jueves, 16 de julio de 2009

Algo acerca de la vapuleada ciencia económica

Con su habitual elegancia estilística, y con un poco del humor británico al que nos tiene acostumbrados, The Economist trata de responder la pregunta que sin duda inquieta a miles hoy en el mundo: Esta crisis ¿demuestra la inutilidad de la economía y de los economistas?

Vale la pena leer, como siempre, este fino análisis. Cierto, una ciencia arrogante y sus clérigos han recibido una dura lección de humildad, pero la mayor parte de la sabiduría económica acumulada por siglos permanece incólume y la mayor parte de los principios básicos de la economía funcionan igual que siempre lo han hecho.

Otro punto importante que The Economist aclara: Sólo los ignorantes o los intoxicados de ideología pueden sostener que esta crisis ha mellado, siquiera, el paradigma del mercado libre.

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miércoles, 27 de mayo de 2009

¿Cómo empezó esto? (VI)

El 29 de diciembre de 2007 un muy buen amigo y excelente economista corrigió con gran cordialidad y por escrito el optimismo que yo había manifestado apenas el día anterior (¡día de los santos inocentes!). Estas fueron sus palabras, para el registro de esta crisis:

“Creo que puedes pecar de optimista. Nadie tiene la bola de cristal, pero me temo que la que intentamos usar en esta ocasión está más empañada que nunca. No hemos podido apreciar aún la magnitud y duración de esta crisis pero mi impresión es que se va a agudizar y a extender geográficamente, particularmente hacia nuestro país.
“Es cierto que la depreciación del dólar nos ayuda y que la economía de Estados Unidos ha mostrado una fortaleza sorprendente. Eso nos hace desear y pensar que esta ocasión puede ser distinta la influencia de una crisis hipotecaria-financiera.
“También ayuda el exceso de recursos en manos de los países exportadores de petróleo. Sin embargo, una contracción mundial del crédito no es algo que podamos descartar. Si esto sucede sus efectos pueden ser devastadores.
“Parte del problema para evaluar apropiadamente la magnitud del problema que vivimos es que nadie conoce la magnitud de la debilidad financiera de las instituciones bancarias ni del colapso relacionado que se vendrá en la situación de los deudores. El problema de la solvencia de las aseguradoras de crédito por ejemplo, el verdadero nivel de riesgo de créditos mal calificados, etc.
“Cada día nos trae una sorpresa desagradable de enorme magnitud y el alud de malas noticias parece imparable.
“Sin embargo, estoy de acuerdo contigo en que México podría salir airoso de este trance. Para eso sin embargo hacen falta reformas que aumenten la productividad. Y ese renglón todavía no se ha tocado, o, más bien, hemos dado unos pasos hacia atrás en aspectos críticos relacionados con una mayor productividad.”


A toro pasado, sabemos que se cumplió el peor escenario previsto por mi amigo. Mañana desglosaré cada elemento de su atinado pronóstico. Desde luego, en esos días, ¡diciembre de 2007!, esos asuntos ni siquiera merecían la atención de los “perspicaces” – es ironía – editores en la mayoría de los medios de comunicación. Con todo hay que admitir que, desde entonces, el gobierno mexicano a través de la Secretaría de Hacienda, introdujo un fuerte componente contra-cíclico en el proyecto de Presupuesto de Egresos para mitigar lo que podría venir.

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miércoles, 6 de mayo de 2009

¡Es la escasez!

No falla. Cualquier paquete de apoyo a la economía siempre, siempre, siempre, será insuficiente.

Por eso no falla. Los supuestos representantes de los beneficiarios o los sesudos comentaristas dictaminarán de inmediato: ¡No alcanza!

Esa es la noticia más vieja en la historia de la humanidad, al menos desde que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso y Dios les indicó que tendrían que ganarse el pan con el sudor de su frente. (Nota: Si usted, estimado lector, no cree en el pecado original, puede omitir el episodio bíblico, pero no podrá escabullir algunos hechos básicos de la vida humana, duros como piedras, que son el dolor, la enfermedad, la muerte, la escasez, la sed o el hambre). Y siendo la noticia más vieja no tenemos empacho en posar de sagaces y avispados para repetir, como si estuviésemos descubriendo el mediterráneo, que ¡no es suficiente! y para censurar al gobierno – el que sea- que no atinó a ofrecernos todo y de inmediato, que no halló el camino para que a partir de ya desapareciese la escasez.

