jueves, 17 de enero de 2008

La economía y el pecado original (IV y final)

La evidencia de la falibilidad humana – "naturaleza caída", "pecado original" o defecto de diseño, como quiera llamársele- debería alejar a los economistas de la tentación de convertirse en los "nuevos teólogos" de "nuevas confesiones dogmáticas". Los modelos económicos son imperfectas herramientas para aproximarnos a la realidad, de gran utilidad, pero jamás deberíamos tomarlos como la última palabra.

Aunque uno no comparta la vehemencia de algunos anticlericales a ultranza, como lo fue el gran economista Frank H. Knight, debe reconocerse que tal espíritu escéptico – que algunos motejan de cínico – es la actitud que más conviene al científico que busca la verdad, porque es muestra de que el científico auténtico sabe que la realidad que investiga siempre es más rica que todos los modelos que construyamos para capturarla.

En este sentido, Knight decía que la tarea del buen economista es semejante a la labor de Sísifo, que debe recomenzar ahí donde se quedó la noche anterior o, incluso, sobre los escombros de una hipótesis que primero pareció reveladora y después se mostró equivocada al confrontarse con los hechos.

Adicionalmente, no sólo se trata de que la realidad nos rebasa, sino de que el propio investigador - ¡otra vez, el pecado original!- es falible. En palabra de Blas Pascal – científico, pero también católico convencido de la falibilidad y de los infranqueables límites de la razón humana- no es necesario que todas las fuerzas del universo se conjuren para desviarnos de la búsqueda de la verdad; basta el perturbador vuelo de una mosca para que nuestra inquisición científica pierda la brújula…o deje de interesarnos.

Vivimos una época en la que, a despecho de grandes descubrimientos científicos y de la formidable dispersión social de la información, proliferan las supersticiones – calificadas gratuitamente como "ciencia" por no pocos medios de comunicación- y los novedosos dogmatismos. Mientras algunos clérigos olvidan la salud de las almas y repiten mitos y prejuicios totalmente acientíficos sobre los tratados comerciales, los precios o la pobreza, no pocos académicos confunden la ciencia con la teología y, abandonando el método científico, predican consignas ideológicas, cual si fuesen enviados divinos revelándonos el último dogma del momento. Han convertido el aula en púlpito sectario.

Ni unos ni otros podrían responder la pregunta clave que Milton Friedman solía hacer a los estudiantes que alegremente formulaban afirmaciones gratuitas: "Y eso que dices, ¿cómo lo sabes?".

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miércoles, 16 de enero de 2008

La economía y el pecado original (III)

Es lógico que aquél que conoce la falibilidad humana deteste que quien proclama saber lo que no puede saber trate de imponer ese dudoso "saber" a los demás, aduciendo, además, para ese propósito, "razones" que no son racionales y con frecuencia ni siquiera razonables.



En la historia de las ideas una misma semilla puede evolucionar hacia posiciones radicalmente opuestas. ¿Cómo la idea de "pecado original" – el hombre es falible, busca su propio interés por encima del interés de los demás y tiende, aún a su pesar, a "hacer el mal que no quiere"- produjo dos ejemplares humanos tan diametralmente distintos, en lo intelectual, como el brillante, escéptico y anticlerical economista Frank H. Knight – ver el primer artículo de esta serie- y el muy clerical, fundamentalista (es decir: nada escéptico) político Mike Huckabee, ex gobernador de Arkansas, que busca ser candidato a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano?

Recordemos que la cáustica crítica de Knight a clérigos y a médicos (y, desde luego, también a varios economistas) se fundaba en que tales personajes "pretenden saber lo que no pueden saber". Por su parte, Huckabee, pastor evangélico, predicador, no tiene empacho en proclamar que su fe religiosa norma y normará su actuación como político, que la Biblia en un sentido literal "es infalible" (¿también para enseñar geografía, física o matemáticas?) y, a la postre, propone al electorado la reconstrucción de un paraíso terrenal en Estados Unidos – y tal vez en el mundo- exactamente al modo de su muy personal "fe evangélica" (con lo cual, entre otras cosas, se ponen en entredicho la separación entre Iglesia y Estado así como la tolerancia).

Ambos personajes provienen de lo que algunos llaman, en Estados Unidos, "el cinturón de la Biblia" – es decir, el amplio medio oeste de ese país caracterizado por una fuerte tradición de enseñanza bíblica-, y ambos provienen de familias profundamente religiosas. Pero hasta ahí, por supuesto, llegan las coincidencias; por no hablar de la muy importante diferencia de periodos históricos que les toco vivir a cada cual.

¿Cuál de los dos, el escéptico a ultranza o el predicador fundamentalista, se olvida del pecado original y de sus consecuencias prácticas? Mucho me temo que el segundo. La Biblia, señor Huckabee, no es un manual de políticas públicas y usted, hasta donde sabemos, no está exento de padecer la falibilidad humana.

