jueves, 11 de junio de 2009

Hacia un nuevo periodismo (adiós a El Economista)

Una de las portadas más memorables del prestigiado semanario británico “The Economist” anunciaba la muerte del negocio de la telefonía tradicional ante la revolución que ha significado la Internet, dada la posibilidad de abatir sustancialmente mediante la red global los costos de la difusión de datos y de voz. Del mismo modo puede augurarse el inexorable fin del negocio tradicional del periodismo impreso, ante las abrumadoras ventajas que la red global ofrece para difundir intangibles. La clave para entender la magnitud de esta revolución es recordar que la información, la opinión, el análisis son productos intelectuales, no materiales.

Para hacer periodismo no es preciso contar con un ejército de distribuidores, ni con imprentas y gigantescos rollos de papel. La red sustituye con gran eficiencia – es un salto inconmensurable de la productividad- casi todas las etapas de la producción de un medio de información impreso y las reduce a lo esencial: un emisor y un receptor interactuando sin más intermediaciones.

Sería candoroso pensar que las consecuencias sociales y económicas, ¡culturales!, de la revolución de la Internet las veremos llegar de inmediato y a la misma velocidad con la que ha llegado el cambio tecnológico en sí. La telefonía tradicional seguirá siendo negocio por varios años más (si, además, sus dueños tienen poder sustancial de negociación para postergar las consecuencias de un avance tecnológico que les puedan resultar ruinosas, usan y usarán ese poder para frenar el progreso).

Tampoco desparecerán en un santiamén los medios impresos. Incluso cuando se generalice el hábito de informarse, debatir y difundir a través de la red, es posible que los impresos permanezcan como un archivo redundante para nostálgicos.
Pero las potencialidades del nuevo periodismo digital – casi instantáneo y de bajísimo costo para los generadores de contenidos y para los receptores de esos contenidos- son inmensas.

Cada cual decide dónde ubicarse, si en la tradición del papel, con costos y tiempos de producción que hoy son absurdos, o en el futuro de la aldea de veras global e interconectada. Una u otra opción entrañan riesgos, pero yo prefiero correr el riesgo de llegar antes que el de no llegar. No me agradaría ser como uno de esos organilleros, que mendigan unas monedas “para que no muera la tradición, jefecito”.

(Este texto fue mi última colaboración en el periódico impreso "El Economista")

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domingo, 29 de marzo de 2009

Políticos alérgicos a la globalización

Bien vistas las cosas, los políticos de este mundo tienen grandes incentivos para remar en contra de la globalización.

La gran red global interconectada de los mercados financieros y de otros bienes, junto con la gran red que es la Internet (esa “telaraña del tamaño del mundo”) sólo pueden restarle control y poder a los políticos, para dárselo (regresárselo) a las personas comunes.

Esta crisis nos ha mostrado que los canales de transmisión que van de los mercados financieros a la llamada economía real son más amplios, eficientes y eficaces – lo mismo para dispersar las buenas noticias que para contagiar las malas -, que los canales convencionales a los que recurren los políticos.

Los políticos aman las fronteras porque toda esa parafernalia asociada de controles de migración y aduanas, aranceles, normas de etiquetado, policías y esclusas que se cierran y se abren a discreción, da control y poder.

Por su parte, los mercados financieros globales y las redes de comercio internacional (que hacen posible, digamos, que en un pequeño restaurante de El Salvador la mantequilla fresca provenga de Nueva Zelanda) aborrecen las fronteras y la insidiosa costumbre política de andarle poniendo puertas al campo.

Las clientelas de los políticos – esos grupos relativamente pequeños organizados para obtener rentas del Estado, como sindicatos, gremios, empresas con aficiones monopolísticas y demás- se cultivan localmente, hacia dentro. Su condición de existencia y rentabilidad es que exista una autoridad que cierre las puertas y las ventanas a los que se califiquen de intrusos.

También por eso los políticos tienen debilidad por los rollos nacionalistas, aun cuando se trate de tópicos irracionales o imposibles de defender con argumentos. ¿Qué relevancia puede tener la nacionalidad de los accionistas de un banco? Ninguna. Lo relevante es la regulación a la que está sujeto el banco, la probidad de su administración, los contrapesos y candados efectivos que impidan que acreedores o deudores del banco sean estafados. Pero, como lo hemos presenciado en los últimos días, eso del nacionalismo y la soberanía vende bien en el bazar político. Al grado de que hasta algunos analistas serios confiesan con candor: “Sería bonito que el banco tal fuese de compatriotas”. ¿Por qué?, nadie lo sabe. Son como los que creen que un taco de carnitas sólo es “bueno” si el maíz fue cultivado en México.

Los políticos tendrán que ceder poder y control a las personas, dado el empuje de la globalización que es la gran aliada de la libertad personal. Este siglo será de las personas, no de las naciones. Ya verán.

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miércoles, 25 de marzo de 2009

¿Y si fundamos “Proteccionistas Anónimos”?

En una semana, el 2 de abril, será la nueva reunión del G-20, que agrupa a 19 países tanto desarrollados como en desarrollo, más la Unión Europea como conjunto con un sitio adicional rotatorio.

En la reunión anterior celebrada en Estados Unidos en noviembre de 2008, los jefes de Estado y/o de gobierno de todos los países presentes manifestaron su repudio al proteccionismo comercial, recordaron sensatamente que las medidas proteccionistas durante la década de los 30 del siglo pasado profundizaron, prolongaron y diseminaron la Gran Depresión en todo el orbe, prometieron hacer su mejor esfuerzo (como si fueran jugadores de un seleccionado nacional antes de un partido decisivo) para reanimar una agonizante Ronda de Doha y nada más les faltó ponerse la mano en la corazón – “cross my heart”- o besar cada cual la cruz formada por los dedos pulgar e índice de su mano derecha – “se los juro, por ésta”-, para proclamarse como los paladines del libre comercio.