Habrá que reconocer que los propios gobiernos frecuentemente siembran la semilla de la queja porque, antes, nos ofrecieron un viaje directo al paraíso terrenal sin más requisito que el de presentarnos a las urnas y votar por ellos.

He releído en estos días el libro insignia de J. M. Keynes – la teoría general del empleo, el interés y el dinero- y no recuerdo ninguna observación del ilustre economista acerca del hecho básico e inexorable que da origen a la economía: la escasez. Es como leer una introducción a la medicina en la que no se mencione la enfermedad, o en donde la enfermedad no sea un hecho con el que hay que lidiar, sino tan sólo una falla teórica de los economistas “clásicos” que el señor Keynes ha tenido a bien corregir.

Por contraste recuerdo el postulado inicial de la pequeña obra de Gary Becker (“Teoría Económica” en FCE, Bogotá, 1997) en que se recogen algunas de sus clases en la Universidad de Chicago, que dice: El hallazgo fundamental de la economía es la pendiente negativa de la curva de la demanda.

En otras palabras: La escasez.

La mala economía es “suponer” la abundancia (supongamos que sí tenemos un abrelatas en la isla desierta para abrir las conservas que se salvaron del naufragio), la buena economía es atinar en la asignación más eficiente, menos ruinosa, de los recursos escasos.

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lunes, 4 de mayo de 2009

Obsesión por el empleo, relectura de Keynes (II y final)

Se dice que en 1927, con la formulación del principio de incertidumbre por Werner Heisenberg, la ciencia tomó un rumbo insospechado, que la alejó del determinismo mecanicista y del positivismo. No basta con que contemos con un modelo racionalmente coherente para afirmar que hemos aprehendido la realidad. Por el contrario, el mismo afán del científico racionalista puede alejarlo del conocimiento de la verdad, al encorsetarlo en esquemas de los cuales la realidad se escapa. Es preciso la constante confrontación de las teorías con los datos que arroja la experiencia, aun cuando ello nos confine a la incertidumbre.

J. M. Keynes -en su teoría general del empleo, el interés y el dinero – pretende formular una “teoría del empleo” sustentada en un recurso argumentativo (los supuestos) que ha dado motivo a un cáustico chiste acerca de los economistas que dice así:
“Un economista naufraga en una isla desierta y cuenta, entre lo que se ha salvado del naufragio, con varias latas de alimentos en conserva, ¿cómo resuelve el problema de abrir las latas para poder comer? Muy sencillo: el economista postula: ‘supongamos que tenemos un abrelatas’”.


Keynes “supone” la existencia de sucesivos “abrelatas” para que su teoría camine. El “supuesto” básico de Keynes es el de una “ley psicológica fundamental” que “explica” la propensión marginal a consumir (es decir que ante un aumento del ingreso, el consumo crece, pero menos que lo que ha crecido el ingreso), lo que a su vez “explica” a juicio de Keynes porqué antes de que se alcance el “máximo volumen de empleo” los empresarios dejan de invertir, lo que a su vez se traduce en que la demanda agregada siempre será insuficiente a menos que, ¡y aquí es a donde Keynes quería llegar!, el gobierno la estimule mediante intervenciones fiscales (gasto) o monetarias (descenso deliberado de la tasa de interés).

En realidad Keynes no explica – en el sentido de revelar la realidad – nada. Ha elaborado un itinerario de “supuestos” para llegar a su meta prefijada: el Estado debe intervenir en la economía para garantizar el pleno empleo. La “ley psicológica fundamental” ni es ley, ni es psicológica, ni tiene fundamentos en la realidad.

Eso sí, la teoría keynesiana resultó una de las mayores delicias para los políticos que nos siguen vendiendo el “pleno empleo” como el nuevo paraíso terrenal.

