lunes, 8 de junio de 2009

México, ¿mejor opción que China para localizar una planta manufacturera?

La consultora global Alix Partners informó hace unos días que México ha desplazado a China como destino más barato para la fabricación de varios productos industriales, como motores, destinados a surtir el mercado de Estados Unidos.
Business Week ha dedicado un análisis general al asunto del encarecimiento relativo de las manufacturas chinas que llegan a los puertos de Estados Unidos, del que tomo estos dos párrafos:

AlixPartners studied five categories of machined products, ranging from large engine parts requiring significant labor to small plastic components that need little. The cost shift has been dramatic. In 2005, AlixPartners found that by the time the items had arrived at a U.S. port, Chinese-made parts were 22% cheaper on average than those produced in the U.S. By the end of 2008, however, the average price gap had dropped to 5.5%, which often isn't large enough to merit the hassle of manufacturing halfway around the world.

Even more surprising is the cost comparison with Mexico. While the total cost of making goods in China was about 5% cheaper than in Mexico three years ago, manufacturing in China now is about 20% more expensive. Compared with the U.S., the savings in Mexico have widened to 25%, from 16%. "A couple of years ago outsourcing to China was a no-brainer," says Stephen T. Maurer, AlixPartners' managing director. No longer, he says.


EL COSTO DE PRODUCIR UNA AUTOPARTE DE ALUMINIO ...(y llevarla a Estados Unidos):

En CHINA: En 2005 era de $17 dólares; en 2008 fue de $25 dólares

En ESTADOS UNIDOS: En 2005, $24 dólares; en 2008, $29 dólares

En MÉXICO: En 2005 era de $18 dólares; en 2008 fue de $20 dólares

Fuente: AlixPartners y BW.

Pero más interesante, para México, si es que de veras queremos atraer inversiones extranjeras (porque a veces parece que no queremos, ¿verdad?), es el ensayo que BW encargó a Harold L. Sirkin de Boston Consulting Group donde se analizan con más detalle los puntos a favor y los puntos en contra para localizar una planta manufacturera en México. Vale la pena leerlo, pensando en qué hacen los gobiernos - no sólo el gobierno federal - y los legisladores (bueno, los que llegarán después de las elecciones, porque los que van de salida ya están muy cansados...) para aumentar los atractivos y disminuir los inconvenientes...Ya sabemos: Estado de Derecho, combate a la corrupción, garantías de seguridad frente a la violencia de los grupos criminales, legislación laboral flexible...Porque la geografía (Dios) ya nos dio gratis la inmensa ventaja de la vecindad.

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miércoles, 3 de junio de 2009

Las lecciones de una bancarrota (II y final)

¿Qué tienen en común General Motors (GM) y los pequeños comercios minoristas de Japón? Lo mismo que miles de negocios en diversas partes del mundo: Una pasmosa improductividad, que se traduce en incompetencia, auspiciada y protegida por intereses políticos.

En Japón sería impensable la quiebra de los pequeños comercios (tienditas) porque sus dueños son parte constitutiva del electorado duro del partido hegemónico que ha gobernado por décadas; de ahí que en Japón las competitivas empresas comerciales de carácter multinacional, como Wal Mart, encuentren todo género de obstáculos legales y políticos para operar. Los políticos protegen a su electorado y, de paso, cultivan la incompetencia.

El ejemplo de las “tienditas” de Japón es uno de los muchos casos de improductividad estructural que estudió William W. Lewis, director fundador de McKinsey Global Institute, a lo largo de varios años en países tan disímiles como Brasil, Rusia, Corea, India o Francia. El estudio de Lewis quedó plasmado en un libro (“The Power of Productivity. Wealth, Poverty and the Threat to the Global Stability”, The University of Chicago Press, 2004) que es lectura indispensable para entender por qué algunas empresas son exitosas en los mercados globales y por qué muchas más, a pesar de su incompetencia y su manifiesta improductividad, sobreviven protegidas por leyes y por acuerdos tácitos con los aparatos gubernamentales y políticos de sus respectivos países.

En Japón los políticos no puede dejar morir a las incompetentes “tienditas” a pesar de que venden productos de mala calidad, de poca variedad y caros, del mismo modo que los políticos estadounidenses y su gobierno no pueden sino rescatar una y otra vez a Chrysler o a General Motors.

Las conclusiones de la extensa y documentada investigación de Lewis no tienen desperdicio. Comento las principales de forma esquemática:
1. El desarrollo no es sólo macroeconomía sino economía micro: en el núcleo está la productividad que se obtiene optimizando en cada caso los factores de la producción: trabajo, capital, tecnología;
2. Ahí donde encontramos empresas manifiestamente improductivas (cuyos bienes y servicios son de calidad inferior y de alto precio, respecto de empresas similares en otros países) invariablemente encontramos la mano interventora de gobiernos y políticos protegiendo la improductividad por razones de interés político;
3. La productividad sólo se alcanza en mercados libres, con amplia competencia, sin barreras de entrada y sin restricciones laborales onerosas; y
4. La piedra de toque para detectar la productividad de una empresa es el mayor bienestar que genera a los consumidores de sus productos o servicios.