Pues ¿qué creen?, a inicios de este mes 17 de los 20 ya habían incurrido en nuevas prácticas o medidas proteccionistas (desde subsidios a sus exportaciones hasta barreras arancelarias o no arancelarias a las importaciones, pasando por los consabidos intercambios de represalias comerciales; ejemplo: China prohíbe la importación de carne de cerdo irlandesa), según una investigación del Banco Mundial que detectó 47 importantes restricciones comerciales nuevas en el mundo surgidas entre el 15 de noviembre de 2008 y el primer día de marzo de 2009.

Mi cálculo es que para hoy, si bien nos va, sólo quedan dos, Australia y tal vez Sudáfrica, del grupo de los 20, que han honrado sus juramentos a favor del libre comercio. El resto parecen alcohólicos reincidentes tras una emotiva sesión catártica de promesas que serán incumplidas. Habrá que fundar el club P. A. (Proteccionistas Anónimos) y alguien deberá inventarse una guía de diez pasos para que estos hombres y mujeres – y sus burocracias – puedan controlar la enfermedad proteccionista, que es crónica, progresiva y mortal.

Los hay peores, de esos que parecen irredentos y cínicos (la Unión Europea como conjunto, Francia, Japón, China, Argentina, Rusia, Estados Unidos), los hay medio proteccionistas y hasta alguno habrá que, cansado de los constantes incumplimientos de su arrogante vecino, se acaba de unir al grupo.

Señoras y señores: el primer paso debería ser la confesión pública. Reconocer que son enfermos y que necesitan ayuda: “Hola, soy Barack y soy proteccionista…”, o algo así.

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martes, 17 de junio de 2008

Los otros excedentes

¿Por qué la globalización incrementa el bienestar? Porque permite difundir los avances de la productividad global, en forma de excedentes para los consumidores.


Se entiende que a los políticos mexicanos les desvele el asunto de los excedentes petroleros, pero en realidad son mucho más importantes, para la mayoría de los mexicanos, los excedentes que obtienen los consumidores…o que se les escatiman cuando se ponen barreras a la libre competencia y a al libre comercio.

En el problemita planteado acerca del costo de oportunidad – cuyos resultados di a conocer ayer – aparece claro que, tratándose del costo de oportunidad de NO consumir un bien o servicio específico, éste es igual al excedente que obtendría el consumidor en caso de SÍ efectuar ese consumo específico. El excedente de nuestro consumidor hipotético de un concierto de Bob Dylan es de $10 dólares, que es la diferencia positiva entre el precio que el consumidor estaría dispuesto a pagar (50) y el precio de mercado (40).

La existencia, o no, de excedentes para los consumidores refleja las condiciones de competencia en los mercados. Por ejemplo, cuando en México surgen las líneas aéreas de bajo costo queda claro para todo mundo que los precios del transporte aéreo de pasajeros podían disminuir mucho respecto de los que conocíamos y pagábamos. Saltan a la vista los excedentes que se le estaban escatimando al consumidor por condiciones de nula, poca o deficiente competencia.

Cuando en fechas recientes empiezan a surgir algunas nuevas ofertas de telefonía fija también saltan a la vista, hasta para los más desprevenidos, que las anteriores condiciones de nula o escasa competencia le estaban sustrayendo excedentes a los consumidores.

Si mañana, en un acto de insólita pero deseable audacia, alguien consigue que México disminuya significativamente la tasa promedio de los aranceles que pagan las importaciones se generarán de inmediato excedentes para los consumidores.

A diferencia de los subsidios, los excedentes que vamos ganando los consumidores gracias a un mayor comercio libre o al desmantelamiento de estructuras proteccionistas, provienen de una mayor productividad (de hacer más con menos) que logran las empresas incentivadas por la competencia.

Por eso, el libre intercambio – la globalización comercial- promueve la difusión de la productividad la cual, a la postre, es la clave del bienestar duradero. Por eso la ronda de Doha es una apuesta tan importante para la humanidad.

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martes, 10 de junio de 2008

Obstinados en contra de la globalización

La oleada mundial en contra de la libertad de los seres humanos para comerciar, emigrar e invertir es la peor de las noticias que nos han dado los políticos en los últimos tiempos.


La historia señalará como un trágico error de los dirigentes mundiales de los inicios del siglo XXI su obstinación en poner barreras a la globalización. Esta obstinación, dictada por mezquinos cálculos políticos de corto plazo, se caracteriza por oponerse a tres libertades que son clave para un mundo mejor: la libertad de comercio, la libertad de migración y la libertad de invertir en donde mejor nos parezca.

Las alzas mundiales de los precios de los energéticos y de los alimentos, así como de otras materias primas, son el síntoma más visible del destino ruinoso al que la mayoría de los dirigentes políticos está conduciendo a la humanidad. Esta obstinación en frenar la globalización se traducirá en mayor pobreza y en la generación de más tensiones y violencia dictadas por nacionalismos aldeanos y por sentimientos de envidia y xenofobia.

A su vez, la multiplicación de los conflictos, al interior de los países y entre países, se convierte en terreno abonado para la promoción del populismo y de la demagogia que, trágicamente, sólo agravan más el deterioro mundial.

Hoy, por ejemplo, son alarmantemente precarias las probabilidades de éxito de la ronda de Doha para liberalizar, algo al menos, el comercio de productos agropecuarios en el mundo y para desmantelar, algo al menos, el entramado de mecanismos proteccionistas que representan, por ejemplo, los subsidios a minorías de productores (Estados Unidos, Unión Europea) o los impuestos que castigan la productividad y promueven el hambre (Argentina).

