jueves, 21 de mayo de 2009

¿Cómo empezó esto? (II)

La elite política de Washington siguió cocinando el desastre de las hipotecas de baja calidad – o subprime – presumiendo de las más buenas intenciones.

En 1995 el Congreso le dio aún más fuerza a la ley (“Community Reinvestment Act”) de 1977 que incentivaba a los bancos a otorgar créditos hipotecarios a personas con bajos ingresos o incluso sin ingresos fijos comprobables, a cambio de facilitarles, a los bancos, autorizaciones para fusiones y expansiones; en contraparte, a los pocos bancos reacios a entrar al negocio de las hipotecas de baja calidad la burocracia reguladora les obstaculizó el crecimiento.

Aun sin existir “premios” y “castigos” ideados por los políticos, para los bancos las hipotecas de baja calidad resultaron un gran negocio, porque Fannie Mae y Freddie Mac – lo más similar a grandes bancos de fomento a la vivienda con aval gubernamental – garantizaron cada vez más hipotecas de baja calidad que podían ser comerciadas fácilmente en un amplio mercado secundario; y que pudieron ser empaquetadas y vendidas como productos de inversión fuera del balance de los mismos bancos.

Otro ingrediente, si bien indirecto, que estimuló la euforia-manía fue una política monetaria acomodaticia por parte de la Reserva Federal.

Todo ello hizo crecer los cocientes de endeudamiento de muchas familias en forma casi exponencial.

En 2003 se promulgó la “American Dream Downpayment Act” con el objeto de subsidiar aún más créditos hipotecarios para familias de bajos ingresos. Orondo, y presumiendo del “conservadurismo compasivo” de “su” Partido Republicano, George W. Bush proclamó que la nueva ley permitía por fin satisfacer “el interés nacional de que cada vez más personas tengan una casa propia”. Con gélida ironía el profesor Meltzer comenta que a Bush se le olvidó, al hacer esa declaración, añadir cinco palabras: “If they invested in them”. Esto es: Grandioso que cada vez más estadounidenses tengan casa propia, “si esas mismas personas invierten – trabajan – para lograrlo”.

Este rápido vistazo a la larga historia de leyes, incentivos, reglamentos y discursos que produjo la elite política de los Estados Unidos – de 1931 a 2003- presuntamente para dar casa propia a cada familia, permite comprobar cuál fue el caldo de cultivo para el desastre de las hipotecas de baja calidad que estalló en el verano de 2007: Las presuntas “buenas intenciones” de los políticos.

Desde luego, hubo muchos otros factores que contribuyeron a que ese virus se volviese pandemia causando estragos mundiales; los comentaré a partir del lunes.

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martes, 3 de marzo de 2009

La crisis en pantuflas (2)

¿Por qué los políticos en los Estados Unidos tampoco quieren que los bancos se pongan a rematar casas de deudores incumplidos?

1. Porque una epidemia de ejecuciones de hipotecas de mala calidad no sólo le añadiría un sombrío dramatismo a la crisis (pésima propaganda política para la menguante Obama-manía), sino que también sería la demostración de que el conjunto de la clase política estadounidense – republicanos y demócratas a la par- engañó durante la última década a millones de ciudadanos predicando que cualquiera, sin importar si tenía o no ingresos estables, podía adquirir una casa a crédito.

2. Porque tal epidemia desplomaría aún más los precios de la vivienda y, con ellos, los hoy dudosos valores de mercado de miles de activos financieros, lo que orillaría a la quiebra a más bancos y similares (que sería imposible rescatar), y lo que provocaría un mayor desplome en la construcción de nuevas viviendas, aumentando el desempleo y agravando la depresión.

3. Porque junto con los precios de la vivienda caería en picada la capacidad de consumo (vía crédito) de millones de estadounidenses, perjudicando además a todos los países (de China a México) que les venden mercancías.

4. Porque significaría dejar sin trabajo a decenas de miles de burócratas, hoy empleados federales, enquistados en Fannie Mae y Freddie Mac, los dos monstruos para-estatales rescatados, que son ya bastiones irrenunciables para la clase política.

5. Porque nadie parece tener los tamaños para aventarse el “tiro” de decirle a centenares de miles de inversionistas en el mundo (incluidos algunos gobiernos de países emergentes que han invertido sus reservas en Bonos del Tesoro), que el asunto es como una “pirámide” o “esquema Ponzi” que deja a Bernie Madoff como un aprendiz.

La burbuja es tan grande que nadie se atreve a reventarla. Sigamos, pues, inflándola a billetazos…

Vistas así las cosas, en pantuflas, la discusión sobre la “nacionalización” de los grandes bancos parece bizantina. De nada servirá que el gobierno de Estados Unidos sea dueño del 36% de Citi, si nadie se atreve a reconocer que gran parte de los papelitos guardados en el cajón del banco (los activos en riesgo) sólo valen el papel en el que están registrados.

¿Quién será el valiente, entre los políticos, que se anime a proclamar que el rey se pasea en cueros?

