domingo, 14 de septiembre de 2008

El petróleo y la bendita especulación, (2 de septiembre)

Culpar a los especuladores, que compran o venden petróleo en los mercados de futuros, de los altos precios en el mercado "spot" es tan estúpido como culpar de una tormenta vespertina a quienes salieron esa mañana de su casa con un paraguas.



El cinismo de los políticos es contagioso. Expertos en fabricar "chivos expiatorios" algunos políticos estadounidenses han culpado a los especuladores en los mercados de futuros de los altos precios de la gasolina. Animados por ese mal ejemplo, los agentes de relaciones públicas de algunas líneas aéreas y sus directivos se han sumado a la campaña y hasta un osado "experto" – Michael Masters directivo de un fondo de cobertura- ha testificado ante el Congreso sobre el asunto.

El famoso columnista de The New York Times, Paul Krugman, aparentemente harto de leer y escuchar el cuento de que la especulación mantiene altos los precios del petróleo, escribió hace días: "Imaginen que Joe Shmoe y Harriet Who, ninguno de los cuales tiene que ver directamente con la producción de petróleo, hacen una apuesta; Joe dice que los precios del petróleo van a llegar a $150 dólares y Harriet dice que no. ¿Qué efecto directo tiene esta sobre los precios de hoy (spot) del petróleo? La respuesta es: Ninguno…" y sigue siendo la misma respuesta (ningún efecto) así haya 10 millones de Joes y Harriets haciendo apuestas similares.

Si yo especulo (conjeturo, imagino, supongo) que hoy en la tarde va a caer una tormenta, me prevengo tomando un paraguas. Eso es lo que hace un especulador: conjetura a partir de la información disponible que en un plazo determinado sucederá tal cosa: "lloverá". Para poder apostar el especulador necesita que al menos otra persona especule lo contrario: "no lloverá". Pactan su apuesta y asunto arreglado.

Ya sea que especulen con los precios futuros del petróleo o con los de la carne de cerdo más que maldecir a los especuladores deberíamos bendecirlos: Ayudan a normalizar los mercados. El resultado final de sus apuestas (el precio resultante entre quienes apuestan que sí y quienes apuestan que no) nos avisa a productores y consumidores del escenario futuro más probable, de forma que cada cual tome sus providencias.

Tengo un amigo famoso por su mal tino para pronosticar lluvias. Le estoy muy agradecido. Si él asegura que no lloverá, hay que correr por el paraguas y la gabardina. Bendito especulador.

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sábado, 24 de febrero de 2007

Las ideas subversivas de Basurto (fabulaciones sobre MTP)

Gracias a que buscamos obtener ganancias (eso es lucrar) satisfaciendo necesidades, el bienestar avanza; lo grave, y es una falla en que suelen incurrir los gobiernos, es cuando se lucra con lo innecesario o inexistente, entonces el bienestar mengua.

La computadora personal ha sido uno de esos saltos en la productividad que generó para sus inventores ganancias extraordinarias, al tiempo que provocó un avance formidable en el bienestar global. Eso es lucrar con una necesidad del ser humano.

El investigador que busca una cura contra una enfermedad mortal, está lucrando: espera obtener una ganancia, “sacar provecho de un negocio”, a partir de una necesidad del ser humano.

Lo censurable no es lucrar con las necesidades sino lucrar con lo que no es necesario. Sólo es posible lucrar con productos o servicios innecesarios cuando se tiene un poder dominante en los mercados – un monopolio, por ejemplo que cobra por lo que promete pero no da-, o cuando se “cobra” recurriendo a la amenaza por no hacer un daño (un extorsionador, digamos), o cuando se tiene un poder coercitivo, como el que poseen los gobiernos, que obliga a los ciudadanos a pagar por cosas o servicios innecesarios o inexistentes.

Cosas como las escritas en los párrafos anteriores eran las que solía decir el profesor Aníbal Basurto Corcuera – a quien llamaban el Gordo- en sus clases, en una pequeña universidad de una olvidada ciudad en la república de la Media Tabla Perpetua (MTP). Lo malo es que esas nociones de realismo económico desafiaban la propaganda del supremo gobierno, encabezado entonces por un militar que se proclamaba “adalid del socialismo del nuevo siglo”.

Dados los excesos del gasto gubernamental MTP atravesaba entonces por una crisis inflacionaria; crisis de la que el supremo gobierno culpaba a quienes lucraban con lo necesario. Menudearon los controles de precios, las expropiaciones y, también, las persecuciones contra los promotores de dichos lucros. Por ello el Gordo perdió su empleo de profesor. Solo en la vida, salió del país con sus menguados ahorros que le alcanzaron para abrir una pequeña mercería en su nueva patria – “ahí donde puedo ser libre, ahí está mi patria” decía- en la que siguió lucrando, sin recibir ningún reproche de su conciencia, con hilos, botones, agujas…Con cosas necesarias, pues.

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domingo, 11 de febrero de 2007

Elogio de la especulación y el “acaparamiento”

El especulador mejora el funcionamiento de los mercados, tanto para productores como para consumidores, porque a través de su incidencia en los precios normaliza y difunde la información para tomar decisiones.

Con una buena dosis de ignorancia se suele condenar como “acaparadores” a quienes se dedican a comprar determinados bienes a precios relativamente bajos con la expectativa de vender esos mismos bienes más tarde a un precio más alto.

Independientemente del nombre que les demos, esos especuladores le hacen un gran bien a productores y consumidores porque estabilizan mercados que sin su tarea se volverían endemoniadamente inciertos para unos y otros.

Es obvio que al hacer su trabajo un especulador busca obtener la mayor ganancia. Ese y no otro es su principal incentivo a la vista. El especulador sólo puede ganar dinero si se realiza su expectativa: que el precio de venta sea mayor que el precio de compra más todos los costos de oportunidad implícitos en la “inmovilización” temporal de la mercancía.

¿Cuál es el efecto de la acción del especulador sobre el productor de, digamos, maíz? Normaliza la demanda y, al hacerlo, normaliza los precios. El productor obtiene precios más altos cuando el mercado está excesivamente deprimido y obtiene precios menos altos cuando el mercado está excesivamente demandado. Por su parte, el consumidor se beneficia con la acción del especulador porque éste asume los costos de recopilar y procesar la información especializada que permite anticipar tendencias del mercado, así como los prohibitivos costos – para cada consumidor individual- de hacer inventarios de cada bien para periodos prolongados. El especulador, pues, también normaliza la oferta.

La labor del especulador se perfecciona aún más con la aparición de los mercados de futuros, que diversifican riesgos, difunden información confiable (especulación sobre precios) a productores y consumidores, que de otra manera no podrían obtener, y facilitan a todos la toma inteligente de decisiones.

Qué bueno que haya especuladores y qué bueno que ganen dinero. Eso último quiere decir que sí están cumpliendo eficientemente su tarea.

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