Por no hablar del sostenimiento de subsidios irracionales que promueven el dispendio de recursos escasos, sólo porque nadie, de quienes podrían corregir ese absurdo, quiere pagar el costo político que conlleva actuar con responsabilidad.

Los grandes perdedores serán los pobres del planeta, sacrificados en el falso altar de las ganancias electorales.

Esta tragedia mundial podría ser evitada por líderes políticos verdaderamente visionarios que la convertirían en oportunidad única para la prosperidad global. Pero no hay tales líderes en el horizonte. Sólo expertos en maquillaje. Y en la fabricación de chivos expiatorios que permitan a los políticos llegar a las próximas elecciones con algo de popularidad.

La factura a pagar será terrible.

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domingo, 11 de mayo de 2008

Alimentos, carestía y mitos

What we have learned in recent decades about the economics of agriculture will appear to most reasonably well informed people to be paradoxical. We have learned that agriculture in many low income countries has the potential economic capacity to produce enough food for the still growing population and in so doing can improve significantly the income and welfare of poor people. The decisive factors of production in improving the welfare of poor people are not space, energy and cropland; the decisive factor is the improvement in population quality.


Theodore W. Schultz, Prize Lecture to the memory of Alfred Nobel, December 8 1979.

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Los prejuicios y mitos salen caros como demuestra el caso de los productos agrícolas. Los intereses políticos mantienen en pie un conjunto de creencias acerca de la producción agrícola que se han demostrado falsas una y otra vez y que hacen del mercado de alimentos uno de los más distorsionados del mundo.


El primer mito acerca de la producción agrícola: El número de hectáreas dedicadas a cultivos es el factor clave para aumentar la producción y el bienestar. No es así.

Lo dijo claramente Theodore W. Schultz en su discurso de recepción del Premio Nobel de economía en diciembre de 1979: “Hemos aprendido que…los factores de producción decisivos para aumentar el bienestar de la gente pobre (en el campo) no son el espacio, los energéticos o las tierras de cultivo, sino el mejoramiento en la calidad de vida de la misma población”.

Citaba entonces Schultz el ejemplo impresionante de la productividad en el caso de los cultivos del maíz: En la década de los años 70 del siglo XX Estados Unidos dedicó 33 millones menos de acres de tierra a la producción de maíz que los sembrados cuatro décadas atrás, pero produjo tres veces más cantidad del cereal.

La tierra no es el factor clave, sino las capacidades, destrezas y conocimientos del productor agrícola (capital humano), de los que se deriva también una mayor calidad de insumos y de tecnología para la producción.

Otros dos grandes errores de los que se derivan multitud de mitos: 1. “Los pobres en el campo requieren de principios económicos especiales, diferentes de los que hacen funcionar la economía en general”. Falso, la realidad es que la oferta, la demanda, los precios y los incentivos funcionan igual en la producción agrícola que en el resto de la economía. A mayor libertad en los mercados mayor bienestar para todos. A mayor globalización comercial, menores precios y mayor calidad de los alimentos. Ningún precio baja si se restringe la oferta con regulaciones y barreras comerciales.

2. Desdeñar o desconocer las lecciones de la historia. La experiencia ha demostrado que el ser humano es capaz de incrementar la cantidad y la calidad de los alimentos disponibles muy por encima de los incrementos de la población, siempre y cuando dejemos funcionar libremente a los mercados. Los precios altos deben incentivar una mayor oferta y una mayor oferta, en libre competencia, frenará el alza de los precios.

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jueves, 24 de abril de 2008

El dólar y los equilibrios inestables

La pregunta no es si es bueno o es malo el dólar barato sino si se trata de un precio que refleja la oferta y la demanda sin interferencias ni manipulaciones. En términos generales así es y por eso incentivará una corrección en la conducta de los agentes económicos hasta llegar a un nuevo equilibrio inestable.

En tono de sorna un amigo economista compartía la siguiente perplejidad: "¿Por qué muchos economistas mexicanos que presumen de ser campeones de la ortodoxia dicen que es bueno hoy para la economía de Estados Unidos un dólar devaluado, pero se horrorizarían si uno propusiera la misma receta para México: un peso devaluado para estimular la economía, vía mayores exportaciones?".

La pregunta es hábil, pero tramposa. ¿Por qué? Porque el dólar barato no es producto de una manipulación deliberada – lo que antes se llamaba pomposamente "política cambiaria"-, sino el resultado de un desequilibrio en el flujo comercial entre Estados Unidos y el mundo que busca un nuevo acomodo, un nuevo equilibrio inestable.

Dicho en forma esquemática: a Estados Unidos le ha tocado jugar el papel, en el tablero de la economía mundial, del gran consumidor, gran deudor y gran receptor de capitales. La relación China-Estados Unidos de los últimos años – a partir de la liberalización sui géneris de China hacia un capitalismo acotado y autoritario- dibuja muy bien este esquema: China produce, Estados Unidos consume; China ahorra (en dólares) y Estados Unidos se endeuda (en dólares). De tiempo en tiempo este equilibrio, inestable por fuerza, se rompe, eso se refleja en el precio del dólar e incentiva un cambio temporal y parcial de papeles: China también debe consumir más – so pena de que los chinos se rebelen – y Estados Unidos también debe ponerse a vender más y consumir un poco menos – so pena de no poder seguir consumiendo por el peso de sus deudas-, por eso la pregunta no es si el dólar barato es bueno o es malo, sino si es un precio que refleja esta dinámica incesante de los equilibrios inestables que caracteriza al desenvolvimiento económico (progreso) en una economía globalizada.

