instantáneo y de bajísimo costo para los generadores de contenidos y para los receptores de esos contenidos- son inmensas.

Cada cual decide dónde ubicarse, si en la tradición del papel, con costos y tiempos de producción que hoy son absurdos, o en el futuro de la aldea de veras global e interconectada. Una u otra opción entrañan riesgos, pero yo prefiero correr el riesgo de llegar antes que el de no llegar. No me agradaría ser como uno de esos organilleros, que mendigan unas monedas “para que no muera la tradición, jefecito”.

(Este texto fue mi última colaboración en el periódico impreso "El Economista")

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miércoles, 3 de junio de 2009

Las lecciones de una bancarrota (II y final)

¿Qué tienen en común General Motors (GM) y los pequeños comercios minoristas de Japón? Lo mismo que miles de negocios en diversas partes del mundo: Una pasmosa improductividad, que se traduce en incompetencia, auspiciada y protegida por intereses políticos.

En Japón sería impensable la quiebra de los pequeños comercios (tienditas) porque sus dueños son parte constitutiva del electorado duro del partido hegemónico que ha gobernado por décadas; de ahí que en Japón las competitivas empresas comerciales de carácter multinacional, como Wal Mart, encuentren todo género de obstáculos legales y políticos para operar. Los políticos protegen a su electorado y, de paso, cultivan la incompetencia.

El ejemplo de las “tienditas” de Japón es uno de los muchos casos de improductividad estructural que estudió William W. Lewis, director fundador de McKinsey Global Institute, a lo largo de varios años en países tan disímiles como Brasil, Rusia, Corea, India o Francia. El estudio de Lewis quedó plasmado en un libro (“The Power of Productivity. Wealth, Poverty and the Threat to the Global Stability”, The University of Chicago Press, 2004) que es lectura indispensable para entender por qué algunas empresas son exitosas en los mercados globales y por qué muchas más, a pesar de su incompetencia y su manifiesta improductividad, sobreviven protegidas por leyes y por acuerdos tácitos con los aparatos gubernamentales y políticos de sus respectivos países.

En Japón los políticos no puede dejar morir a las incompetentes “tienditas” a pesar de que venden productos de mala calidad, de poca variedad y caros, del mismo modo que los políticos estadounidenses y su gobierno no pueden sino rescatar una y otra vez a Chrysler o a General Motors.

Las conclusiones de la extensa y documentada investigación de Lewis no tienen desperdicio. Comento las principales de forma esquemática:
1. El desarrollo no es sólo macroeconomía sino economía micro: en el núcleo está la productividad que se obtiene optimizando en cada caso los factores de la producción: trabajo, capital, tecnología;
2. Ahí donde encontramos empresas manifiestamente improductivas (cuyos bienes y servicios son de calidad inferior y de alto precio, respecto de empresas similares en otros países) invariablemente encontramos la mano interventora de gobiernos y políticos protegiendo la improductividad por razones de interés político;
3. La productividad sólo se alcanza en mercados libres, con amplia competencia, sin barreras de entrada y sin restricciones laborales onerosas; y
4. La piedra de toque para detectar la productividad de una empresa es el mayor bienestar que genera a los consumidores de sus productos o servicios.

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lunes, 1 de junio de 2009

Las lecciones de una bancarrota (I)

La bancarrota de General Motors, obligada desde hace meses, ha sido rigurosamente monitoreada por el gobierno de Barack Obama a tal grado que no es una quiebra típica, sino un esfuerzo desesperado de rescate gubernamental, una última oportunidad para tratar de conciliar lo que parece irreconciliable: La productividad con la política.

Me temo que el experimento fallará porque se trata de asuntos irreconciliables.

La productividad que requiere una empresa que aspire a desempeñar un liderazgo mundial en mercados globales y competitivos jamás ha florecido en un entorno de intervencionismo político-gubernamental.

Obama ha hecho su mejor esfuerzo para salvar uno de los bastiones más importantes no sólo del Partido Demócrata, sino de su propia carrera política. De ahí el intervencionismo. La biografía marca: Un político joven y progresista, abogado que se fogueó en las batallas de los problemas comunitarios de una ciudad como Chicago (desempleo, seguridad social, servicios médicos, combate a la marginación y a la delincuencia de barios bajos, regeneración de la vida comunitaria, derechos de las minorías raciales), sólo puede ser amigo incondicional de un sindicato como la United Auto Workers (UAW). Obama cree en la retórica de la UAW y usa los tópicos de dicha retórica: defensa de los empleos “americanos” frente a las amenazas del comercio libre y de la migración, derechos irrenunciables a la seguridad social, a pensiones y a servicios médicos más que generosos.

