martes, 24 de julio de 2007

No culpen a la tecnología por los bajos salarios

Muchos avances tecnológicos disminuyen más las necesidades de capital que las necesidades de mano de obra. Un ejemplo claro son los ahorros de capital derivados de las mejores tecnologías de transporte.


En un fascinante artículo el economista anglo-húngaro Anthony de Jasay demuestra que más que culpar al libre comercio y/o a los avances tecnológicos de los bajos salarios de la mano de obra en Europa, habría que volver los ojos hacia las políticas de protección laboral que han encarecido, quitándole flexibilidad, el factor trabajo.

El artículo de Jasay se llama “Low Pay”, Refelections from Europe y puede verse aquí. Me detengo sólo en un ejemplo, que se refiere a la relación entre avances tecnológicos y remuneraciones al trabajo.

Un avance tecnológico consiste en un novedoso acomodo de los factores y/o procesos de producción que incrementa la productividad: hacer lo mismo con menos insumos, hacer más con los mismos insumos o, aún mejor: hacer más con menos insumos.

Algunos avances tecnológicos espectaculares, como la automatización en una línea de ensamble, consisten en mecanizar tareas rutinarias que antes realizaba la mano de obra no calificada, incrementando el volumen producido por unidad de tiempo y disminuyendo los costos unitarios de producción. Es obvio que este tipo de avances desplaza, en un primer momento, mano de obra. De ahí que asociemos popularmente los avances tecnológicos con “ahorros de mano de obra” más que con “ahorros de capital”.

Sin embargo, muchos avances tecnológicos implican mayores ahorros de capital que de mano de obra. Aquí entra el ejemplo que ofrece Jasay: Si gracias a una mejor tecnología de transporte logro reducir el tiempo en tránsito de materias primas o de mercancías terminadas de tres semanas a una, y suponiendo que el costo de capital implícito equivale a 25 por ciento del precio final, esa mejora tecnológica implica una reducción de los costos de capital a sólo 8 por ciento del precio final. Lo que, a su vez, se traduce en una disminución de precios al consumidor, lo que propicia una mayor participación de mercado y, por las economías a escala, una mayor utilidad neta incluso con menores márgenes – utilidad de operación- por unidad producida.

Estas mejoras NO generan un descenso relativo en los salarios, sino – por el contrario- un mayor poder de compra para los consumidores.

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lunes, 23 de julio de 2007

Efectos perniciosos del proteccionismo laboral

Una de las falacias más comunes en las políticas públicas respecto del trabajo es la que supone que las medidas de proteccionismo laboral – que tanto complacen a políticos y sindicatos- contribuyen a incrementar el empleo y los salarios; en realidad, suele suceder lo contrario.

Sin duda muchas de las políticas comunes de protección al empleo y/o a los salarios – que no son necesariamente lo mismo- nacieron en el siglo pasado de un admirable afán por evitar los abusos de un capitalismo descarnado como, por ejemplo, los abusos que describió vìvidamente Charles Dickens en algunas de sus novelas. Pero la nobleza y virtud de las intenciones no se conduelen con los efectos: el trabajador de carne y hueso, en términos tanto de empleo como de salarios, ha sido perjudicado por el proteccionismo.

Ejemplos de estas políticas de protección laboral son: el salario mínimo, la seguridad social obligatoria, la contratación colectiva, el ahorro forzoso para fondos de pensiones y de retiro, la proliferación de prestaciones sociales auspiciada por beneficios fiscales, el ahorro forzoso para vivienda.

El primer efecto pernicioso de este bien intencionado proteccionismo es que el factor trabajo se vuelve más oneroso – en términos relativos- que el factor capital. Las asimetrías entre el trabajo y el capital han crecido en la medida que el primer factor permanece rígido, a causa de las políticas de protección, y el segundo ha experimentado una creciente flexibilización en las últimas décadas.

Esto hace que el empresario puesto a elegir, por ejemplo, entre opciones para expandir su producción ante un incremento de la demanda parta de un escenario que inevitablemente – debido al aparato de protección laboral- tiene un sesgo desfavorable para el trabajo. Dicho en términos muy simples: “En caso de que súbitamente la demanda se desplome, ¿qué opción me ofrece más flexibilidad para adaptarme a una inesperada época de vacas flacas?, ¿comprar una máquina o contratar cinco trabajadores más?”. La respuesta es obvia: la máquina (capital) ofrece mayor adaptabilidad.

Es muy probable que este proteccionismo laboral sea la causa de que, aparentemente, el libre comercio y los avances tecnológicos beneficien más en términos relativos al factor capital que al factor trabajo. La culpa de esta desventaja relativa no hay que achacársela a la globalización, sino al sesgo contrario al trabajo que ha acarreado el proteccionismo laboral a ultranza.

Mañana seguiré con este análisis.

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