Para eso sirven los precios, para que constantemente la economía de cada cual – persona, empresa, nación- busque nuevos equilibrios inestables.

Es un pequeño ajuste, en el ciclo largo, para que Estados Unidos siga en su papel de gran consumidor, deudor y receptor de ahorro del mundo.

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miércoles, 9 de enero de 2008

Francia y Alemania: ¿Educar para el fracaso?

Parecería que la receta educativa, aplicada por décadas en México mediante algunos textos escolares, para formar adultos fracasados, resentidos socialmente y atiborrados de mentiras ideológicas, está popularizándose en Francia y Alemania.

La siguiente frase (en “negritas” para que no pase desapercibida) pertenece a un libro de texto sobre la historia del siglo XX, en tres volúmenes, que tienen que memorizar los jóvenes para su examen de ingreso en algunas prestigiosas universidades de Francia:

“El crecimiento económico impone un modo de vida febril, produce exceso de trabajo, estrés, depresión nerviosa, enfermedades cardiovasculares y, de acuerdo con algunos, incluso puede provocar cáncer”.

Dice un libro de trabajo sobre la globalización que se utiliza en las escuelas alemanas:

“El llamado mundial a una mayor desregulación en realidad significa despojar de su vitalidad material a la moderna nación- Estado”.

Y pregunta un libro de matemáticas para 4° grado utilizado en Berlín:

“En 2004 un paquete de pan costó 40 centavos. Por el trigo que contenía el paquete de pan el agricultor recibió menos de 2 centavos, ¿qué piensas al respecto?”

Mientras que otro texto de bachillerato utilizado en Francia “enseña” lo siguiente:

“La globalización significa ‘la subyugación del mundo al mercado’, lo cual representa un verdadero peligro cultural”.

En Alemania, en un texto de décimo grado para ciencias sociales se dan consejos para combatir el desempleo, pero no vaya a creerse que se habla ahí de productividad, sino de cómo pueden organizarse los desempleados para hacer marchas y protestas “conforme con la tradición de Alemania del Este de los lunes de manifestaciones”.

¿Qué pasa en esos dos países europeos?, ¿se están preparando para ingresar al Tercer Mundo?, ¿habrá en el futuro legiones de vendedores ambulantes y de choferes de microbús, locutores de radio y hasta periodistas, eso sí con título universitario, deambulando por Francia y Alemania?, ¿habrá una competencia descarnada entre decenas de miles de políticos disputándose el poder a punta de diatribas ideológicas y fanáticas, mientras que esos países languidecen, porque ya nadie sabrá ni querrá generar riqueza, sino sólo pelearse las migajas de lo que hubo alguna vez?

Si usted, estimado lector, se ha quedado tan estupefacto como yo, le recomiendo el perturbador informe de Stefan Theil, editor de economía de Newsweek en Europa, publicado en Foreign Policy: “Europe’s Philosophy of Failure”

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viernes, 21 de diciembre de 2007

La destructiva obsesión igualitaria

Para la izquierda al uso debería prohibirse la impresión de libros mientras haya en el mundo alguna persona analfabeta, ya que los libros contribuyen a ensanchar la brecha entre los que saben leer y los que no saben. Así de retrógrado es el igualitarismo salvaje.

De una u otra forma, las opiniones de quienes se nombran a sí mismos “de izquierda” – con un dejo de arrogante superioridad moral- parten del principio de que la búsqueda de la igualdad en los resultados es más importante que la búsqueda de la generación de valor mediante la productividad.

Los izquierdistas más o menos ilustrados no dejan de reconocer que la globalización y el libre comercio han contribuido a disminuir la miseria en muchos países pobres, pero advierten de inmediato – sombríos- que también tienden a incrementar la desigualdad, entendida ésta como la distancia entre el más rico y el más pobre en una sociedad. Al parecer, no importa tanto que los pobres dejen de serlo, sino que la distancia entre el más rico y el más pobre se estreche hasta – ¡oh, utopía! – desparecer por completo.

Llevado el razonamiento igualitarista a la hipérbole, debería admitirse entonces que el instrumento igualitario más eficaz sería la aplicación minuciosa de bombas atómicas hasta que muy pronto la muerte – inapelable unificadora- nos iguale a todos. En “El Quijote” se propone la metáfora de las piezas de ajedrez que, una vez terminada la partida y arrojadas en un saco, vuelven todas a ser iguales, lo mismo da que en el tablero hayan sido reina, alfil, peón o caballo.

Otra hipérbole “lógica” del izquierdismo: Volvamos al medioevo cuando la distancia entre el rey más poderoso y el hombre más pobre, en términos de calidad de vida, era mínima. Algunas prédicas “ecologistas” tienden a esa indeseable utopía, condenando el motor de combustión interna como esencialmente maligno.

La izquierda cree haber encontrado un gran argumento contra la globalización porque diversos estudios indican que el intercambio libre y global en algunos países, como China, ha incrementado las distancias entre ricos y pobres (al tiempo que ha enriquecido a todos en promedio), pero en realidad no se trata de un gran hallazgo: Es evidente que la invención de la imprenta de tipos móviles (Gutenberg) benefició sobre todo a quienes sabían leer. Lo inteligente, sin embargo, no es prohibir los libros sino enseñar a leer al que no sabe.

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martes, 24 de julio de 2007

No culpen a la tecnología por los bajos salarios

Muchos avances tecnológicos disminuyen más las necesidades de capital que las necesidades de mano de obra. Un ejemplo claro son los ahorros de capital derivados de las mejores tecnologías de transporte.