Todo ello inevitablemente hace colisión con la dura lógica de la productividad: si tus autos no son los de mejor calidad al precio más competitivo, si no están construidos para funcionar en un mundo de combustibles caros y de duras normas ambientales, estás fuera.

Este rescate-quiebra de GM suena tan “sólido” como la reforma que hicimos en México para volver a PEMEX una empresa globalmente competitiva: Un gran estruendo para dar a luz un ratoncito.

Es una pena y entiendo que Obama desearía sinceramente recrear el paraíso perdido de los años 60 en Detroit: cuado GM tenía más del 50% del mercado, cuando se decía que “lo que es bueno para GM es bueno para América”, cuando los obreros de las líneas de ensamble de GM vivían mejor que un muy competente profesionista fuera de Estados Unidos. Pero estamos en 2009, Detroit tiene la tasa de desempleo más alta de Estados Unidos y este es un mundo ferozmente competitivo, con compañías automotrices (lideradas por las japonesas) que no tienen arreglos laborales tan onerosos, ni están atrapadas en el “sueño americano” de hace 50 años.

Continuaré mañana.

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martes, 31 de marzo de 2009

GM y el milagro que desea Obama

Son muchas las probabilidades de que General Motors termine acogiéndose a un proceso de quiebra en tribunales, conforme al famoso capítulo once de la ley respectiva en Estados Unidos.

El problema es que desde noviembre pasado ése era el camino a seguir y los políticos - en la Casa Blanca y en el Congreso - se empeñaron en evitarlo. Lo mismo que los directivos de GM a quienes ahora se acusa de haber cuidado más su puesto que la compañía.

Lo cual es cierto: Rick Wagoner – el despedido CEO de GM – vio por su puesto antes que por el bien de GM. Lo mismo que Barack Obama, el Congreso y la inmensa mayoría de los políticos han visto en este asunto por sus intereses, no por los de esa empresa o, más importante, por el bien de los contribuyentes. Exactamente igual que lo ha hecho el poderoso sindicato de la industria automotriz. Así es la naturaleza humana.

Evitar la quiebra le convenía a Wagoner, al sindicato y a Obama y al Congreso. A nadie más. Postergar lo inevitable ha empeorado la situación de la empresa, les ha costado mucho dinero a los contribuyentes y ha ocasionado descalabros innecesarios en los mercados de valores, como el sufrido el lunes pasado.

El martes 18 de noviembre de 2008 Martin Feldstein publicó un contundente artículo en The Washington Post argumentando porqué las tres grandes armadoras de automóviles estadounidenses (Ford, sorprendentemente, ya quedó fuera del paquete porque NO requiere de rescates públicos) tenían que irse a la quiebra, en lugar de mendigar dinero de los contribuyentes:

“Los tres grandes fabricantes de autos de Estados Unidos necesitan más que una inyección de 25 mil millones de dólares del gobierno federal. Porque dadas sus pérdidas actuales en menos de un año quemarán ese dinero y volverán por más".

Por lo pronto, GM volvió por más y Obama le dijo que no...por ahora. Que sí habrá dinero público, si dejan que los burócratas de la Casa Blanca evalúen el plan de negocios.

Si desde entonces GM se hubiese acogido al equivalente a lo que en México es un concurso mercantil (el famoso "chapter eleven")habría seguido produciendo automóviles, habría seguido siendo fuente de empleo directo o indirecto para millones de personas – dentro y fuera de los Estados Unidos- y, lo más importante, se habría empezado a reorganizar a fondo, para volverse competitiva frente sus competidores asiáticos.

Una reorganización a fondo de GM, supervisada por un tribunal de bancarrotas NO por un equipo de burócratas encabezado por el presidente Obama, habría obligado a que los sindicatos aceptasen nuevas condiciones laborales, sin prestaciones exorbitantes ni privilegios absurdos.

Obama cree poder lograr el milagro: Sanear GM sin tocar los sacrosantos intereses sindicales. ¿Cuánto dinero tendrá que perderse antes de que admita que no habrá tal milagro?