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Obsesión por el empleo, relectura de Keynes (I)

Cada primer día del mes de mayo me pregunto lo mismo: ¿Por qué festejamos “el trabajo” con un “asueto” que además es “obligatorio”? El primero de mayo no celebramos el trabajo, sino el empleo subordinado, un concepto que la mayoría de los economistas, con arrogancia, hacen sinónimo absoluto de “trabajo” (quien no está “empleado” no “trabaja”). De ahí, por ejemplo, las dificultades que tienen para encajar otras ocupaciones en su esquema; como las de ama de casa, empresario, estudiante o las otrora ocupaciones “liberales” (médico, abogado, artista, escritor) en las que no hay salario, no hay patrón, no hay sindicato, no hay contrato colectivo o individual, pero sí hay generación de riqueza.

Tal vez la economía requiere de una sacudida desde sus cimientos, como la sucesión de sacudidas, sismos y cismas que experimentó la física a principios del siglo pasado con magníficos resultados.

Tomemos, por ejemplo, esa figura reverenciada por la ciencia económica y vuelta a poner en circulación en versiones condensadas, precocidas, “para llevar” y simplificadas por la ideología, que se llamó John Maynard Keynes y su obra insignia: “Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero” (originalmente: “The General Theory of Employment, Interest and Money”). A Keynes le habría encantado que se le tomase como un revolucionario de la ciencia semejante a Albert Einstein; nótese la “humilde” pretensión keynesiana de haber establecido una teoría “general” tal como Einstein en 1905, en uno de cinco brevísimos ensayos, estableció las bases de la teoría “general” de la relatividad y en otro las bases de la teoría “especial” de la relatividad. Nótese su insistencia, rayana en la terquedad, de que “su” teoría desmiente para siempre a los economistas “clásicos”.

Sin embargo: ¿Por qué no la “Teoría General del Consumo, el Trabajo y el Intercambio”?, ¿por qué la obsesión por el empleo remunerado y subordinado que es sólo una de las modalidades del trabajo y de la creación de riqueza?, ¿por qué hacer girar la economía alrededor del empleo y no alrededor de la riqueza o del esfuerzo humano para remediar la escasez?, ¿por qué no preguntarse si acaso tenía razón Aristóteles cuando decía que trabajamos para poder disfrutar del ocio (“estamos no ociosos – en el neg-otium – para poder estar ociosos”), y no a la inversa? Esta reducción del trabajo al empleo nos viene del tatarabuelo Hegel y hace de Keynes otro más de los hegelianos rudimentarios. (Seguiré mañana).

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domingo, 5 de octubre de 2008

Crisis global: Razones para la incertidumbre

La economía global es un conjunto complejo de variables que no se comportan de forma lineal. De ahí la incertidumbre acerca de su trayectoria futura. En cambio, sí sabemos que la recesión global será severa y más o menos prolongada.



Lo que no sabemos hoy: No sabemos, nadie lo sabe a ciencia cierta, cuál es la magnitud de los activos financieros dañados que están intoxicando a la economía global. Durante el fin de semana, por ejemplo, todas las señales de alarma se encendieron en Europa al comprobarse que la operación de rescate del gran banco hipotecario alemán Hypo Real Estate (HRE, el segundo en tamaño en ese país) había fracasado porque se subestimaron los recursos necesarios para el salvamento (hoy parece que se requerirán de inmediato 50 mil millones de euros, en lugar de 35 mil millones, y a partir de 2009 inyecciones hasta por 100 mil millones de euros) y porque los bancos privados asociados al rescate no avisaron a tiempo a las autoridades que se retiraban de la operación justo por los errores de cálculo. Huelga decir que el disgusto de las autoridades alemanas es mayúsculo.

Tampoco sabemos hoy si los recursos aprobados por el Congreso de Estados Unidos serán suficientes para desintoxicar de activos en problemas a los bancos estadounidenses, ni sabemos si en el Reino Unido deberán decretarse nuevas inyecciones de liquidez o incluso nacionalizaciones para otros bancos en problemas.

Sí sabemos, en cambio, que variables clave de la evolución de esta sequía global serán: el precio relativo del dólar, las tasas de interés, la dirección de los movimientos de capitales (incluidas las reservas de varios países) hacia Estados Unidos o hacia fuera de Estados Unidos, la magnitud de la desaceleración de la economía china, la flexibilidad de la economía estadounidense para adaptarse a la recesión, el precio del petróleo y de otros bienes genéricos y homogéneos (commodities), la magnitud del paro en Europa y las acciones que la Unión Europea y el Banco Central Europeo adopten para hacerles frente. Todas ellas, y otras variables, están interrelacionadas de forma no lineal.