En un fascinante artículo el economista anglo-húngaro Anthony de Jasay demuestra que más que culpar al libre comercio y/o a los avances tecnológicos de los bajos salarios de la mano de obra en Europa, habría que volver los ojos hacia las políticas de protección laboral que han encarecido, quitándole flexibilidad, el factor trabajo.

El artículo de Jasay se llama “Low Pay”, Refelections from Europe y puede verse aquí. Me detengo sólo en un ejemplo, que se refiere a la relación entre avances tecnológicos y remuneraciones al trabajo.

Un avance tecnológico consiste en un novedoso acomodo de los factores y/o procesos de producción que incrementa la productividad: hacer lo mismo con menos insumos, hacer más con los mismos insumos o, aún mejor: hacer más con menos insumos.

Algunos avances tecnológicos espectaculares, como la automatización en una línea de ensamble, consisten en mecanizar tareas rutinarias que antes realizaba la mano de obra no calificada, incrementando el volumen producido por unidad de tiempo y disminuyendo los costos unitarios de producción. Es obvio que este tipo de avances desplaza, en un primer momento, mano de obra. De ahí que asociemos popularmente los avances tecnológicos con “ahorros de mano de obra” más que con “ahorros de capital”.

Sin embargo, muchos avances tecnológicos implican mayores ahorros de capital que de mano de obra. Aquí entra el ejemplo que ofrece Jasay: Si gracias a una mejor tecnología de transporte logro reducir el tiempo en tránsito de materias primas o de mercancías terminadas de tres semanas a una, y suponiendo que el costo de capital implícito equivale a 25 por ciento del precio final, esa mejora tecnológica implica una reducción de los costos de capital a sólo 8 por ciento del precio final. Lo que, a su vez, se traduce en una disminución de precios al consumidor, lo que propicia una mayor participación de mercado y, por las economías a escala, una mayor utilidad neta incluso con menores márgenes – utilidad de operación- por unidad producida.

Estas mejoras NO generan un descenso relativo en los salarios, sino – por el contrario- un mayor poder de compra para los consumidores.

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miércoles, 4 de julio de 2007

¿Atrapados en las metáforas?

Después de todo, el mundo NO es tan plano…

Una buena parte de la ciencia se vale de las metáforas para aprehender parcelas de la realidad. De hecho, lo hacemos todos y en todos los ámbitos. El problema es cuando una de esas metáforas nos subyuga tanto que acabamos creyendo que está dotada de omnipotencia explicativa.

A Thomas L. Friedman lo subyugó la metáfora de que el mundo es ahora “plano” – flat- debido a fenómenos fascinantes de la economía internacional como la movilidad de ciertas actividades de producción, por ejemplo el florecimiento del “outsourcing” de empresas multinacionales en la India. A partir de ahí escribió un libro exitoso proclamando su hallazgo. En abril del año pasado, un profesor de economía en UCLA, Edward E. Leamer, vapuleó – otra metáfora, ni modo- a Friedman y a su exitoso libro en un artículo titulado: “A Flat World, A Level Playing Field, a Small World After All, or None of the Above?”, en el Journal of Economic Literature, reprochándole, de entrada, haber recurrido a una metáfora inadecuada y de pobre poder explicativo.

El momento de inspiración en el que Friedman “descubrió” que el mundo es plano lo narra en la página 7 de su libro y revela, inadvertidamente, que Friedman entendió mal otra metáfora que usó uno de sus interlocutores, el presidente ejecutivo de una empresa de tecnología (Nandan Nilekani), quien le dijo: “Tom, ahora el campo de juego está nivelado”. Con candor Friedman hace transparente el mal entendido: “Lo que Nandan está diciendo, yo pienso, es que el campo de juego está siendo aplanado…¿aplanado? ¿Aplanado? ¡Dios mío, él está diciéndome que el mundo es plano!”.

No, no exactamente: Nandan Nilekani le estaba hablando a Friedman de reglas del juego iguales que nivelan el terreno para los participantes. No le estaba diciendo que la globalización abolió la geografía. Friedman descifró una metáfora ajena erróneamente al estar subyugado por su propia metáfora.

Más adelante, Leamer ofrece su propia metáfora que a mí me parece con mayor poder explicativo que la metáfora acerca del presunto aplanamiento del planeta con la que Friedman tejió su libro.

Este símil, el de Leamer, lo podríamos bautizar como “por qué la cima del mundo podría ser el lugar de los perdedores”. Mañana trataré de explicarlo.

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martes, 8 de mayo de 2007

Perdieron “los buenos sentimientos”, ¡ya era hora!

Hay una esperanza para Francia: Que efectivamente Nicolás Sarkozy sea, como pareció ofrecerlo, un político que no quiera disputarle a la izquierda, en la imaginación de la gente, el “monopolio del corazón”.

En 1974 Valery Giscard D’ Estaign (“derecha” para usar las etiquetas) le dijo a Francois Mitternad (“izquierda” para seguir con las etiquetas) una frase memorable y definitoria: “Usted no tiene el monopolio del corazón”. Desde que la “derecha” francesa, con D’ Estaign y después con Chirac, se dio a la tarea de arrebatarle a la “izquierda” el monopolio de la “bondad” Francia se metió en el pantano de las políticas públicas desastrosas, dictadas por las emociones, no por la razón.

Las altas tasas de desempleo, la precariedad de unas finanzas públicas lastradas por las promesas siempre en aumento del “Estado de Bienestar”, la esquizofrenia de una política migratoria que predica la tolerancia pero no tolera la competencia de los inmigrantes en el mercado laboral, la baja productividad de la economía y, por ende, su pérdida de competitividad. Todo eso es producto – involuntario, desde luego, pero también inevitable- de la pelea política por el “monopolio del corazón”.

