sábado, 24 de mayo de 2008

De cómo se cuecen las habas

Otra historia más de los traficantes de ruido.

Pasa por doquier en este mundo cada vez más pequeño: El reportero o reportera llega, tal vez fastidiado, a “cubrir” algún coloquio público entre expertos – reales o fingidos- oye algo, anota menos y regresa a la redacción a escribir un resumen de los prejuicios que le inculcaron en la universidad y que nada tienen que ver con lo que en realidad se dijo en el coloquio.

Le acaba de suceder a Jon Juaristi, un impecable intelectual español, judío, quien participó en un diálogo sobre “Spe Salvi”, la más reciente encíclica del Papa Benedicto XVI, con el obispo auxiliar de Madrid, Juan Antonio Martínez Camino. Debió ser un diálogo interesante y provechoso entre un judío y un católico, ambos cultos e inteligentes (que no es lo mismo la cultura que la inteligencia, aunque suelan acompañarse), acerca de la esperanza.

Todo bien, hasta que horas después – según cuenta Juaristi- alguien le avisó que en la página de la red de la COPE, algo así como el órgano de difusión de la Conferencia Episcopal Española, habían publicado “una ininteligible reseña del acto”. Hecha la verificación de rigor, Juaristi encontró que en efecto se le presentaba ahí diciendo cosas que jamás había dicho.

Es interesante comprobar que estos equívocos son moneda corriente aquí y allá (basta leer aquí algunas reseñas de los famosos debates petroleros en el Senado y compararlas, después, con lo que efectivamente se dijo) y que, como reza el proverbio, “en todas partes se cuecen habas”.

Este dicho de las habas, ilustra el diccionario, significa que “un cierto inconveniente no es exclusivo del sitio o de la persona de que se trata”.

Pero, ¿cómo es que aquí y allá se cuecen estas habas del falso periodismo? Jon Juaristi ofrece varias conjeturas, pero la que más me agrada y convence es esta:

“Lo que pasa es que, esta temporada, se lleva el barullo, afirmación que es sí misma parece tan tonta como decir que esta temporada se llevan las bragas. Pero no es tan simple porque lo nuevo de esta temporada es que se lleva el estrépito al cubo y las bragas en la mano”.

Exacto. La cosa es traficar cada vez más con el ruido y mostrar, a quien se deje, los propios calzones. Así se cuecen estas habas…

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miércoles, 2 de abril de 2008

¿Saber infuso?

Un caso particular del síndrome de Otelo – suspicacia exacerbada- es el de esos privilegiados que no necesitan aprender nada, porque todo lo saben de antemano…incluso lo más recóndito: los pensamientos del prójimo.

Aprender es tarea inacabable. Ya decía Antonio Machado que “nuestras horas son minutos cuando deseamos saber, y siglos cuando sabemos lo que se puede aprender”.

Como a mí la Providencia no me concedió la sabiduría infusa tengo que leer mucho, releer, preguntar, investigar, razonar con cierto método y rigor, ver con mis propios ojos, comprobar…, antes de considerarme autorizado a escribir juicios lapidarios. Por eso me encuentro en desventaja frente a varios miembros de la “comentocracia” de este país (el afortunado neologismo, hasta donde sé, lo acuñó Jorge Castañeda) que de antemano lo saben todo de todo, o así parece.

El miércoles, sin ir más lejos, me encontré un caso pasmoso de sabiduría infusa en las páginas de opinión de un periódico. El señor Sergio Aguayo Quezada en un largo artículo, titulado “De tesoros”, presume conocer algo que yo creía incognoscible: los pensamientos recónditos, ocultos, del prójimo. Este “saber” se antoja de índole sobrenatural o mágica. El señor Aguayo nos revela lo que, según él, en realidad piensan los autores del documento “Diagnóstico: Situación de Pemex” – dado a conocer el domingo pasado- y que no es, asegura Aguayo, lo que tales autores dicen.

Escribe este comentarista que los autores del documento piensan que la llave del éxito para fortalecer a Pemex está “en la apertura al capital privado”, pero esto, nos advierte, “lo piensan, pero jamás lo dicen” (textual; las negritas son mías). El señor Aguayo, entonces, debe poder leer los pensamientos recónditos del prójimo. Hay dos posibilidades: O es un dios omnisciente o cojea del mismo pie que el atormentado Otelo, a quien su exacerbada suspicacia – alimentada por Yago – le llevó a creer que sabía acerca de Desdémona lo que no podía saber.

Díganme escéptico irredento, si quieren, pero me inclino por la segunda posibilidad. A este Otelo no es Yago quien le alimenta la suspicacia, sino algún prejuicio ideológico o algún palabrero de Tabasco.

Lo malo es que, al leer el artículo, yo buscaba aprender algo sobre lo que dice el dichoso documento; no esperaba que me platicasen tan largo y tan tendido sobre lo que no dice. Perdí mi tiempo.