Tratar de ponerle número exacto o aproximado a cada una de estas previsiones es una locura. Otra vez queda desmentida la ilusa pretensión de que la economía – o, en general, las ciencias sociales- puedan aspirar a realizar pronósticos puntuales como los de las ciencias físicas.

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jueves, 12 de junio de 2008

¿Sabemos calcular el costo de oportunidad?

Por increíble que parezca, menos de la cuarta parte de los economistas profesionales aciertan al calcular un costo de oportunidad.


Todo mundo, o casi, acepta la necesidad de hacer análisis de costo contra beneficio para tomar decisiones, así se trate de análisis someros. El principio detrás de este convencimiento es que sólo vale la pena producir, consumir o hacer algo cuando el beneficio derivado de esa acción es mayor, o al menos igual, al costo de la acción elegida.

Sin embargo, como comenté ayer en el caso del subsidio al consumo de gasolinas y diesel en México, el costo de la acción elegida no se limita a lo efectivamente desembolsado sino que incluye todo lo que se dejó de hacer por elegir ese curso de acción y no otro. Elegir es renunciar porque vivimos en un universo signado por la escasez; en la utopía de la abundancia absoluta de recursos no habría costos… ni economistas.

En septiembre de 2005 el economista Robert H. Frank, profesor de introducción a la economía en la Universidad de Cornell, y coautor, nada menos que con Ben Bernanke (actual presidente de la Reserva Federal), del libro "Principles of Economics", publicó en The New York Times una interesante columna acerca de la deficiente enseñanza de la economía, a partir del ejemplo de lo mal que calculamos los costos de oportunidad, incluso tratándose de economistas con doctorado.

Según una investigación de un par de economistas de la Universidad estatal de Georgia (Paul Ferraro y Laura Taylor), citada en la columna de Frank, sólo 21.6% de entre 200 economistas pertenecientes a la American Economic Association acertaron con la respuesta correcta, de entre cuatro opciones, a la siguiente pregunta:

"Usted ha ganado un boleto gratis para asistir a un concierto de Eric Clapton (boleto que no puede revenderse). Esa misma noche hay un concierto de Bob Dylan para asistir al cual hay que pagar $40 dólares. Usted, fanático tanto de Clapton como de Dylan, estaría dispuesto a pagar hasta $50 dólares por asistir a un concierto de este último, pero ni un centavo más. ¿Cuál es el costo de oportunidad de aprovechar el boleto gratis para el concierto de Clapton? (a) $0, (b) $10, (c) $40, (d) $50".


Estimado lector, ¿cuál, según usted, es la respuesta correcta? Envíela a mi correo electrónico y el lunes vemos cómo nos fue.

AVISO IMPORTANTE (AUNQUE UN POCO TARDÍO): LA DIRECCIÓN DE MI CORREO ELECTRÓNICO PARA ENVIAR LAS RESPUESTAS ES: ideasalvuelo@gmail.com

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miércoles, 11 de junio de 2008

Subsidios y costo de oportunidad

El subsidio que recibimos en México los consumidores de gasolina y diesel equivale a su costo de oportunidad: Todo lo que deja de hacer el gobierno, en términos de fines óptimos para el gasto público. Calcular el costo de oportunidad para el conjunto de la sociedad es muy fácil: Es la diferencia entre el precio al consumidor en Estados Unidos y el precio al consumidor en México. Al día de hoy, más de tres pesos por cada litro de gasolina.


Desdeñar en el cálculo económico el costo de oportunidad de elegir “A” en lugar de otros cursos de acción posibles conduce a una mala asignación de recursos; es pésima economía.

Ayer - 11 de junio- en su primera plana, el periódico “Reforma” nos ofreció una muestra de cómo se hace mal un cálculo de costos; supongo que los dueños de ese periódico, a diferencia de lo que publicaron ayer, sí consideran los distintos costos de oportunidad en cada una de sus decisiones de negocios, o terminarían en la ruina.

Según el “análisis” el subsidio que recibimos los consumidores de gasolina y diesel en México es menor de lo que se ha señalado porque sólo una parte del mismo (la diferencia entre el precio de adquisición y el precio de venta al consumidor final) significa un desembolso efectivo. Error. También debe considerarse, como lo hacemos todos en nuestras elecciones económicas, el costo de oportunidad: aquello que dejamos de percibir por elegir “A”, en lugar de otras opciones factibles.