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martes, 15 de enero de 2008

La economía y el pecado original (II)

Al menos hay tres oficios que no serán necesarios en el paraíso: los de economista, médico y abogado. Y la mala economía, algo que encanta a muchos políticos, consiste en pensar que podremos recrear o recuperar el paraíso terrenal.

Uno puede creer o no que existió un paraíso terrenal en el cual los seres humanos – Adán y Eva, digamos- no estaban sometidos a las pesadas cargas del trabajo (ganarse “el pan con el sudor de la frente”), de la enfermedad, del dolor y de la muerte. Uno puede creer o no (eso es materia de la fe religiosa) que en uso de su libertad esos seres humanos desafiaron a Dios, quisieron “ser como dioses”, y en consecuencia perdieron esa condición de casi-perfectos y adquirieron una carga de falibilidad y contradicción interna, un desequilibrio abrumador entre lo que desean y lo que pueden, en fin: una “naturaleza caída”. Que consiste, para decirlo en una afortunada expresión de André Frossard, en comportarnos como si fuésemos unos perros que padecen el irrefrenable deseo de maullar como gatos.

Repito que uno puede creer en esto, en el sentido fuerte del verbo “creer”: como fe religiosa, o no, pero lo que uno no puede negar es que esta idea del “pecado original” tiene un formidable poder para explicar algo que han constatado todos los seres humanos: el dolor, la enfermedad, la corrupción, la muerte y la contradicción interna entre razón y voluntad (lo que San Pablo expresaba más o menos así: “Hago el mal que no quiero y no hago el bien que deseo”).

Con esa realidad humana falible, en la que siempre juega la libertad, tienen que habérselas, al menos, tres oficios que sólo tienen sentido en un mundo que NO es el paraíso: el médico que combate la enfermedad y el dolor; el economista que lidia con el dato básico de la escasez y el abogado que justifica su tarea porque existen conflictos entre los seres humanos.

El primer dato básico de la economía, la escasez, es desde una perspectiva judeocristiana un resultado directo del pecado original. Esto tiene varias consecuencias decisivas sobre la economía. Por lo pronto adelanto cuál es, a mi juicio, el primer gran error de la peor economía: Negar la escasez, proclamar que podemos crear o reconstruir (aquí en la tierra por supuesto) alguna suerte de paraíso.

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lunes, 14 de enero de 2008

La economía y el pecado original (I)

Un economista anticlerical con raíces religiosas.

Frank Hyneman Knight (1885-1972) fue uno de los economistas más influyentes del siglo XX. Mucho menos conocido que John Maynard Keynes o que Milton Friedman, este economista dirigió, junto con Jacob Viner, el departamento de economía de la Universidad de Chicago, desde 1928 hasta fines de los años 40 del siglo pasado (aunque siguió perteneciendo al claustro de esa universidad hasta el final de su vida), e influyó decisivamente en la formación de varios de los economistas de la Universidad de Chicago que recibieron el Premio Nobel de Economía como el propio Friedman, Theodore W. Schultz, Gary Becker, James M. Buchanan, George J. Stigler y Ronald Coase, entre otros.

Enemigo de cualquier dogma y argumento de autoridad, Knight era el escéptico por antonomasia: "Su escepticismo, característico de su brillante análisis económico, lo trasladaba también a otros campos. Sus estudiantes recuerdan que dos de los blancos favoritos de sus ácidas críticas eran los médicos y los clérigos (…) Ambos, consideraba Knight, pretenden saber cosas que no pueden saber" refiere un artículo del Chicago Tribune del 28 de mayo de 1972. En su estupendo libro acerca de la escuela de Chicago ("The Chicago School" , 2007, Agate, Chicago) Johan Van Overtveldt recoge la siguiente cita como muestra del anticlericalismo de Knight: "En el cristianismo – escribió en 1956-, con seguridad encontramos la 'suprema ironía de la historia': Que una enseñanza original centrada éticamente en la humildad, en la mansedumbre, en la negación de sí mismo, en el sacrificio, llegue a organizarse en corporaciones cuyos dignatarios difícilmente se identifican (con dichas virtudes) dado su arrogante aprovechamiento, el uso y el alarde que hacen del poder y de la riqueza y dada su insistencia en tener la prerrogativa de la adoración a Dios".

Lo más probable es que esta feroz crítica a la religión institucional tuviese, en el caso de Knight, una raíz profundamente religiosa acerca de la "naturaleza caída" del hombre. De hecho, según James Buchanan, el formidable espíritu crítico de Knight provenía de su educación religiosa (sus padres eran miembros de la Fraternidad de Plymouth, puritanos de una "secta intelectualmente cerrada"), y esa convicción de que el ser humano está marcado por un pecado original tiene mucho que ver con la economía, como trataré de explicar en los siguientes artículos.

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