lunes, 13 de agosto de 2007

¿Quién está más nervioso?, ¿el regulador o los mercados?

Una cosa ha quedado clara: Ben S. Bernanke NO es Alan Greenspan, no tiene su habilidad, pero sobre todo no tiene la convicción del anterior presidente de la Reserva Federal de que los mercados saben más que el más sabio de los reguladores.

Si uno lee los testimonios – idénticos- que Ben S. Bernanke rindió ante el comité de servicios financieros de la cámara de representantes y ante el comité de banca del senado, los días 18 y 19 de julio pasados, se queda con la impresión de que en esos días el presidente de la Reserva Federal o no conocía la magnitud del problema de las hipotecas “subprime” (de baja calidad crediticia) o confiaba en que podría conjurarlo prometiendo algunas regulaciones a toro pasado y jurando que se trataba de un fenómeno eficazmente confinado.

Por eso, el par de intervenciones de la Fed el vienes inyectando liquidez – al igual que la intervención similar del Banco Central Europeo- dispararon aún más el nerviosismo: ¿No que no pasaba nada?, si los productos derivados y las opciones, en los famosos y no muy transparentes “hedge funds”, limitaban eficazmente los riesgos y la probabilidad de contagios, ¿para qué intervenir? Cierto, ante la magnitud de la estampida la intervención fue pertinente, pero no dejó de ser un paliativo de emergencia, decidido por unos reguladores que unas horas antes juraban que no había emergencia alguna…y a quienes muchos les creímos.

La lección de fondo, como en muchos otros ajustes súbitos tras procesos de gran liquidez y expansión crediticia, es que la escasez es el dato básico, siempre presente (aun en momentos de euforia) en la economía. Los ingeniosos mecanismos para tratar de neutralizar riesgos no son tan eficaces y, en cambio, las viejas y sanas prácticas bancarias, como incrementar a tiempo las reservas obligatorias de los bancos para créditos en riesgo, siguen siendo la mejor receta.

Otro error de los reguladores fue desdeñar las advertencias que surgían del propio mercado. Todo lo cual demuestra que los seres humanos solemos tropezar una y otra vez con la misma piedra. Hoy, de la crisis tendremos que aprender rápido y evitar a toda costa que esto conduzca a falsas soluciones que frenen la apertura de la economía y los beneficios de la globalización (algunos políticos ya afilan sus garras proteccionistas en Estados Unidos y en Europa). Eso sí sería una tragedia.

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domingo, 12 de agosto de 2007

Terapia para unos mercados nerviosos

La decisión de los bancos centrales de inyectar liquidez a los mercados financieros funcionó el viernes para evitar caídas mayores, pero generó un efecto paradójico y tal vez indeseable: Aumentó la percepción de que sí hay motivos para preocuparse, ¿los hay?


Parece claro que la intervención de jueves y viernes de los bancos centrales perseguió dos finalidades: 1. Cortar oportunamente un amago de estampida en los mercados y 2. Mandar el mensaje de que el problema de las hipotecas “chafas” en Estados Unidos – el eufemismo es “subprime”- puede y debe aislarse del resto de los mercados, dado que los fundamentos de la economía mundial son más o menos sólidos.

Con la cabeza fría la estrategia parece pertinente. En efecto, la baja calidad de muchas hipótecas – es decir créditos para vivienda que son incobrables y que fueron tomados y otorgados con alegre irresponsabilidad- se aisla, teóricamente, del resto del mercado financiero gracias a la participación de los “hedge funds”, diseñados, precisamente, para aislar o limitar riesgos indeseables. Pero un estallido de pánico en los mercados puede inutilizar toda la estrategia de aislamiento y contagiar al resto. Es decir: la operación de aislamiento no es infalible.

Tan no es infalible – razona un inversionista nervioso- que los bancos centrales han debido intervenir. Es aquí donde aparece la peligrosa paradoja de la intervención de los bancos centrales. Usando un símil imperfecto: El temeroso pasajero en un avión que atraviesa una serie de turbulencias no se calma con el mensaje tranquilizador del capitán de la nave, sino que conjetura que la situación podría ser peor de lo que – hasta antes del mensaje- le dictaba su enfebrecida imaginación: “¿Cómo estarán las cosas que el mismo capitán ha debido intervenir?”.

Por supuesto, el factor nerviosismo – y los mercados financieros son por naturaleza nerviosos- explica la paradoja y hasta el aparente dilema insoluble para los reguladores: ¿Acaso era mejor no intervenir?, ¿la omisión, acaso, no habría generalizado el pánico y confirmado los peores temores? Sí.

En este sentido, la intervención fue pertinente, pero requiere para funcionar con eficacia de mercados con la cabeza de veras fría, lo cual a veces es demasiado pedir…

Por lo pronto, sólo se me ocurre una moraleja, útil tanto para los vuelos en medio de turbulencias como para los mercados sometidos a un ataque de volatilidad: El nerviosismo siempre empeora las cosas.

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