En este caso, a la pérdida, desembolsada, por el diferencial entre el precio de adquisición y el precio de venta, debemos sumar el monto del impuesto negativo (IEPS) derivado de lo que dispone el artículo 2 A de la Ley del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (ver “Ideas al vuelo” del viernes pasado), que es una pérdida neta de recursos fiscales que podrían tener otros destinos, seguramente más deseables que subsidiar el consumo de gasolina y diesel.

Además de la poca confiabilidad que merecen este tipo de “análisis”, el asunto es relevante porque el costo de oportunidad, un concepto clave de la economía, suele ser mal entendido o desdeñado, lo que conduce a no pocos fracasos empresariales y a decisiones erradas de política económica.

Por eso, mañana continuaré con el asunto del costo de oportunidad en diversos aspectos de la vida.

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lunes, 5 de mayo de 2008

Políticos alérgicos a los costos

La mayoría de los políticos detestan el liberalismo económico porque les recuerda la tremenda sentencia de Milton Friedman: "No hay comidas gratis". Así, especulan, nadie gana elecciones.


Tanto en los países desarrollados como en los países en vías de desarrollo, los gobiernos y los políticos en busca del éxito le están prestando más atención a los encuestadores y a los expertos en mercadotecnia política que a los economistas y a los especialistas serios y preparados.

En esa medida retrocede la productividad en el mundo. En esa medida, millones de seres humanos están pagando más por los alimentos al tiempo que escuchan ávidos a los políticos que prometen energéticos baratos, servicios de salud sin costo, pensiones inagotables y empleos de "Adelitos defensores de la soberanía" (modalidad que la izquierda mexicana ha ideado para reciclar la viejísima costumbre de cobrar en el gobierno sin trabajar, como lo describió Sergio Sarmiento hace poco).

Tomemos el caso de la liberalización comercial. Alan Greenspan ha escrito que si la gente no experimenta de primera mano – en su vida diaria - las ventajas de la libre competencia, tenderá a ponerse en manos del primer populista que le prometa erigir barreras al comercio y obstáculos a la migración. Si Miguel de la Madrid hubiese tenido que someter a referéndum la necesidad de abrir unilateralmente la cerradísima economía mexicana, todavía estaríamos hoy jugando a los contrabandistas aficionados, escondiendo en las maletas, como tesoro prohibido, una "iPod" después de una visita relámpago a Laredo.

El economista serio le dirá al político que la mejor forma de preservar los recursos - por ejemplo, el petróleo o el agua – es cobrarlos al precio que dictan la oferta y la demanda, pero el estratega político o el encuestador le dirán que cueste lo que cueste hay que evitar, por ejemplo, que suba el precio de la gasolina…no importa que para ello cada día se subsidien millones de pesos a los más ricos y que se fomente un desperdicio ruinoso.

Un dato: En los tres primeros meses de 2008 México importó 37.4% más litros de gasolina que un año antes. Un alza tal en la demanda sólo se explica por un precio de ganga. Así se quedó Argentina sin gas natural en 2003- 2004…, pero el matrimonio Kirchner se mantuvo en el poder…, arguye el encuestador.

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jueves, 17 de enero de 2008

La economía y el pecado original (IV y final)

La evidencia de la falibilidad humana – "naturaleza caída", "pecado original" o defecto de diseño, como quiera llamársele- debería alejar a los economistas de la tentación de convertirse en los "nuevos teólogos" de "nuevas confesiones dogmáticas". Los modelos económicos son imperfectas herramientas para aproximarnos a la realidad, de gran utilidad, pero jamás deberíamos tomarlos como la última palabra.

Aunque uno no comparta la vehemencia de algunos anticlericales a ultranza, como lo fue el gran economista Frank H. Knight, debe reconocerse que tal espíritu escéptico – que algunos motejan de cínico – es la actitud que más conviene al científico que busca la verdad, porque es muestra de que el científico auténtico sabe que la realidad que investiga siempre es más rica que todos los modelos que construyamos para capturarla.