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martes, 17 de febrero de 2009

La miopía de Barack Obama

El flamante presidente de los Estados Unidos, mister Barack Obama, hasta ahora ha sido poco creativo, poco audaz y poco visionario para establecer una iniciativa de verdadero estadista que saque a su país de la crisis. Ha sido miope.

El famoso paquete de estímulos multimillonarios es una versión inflada de las erráticas iniciativas de Franklin Delano Roosevelt (FDR) al inicio del New Deal. Obama muy pronto empezará a suscitar grandes decepciones, en la misma proporción y a la misma velocidad con la que generó entusiasmos durante su campaña electoral.
En lugar de complacer a las viejas clientelas políticas que se han refocilado en Washington – los proteccionistas de la industria siderúrgica, los sindicatos de la industria del automóvil, los burócratas de Fannie Mae y Freddie Mac o los retro-progresistas que detestan a los inmigrantes- Barack Obama debería haber vuelto la vista al mundo, debería haber promovido decididamente el libre comercio y la ronda de Doha y debería haber hecho una vigorosa campaña a favor de la libre migración, ya que ésta puede ser la mejor herramienta para revitalizar a la economía de Estados Unidos.
Es difícil que Obama lo haga; siendo senador fue un feroz y poco informado opositor a una reforma migratoria que introduciría un sistema de puntos para atraer inmigrantes jóvenes con altas calificaciones laborales – como el que rige en Canadá y, en menor medida, en el Reino Unido-, alegando que se trataba de un propuesta "clasista"; ¡vaya con los prejuicios ideológicos!, ¡vaya con la dictadura de los incompetentes!
A continuación, la brillante propuesta de Shekhar Gupta, editor del periódico The Indian Express, que se difundió hace unos días el sitio en la red Marginal Revolution:
"Todo lo que hay que hacer es garantizar visas a dos millones de indios, chinos y coreanos. Nosotros compraremos todas las casas 'subprime'. Trabajaremos 18 horas al día para pagarlas. De inmediato mejoraremos la tasa de ahorro interno de Estados Unidos (ningún banco en la India tiene una cartera vencida de más de 2% respecto de su capital, porque aquí en la India consideramos una vergüenza no honrar nuestras deudas). Y nosotros fundaremos nuevas empresas que crearán nuestros propios empleos y los nuevos empleos de muchos estadounidenses".
Propuesta brillante, inteligente y acorde con el espíritu que hizo grande a los Estados Unidos. Sólo me atrevo a sugerir al señor Gupta que también nos incluya en el paquete de estímulos – "Buy a home, get a visa"- a unos cientos de miles de latinoamericanos, acostumbrados y dispuestos a trabajar duro.
A usted, ¿qué le parece?

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martes, 25 de noviembre de 2008

Ponernos de acuerdo, eso es el mercado

El primer paso para salir de esta crisis económica es reestablecer plenamente el mercado, esto es: Dejar que sea la confluencia de millones de voluntades libres, en millones de relaciones de conveniencia social, la que defina en cada momento el precio de productos y servicios; definir, pues, el valor del dinero, que es tanto como decir: el valor que, por acuerdo y por conveniencia, le asignamos al trabajo.

Barack Obama ha dado una pista inicial de sus planes para que Estados Unidos salga de la recesión: Generar 2.5 millones de nuevos empleos en un plazo más o menos corto, digamos un par de años. Suena bien, pero también es incurrir en el "fetichismo del empleo" tan común entre los políticos.
Me explico: No se trata de pagarles un salario a 2.5 millones de personas que hoy no lo reciben, sino de descubrir qué riqueza pueden generar esas 2.5 millones de personas para que la gente (cualquier número de personas, en cualquier lugar) esté dispuesta a pagarles cada mes los dólares equivalentes a 2.5 millones de salarios.
Digo los dólares porque estamos hablando de Estados Unidos, pero igualmente podemos decir: "el dinero". ¿Qué es el dinero? Es la expresión que convencionalmente acordamos darle a un trabajo humano ya realizado o pactado para realizarse, cuyo resultado es conveniente para otros, quienes estarán dispuestos a intercambiar parte de su trabajo ya realizado o por realizar (dinero) a cambio de disfrutar del resultado del trabajo ajeno.
Ejemplo: Juan es un cirujano a quien le resulta conveniente compartir con Beatriz, una contadora, parte de los frutos de su trabajo a cambio de que Beatriz mantenga el registro de los ingresos y egresos de Juan; a su vez, Juan percibe ingresos porque su destreza como cirujano le resulta conveniente a Pedro quien requiere de una cirugía para mejorar su calidad de vida. Y los tres están de acuerdo en que el dinero empleado es algo más que su realidad física de papel, tiene una realidad meta-física: la capacidad de obtener de otros trabajo ya realizado o trabajo por realizar.
Un empleo se crea cuando el producto del trabajo de A resulta conveniente, esto es: susceptible de ser libremente comprado. No basta el dinero, se requiere del mercado para dos asuntos básicos: Ponernos de acuerdo en el valor del trabajo y ponernos de acuerdo en el valor del dinero.