Parece ser que Sarkozy es de otra raza de políticos de “derecha” – para seguir con las etiquetas-, no pertenece a la clase de la burocracia dorada que egresó de la Escuela de Administración Pública, no le dio miedo revisar críticamente la falsa epopeya de mayo del 68 y cree, si no por principios tal vez por necesidad, que el fortalecimiento de la Unión Europea no radica en el corazón, sino en la inteligencia. Son diferentes, usted sabe.

Si efectivamente Sarkozy no tiene los prejuicios arrogantes en contra de la globalización y de la productividad de los que hizo gala su antecesor, Francia podría recobrar su papel protagónico en el mundo y los franceses tendrán fundadas esperanzas de volver a disfrutar de una economía próspera y competitiva.

Habrá que ver.

Eso del “monopolio del corazón” – característico de los políticos – me recuerda, no sé por qué, las consignas retóricas de “rebasar a la izquierda por la izquierda”.

Lo que produce esa política de maquillajes y afeites, para ganarse las simpatías, suele ser un desastre.

Tal vez los electores franceses ya se cansaron de ese juego hipócrita de los políticos por “conquistar su corazón”. Tal vez.

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sábado, 5 de mayo de 2007

Francia: Motivos para celebrar

...Y sentimientos encontrados.

Por favor, no se pierdan el genial comentario de Johan Noberg, el paladin sueco de la globalización, que pueden leer AQUÍ.

Mi versión del mismo asunto: Celebremos que se acabó, por fin, la era de Monsieur Chirac, el campeón del proteccionismo, el antiliberalismo, la hipocresía chauvinista y la corrupción.

En las anteriores elecciones lo salvó nada menos que la amenaza de Le Pen. Era preferible votar por el idiota (Chirac) que por el abiertamente fascista (Le Pen) y no en balde cuentan las malas lenguas que el verdadero lema de campaña de Chirac fue:
"Voten por mí o si no iré a la cárcel".

Chirac se va protegido con una coraza de impunidad. Igualito que en otras latitudes. Igualito que algunos políticos en activo en México.

Por otro lado, Norberg tiene razón: Quien quiera que gane mañana en Francia - y todo indica que ganará Sarozky- los franceses tendrán un Presidente intervencionista que los "protegerá" de la temible "globalización". En dos palabras: Estarán fritos.

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lunes, 26 de marzo de 2007

Apertura comercial agrícola: Hay que ir más lejos

Encuentro con un optimista en el Senado

En los meses previos a la aprobación, por el Senado mexicano, del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN) fui invitado a presentar una pequeña ponencia en el mismo Senado acerca de las previsibles consecuencias de la apertura comercial para los productores agrícolas, así como para los consumidores mexicanos de alimentos.
La ponencia se encaminó a desenmascarar el mito de la autosuficiencia en la producción de alimentos, no sólo como una meta inalcanzable sino como uno más de esos nocivos anzuelos que los políticos lanzan al ruedo para engatusar a los electores incautos, al tiempo que protegen a grupos minoritarios de presión que viven de todo el catálogo de subsidios, barreras comerciales, protecciones, créditos blandos (que suelen acabar en cartera incobrable de la banca de desarrollo, que a su vez se le carga a la cuenta de los contribuyentes) y demás “ayudas al campo” que se han inventado los gobiernos.
Fui escuchado con cortesía e indiferencia por los senadores y al terminar fui abordado por un hombre joven que elogió mi presentación, me solicitó una copia de la misma y me entregó su tarjeta. Era el director de una pequeña agroindustria en Guanajuato, dedicada a la producción de hortalizas. Me comentó que en su empresa esperaban ansiosos la aprobación del TLCAN ya que conjeturaban que ello les abriría los mercados de Estados Unidos y Canadá donde esperaban arrasar por calidad y por precio. La apertura significaría crecer aceleradamente para satisfacer a esos mercados, ávidos y con gran poder de compra, lo que a su vez generaría economías de escala en la producción de forma que - en un círculo virtuoso- se abatirían los costos de producción lo que se reflejaría en precios aún menores y en la conquista de porcentajes cada vez mayores del mercado. Nada nuevo: La vieja receta de la productividad estimulada por el libre comercio y que se traduce en mayor prosperidad para todos.
Me sorprendió el entusiasmo del pequeño empresario, toda vez que contrastaba con los sombríos augurios de muchos “expertos” y con las protestas vehementes de sindicatos y organizaciones de campesinos y productores agropecuarios afiliados al entonces todavía todopoderoso PRI.
Hoy prácticamente la totalidad de los pepinos (frescos y en conserva, de las más diversas variedades y para todos los gustos) que se venden en Estados Unidos y en Canadá provienen de la agroindustria de ese visionario optimista que me abordó entonces en el Senado. Pepinos, brócoli, ajo, cebolla, lechugas, calabazas, chícharos, papa, chiles, champiñones. La variedad de productos agropecuarios mexicanos que compiten con gran éxito en Norteamérica y en el mundo – de entonces a la fecha México ha firmado multitud de tratados de libre comercio bilaterales y se ha incorporado plenamente a la Organización Mundial de Comercio- es impresionante. Sin embargo, los periodistas, los políticos y hasta los académicos, que reflexionan sobre el campo mexicano desde un cómodo cubículo en las ciudades, parecen seguir pensando que en México sólo producimos maíz y frijoles en pequeñas parcelas, sin sistemas de riego, sin ningún implemento tecnológico, y en condiciones de miseria.
Lo triste es que sí, en efecto, aún hay miles de campesinos atados a cultivos tradicionales que viven en condiciones de miseria. Por increíble que parezca la principal razón de su atraso hay que buscarla en la “generosa protección” que les dieron los políticos contra los supuestos peligros del comercio libre y de la producción rentable sin subsidios gubernamentales. Como se sabe, en su gran “sabiduría” los políticos mexicanos y estadounidenses excluyeron de la apertura comercial inmediata a productos agrícolas “sensibles” (maíz, frijoles, azúcar, leche, entre otros) y postergaron la temida apertura la friolera de 15 años. Gracias a esa previsión de los políticos, aún tenemos productores en el campo viviendo en condiciones de miseria, atados a cultivos no rentables (pero subsidiados crecientemente), a quienes hemos engañado diciéndoles que esa situación es inevitable, que no pueden dedicarse a otros cultivos o abandonar la agricultura por actividades más rentables en la industria o en los servicios, pero que ahí estará siempre el munificente gobierno para aliviarles en algo su miseria.
El tiempo no sólo le dio razón al entonces pequeño empresario sino que comprobó contundentemente que los alegatos en contra del libre comercio y de la apertura económica estaban completamente equivocados. Es probable que algunos de los “expertos” mintieran entonces sin darse cuenta de su error. Lo que ya no es creíble es que más de una década después – con un cúmulo de experiencias nacionales e internacionales que comprueban que el libre comercio es la llave de la prosperidad – esos mismos “expertos” y sus corifeos, ahora más viejos, sigan mintiendo sin advertirlo. No han ganado en sabiduría de entonces para acá, sino en cinismo para mentir.