En este sentido, Knight decía que la tarea del buen economista es semejante a la labor de Sísifo, que debe recomenzar ahí donde se quedó la noche anterior o, incluso, sobre los escombros de una hipótesis que primero pareció reveladora y después se mostró equivocada al confrontarse con los hechos.

Adicionalmente, no sólo se trata de que la realidad nos rebasa, sino de que el propio investigador - ¡otra vez, el pecado original!- es falible. En palabra de Blas Pascal – científico, pero también católico convencido de la falibilidad y de los infranqueables límites de la razón humana- no es necesario que todas las fuerzas del universo se conjuren para desviarnos de la búsqueda de la verdad; basta el perturbador vuelo de una mosca para que nuestra inquisición científica pierda la brújula…o deje de interesarnos.

Vivimos una época en la que, a despecho de grandes descubrimientos científicos y de la formidable dispersión social de la información, proliferan las supersticiones – calificadas gratuitamente como "ciencia" por no pocos medios de comunicación- y los novedosos dogmatismos. Mientras algunos clérigos olvidan la salud de las almas y repiten mitos y prejuicios totalmente acientíficos sobre los tratados comerciales, los precios o la pobreza, no pocos académicos confunden la ciencia con la teología y, abandonando el método científico, predican consignas ideológicas, cual si fuesen enviados divinos revelándonos el último dogma del momento. Han convertido el aula en púlpito sectario.

Ni unos ni otros podrían responder la pregunta clave que Milton Friedman solía hacer a los estudiantes que alegremente formulaban afirmaciones gratuitas: "Y eso que dices, ¿cómo lo sabes?".

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miércoles, 16 de enero de 2008

La economía y el pecado original (III)

Es lógico que aquél que conoce la falibilidad humana deteste que quien proclama saber lo que no puede saber trate de imponer ese dudoso "saber" a los demás, aduciendo, además, para ese propósito, "razones" que no son racionales y con frecuencia ni siquiera razonables.



En la historia de las ideas una misma semilla puede evolucionar hacia posiciones radicalmente opuestas. ¿Cómo la idea de "pecado original" – el hombre es falible, busca su propio interés por encima del interés de los demás y tiende, aún a su pesar, a "hacer el mal que no quiere"- produjo dos ejemplares humanos tan diametralmente distintos, en lo intelectual, como el brillante, escéptico y anticlerical economista Frank H. Knight – ver el primer artículo de esta serie- y el muy clerical, fundamentalista (es decir: nada escéptico) político Mike Huckabee, ex gobernador de Arkansas, que busca ser candidato a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano?

Recordemos que la cáustica crítica de Knight a clérigos y a médicos (y, desde luego, también a varios economistas) se fundaba en que tales personajes "pretenden saber lo que no pueden saber". Por su parte, Huckabee, pastor evangélico, predicador, no tiene empacho en proclamar que su fe religiosa norma y normará su actuación como político, que la Biblia en un sentido literal "es infalible" (¿también para enseñar geografía, física o matemáticas?) y, a la postre, propone al electorado la reconstrucción de un paraíso terrenal en Estados Unidos – y tal vez en el mundo- exactamente al modo de su muy personal "fe evangélica" (con lo cual, entre otras cosas, se ponen en entredicho la separación entre Iglesia y Estado así como la tolerancia).

Ambos personajes provienen de lo que algunos llaman, en Estados Unidos, "el cinturón de la Biblia" – es decir, el amplio medio oeste de ese país caracterizado por una fuerte tradición de enseñanza bíblica-, y ambos provienen de familias profundamente religiosas. Pero hasta ahí, por supuesto, llegan las coincidencias; por no hablar de la muy importante diferencia de periodos históricos que les toco vivir a cada cual.

¿Cuál de los dos, el escéptico a ultranza o el predicador fundamentalista, se olvida del pecado original y de sus consecuencias prácticas? Mucho me temo que el segundo. La Biblia, señor Huckabee, no es un manual de políticas públicas y usted, hasta donde sabemos, no está exento de padecer la falibilidad humana.

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martes, 15 de enero de 2008

La economía y el pecado original (II)

Al menos hay tres oficios que no serán necesarios en el paraíso: los de economista, médico y abogado. Y la mala economía, algo que encanta a muchos políticos, consiste en pensar que podremos recrear o recuperar el paraíso terrenal.