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domingo, 30 de marzo de 2008

Lo que cuesta parir un ratoncillo…

¿De veras será inevitable condición de la democracia mexicana la bajísima productividad?, ¿esa desproporción entre los recursos empleados, que parecen vastísimos, y los resultados logrados, los posibles nos dicen, que se antojan miserables?


Félix María Serafín Sánchez de Samaniego. Con ese dilatado nombre, que hoy podría ser de galán de telenovela o, mejor, de eterno aspirante perdedor – rijoso, altanero y desbocado - a gobernar Tabasco o, por poco que lo apuren, el país entero, anduvo por el mundo, allá entre 1745 y 1801, el más popular fabulista español. Tan popular, y tan conspicuo huésped de los textos escolares de la primaria, que hasta algunos políticos verbosos podrían hallar – en sus agujeradas memorias- retazos de alguna de sus versificadas fábulas.

Por ejemplo, la fábula del “parto de los montes” que, hay que reconocerlo, tiene algunos endecasílabos memorables como el del inicio:

“Con varios ademanes horrorosos”

Aquí, el lector contemporáneo, si además ha sido espectador de los desfiguros de la política en México, puede imaginar al predicador tabasqueño -eso sí: “legítimo” predicador (“cuídese de las imitaciones”, “no tenemos sucursales”)-, exhortando a sus femeniles “fascios de combate” y “escuadrones de acción” a defender el petróleo nacional de las asechanzas de los malvados. No faltará, en la escena, a la vera del predicador, el presunto intelectual que manufactura una ocurrencia palabrera – “el petróleo hace patria” – como coartada moral para la fragorosa batalla contra los fantasmas. Pero volvamos a las siguientes líneas de la fábula de Samaniego:

“Los montes de parir dieron señales;
“Consintieron los hombres temerosos
“Ver nacer los abortos más fatales.
“Después que con bramidos espantosos
“Infundieron pavor a los mortales,
“Estos montes que al mundo estremecieron,
“Un ratoncillo fue lo que parieron”.


Tal parece que con “bramidos espantosos”, con “ademanes horrorosos”, con premoniciones de tremendos terremotos y otras descomunales amenazas (o promesas, dependiendo el punto de vista) de grandes transformaciones, al final – si bien nos va- tendremos “un ratoncillo” como reforma de Pemex. Eso sí, a un costo – medido en gritos, sombrerazos, desgaste neuronal y emocional, derroche de palabras vanas- que se antoja inconmensurable.

Me pregunto, como al principio, ¿tiene que ser, inevitablemente, tan baja, miserable, la productividad reformadora en una democracia?

¿Será posible que el traficante de ruido imponga sus condiciones de inflación verbal y desvalorización eidética?, ¿tendremos ratoncillo y no reforma?

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jueves, 21 de febrero de 2008

Los ruido – traficantes

Un gran porcentaje de la supuesta información que difunden los medios no es tal sino “ruido” a veces involuntario y a veces deliberado. Por eso, como aconsejaba Antonio Machado, conviene pararse “a distinguir las voces de los ecos”.

El prematuramente fallecido economista Fischer Black (1938-1995) desarrolló, entre otras valiosas aportaciones a las finanzas modernas (derivados y opciones), una sugerente descripción del mercado financiero como el lugar de encuentro entre los “information traders” y los “noise traders”. Dicho en forma simple: Los mercados se mueven porque no somos omniscientes y diferimos en nuestras especulaciones acerca del futuro; pero algunas de esas especulaciones están sustentadas en información – por ejemplo, los datos sobre el crecimiento de las importaciones de bienes de capital que nos dan indicios sobre el futuro de la actividad económica – mientras que otras de las especulaciones se mueven por puro “ruido”, sinónimo de cualquier interferencia que distorsiona los mensajes. Dos ejemplos de ruido: los múltiples datos falsos que maneja en sus peroratas el patriarca de los pantanos (López) o las frecuentes campañas de desinformación que emprenden las televisoras – y sus apéndices- con el objeto de obtener alguna ventaja para sus negocios.

Tomo prestada la descripción de Black para hablar de los traficantes de ruido – o ruido-traficantes- que padecemos en México y en otros países. Tengo para mí que hay una correlación estrecha entre la proliferación de ruido y los obstáculos al desarrollo. Suele haber más ruido que información en los países pobres e improductivos y la más clara muestra de la improductividad es que hay en dichos países muchas más personas que obtienen rentas mediante el tráfico del ruido, que personas ganando utilidades legítimas al difundir información.

Una de las fuentes más prolíficas de ruido son las supersticiones y mitos disfrazados de dogmas “nacionalistas” o “revolucionarios” que caen en tierra fértil gracias a un sistema educativo diseñado para promover y perpetuar la ignorancia. El sistema educativo es la nodriza y ése, y no otro, es el significado de la frase acerca del gran poder que tiene “la mano que mueve la cuna” acuñada por James Joyce.

A mayor ruido en el sistema mayor será la brecha futura entre los ingresos de quienes tienen información y los ingresos de quienes sólo tienen ruido. Y a mayor pobreza y desigualdad se refuerza el negocio de los “ruido-traficantes”.

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