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martes, 12 de febrero de 2008

El misterio del crecimiento y la productividad

¿Por qué el PIB de México no crece de forma sostenida a tasas más elevadas, digamos de 7% u 8% anual?

Mi respuesta inmediata ante esta pregunta suele ser: "México no crece a tasas más elevadas porque padecemos múltiples obstrucciones a la productividad". Y podemos enumerar decenas de dichos obstáculos: precarios derechos de propiedad, barreras a la competencia, restricciones a la inversión, lamentable calidad de la educación, excesivas regulaciones, presencia de monopolios públicos y privados en áreas estratégicas…

Tal vez, sin embargo, la respuesta deba ir más allá de la noción típica de productividad como la relación entre lo producido y los medios empleados en la producción, para enfatizar que ese cociente – el resultado de dividir lo producido entre el caudal de medios e insumos empleados- tiene que definirse en términos de beneficio neto para el consumidor. Es decir: Productividad es todo aquello que nos hace la vida más llevadera como consumidores.

Intento un ejemplo para tratar de arrojar luz sobre esa distinción: La empresa A obtiene una utilidad neta de 45 por ciento sobre sus ventas brutas porque disfruta de una condición monopolística en el mercado. El principal medio empleado para lograr esa condición y esa elevada rentabilidad podemos resumirlo en: "Excelentes relaciones con la agencia gubernamental reguladora y con los legisladores". ¿Es eso productividad? No. Podrá definirse como rentabilidad pero no como productividad porque no se ha generado una riqueza adicional a través del proceso productivo o de mejoras en los factores de la producción (capital financiero, trabajo, conocimientos, destrezas, capital humano, tecnología), sino que se ha verificado una apropiación de rentas, un juego de suma cero: El beneficiario, cazador de rentas, ha obtenido su utilidad despojando a los consumidores de un excedente que los consumidores podrían haber disfrutado en condiciones de competencia o libre mercado. Para el conjunto de la economía se trata, de hecho, de un retroceso en términos de productividad: La vida se ha hecho más difícil, más cara, de lo que podría ser en condiciones de verdadera competencia.

Hay que añadir, entonces, una precisión a la respuesta original sobre las causas del mediocre crecimiento económico: Abrumadores obstáculos a la productividad definida éste en términos de beneficios netos para el consumidor.

Lo cual nos lleva al gran problema de ¿por qué los intereses del consumidor están tan mal defendidos en el terreno institucional? Problema que abordaré mañana.

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lunes, 23 de julio de 2007

Efectos perniciosos del proteccionismo laboral

Una de las falacias más comunes en las políticas públicas respecto del trabajo es la que supone que las medidas de proteccionismo laboral – que tanto complacen a políticos y sindicatos- contribuyen a incrementar el empleo y los salarios; en realidad, suele suceder lo contrario.

Sin duda muchas de las políticas comunes de protección al empleo y/o a los salarios – que no son necesariamente lo mismo- nacieron en el siglo pasado de un admirable afán por evitar los abusos de un capitalismo descarnado como, por ejemplo, los abusos que describió vìvidamente Charles Dickens en algunas de sus novelas. Pero la nobleza y virtud de las intenciones no se conduelen con los efectos: el trabajador de carne y hueso, en términos tanto de empleo como de salarios, ha sido perjudicado por el proteccionismo.

Ejemplos de estas políticas de protección laboral son: el salario mínimo, la seguridad social obligatoria, la contratación colectiva, el ahorro forzoso para fondos de pensiones y de retiro, la proliferación de prestaciones sociales auspiciada por beneficios fiscales, el ahorro forzoso para vivienda.

El primer efecto pernicioso de este bien intencionado proteccionismo es que el factor trabajo se vuelve más oneroso – en términos relativos- que el factor capital. Las asimetrías entre el trabajo y el capital han crecido en la medida que el primer factor permanece rígido, a causa de las políticas de protección, y el segundo ha experimentado una creciente flexibilización en las últimas décadas.

Esto hace que el empresario puesto a elegir, por ejemplo, entre opciones para expandir su producción ante un incremento de la demanda parta de un escenario que inevitablemente – debido al aparato de protección laboral- tiene un sesgo desfavorable para el trabajo. Dicho en términos muy simples: “En caso de que súbitamente la demanda se desplome, ¿qué opción me ofrece más flexibilidad para adaptarme a una inesperada época de vacas flacas?, ¿comprar una máquina o contratar cinco trabajadores más?”. La respuesta es obvia: la máquina (capital) ofrece mayor adaptabilidad.

Es muy probable que este proteccionismo laboral sea la causa de que, aparentemente, el libre comercio y los avances tecnológicos beneficien más en términos relativos al factor capital que al factor trabajo. La culpa de esta desventaja relativa no hay que achacársela a la globalización, sino al sesgo contrario al trabajo que ha acarreado el proteccionismo laboral a ultranza.

Mañana seguiré con este análisis.

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