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viernes, 21 de noviembre de 2008

Demasiado grandes para ser rescatadas

General Motors, Ford y Chrysler – armadoras estadounidenses de automóviles- NO deben ser rescatadas con el dinero de los contribuyentes. Deben acogerse, en todo caso, al famoso "chapter eleven"; un proceso ordenado y riguroso de concurso mercantil que no sólo les permita evitar la bancarrota total, sino que las haga competitivas, es decir: MÁS PRODUCTIVAS.


Martin Feldstein, profesor de economía en Harvard y presidente emérito del NBER (National Bureau of Economic Research) resumió en un párrafo contundente por qué las armadoras de automóviles estadounidenses NO deben ser rescatadas con dinero de los contribuyentes, lo cito:
"Los tres grandes fabricantes de autos de Estados Unidos necesitan más que una inyección de 25 mil millones de dólares del gobierno federal. Porque dadas sus pérdidas actuales en menos de un año quemarán ese dinero y volverán por más" (ver artículo de opinión de Feldstein en washingtonpost.com martes 18 de noviembre).
Feldstein les recuerda a los legisladores, y a Barack Obama, que si esas empresas se acogen al "chapter eleven" (equivalente al concurso mercantil en México) podrán seguir produciendo automóviles, podrán seguir siendo fuente de empleo directo o indirecto para millones de personas – dentro y fuera de los Estados Unidos- y, lo más importante, podrán reorganizarse a fondo, para volverse competitivas frente a las empresas asiáticas fabricantes de automóviles, como Toyota o Honda, que también tienen plantas en Estados Unidos y no están mendigando un rescate del gobierno.
La clave NO son las carretadas de dinero del público (la receta favorita de los políticos frente a cualquier problema) sino la productividad.
Una reorganización a fondo, supervisada por un tribunal de bancarrotas, obligaría a que los sindicatos acepten nuevas condiciones laborales, sin prestaciones exorbitantes y sin rigideces absurdas que impiden la productividad, por ejemplo: la prohibición impuesta por los sindicatos al traslado de ciertas operaciones de fabricación fuera de Estados Unidos (por ejemplo, a México) para disminuir costos y/o aumentar la calidad de los automóviles. Un bonito caso de nacionalismo barato alentado por los políticos demagogos.
Son las condiciones de rigidez y de exorbitantes costos laborales y de previsión social impuestas por los sindicatos (que, a su vez, son clientela del partido político que prohijó tales privilegios, al que pertenece Obama) las que les impiden competir exitosamente, y las tienen al borde de la quiebra.

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domingo, 21 de septiembre de 2008

La tormenta perfecta, 101 años después (II y fin)

Después de la tormenta vendrá la sequía. Será sin duda una temporada de astringencia crediticia global, menores tasas de crecimiento y de reconstrucción del sistema financiero sobre bases más conservadoras. Pero por lo pronto la espiral del miedo continúa y la tormenta no cesa.



Un signo inequívoco de que aún hay mucha incertidumbre y confusión en los mercados financieros globales es que los políticos incrementan su cuota de declaraciones estúpidas. Ayer le tocó, ¡ay!, al candidato republicano John Mc Cain llevarse la palma al decir que él correría al presidente de la SEC y a todos los reguladores que permitieron "que los mercados fuesen usados como un casino".

Mc Cain obviamente no entiende ni lo que está pasando, ni mucho menos cuáles son las causas de la tormenta en los mercados financieros. Si quiere buscar culpables debería volver los ojos a la Casa Blanca, a la Reserva Federal y a otros bancos centrales que alentaron la fiesta de liquidez mundial en los últimos diez años. También tendría que hurgar en las no siempre transparentes relaciones de algunas calificadoras de valores con algunos fondos y bancos de inversión.