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lunes, 2 de marzo de 2009

La crisis en pantuflas (1)

Las pantuflas son, como bien ilustra el diccionario, calzado que para mayor comodidad se usa para andar por casa. Tratemos de entender la presente crisis económica global “en pantuflas”, de forma tan cómoda, intelectualmente, que hasta un diputado o un locutor de radio o televisión pueda saber de lo que está hablando sin necesidad de parlotear incoherentemente acerca de asuntos que para su entendimiento (el entendimiento de ellos, desde luego, no el de usted, apreciado lector) son abismales.

Algunas estrellas del firmamento mediático (escuchemos: “déjeme le digo, le explico, le señalo, le reitero, aunque usted lo sabe, lo sabe bien, vamos bien, venga, vaya, más que bien…”), hacen el mismo papelón que la jovencita rusa que, en un concurso para descubrir tiernos talentos musicales, cantó con harto sentimiento algo sobre un tal “Ken Lee”, siendo que la letra original dice “I can’t live”, y cuando uno de los jurados le preguntó (con “mala leche”) que cuál era el idioma en que cantaba contestó “anglishki” (así se oye “inglés” dicho en ruso), tan quitada de la pena.

Bien, hagamos un servicio a locutores y políticos que sufren apuros para hablar sobre esta crisis y definamos, en lenguaje llano y cómodo, en pantuflas, algunos elementos básicos de esta calamidad financiera planetaria.

Empecemos por los bancos: ¿Qué es, en pantuflas, la esencia del negocio bancario? Prestar dinero que mayoritariamente, más del 90%, no es de los dueños del banco, sino de los depositantes; el dinero de los depositantes son “pasivos” para el banco.

Los préstamos acaban siendo datos en un archivo (papelitos en un cajón) y dicen por ejemplo: “Juan debe 100, los pagará en 15 años a una tasa anual de 8%, dio como garantía la casa que compró con los 100 que le prestamos”. Esos datos se llaman “activos en riesgo”. En riesgo ¿de qué? De que Juan no pague. Alguien no hizo bien su trabajo y supuso que la casa de veras valía 100 –que no los valía- y que en el futuro inexorablemente seguiría subiendo de precio.

Hoy nadie da por la casa de Juan más de 40, y Juan no puede, o no quiere, pagar. El banco no quiere quedarse con la casa porque su negocio no es rematar casas con pérdidas del 60 por ciento en un mercado deprimido. Y los políticos tampoco quieren que los bancos se pongan a rematar casas de deudores incumplidos, ¿por qué?
Mañana trataré de explicar por qué, pero en pantuflas.

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jueves, 19 de febrero de 2009

Obama y su (tramposa) medida del éxito

Los mercados financieros no le creen a Barack Obama. No lo recibieron con entusiasmo el 20 de enero, no han festejado, en absoluto, la firma del multimillonario paquete de estímulos para reanimar la economía (ojo, ya no es de rescate) aprobado a jalones y estirones por el Congreso, ven con profundo escepticismo el programa de 75 mil millones de dólares recién anunciado por Obama para reducir los pagos mensuales que deben hacer los dueños de casas que hoy no están pagando sus hipotecas y para disminuir, así, el número de ejecuciones de esas garantías (foreclosure).

¿Están los mercados financieros equivocados?

No. Los inversionistas son pragmáticos y saben que muchas de las iniciativas de Obama hacen agua.

Tomemos, por ejemplo, el programa de reducción de pagos de las hipotecas en problemas. Obama y su equipo parten del supuesto de que la gente que no está pagando sus hipotecas – incurriendo en el riesgo de perder su casa- lo hace simplemente porque no puede pagar; conjeturan que si se disminuyen los pagos – digamos a un tercio de los ingresos de los acreditados en mora- el asunto se resolverá. Pero es probable que la realidad sea otra: muchos de los otrora "beneficiados" con hipotecas de baja calidad simplemente ya no quieren pagar por una hipoteca que cuesta mucho más que lo que vale su casa en el mercado (riqueza negativa). Preferible perder la casa (aun "ensuciando" su historial de crédito) que mantenerse atrapados en la ficción financiera. Dicho en "mexicano": Ya no quieren queso, sino salir de la ratonera.

El mismo Obama revela escepticismo al no comprometerse con una medida verificable y estricta que evalúe, en el futuro, si sus programas tuvieron éxito. Ayer Greg Mankiw, en su bitácora en la red, recordó que Obama ha tenido la astucia política de fijarse una ambigua medida del éxito: La medida del éxito, dijo Obama, es lograr "crear o salvar 4 millones de empleos". ¿Crear o salvar? Si el empleo sigue cayendo, Obama y su equipo siempre podrán decir que las cosas, de no ser por ellos, podrían haber sido peores. Los empleos nuevos se pueden medir, los empleos presuntamente "salvados" ¿cómo se miden?

Llevadas las cosas al extremo, bastaría con que existan en el futuro 4 millones de personas con empleo en Estados Unidos para que Obama proclamase que ha tenido éxito.

Por cosas así, astucias de político, los mercados financieros no le están creyendo a Obama. ¿Usted le creería?

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martes, 17 de febrero de 2009

La miopía de Barack Obama

El flamante presidente de los Estados Unidos, mister Barack Obama, hasta ahora ha sido poco creativo, poco audaz y poco visionario para establecer una iniciativa de verdadero estadista que saque a su país de la crisis. Ha sido miope.