Sí hay vida después de la muerte de los subsidios y de la protección

A lo largo de la historia encontramos decenas de ejemplos de cómo el libre comercio, la abolición de barreras a las importaciones y el fin de los subsidios gubernamentales a las actividades agropecuarias “sensibles”, se han traducido en prosperidad no sólo para los consumidores, que tienen más y mejores opciones en calidad y precio, sino para los mismos productores de esos productos supuestamente “sensibles”.
A mediados del siglo XIX la gran hambruna en Irlanda, provocada por dos años de malas cosechas de papa infestadas de roya, causó miles de muertes y una gran corriente migratoria de irlandeses hacia Estados Unidos. Pero también sacudió a los políticos británicos en el Parlamento, la mayoría de ellos ferozmente proteccionistas en la misma medida que eran “squires” dueños de tierras o empleados de éstos, quienes – ante la tragedia irlandesa- aceptaron a regañadientes abrir el mercado de la Gran Bretaña a la libre importación de trigo y de otros productos agrícolas; algo que pedían desde hace años los partidarios del libre-cambio o libre comercio animados por los brillantes hallazgos intelectuales de Adam Smith y David Ricardo, entre otros.
El resultado fue sorprendente: La Gran Bretaña inició, a partir de esa apertura comercial unilateral, una época de insólita y sostenida prosperidad. Los mismos terratenientes tuvieron el incentivo de destinar sus tierras a usos más rentables y productivos y quedó claro – para todo aquél que estudiase el problema objetivamente- que la causa del desastre en Irlanda del sur provino, primero, de los casi nulas derechos de propiedad de arrendatarios y arrendadores de las tierras de cultivo (los católicos eran abiertamente discriminados, negándoseles la posibilidad de adquirir las tierras que cultivaban) carentes de estímulos para hacer las tierras más productivas y, segundo, del nefasto proteccionismo comercial.
Otro caso histórico: Nueva Zelanda en 1984. Inmerso el país en una profunda crisis y perdiendo cada día más terreno en los mercados mundiales, los políticos de ese país – de diferentes partidos, pero especialmente los laboristas, de izquierda- decidieron, entre otras reformas, desmantelar la costosa y gigantesca estructura de subsidios y protecciones comerciales (cuotas de producción, barreras arancelarias y no arancelarias, severas restricciones a la importación y a la exportación, entre muchas otras) con la idea de que, sometido a la libre competencia en los mercados internacionales, cada uno de los productores agrícolas detectaría de inmediato si estaba en un negocio rentable y con futuro o si estaba tirando miserablemente su dinero y el dinero público en una actividad tan absurda – desde el punto de vista económico- como querer cultivar plátanos en Islandia.
Para la transición se ofrecieron apoyos gubernamentales no para que los productores agrícolas desplazados por la competencia persistiesen en seguir echando dinero bueno al malo – verbigracia, cultivando con métodos improductivos o invirtiendo en supuestos agronegocios contrarios a la vocación de las tierras- sino para que cambiasen de cultivos o incluso de actividad, dedicándose a la industria o al comercio o a los servicios en lugar de a la producción agropecuaria.
El resultado de esta reforma, tomada por políticos de veras animados por un sentido de urgencia, ha sido espectacular. Menos del diez por ciento de los antiguos productores agrícolas tuvieron que cambiar de cultivo o de actividad a causa de la liberación comercial. Por el contrario, la inmensa mayoría de ellos se han vuelto mucho más prósperos y competitivos. Sin duda, hoy día Nueva Zelanda es líder mundial en competitividad agropecuaria.
Por ejemplo, la industria lechera de Nueva Zelanda – que no disfruta de ningún subsidio o ayuda gubernamental salvo unas pequeñísimas asignaciones para investigación y desarrollo- sin cuotas, sin barreras comerciales, sin protecciones, sin créditos blandos de la banca de fomento, es la más productiva del mundo. Los costos de producción de la leche en Nueva Zelanda son los más bajos del mundo; su calidad es legendaria. En las mesas de muchos restaurantes en todo el mundo, incluido México, las pequeñas porciones empacadas en papel metálico de excelente mantequilla neozelandesa son habituales.
Tan sólo de 1995 a 2005 la industria láctea de Nueva Zelanda ganó – año con año- crecientes porciones del mercado mundial, pasando del 20% del mercado a dominar el 27% del mercado mundial de lácteos. En el mismo lapso, la Unión Europea en su conjunto – donde persisten todo género de protecciones, subsidios y barreras al libre comercio de lácteos- perdió diez puntos porcentuales del mercado: pasó de tener el 41% del mercado mundial a sólo el 31% de participación. Y contando…, en pocos años Nueva Zelanda será el líder mundial en ese mercado.