Una mayor regulación no soluciona nada. Los propios mercados habrán de purgarse y lo harán con mayor eficacia en la medida que la Reserva Federal y el Tesoro envíen señales claras de a partir de qué punto le pondrán un alto a los rescates apresurados y a las nacionalizaciones de facto, so pena de incentivar la formación de una larga fila de instituciones damnificadas mendigando ser salvadas por los contribuyentes.

Hay una clara tendencia hacia la extinción del negocio de la banca de inversión – o, si se prefiere, al estilo de banca de inversión de productos complejos, altos riesgos y altos rendimientos; negocio del que hoy se huye como de la peste-, y la precaria supervivencia de sólo dos de los grandes bancos de inversión (que algunos ignorantes confunden con los bancos de depósito tradicionales), marca por dónde seguirá la purga del mercado.

Para los mortales comunes, como usted y yo, todo esto significa que 2009 será un año difícil, en el que conviene tener liquidez (o estar en un negocio que la genere), tener muy pocos pasivos e invertir en incrementar la productividad, medida con indicadores duros de rendimiento real de cada peso invertido y de cada hora trabajada.

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lunes, 15 de septiembre de 2008

Se acabó la complacencia

La bancarrota de Lehman confirma que se ha terminado una década de complacencia en la economía global. Hay que revisar a la baja las previsiones de crecimiento económico y hay que corregir, a la alza, las previsiones sobre el costo del dinero y del capital. Para variar, el viraje largamente anunciado toma a México muy mal pertrechado, fuera de sintonía, discutiendo apasionadamente sobre detalles decorativos.


La tarde de hoy, lunes 15 de septiembre, no se necesita ninguna bola de cristal para saber que el precio de la mezcla mexicana de petróleo ya estaba muy cerca de los 80 dólares el barril… y cayendo. En su sitio de la red Pemex avisaba que no daría a conocer la cotización diaria hasta el miércoles 17 de septiembre, a las 18 horas, aduciendo como motivo las fiestas patrias. Típico: El mundo debe esperar a que demos el tradicional “grito” y disfrutemos del mullido “puente patrio”…El problema es que el mundo sigue su curso y que los mercados no se detienen para ver si nuestros festejos concluyen en paz.

A estas alturas, el precio del petróleo previsto en el proyecto de Presupuesto de Egresos es candoroso. Pero algunos legisladores siguen haciendo cálculos alegres para aumentar las partidas para el campo, para las universidades, para subsidiar esto o aquello, para estados y municipios…

Ya llegó la época de las “vacas flacas” en la economía mundial (la de las “vacas gordas” nos pasó de noche), pero aquí seguiremos escuchando sentidas declaraciones acerca de la competitividad y la Secretaría de la Función Pública – uno de los más grandes obstáculos a la, de suyo pobre, productividad gubernamental- será el juez de un bonito concurso para descubrir el trámite más engorroso.

Mientras políticos y gobiernos se enteran de que se acabó el entorno favorable (algo que les puede tomar años), le recomiendo anotar lo siguiente para su empresa y su economía familiar: Sólo con productividad se genera valor agregado; no haga presupuestos que dependan de la voluntad de agentes externos o de la suerte; concéntrese en sus ventajas distintivas; explote las economías de escala y no tome créditos sólo porque el banco ofrece no cobrarle comisiones (un anzuelo de veras tonto).

Se acabó lo que se daba. Pregúntele a Richard Fuld, el CEO de Lehman Brothers que dijo en abril: “Lo peor de la crisis ha pasado”.

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domingo, 14 de septiembre de 2008

El populismo en la Suprema Corte

Nadie, ni siquiera los magistrados de la Suprema Corte de Justicia, se libra de las tentaciones populistas en los tiempos que corren. El amparo concedido en contra de un descuento que ofrece Wal-Mart de México a sus empleados – y cuya aceptación es voluntaria por parte de los trabajadores- es un mero acto de propaganda populista, carente de racionalidad y de respeto a la libertad de las personas.