El famoso paquete de estímulos multimillonarios es una versión inflada de las erráticas iniciativas de Franklin Delano Roosevelt (FDR) al inicio del New Deal. Obama muy pronto empezará a suscitar grandes decepciones, en la misma proporción y a la misma velocidad con la que generó entusiasmos durante su campaña electoral.
En lugar de complacer a las viejas clientelas políticas que se han refocilado en Washington – los proteccionistas de la industria siderúrgica, los sindicatos de la industria del automóvil, los burócratas de Fannie Mae y Freddie Mac o los retro-progresistas que detestan a los inmigrantes- Barack Obama debería haber vuelto la vista al mundo, debería haber promovido decididamente el libre comercio y la ronda de Doha y debería haber hecho una vigorosa campaña a favor de la libre migración, ya que ésta puede ser la mejor herramienta para revitalizar a la economía de Estados Unidos.
Es difícil que Obama lo haga; siendo senador fue un feroz y poco informado opositor a una reforma migratoria que introduciría un sistema de puntos para atraer inmigrantes jóvenes con altas calificaciones laborales – como el que rige en Canadá y, en menor medida, en el Reino Unido-, alegando que se trataba de un propuesta "clasista"; ¡vaya con los prejuicios ideológicos!, ¡vaya con la dictadura de los incompetentes!
A continuación, la brillante propuesta de Shekhar Gupta, editor del periódico The Indian Express, que se difundió hace unos días el sitio en la red Marginal Revolution:
"Todo lo que hay que hacer es garantizar visas a dos millones de indios, chinos y coreanos. Nosotros compraremos todas las casas 'subprime'. Trabajaremos 18 horas al día para pagarlas. De inmediato mejoraremos la tasa de ahorro interno de Estados Unidos (ningún banco en la India tiene una cartera vencida de más de 2% respecto de su capital, porque aquí en la India consideramos una vergüenza no honrar nuestras deudas). Y nosotros fundaremos nuevas empresas que crearán nuestros propios empleos y los nuevos empleos de muchos estadounidenses".
Propuesta brillante, inteligente y acorde con el espíritu que hizo grande a los Estados Unidos. Sólo me atrevo a sugerir al señor Gupta que también nos incluya en el paquete de estímulos – "Buy a home, get a visa"- a unos cientos de miles de latinoamericanos, acostumbrados y dispuestos a trabajar duro.
A usted, ¿qué le parece?

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miércoles, 3 de diciembre de 2008

Bienes raíces: precios, ilusiones, migración

A pesar del estallido de la burbuja de los activos inmobiliarios en los Estados Unidos, y de la crisis global subsecuente, persisten algunas ilusiones respecto del futuro de los precios en el mercado de los bienes raíces.


Es probable que quienes tienen un auto relativamente nuevo de General Motors, de Ford o de Chrysler tiendan a ver con mayor benevolencia la posibilidad de un rescate de dichas firmas, a cargo de los contribuyentes, que aquellos que poseen autos de otros fabricantes, como Honda, Toyota o Volkswagen.
Y no sólo por razones más o menos prácticas (por ejemplo, el temor a que sus vehículos se descontinúen y pierdan valor en el mercado), sino a causa de un fenómeno que algunos psicólogos bautizaron, hace años, como el disgusto a experimentar una "disonancia cognitiva" entre lo que se hizo ayer y lo que se sabe hoy. A nadie le gusta pensar de sí mismo como alguien tonto que compró un automóvil malo (o menos bueno que otros) en términos de calidad-precio.
El mismo fenómeno psicológico se verifica en los Estados Unidos entre quienes adquirieron en los últimos años bienes raíces, con o sin créditos hipotecarios, a precios que hoy se han desplomado. Persiste la ilusión, entre muchos propietarios atribulados, de que los precios se recuperarán y de que en el largo plazo sus propiedades seguirán revaluándose a un ritmo anual similar al del período 2002-2007. Así lo indican algunas encuestas de opinión.
Pero la fría lógica señala que – salvo excepciones que obedecerían a otros factores, como una localización afortunada- no sucederá ninguno de esos dos eventos.
1. El promedio de los precios inmobiliarios en los Estados Unidos aún deberá bajar entre 20 y 30 por ciento para que el mercado encuentre un "piso" en el que la demanda justifique nuevas inversiones masivas en construcción.
2. La tendencia de largo plazo de la demanda en el mercado inmobiliario en Estados Unidos, especialmente en vivienda, es hacia la desaceleración, a causa de un contundente hecho demográfico: el envejecimiento de la población.
El único factor que podría generar un mayor crecimiento del mercado (otra vez a tasas promedio de 4% anual o más por encima de la inflación) sería que el gobierno de Estados Unidos promoviera una radical apertura de sus fronteras a la entrada de jóvenes trabajadores extranjeros más o menos calificados.

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martes, 7 de octubre de 2008

La crisis del ensayo y el error

"Siempre puedes contar con que los americanos harán lo correcto; después de haber intentado todo lo demás": Winston Churchill.



Es el Troubled Asset Relief Plan (TARP, Plan de Alivio de los Activos en Problemas) o, si usted prefiere, el Gigantesco Fondo Público de Paulson & Co. para Administrar Activos Financieros Tóxicos. Decir que no es "la solución" a esta crisis global es decir una obviedad. En el mejor de los casos, y con mucha fortuna, servirá para poner algunos precios provisionales que podrían ayudar a combatir la parálisis de los mercados de crédito.

