lunes, 7 de abril de 2008

Pemex: Transparencia y mercados financieros

Hoy sabemos más sobre Pemex que hace 15 años, gracias a que Pemex emite deuda en los mercados internacionales. Si Pemex emitiera acciones valdría más, tendría más reservas, el financiamiento le costaría menos y sabríamos más de sus entrañas.

Alejandro Hope, de GEA y colaborador editorial en El Economista, me hizo notar la mayor joya de "sabiduría infusa" contenida en el artículo de Sergio Aguayo Quesada comentado hace unos días. Aguayo escribió lo siguiente:

"El gobierno de Fox recibió excedentes petroleros por 700 mil millones de pesos, la mitad de los cuales se fue a pagar los salarios y compensaciones de una alta burocracia que, con pocas excepciones, no desquitó lo cobrado."

Comenta Alejandro:

"La alta burocracia (de director general hasta Presidente de la República) está conformada por aproximadamente 4,000 funcionarios públicos. Si las cifras de Aguayo son correctas, significaría que la compensación anual promedio de cada uno de ellos fue de 14.6 millones de pesos (350 mil millones/4000/6). Asumiendo, claro está, que no recibiesen un centavo del presupuesto ordinario. Dicho de otra manera, Aguayo supone que en promedio, cada alto burócrata gana siete veces más que el Presidente de la República. O tal vez considera que los maestros, las enfermeras y el personal de línea forman parte de la 'alta burocracia'. Pero, bueno, cuando se cuenta con sabiduría infusa, la aritmética simple y el sentido común pueden obviarse."

Tiene razón Alejandro. En realidad, del 2000 a la fecha, como he reiterado en varias ocasiones, se han invertido en Pemex, no en sueldos de la burocracia, alrededor de 70 mil millones de dólares. Aguayo dice mentiras; no adivina, porque esa información está disponible para cualquiera.

Lo más chistoso es que Aguayo, que es un paladín de la transparencia, no se ha percatado de que gracias a que hace unos diez años Pemex recurrió a la colocación de deuda en los mercados internacionales, dio también un salto gigante en materia de transparencia.

Una odiosa entidad extranjera, la SEC (comisión de valores de los Estados Unidos), establece parámetros estrictos de información pública para autorizar la emisión de deuda. Gracias a eso, Pemex mide hoy con mayor precisión sus reservas e informa de ellas y publica el contrato colectivo de trabajo que tiene con el sindicato petrolero, entre otras cosas que obviamente Aguayo no necesita consultar. Ventajas de la sabiduría infusa.

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miércoles, 2 de abril de 2008

¿Saber infuso?

Un caso particular del síndrome de Otelo – suspicacia exacerbada- es el de esos privilegiados que no necesitan aprender nada, porque todo lo saben de antemano…incluso lo más recóndito: los pensamientos del prójimo.

Aprender es tarea inacabable. Ya decía Antonio Machado que “nuestras horas son minutos cuando deseamos saber, y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender”.

Como a mí la Providencia no me concedió la sabiduría infusa tengo que leer mucho, releer, preguntar, investigar, razonar con cierto método y rigor, ver con mis propios ojos, comprobar…, antes de considerarme autorizado a escribir juicios lapidarios. Por eso me encuentro en desventaja frente a varios miembros de la “comentocracia” de este país (el afortunado neologismo, hasta donde sé, lo acuñó Jorge Castañeda) que de antemano lo saben todo de todo, o así parece.

El miércoles, sin ir más lejos, me encontré un caso pasmoso de sabiduría infusa en las páginas de opinión de un periódico. El señor Sergio Aguayo Quezada en un largo artículo, titulado “De tesoros”, presume conocer algo que yo creía incognoscible: los pensamientos recónditos, ocultos, del prójimo. Este “saber” se antoja de índole sobrenatural o mágica. El señor Aguayo nos revela lo que, según él, en realidad piensan los autores del documento “Diagnóstico: Situación de Pemex” – dado a conocer el domingo pasado- y que no es, asegura Aguayo, lo que tales autores dicen.

Escribe este comentarista que los autores del documento piensan que la llave del éxito para fortalecer a Pemex está “en la apertura al capital privado”, pero esto, nos advierte, “lo piensan, pero jamás lo dicen” (textual; las negritas son mías). El señor Aguayo, entonces, debe poder leer los pensamientos recónditos del prójimo. Hay dos posibilidades: O es un dios omnisciente o cojea del mismo pie que el atormentado Otelo, a quien su exacerbada suspicacia – alimentada por Yago – le llevó a creer que sabía acerca de Desdémona lo que no podía saber.

Díganme escéptico irredento, si quieren, pero me inclino por la segunda posibilidad. A este Otelo no es Yago quien le alimenta la suspicacia, sino algún prejuicio ideológico o algún palabrero de Tabasco.

Lo malo es que, al leer el artículo, yo buscaba aprender algo sobre lo que dice el dichoso documento; no esperaba que me platicasen tan largo y tan tendido sobre lo que no dice. Perdí mi tiempo.

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