Novedad ominosa: Según la Segunda Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) si usted, como empleado de una empresa, adquiere voluntariamente vales para obtener descuentos en la compra de productos o servicios de la misma empresa estará contraviniendo "los principios fundamentales consignados en el artículo 123 constitucional".

Según esta decisión de la Corte el libre ejercicio del poder de compra atenta contra la Sacrosanta Constitución. De esta magnitud es el desatino de la decisión de la Segunda Sala, que equipara esa práctica, común hasta ahora en Wal- Mart de México, nada menos que con las "tiendas de raya" con las que la historia oficial – la de libro de texto único- simboliza los oprobios laborales cometidos durante el gobierno de Porfirio Díaz.

Demagogia pura, para complacer a los modernos "progres" de salón que han hecho de los ataques furibundos a Wal Mart (modelo de empresa global de alta productividad, que ha generado miles de millones de dólares de valor agregado en beneficio de los consumidores) un santo y seña.

No exagero, juzgue el lector por sí mismo con la lectura del comunicado oficial de la SCJN aquí.

Tal parece que la SCJN, salvo las honrosas excepciones de tres magistrados, ha entrado de lleno al concurso para ver quién se gana este año el premio al más demagogo. Véanse, como otro ejemplo, algunos de los descabellados argumentos que esgrimieron algunos magistrados para favorecer la despenalización del aborto en el Distrito Federal (ver en este otro comunicado de la SCJN)

Para tomar esta nueva decisión errada en contra de Wal Mart, la SCJN ni siquiera escuchó a la empresa y con toda franqueza reconoce – léase el comunicado - que el trabajador supuestamente afectado firmó voluntariamente el convenio para adquirir los vales con descuento. ¿Qué quería la SCJN?, ¿que Wal-Mart ofreciese descuentos a sus empleados en las compras que estos hagan en Soriana o en Comercial Mexicana?

Vaya disparate.

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El crédito y la productividad (12 de agosto)

El crecimiento del crédito puede ser una formidable palanca para el desarrollo, pero también puede ser la ruina de cientos de proyectos productivos y el detonante de una crisis sistémica. La diferencia entre uno y otro escenario estriba en evaluar la productividad de los proyectos.



Como reportó El Economista el lunes 11 de agosto, muchos bancos mexicanos están incrementando sus provisiones ante un aumento de la cartera vencida, especialmente del crédito al consumo. Sin embargo, también hay que atender lo que pasa con el crédito a las empresas.

No hace mucho, algunos banqueros decían con optimismo que un aumento de la cartera vencida es la consecuencia inevitable, y manejable, de bancarizar; proceso por el cual, define el diccionario, se propicia que cada vez más actividades sociales y económicas se realicen a través de la banca.

Tal "argumento" es falaz, ya que pasa por alto que la cartera vencida es un cociente del total de los créditos, un número relativo y no absoluto; por lo tanto, un alza significativa de la cartera vencida no se explica porque aumentó el monto total del crédito otorgado sino porque aumentó la proporción de créditos de baja calidad respecto del total.

El problema de la cartera vencida tiene que ver con una de las más grandes carencias que padece la economía mexicana: el desdén hacia la productividad.

No pocos acreditados creen que obtener un crédito significa que los bancos ya han hecho una evaluación de la productividad de los proyectos y los han encontrado satisfactorios. Error. Los bancos en México evalúan las garantías y los colaterales del solicitante de crédito, no la productividad de los proyectos (o la racionalidad de quienes consumen a crédito).

El negocio de los bancos no es el negocio de los acreditados. Son estos últimos los que deberían evaluar, en términos de la productividad que se obtendrá o no de los recursos, si vale la pena contraer un pasivo.

Por lo demás, no es extraño ese desdén hacia la productividad en un país en el que persisten grandes mercados en los cuales no hay competencia, sino arreglos mercantilistas para la apropiación de excedentes que corresponderían al consumidor; y en un país en el que la clase política parece incapaz de entender algo tan obvio como la productividad negativa (desperdicio) de gastar el dinero público para que el Estado opere refinerías de petróleo.

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sábado, 9 de agosto de 2008

¿Qué entendemos por competitividad?

Sería desastroso para la economía mexicana que, dentro de nuestra proclividad al ablandamiento de instituciones y conceptos, usásemos la palabra "competitividad" como un eufemismo para justificar que el gobierno otorgue subsidios a las empresas privadas.