El TARP ha recibido tres tipos de críticas, pertinentes y contundentes:

1. Incrementa la pedagogía de la irresponsabilidad (riesgo moral) para los agentes económicos que incurrieron en las conductas temerarias que provocaron la actual crisis. Estos agentes económicos son: A. Los políticos que impulsaron – e impusieron en varios casos- el otorgamiento de créditos hipotecarios a personas no solventes, B. Los banqueros centrales que, por miedo a la recesión, inundaron el mundo de liquidez, C. Los intermediarios financieros que empataron artificiosamente deudas de largo plazo – sustentadas en un valor inflado de los bienes raíces y no en la capacidad de pago de los acreditados- con activos financieros de muy corto plazo, D. Las agencias calificadoras (¡otra vez fallaron las "murallas chinas" entre intermediarios financieros y calificadoras!), E. Los reguladores omisos, y F. Los acreditados que aprovecharon las gangas hipotecarias sin detenerse a evaluar su capacidad de honrar tales deudas.

2. El TARP no va a la raíz del problema, que es el precio inflado de las viviendas. Martin Feldstein ha propuesto un programa más sólido: apoyar la reestructura de las hipotecas, a partir de una revaloración, con descuento, del mercado de los bienes raíces; hoy, cerca del 30% de las viviendas hipotecadas en Estados Unidos tiene un valor de mercado inferior al valor nominal de la misma hipoteca…, y contando.

3. Tampoco atiende a otra raíz del problema, que es la insuficiente capitalización de las instituciones financieras. Urge que los bancos globales elevan su cociente de capital contra activos.

Haciendo caso a la sabia frase de Churchill no hay que perder la esperanza. Tarde o temprano aplicarán la receta correcta, después de intentar (casi) todo lo demás. Esperemos que sea más temprano que tarde.

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miércoles, 9 de abril de 2008

¿La mano invisible o la pezuña política?

Una de las causas remotas de la crisis hipotecaria en los Estados Unidos fue la excesiva injerencia del gobierno, queriendo corregirle la plana a los mecanismos de libre mercado.

No deja de ser lamentable, y paradójico, que hoy se diga que la crisis hipotecaria en los Estados Unidos demuestra que los mecanismos de libre mercado merecen ser vigilados y corregidos por el Estado y los gobiernos.

Es lamentable porque es un terrible error de juicio. Desde los remotos tiempos de James Carter (ese bondadoso inepto que tanto daño causó a la economía de Estados Unidos y a quien los venezolanos deben agradecer sus malhadados oficios gracias a los cuales Hugo Chávez sigue en el poder) una cauda de políticos estadounidenses, sea desde el Congreso o desde la Casa Blanca o desde sus escritorios en los gobiernos locales, han promovido la bondadosa idea de que los bancos deben prestarle dinero a quienes no pueden ni podrán pagarlo. Son las cosas maravillosas de los políticos: Pueden idear una regulación llena de buenas intenciones (es lindo que un “sin casa”, por ejemplo, pueda tenerla mediante decreto, ¿o no?) sin afrontar las consecuencias.

Los bancos, ya se sabe, no son entidades altruistas pero sí son lo suficientemente astutos como para ponerle buena cara al mal tiempo de las voluntariosas regulaciones de los políticos, ajustarse a ellas, y hasta sacarles provecho. Resumiendo: Gracias a la ingeniería financiera, así como a la liberalidad de la Reserva Federal en asuntos de dinero (usted sabe, el miedo a la recesión), idearon mecanismos ingeniosos para cumplir con la ordenanza y seguir haciendo negocio. El artilugio es, para simplificar, jugar a que el señor Brown podrá pagar lo que no puede pagar, gracias a que hemos acordado que una casa que a duras penas vale 30 valdrá 100 mediante la generosidad de las calificadoras de valores y trataremos de que Brown haga como que paga facilitándole una segunda hipoteca por 200 dando como garantía la primera. Todos contentos: los bancos, el señor Brown, los bondadosos políticos, los incautos que compraron “vehículos estructurados de inversión” donde quedaron agazapadas las hipotecas defectuosas.

Así empezó todo, con una impertinente intervención de los gobiernos tratando de que los mercados no funcionasen como pueden y saben funcionar.

Al final la burbuja estalla y ¿a quién culpan los políticos? Pues a los mercados que ellos mismos no dejaron funcionar.

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miércoles, 27 de febrero de 2008

¿Ya se desinfló la burbuja?

El miedo a la recesión en pleno año de elecciones presidenciales en los Estados Unidos parece estar posponiendo, dolorosamente, el ajuste definitivo en los precios de las viviendas y, por ende, las pérdidas en los activos financieros que las viviendas respaldan.

El último martes de cada mes se difunden los índices S &P (Standard & Poor’s)/ Case- Shiller de los precios de las viviendas en 20 áreas metropolitanas de los Estados Unidos. Los índices dados a conocer el martes pasado correspondieron a los precios del cierre de 2007.

Sin duda los precios están sufriendo un ajuste acelerado a la baja. En el índice nacional trimestral se observa una caída en los precios de las viviendas en el cuatro trimestre de 2007 respecto del trimestre inmediato anterior de menos 5.4 por ciento y un decenso anual de menos 8.9 por ciento.

