Ni para las ficciones son verosímiles
Hasta para contar cuentos, hay que saber contarlos de forma creíble. Por ejemplo, si vamos a confeccionar una ficción acerca de jornaleros agrícolas muy pobres en los albores de la Revolución Mexicana no podemos hacerlos hablar como si acabaran de leer a John Maynard Keynes, discutiendo sobre la relación entre las tasas de interés y el pleno empleo.
Del mismo modo, es ridículo escribir que el Secretario de Hacienda de México paladea en Los Pinos un vino tinto Merlot australiano mientras comenta los últimos indicadores acerca de la pobreza, aun cuando se quiera impresionar a los lectores dibujando el gastado cuadro de los poderosos viviendo en medio de lujos, indiferentes a las penalidades de los miserables.
El error es doble, porque los vinos australianos de la variedad Merlot suelen ser muy baratos; más baratos que la mayoría de los vinos mexicanos (gracias a que Australia es una de las economías más abiertas del mundo con una elevada productividad agropecuaria), como lo sabe cualquiera que suela comprar vinos y porque, debido a un prurito nacionalista, desde épocas inmemoriales en la residencia presidencial de México sólo se sirven vinos mexicanos (como lo sabe cualquier periodista mexicano medianamente informado).
Por no anotar algo aún más obvio: Cualquier periodista mexicano debería saber que el Secretario de Hacienda no tiene sus oficinas en Los Pinos.
Por supuesto, estos garrafales errores periodísticos deben ser pasados por alto, se supone, por tres poderosas razones:
1. La ficción la escribió una "víctima consagrada" y en México nadie osa criticar ni a los recién fallecidos ni a las "víctimas consagradas"
2. La ficción la escribió una persona que, se dice, es "pareja" del director del periódico donde se publica su columna.
3. La ficción es políticamente correcta porque, se supone, está del lado de los pobres, de los "buenos" por definición.
Se trata de la columna de hoy en "El Universal" de la señora Lydia Cacho.
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