lunes, 26 de noviembre de 2007

Los políticos y los maleteros

¿Cuál es el objetivo de las barreras físicas que impiden a los turistas llevar en un carrito sus maletas por los pasillos del aeropuerto? Proteger a un gremio que se ha vuelto incompetente. ¿Cuál es el objetivo de las recientes “reformas electorales? Proteger contra viento y marea, aun con disposiciones de corte fascista, a un gremio cuya incompetencia es aún más manifiesta y dañina: el de los políticos de profesión.


Un país es competitivo cuando alienta la productividad. Y productividad es todo aquello que hace más fácil la vida a las personas. Sin competencia alentamos la improductividad y, por tanto, la miseria.

México recibe a cualquiera que llega al país a través del aeropuerto de su capital con un mensaje directo en contra de la productividad: Se trata de los barrotes de metal que impiden al viajero llevar sus propias maletas en carritos diseñados precisamente para hacer la vida más fácil. Sí existen tales carritos en el aeropuerto pero, una vez que se ha pasado el trámite de la aduana, los dichosos barrotes impiden su paso. Prestos, aparecen los maleteros – agrupados en una unión sindical- ofreciendo sus servicios. Ese gremio es el objetivo de los barrotes, a despecho del interés de millones de extranjeros y mexicanos que llegan al país por ese aeropuerto. Me imagino que cada vez que se planea una remodelación del aeropuerto o la construcción de una nueva terminal, como la que se acaba de inaugurar, alguien muy poderoso recuerda a los constructores: “No se olviden de los barrotes; ni se les vaya a ocurrir hacerle la vida más fácil a los viajeros porque arde Tenochtitlan”. Y otra vez quedan los barrotes como monumento a la improductividad, sentencia condenatoria a la libérrima voluntad de los viajeros y advertencia de que estamos ingresando no a la región más transparente sino al reino donde los gremios particulares, convenientemente enchufados al Estado, son más importantes que las personas comunes.

El gremio de los políticos de oficio en México ha diseñado una reforma electoral que persigue, a la postre, expulsar a los ciudadanos de los procesos electorales, para hacer de los comicios un negocio exclusivo de esa camarilla. Por ejemplo: Advertir contra los riesgos de políticas irresponsables y populistas propuestas por algún candidato será, para estos señores, un delito. De ese tamaño es su talante fascista.

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lunes, 23 de julio de 2007

Efectos perniciosos del proteccionismo laboral

Una de las falacias más comunes en las políticas públicas respecto del trabajo es la que supone que las medidas de proteccionismo laboral – que tanto complacen a políticos y sindicatos- contribuyen a incrementar el empleo y los salarios; en realidad, suele suceder lo contrario.

Sin duda muchas de las políticas comunes de protección al empleo y/o a los salarios – que no son necesariamente lo mismo- nacieron en el siglo pasado de un admirable afán por evitar los abusos de un capitalismo descarnado como, por ejemplo, los abusos que describió vìvidamente Charles Dickens en algunas de sus novelas. Pero la nobleza y virtud de las intenciones no se conduelen con los efectos: el trabajador de carne y hueso, en términos tanto de empleo como de salarios, ha sido perjudicado por el proteccionismo.

Ejemplos de estas políticas de protección laboral son: el salario mínimo, la seguridad social obligatoria, la contratación colectiva, el ahorro forzoso para fondos de pensiones y de retiro, la proliferación de prestaciones sociales auspiciada por beneficios fiscales, el ahorro forzoso para vivienda.

El primer efecto pernicioso de este bien intencionado proteccionismo es que el factor trabajo se vuelve más oneroso – en términos relativos- que el factor capital. Las asimetrías entre el trabajo y el capital han crecido en la medida que el primer factor permanece rígido, a causa de las políticas de protección, y el segundo ha experimentado una creciente flexibilización en las últimas décadas.

Esto hace que el empresario puesto a elegir, por ejemplo, entre opciones para expandir su producción ante un incremento de la demanda parta de un escenario que inevitablemente – debido al aparato de protección laboral- tiene un sesgo desfavorable para el trabajo. Dicho en términos muy simples: “En caso de que súbitamente la demanda se desplome, ¿qué opción me ofrece más flexibilidad para adaptarme a una inesperada época de vacas flacas?, ¿comprar una máquina o contratar cinco trabajadores más?”. La respuesta es obvia: la máquina (capital) ofrece mayor adaptabilidad.

Es muy probable que este proteccionismo laboral sea la causa de que, aparentemente, el libre comercio y los avances tecnológicos beneficien más en términos relativos al factor capital que al factor trabajo. La culpa de esta desventaja relativa no hay que achacársela a la globalización, sino al sesgo contrario al trabajo que ha acarreado el proteccionismo laboral a ultranza.

Mañana seguiré con este análisis.

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