Sin embargo, y a pesar de que los precios han seguido bajando durante enero y febrero, sería precipitado concluir que la burbuja inmobiliaria ya se desinfló. Cabe pensar que la relajación de la política monetaria, así como los estímulos fiscales de emegencia, están posponiendo la caída final. Por su parte, el descenso en las tasas se entiende en los mercados, con toda razón, como anticipo tanto de una futura alza abrupta en las tasas – una vez desatada la inflación- como de una restricción crediticia severa.

El punto más alto de la burbuja inmobiliaria se alcanzó en el segundo trimestre del 2006 (189.94 puntos contra 170.64 puntos del cuarto trimestre de 2007), lo que significa que al cierre del año los precios habían caído 10.6% respecto de su punto más alto. Pero también al cierre de 2007 los precios de la vivienda seguían 20% arriba de los vigentes cuatro años atrás (último trimestre de 2003). Para darse una idea de la magnitud de la burbuja vale la pena recordar que en un solo año, 2005, los precios de la vivienda en Estados Unidos crecieron un impresionante 14.7 por ciento (viniendo de otra alza anual, 2004, de 11.5 por ciento).

Los precios actuales parecen todavía muy altos para que la ejecución de las hipotecas (“foreclosures”) sea viable y se encuentren compradores de los inmuebles que tendrían que rematarse (con pérdidas para los tenedores de vehículos de inversión estructurados, donde están dichas hipotecas).

Va para largo.

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jueves, 31 de enero de 2008

Son los precios, ¡estúpido!

Una burbuja especulativa estalla o se desinfla cuando los precios de los activos sobrevaluados caen abruptamente para ajustarse a las condiciones reales del mercado. Mala noticia: Los precios promedio de la vivienda en los Estados Unidos no están cayendo significativamente. El descenso de la tasa de interés está alentando, en lugar de corregir, una mala asignación de recursos.


Muchas personas que pontifican sobre la burbuja que supuestamente estalló a mediados del año pasado en el sector de las hipotecas para vivienda en Estados Unidos, no podrían explicarnos qué entienden por burbuja especulativa.

Constantemente aparecen en los mercados burbujas especulativas. Se trata de bienes (que suelen tener su contraparte en activos financieros) que se han sobrevaluado por una errónea asignación de recursos. Dado que los mercados reflejan, a través de los precios, el resultado final de millones de decisiones de compradores y vendedores, las decisiones equivocadas – y está en la naturaleza de los seres humanos equivocarse- al valorar un activo (por ejemplo, una vivienda promedio en un área urbana como San Diego) producen “precios equivocados” que el propio mercado, al surgir los primeros síntomas de la valoración errónea (incumplimiento de los pagos) corrige modificando los precios, específicamente disminuyéndolos si se trata de activos sobrevalorados. En el mercado no sólo se gana por decisiones acertadas, también se pierde a causa de decisiones erróneas.

Una típica burbuja estalló a principios de este siglo en los activos relacionados con las telecomunicaciones. El lector recordará la quiebra de Worldcom, entre otras empresas, que marcó el espectacular estallido de esa burbuja. Tras la quiebra los activos salieron a remate. Hoy los consumidores estadounidenses disfrutan de precios mucho más bajos en telefonía celular, por ejemplo, gracias a que estalló esa burbuja. Quienes comparon a precios de remate los activos emproblemados pueden ofrecer los servicios de telecomunicaciones a precios mucho más bajos que antes, ya que para ellos el precio de los activos – digamos, la red de fibra óptica- fue mucho menor. Perdieron quienes tomaron decisiones equivocadas, imprudentes o fraudulentas. Ganaron, al final, los consumidores y la productividad de la economía.

Hoy eso no está sucediendo. Las autoridades monetarias de los Estados Unidos están impidiendo que los mercados corrijan, en los precios, las decisiones equivocadas. Lo cual promoverá más errores en la asignación de los recursos.

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martes, 1 de enero de 2008

Crisis hipotecaria: Un riesgo gigantesco

Muy rápido debo atemperar mi optimismo acerca del futuro de la economía mundial. Un amigo lector, excelente economista, me hace notar que la crisis de las hipotecas de baja calidad puede tener consecuencias desastrosas si los bancos centrales de Estados Unidos y Europa suponen, ¡como lo están haciendo hasta ahora!, que dichos préstamos valen, en dinero contante y sonante, lo que no valen.

La crisis de las hipotecas de baja calidad – "subprime" – tiene todas las características de las crisis financieras típicas en las que la expansión del crédito, avalada en última instancia por el poder de los bancos centrales para crear dinero, lleva a la sobrevaloración de los activos en riesgo y de sus colaterales (las propiedades que garantizan la eventual recuperación de los préstamos) hasta que la burbuja estalla…con dos agravantes:

1. Nadie conoce a ciencia cierta la magnitud de los activos emproblemados porque están fuera de los balances bancarios tradicionales y se han convertido en una suerte de "commodities" financieros presuntamente homogéneos gracias a la magia de la ingenieria financiera y al aval de las agencias calificadoras, y

2. Hasta ahora los bancos centrales de Estados Unidos y Europa han usado su exorbitante poder de otorgar crédito – que en el fondo es el poder para crear dinero – con el fin de evitar un quebranto mayúsculo en grandes bancos comerciales; esto significa que, en breve, han tomado como "buenos" los préstamos "malos" y la burbuja no ha estallado en toda su magnitud; sigue pendiendo sobre nuestras cabezas como una guillotina.