La mejor ayuda que el gobierno puede dar a las actividades productivas del sector privado – que van desde los pequeñísimos negocios hasta las gigantescas corporaciones- es garantizar la seguridad física y patrimonial de las personas, el cumplimiento irrestricto de los contratos y mantener una política fiscal responsable; al tiempo que permite la ejecución de una política monetaria igualmente responsable por parte de un banco central autónomo.

Ese conjunto de elementos son necesarios y suficientes para que los verdaderos emprendedores alcancen una mayor productividad y enfrenten con éxito – mayor o menor, según las capacidades y los talentos empresariales de cada cual- la competencia en los mercados. Así pues, esos son los elementos necesarios y suficientes para la competitividad, siempre y cuando el gobierno no estorbe a la actividad productiva con asfixiantes regulaciones, ni con trámites tortuosos y promueva activamente, dentro de México y en el extranjero, el cumplimiento estricto de leyes, convenios y tratados.

Otra manera de decirlo es: El gobierno ayuda a la actividad productiva, a la generación de empleos y de riqueza, así como a la mejor distribución del ingreso, cuando cumple eficaz y eficientemente con su misión fundamental. En cambio, distorsiona y hasta obstruye la actividad económica cuando trata de manipular diversos precios en el mercado, aun cuando tal manipulación trate de justificarse con la más noble de las intenciones o con la retórica más emotiva.

Esto significa que la competitividad auténtica no se logra con subsidios, del tipo que sean o se disfracen como se disfracen, ni con controles de precios.

Al anunciarse el nombramiento de un nuevo Secretario de Economía en el gobierno federal no faltaron las voces de organismos y asociaciones, de etiqueta "empresarial" y honda raigambre mercantilista, que hicieron votos para que el cambio signifique un nuevo impulso a la competitividad de las empresas. Suena bien, pero si se les piden definiciones precisas acerca de qué entienden por competitividad suele comprobarse, lamentablemente, que otra vez estamos ante un eufemismo ablandador: "Competitividad es que me subsidies". Mal, muy mal.

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martes, 17 de junio de 2008

Los otros excedentes

¿Por qué la globalización incrementa el bienestar? Porque permite difundir los avances de la productividad global, en forma de excedentes para los consumidores.


Se entiende que a los políticos mexicanos les desvele el asunto de los excedentes petroleros, pero en realidad son mucho más importantes, para la mayoría de los mexicanos, los excedentes que obtienen los consumidores…o que se les escatiman cuando se ponen barreras a la libre competencia y a al libre comercio.

En el problemita planteado acerca del costo de oportunidad – cuyos resultados di a conocer ayer – aparece claro que, tratándose del costo de oportunidad de NO consumir un bien o servicio específico, éste es igual al excedente que obtendría el consumidor en caso de SÍ efectuar ese consumo específico. El excedente de nuestro consumidor hipotético de un concierto de Bob Dylan es de $10 dólares, que es la diferencia positiva entre el precio que el consumidor estaría dispuesto a pagar (50) y el precio de mercado (40).

La existencia, o no, de excedentes para los consumidores refleja las condiciones de competencia en los mercados. Por ejemplo, cuando en México surgen las líneas aéreas de bajo costo queda claro para todo mundo que los precios del transporte aéreo de pasajeros podían disminuir mucho respecto de los que conocíamos y pagábamos. Saltan a la vista los excedentes que se le estaban escatimando al consumidor por condiciones de nula, poca o deficiente competencia.

Cuando en fechas recientes empiezan a surgir algunas nuevas ofertas de telefonía fija también saltan a la vista, hasta para los más desprevenidos, que las anteriores condiciones de nula o escasa competencia le estaban sustrayendo excedentes a los consumidores.

Si mañana, en un acto de insólita pero deseable audacia, alguien consigue que México disminuya significativamente la tasa promedio de los aranceles que pagan las importaciones se generarán de inmediato excedentes para los consumidores.

A diferencia de los subsidios, los excedentes que vamos ganando los consumidores gracias a un mayor comercio libre o al desmantelamiento de estructuras proteccionistas, provienen de una mayor productividad (de hacer más con menos) que logran las empresas incentivadas por la competencia.

Por eso, el libre intercambio – la globalización comercial- promueve la difusión de la productividad la cual, a la postre, es la clave del bienestar duradero. Por eso la ronda de Doha es una apuesta tan importante para la humanidad.

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