Digamos NO a la droga del proteccionismo comercial

Por contraste, los llamados productores independientes de leche en México lloran un día sí y otro también por mayores apoyos gubernamentales. México, ya se sabe, no sólo es deficitario en la producción de lácteos, sino que se ha vuelto uno de los mayores importadores de leche en polvo. Como si se tratase de un mandato divino, los productores independientes de leche en México claman para que el gobierno destine cada año más dinero público para comprarles su producción a precios altos; producción que se destina a programas sociales a precios subsidiados para los consumidores. El peor de los mundos: El gobierno – es decir, los contribuyentes, usted y yo- compra caro para vender barato. El negocio de los productores ya no es producir más y mejor leche, sino sacarle al gobierno más subsidios y compras forzosas. Los productores de leche, como los de azúcar, como muchos de los productores mexicanos de maíz o de frijoles, insisten en que se aumente la dosis de ese veneno que es la protección gubernamental.
Lo peor que nos podría pasar en el 2008 es que, otra vez, los poderosos pero minoritarios intereses proteccionistas en México y en Estados Unidos se salgan con la suya y la apertura comercial plena en esos productos “sensibles” de nueva cuenta se posponga hasta que el famoso calentamiento global derrita los polos del planeta…Es decir, por ahí del año 2200 o tal vez nunca.
Mientras tanto 100 millones de consumidores y contribuyentes seguimos pagando la costosa adicción a esa droga que se llama proteccionismo gubernamental. ¿Es justo?, ¿es racional?, ¿es inteligente?
El gobierno de México tiene la oportunidad única de convertirse en líder en América Latina y en general en los países en desarrollo apostándole en serio al libre comercio. En lugar de temerle a la apertura comercial agrícola pactada para 2008, México debería ir mucho más lejos emprendiendo una decidida campaña internacional – al lado de países como Brasil, Australia, Nueva Zelanda, la India, Singapur, Uruguay-, a favor de la abolición de barreras comerciales y subsidios en la agricultura. Somos los países en desarrollo los que más tenemos que ganar con la liberalización comercial.
No se trata tan sólo de hacer una apertura comercial unilateral como gesto político – ya que difícilmente ese gesto vencería la cerril resistencia de la Unión Europea, Japón y Estados Unidos a desmantelar su proteccionismo en los mercados agrícolas – sino hacer dicha apertura unilateral e inmediata como una inteligente y creativa política pública – al igual que hicieron los neozelandeses en 1984- que disminuiría los precios de los alimentos para los consumidores mexicanos, aumentaría los incentivos para la productividad en el campo mexicano y permitiría a miles de familias, encadenadas por atavismos y por fallidas políticas gubernamentales de falso arraigo regional, encontrar mejores oportunidades de trabajo y de vida en áreas de actividad más rentables y competitivas, como la industria o los servicios.

(Artículo especial para la revista "Bien común" de la Fundación Rafael Preciado)

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miércoles, 28 de febrero de 2007

Un país de analfabetas funcionales

Una de las claves del éxito de la república MTP para mantenerse en la dorada mediocridad fue la lucha incansable de autoridades, maestros, hombres y mujeres de empresa, medios de comunicación, para evitar que prendiese entre niños y jóvenes la perniciosa costumbre de leer.

Emma echa una ojeada al periódico. A diferencia de otros días algo - ¡por fin!- capta su atención: Según el diario, que por cierto da insuficientes referencias por si acaso alguien quiere profundizar en el asunto, una encuesta entre maestros de educación básica en MTP (“Media Tabla Perpetua”) muestra que cuatro de cada diez profesores no tienen más de 20 libros en su casa y que seis de cada diez profesores confiesan que no leyeron más de dos libros en el último año.

Adiestrada desde pequeña, por sus padres, en las tareas de cifrar y descifrar Emma obtiene dos conclusiones: 1. Dado que en los últimos 20 años, aproximadamente, los gobiernos de MTP han destinado ingentes recursos a la educación y a elevar los salarios de los maestros, las revelaciones de la encuesta – por otra parte previsibles- confirman la impolítica tesis: No sólo no hay una relación causal entre más gasto público y mejoría sino que frecuentemente más gasto gubernamental sólo sirve para empeorar las cosas.

2. Qué pena, pero los datos de la encuesta explican las indudables ventajas competitivas de Emma en el mercado de trabajo. En un país, como MTP, en el que 40% de los maestros tiene una biblioteca en su casa menor al número de libros que Emma lee en un mes y en el que 60% de los maestros leyó en un año menos libros de los que Emma lee en una semana, nadie debe sorprenderse de que Emma a sus 25 años gane un envidiable salario y reciba constantes ofertas de empleo en MTP y fuera del país.

Lo primero que hace Emma al llegar a su oficina es responder afirmativamente, por correo electrónico, a la oferta de trabajo que le hace una corporación del odiado – y envidiado- país del Norte. Mientras lo hace, escucha a una emocionada secretaria encomiar el histórico nivel de audiencia que logró el capitulo final de la telenovela ésa…Sí, ésa de cuyo nombre Emma, ¡pobrecita desmemoriada!, no se acuerda.

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