Con suerte la burbuja se desinfla gradualmente, porque la llamada economía real está suficientemente sana y vigorosa para ir descontando las pérdidas en etapas sin ocasionar reacciones en cadena. Con suerte, pero también puede suceder que la crisis se vuelva epidémica y entonces veríamos una caída abrupta de la demanda en las economías industrializadas, una caída de los precios de las materias primas y del petróleo y una muy severa contracción del crédito.

Es un riesgo probable que no se puede desestimar y mi amigo corresponsal tiene absoluta razón al respecto. La causa última: La capacidad de los bancos centrales de crear dinero de la nada – dinero fiduciario- entraña un gran riesgo moral (pedagogía de la irresponsabilidad) para que las instituciones financieras actúen imprudentemente acicateadas por el incentivo de obtener utilidades exorbitantes respecto de su capital.

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domingo, 30 de diciembre de 2007

2008 será un buen año para la economía…

Y será un mal año para los que le apuestan al desastre. Conforme se hacen más sombríos los pronósticos de los "especialistas" acerca del futuro de la economía tengo más razones para prever que 2008 será un buen año para la economía de México y del mundo.


Llevo varios días esperando en vano que alguien me explique porqué el PIB de Estados Unidos creció 4.9% anual en el tercer trimestre de 2007. ¿Acaso no estamos, como han dicho multitud de pronosticadores y "especialistas", en el umbral de una severa desaceleración económica en Estados Unidos, tal vez en las vísperas de una recesión?, ¿esa tasa de crecimiento notablemente alta es, acaso, el canto del cisne antes de fallecer?

Por supuesto, el problema de las hipotecas "subprime" es grave para las instituciones financieras cuyos fondos especiales – "hedge funds"- están repletos de esos valores, pero ¿acaso no es buena noticia que los precios de la vivienda en Estados Unidos empiecen a bajar y se desinfle la burbuja de los valores inmobiliarios?

El punto es que no hay evidencias de que la crisis hipotecaria en Estados Unidos esté afectando al sector de las manufacturas, lo cual significa que la locomotora sigue caminando…y seguirá "jalando" a la industria manufacturera mexicana orientada a la exportación. Al mismo tiempo un dólar relativamente barato incidirá favorablemente en la formación de capital fijo en México.

Otro asunto del que echan mano los pesimistas: La apertura comercial total del sector agrícola – maíz, frijol, azúcar, entre otros alimentos- de México a partir de 2008, en el marco del TLCAN, "nos pescará desprevenidos", "acabará por matar al campo mexicano". ¿De veras?, ¿desprevenidos cuando lo sabíamos con 15 años de anticipación?, ¿acabará con el campo cuando vivimos un ciclo alcista en los precios de los alimentos en el mundo?

O el dragón chino matando empresas y empleos en México. ¿No se les ha ocurrido calcular la magnitud de beneficios que recibimos y seguiremos recibiendo los consumidores mexicanos gracias al libre comercio con China? O que la reforma fiscal desalentará la inversión, ¿cuando precisamente el IETU es el más formidable incentivo fiscal para la inversión productiva que hemos tenido en México en los últimos 40 años? ¡Por favor!

Será un buen año, pero hay una receta infalible para no aprovechar las oportunidades: Instalarse en la cómoda prédica del pesimismo.

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martes, 2 de octubre de 2007

El reparto de culpas como teoría económica

Muchos políticos tienen una manera fantástica de abordar la economía: La entienden como si fuese una rama de la teología moral en la cual todo el chiste es definir qué pecado de Fulano ocasionó la miseria de Perengano.

El otro día escuché a dos señoras conversando afuera de una iglesia: “Es que este día la Misa no tuvo homilia” (así, como palabra grave, sin acento ortográfico, cuando en realidad es homilía, palabra aguda). Pensé dos cosas: 1. A lo mejor la ausencia de sermón fue algo bueno, considerando la tendencia de algunos sacerdotes a glosar el periódico “La Jornada” desde el púlpito y 2. Si las señoras estuviesen saliendo de la Cámara de Senadores o de la de Diputados no podrían quejarse: Habrían escuchado no una, sino varias homilías, sentidas prédicas morales de nuestros tribunos.

Ejemplo: “Todos sabemos que un incremento en el precio de la gasolina ocasiona una escalada de precios en los alimentos dada la voracidad de los comerciantes”. Es una bonita visión moralista del mundo, poblado de muchos buenazos (los pobres) siempre torturados y amenazados por un puñado de malvados (los ricos voraces) y Cantinflas – es decir el político, como en el mural del esposo de Frida en la fachada del Teatro de los Insurgentes- quitándole a los malos para darle a los buenos.

El problema es que ese cuento edificante nada tiene que ver con el mundo real.

En vano uno tratará de explicar al predicador-político que cuando hay condiciones de competencia en los mercados resulta imposible – y hasta suicida para quien lo intenta- trasladar mecánicamente al precio de los cacahuates en forma de cinco pesos un alza que aún no se verifica de dos centavos en el precio de la gasolina.

En vano uno tratará de hacerle entender al predicador-político que no es un asunto de buenos y malos, sino de escasez relativa de unos bienes o de otros (oferta) ante necesidades y apetencias de los consumidores (demanda) que pueden variar en magnitud. Y que los precios, cuando se les deja ser e informar de las condiciones de oferta y demanda (es decir, cuando no son precios mentirosos) modelan la conducta de proveedores y consumidores en beneficio de ambos.

Por una vez, al menos, nuestros políticos podrían abandonar el púlpito y dejar que la misa transcurra sin intromisiones. Funciona mejor.

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lunes, 3 de septiembre de 2007

¿La torre de las presunciones irracionales?

Uno de los errores más comunes que cometen los acreditados es la creencia infundada de que la evaluación de riesgos que hace el acreedor, previa al otorgamiento del crédito, implica una garantía para el negocio del deudor.

La crisis de las hipotecas de baja calidad – o "subprime"- en Estados Unidos, que se encuentran más o menos dispersas, y ocultas, en los mercados financieros mundiales, es una buena oportunidad para que los acreditados analicen críticamente los supuestos detrás del crédito que disfrutan.

Algunos acreditados, especialmente en épocas de alta liquidez, presumen que la carga del análisis del riesgo recae exclusivamente en el intermediario financiero o en el acreedor (inversionista). Hecha esta presunción suponen que si tal análisis de riesgo resulta favorable, dicho resultado automáticamente se aplica también para la viabilidad de sus proyectos, lo cual no necesariamente es cierto. El acreedor analizó, en el mejor de los casos, las garantías de recuperación de sus activos financieros, que no son necesariamente las garantías de la viabilidad económica del proyecto del acreditado.

Un ejemplo de estas presunciones irracionales es el de la controvertida torre "del bicentenario", que un grupo de promotores inmobiliarios pretende construir en la ciudad de México y que ha contado con el apoyo (impertinente, toda vez que es un proyecto privado como otras decenas más de proyectos privados que no reciben tal apoyo) del gobierno local.

Dejando a un lado las gratuitas opiniones favorables de algunos periodistas – que de pronto se han revelado, ¡también!, como eminentes arquitectos- y las no menos impertinentes objeciones xenófobas y aldeanas de algunos políticos y vecinos, me llama la atención que nadie haya mencionado la viabilidad financiera del proyecto, cuando salta a la vista que en la ciudad de México la oferta de espacios para oficinas con características similares (Santa Fe, WTC, Torre Mayor, edificio de la BMV, la gigantesca sede del antiguo centro Bancomer, entre muchos otros) sobrepasa por mucho a la demanda conocida.

El proyecto puede ser rentable para los promotores – que seguramente no serán los inversionistas- en cuanto que su negocio es construir y para algunos políticos, en cuanto su negocio es hacer ruido, pero ¿cuántos de los ardientes promotores están dispuestos a poner hoy su dinero – no el del gobierno, no el de algún fondo de inversión, no el de clientes incautos, sino dinero de sus bolsillos- para comprar unos metros cuadrados de promesas?

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martes, 14 de agosto de 2007

Los mercados y la distribución de la ignorancia

No se han inventado herramientas que distribuyan uniformemente los riesgos en los mercados financieros, porque no hay manera de distribuir uniformemente la ignorancia o el conocimiento.

¿La ignorancia nos hace más aficionados al riesgo? No. Lo que hace la ignorancia o la mala información es ocultarnos los riesgos que otros, mejor informados o más perspicaces, sí ven.

Un interesantísimo artículo del economista John Kay – publicado el lunes en el Financial Times con el título de: “Same old folly, new spiral of risk” y que puede leerse aquí- explica por qué, generación tras generación, hay gente que incurre en los mismos riesgos que en el pasado culminaron en crisis, pensando que “esta vez las cosas serán diferentes”. Creen que ahora los riesgos están neutralizados mediante herramientas ingeniosas o a través de su dispersión en mercados muy extensos. Creemos eso, una y otra vez, y una y otra vez nos equivocamos por una razón que Kay resume magistralmente: Los riesgos no se distribuyen por la aversión o no al peligro (todos somos adversos al riesgo más o menos en la misma medida) sino que tienden a concentrarse en aquellos con menos información y entendimiento. Es decir: No solemos incurrir en riesgos excesivos porque seamos particularmente audaces, sino porque somos igual de tontos y crédulos que quienes incurrieron en el mismo error en el pasado.

Y esa es la misma vieja estupidez alimentando nuevas espirales de riesgo. En inglés “folly”, según el Merriam-Webster, es la falta de buen sentido o de prudencia y previsión; en español, se le llama tontería a una cosa sin importancia; por eso, creo que la palabra “estupidez” define mejor lo que Kay quiere decir: “Torpeza notable en comprender las cosas”.

De 1991 a 1994 se experimentó en México una euforia optimista acerca del futuro y la solidez de la economía y con ella se registró un explosivo crecimiento del crédito al consumo. Fulanito, que ganaba tres salarios mínimos, usaba cuatro tarjetas de crédito y creía: “Si los bancos me dieron las tarjetas, es porque ellos saben que tengo criterio para usarlas y tendré ingresos para pagar lo que estoy gastando”. Todo mundo sabe, ahora, cómo terminó esa fiesta.

Siempre es más barato creer que saber, tal vez por eso el dinero “barato” alimenta tanto la credulidad.

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lunes, 13 de agosto de 2007

¿Quién está más nervioso?, ¿el regulador o los mercados?

Una cosa ha quedado clara: Ben S. Bernanke NO es Alan Greenspan, no tiene su habilidad, pero sobre todo no tiene la convicción del anterior presidente de la Reserva Federal de que los mercados saben más que el más sabio de los reguladores.

Si uno lee los testimonios – idénticos- que Ben S. Bernanke rindió ante el comité de servicios financieros de la cámara de representantes y ante el comité de banca del senado, los días 18 y 19 de julio pasados, se queda con la impresión de que en esos días el presidente de la Reserva Federal o no conocía la magnitud del problema de las hipotecas “subprime” (de baja calidad crediticia) o confiaba en que podría conjurarlo prometiendo algunas regulaciones a toro pasado y jurando que se trataba de un fenómeno eficazmente confinado.

Por eso, el par de intervenciones de la Fed el vienes inyectando liquidez – al igual que la intervención similar del Banco Central Europeo- dispararon aún más el nerviosismo: ¿No que no pasaba nada?, si los productos derivados y las opciones, en los famosos y no muy transparentes “hedge funds”, limitaban eficazmente los riesgos y la probabilidad de contagios, ¿para qué intervenir? Cierto, ante la magnitud de la estampida la intervención fue pertinente, pero no dejó de ser un paliativo de emergencia, decidido por unos reguladores que unas horas antes juraban que no había emergencia alguna…y a quienes muchos les creímos.

La lección de fondo, como en muchos otros ajustes súbitos tras procesos de gran liquidez y expansión crediticia, es que la escasez es el dato básico, siempre presente (aun en momentos de euforia) en la economía. Los ingeniosos mecanismos para tratar de neutralizar riesgos no son tan eficaces y, en cambio, las viejas y sanas prácticas bancarias, como incrementar a tiempo las reservas obligatorias de los bancos para créditos en riesgo, siguen siendo la mejor receta.

Otro error de los reguladores fue desdeñar las advertencias que surgían del propio mercado. Todo lo cual demuestra que los seres humanos solemos tropezar una y otra vez con la misma piedra. Hoy, de la crisis tendremos que aprender rápido y evitar a toda costa que esto conduzca a falsas soluciones que frenen la apertura de la economía y los beneficios de la globalización (algunos políticos ya afilan sus garras proteccionistas en Estados Unidos y en Europa). Eso sí sería una tragedia.

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domingo, 12 de agosto de 2007

Terapia para unos mercados nerviosos

La decisión de los bancos centrales de inyectar liquidez a los mercados financieros funcionó el viernes para evitar caídas mayores, pero generó un efecto paradójico y tal vez indeseable: Aumentó la percepción de que sí hay motivos para preocuparse, ¿los hay?


Parece claro que la intervención de jueves y viernes de los bancos centrales perseguió dos finalidades: 1. Cortar oportunamente un amago de estampida en los mercados y 2. Mandar el mensaje de que el problema de las hipotecas “chafas” en Estados Unidos – el eufemismo es “subprime”- puede y debe aislarse del resto de los mercados, dado que los fundamentos de la economía mundial son más o menos sólidos.

Con la cabeza fría la estrategia parece pertinente. En efecto, la baja calidad de muchas hipótecas – es decir créditos para vivienda que son incobrables y que fueron tomados y otorgados con alegre irresponsabilidad- se aisla, teóricamente, del resto del mercado financiero gracias a la participación de los “hedge funds”, diseñados, precisamente, para aislar o limitar riesgos indeseables. Pero un estallido de pánico en los mercados puede inutilizar toda la estrategia de aislamiento y contagiar al resto. Es decir: la operación de aislamiento no es infalible.

Tan no es infalible – razona un inversionista nervioso- que los bancos centrales han debido intervenir. Es aquí donde aparece la peligrosa paradoja de la intervención de los bancos centrales. Usando un símil imperfecto: El temeroso pasajero en un avión que atraviesa una serie de turbulencias no se calma con el mensaje tranquilizador del capitán de la nave, sino que conjetura que la situación podría ser peor de lo que – hasta antes del mensaje- le dictaba su enfebrecida imaginación: “¿Cómo estarán las cosas que el mismo capitán ha debido intervenir?”.

Por supuesto, el factor nerviosismo – y los mercados financieros son por naturaleza nerviosos- explica la paradoja y hasta el aparente dilema insoluble para los reguladores: ¿Acaso era mejor no intervenir?, ¿la omisión, acaso, no habría generalizado el pánico y confirmado los peores temores? Sí.

En este sentido, la intervención fue pertinente, pero requiere para funcionar con eficacia de mercados con la cabeza de veras fría, lo cual a veces es demasiado pedir…

Por lo pronto, sólo se me ocurre una moraleja, útil tanto para los vuelos en medio de turbulencias como para los mercados sometidos a un ataque de volatilidad: El nerviosismo siempre empeora las cosas.

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