Uno puede creer o no que existió un paraíso terrenal en el cual los seres humanos – Adán y Eva, digamos- no estaban sometidos a las pesadas cargas del trabajo (ganarse “el pan con el sudor de la frente”), de la enfermedad, del dolor y de la muerte. Uno puede creer o no (eso es materia de la fe religiosa) que en uso de su libertad esos seres humanos desafiaron a Dios, quisieron “ser como dioses”, y en consecuencia perdieron esa condición de casi-perfectos y adquirieron una carga de falibilidad y contradicción interna, un desequilibrio abrumador entre lo que desean y lo que pueden, en fin: una “naturaleza caída”. Que consiste, para decirlo en una afortunada expresión de André Frossard, en comportarnos como si fuésemos unos perros que padecen el irrefrenable deseo de maullar como gatos.

Repito que uno puede creer en esto, en el sentido fuerte del verbo “creer”: como fe religiosa, o no, pero lo que uno no puede negar es que esta idea del “pecado original” tiene un formidable poder para explicar algo que han constatado todos los seres humanos: el dolor, la enfermedad, la corrupción, la muerte y la contradicción interna entre razón y voluntad (lo que San Pablo expresaba más o menos así: “Hago el mal que no quiero y no hago el bien que deseo”).

Con esa realidad humana falible, en la que siempre juega la libertad, tienen que habérselas, al menos, tres oficios que sólo tienen sentido en un mundo que NO es el paraíso: el médico que combate la enfermedad y el dolor; el economista que lidia con el dato básico de la escasez y el abogado que justifica su tarea porque existen conflictos entre los seres humanos.

El primer dato básico de la economía, la escasez, es desde una perspectiva judeocristiana un resultado directo del pecado original. Esto tiene varias consecuencias decisivas sobre la economía. Por lo pronto adelanto cuál es, a mi juicio, el primer gran error de la peor economía: Negar la escasez, proclamar que podemos crear o reconstruir (aquí en la tierra por supuesto) alguna suerte de paraíso.

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lunes, 14 de enero de 2008

La economía y el pecado original (I)

Un economista anticlerical con raíces religiosas.

Frank Hyneman Knight (1885-1972) fue uno de los economistas más influyentes del siglo XX. Mucho menos conocido que John Maynard Keynes o que Milton Friedman, este economista dirigió, junto con Jacob Viner, el departamento de economía de la Universidad de Chicago, desde 1928 hasta fines de los años 40 del siglo pasado (aunque siguió perteneciendo al claustro de esa universidad hasta el final de su vida), e influyó decisivamente en la formación de varios de los economistas de la Universidad de Chicago que recibieron el Premio Nobel de Economía como el propio Friedman, Theodore W. Schultz, Gary Becker, James M. Buchanan, George J. Stigler y Ronald Coase, entre otros.

Enemigo de cualquier dogma y argumento de autoridad, Knight era el escéptico por antonomasia: "Su escepticismo, característico de su brillante análisis económico, lo trasladaba también a otros campos. Sus estudiantes recuerdan que dos de los blancos favoritos de sus ácidas críticas eran los médicos y los clérigos (…) Ambos, consideraba Knight, pretenden saber cosas que no pueden saber" refiere un artículo del Chicago Tribune del 28 de mayo de 1972. En su estupendo libro acerca de la escuela de Chicago ("The Chicago School" , 2007, Agate, Chicago) Johan Van Overtveldt recoge la siguiente cita como muestra del anticlericalismo de Knight: "En el cristianismo – escribió en 1956-, con seguridad encontramos la 'suprema ironía de la historia': Que una enseñanza original centrada éticamente en la humildad, en la mansedumbre, en la negación de sí mismo, en el sacrificio, llegue a organizarse en corporaciones cuyos dignatarios difícilmente se identifican (con dichas virtudes) dado su arrogante aprovechamiento, el uso y el alarde que hacen del poder y de la riqueza y dada su insistencia en tener la prerrogativa de la adoración a Dios".

Lo más probable es que esta feroz crítica a la religión institucional tuviese, en el caso de Knight, una raíz profundamente religiosa acerca de la "naturaleza caída" del hombre. De hecho, según James Buchanan, el formidable espíritu crítico de Knight provenía de su educación religiosa (sus padres eran miembros de la Fraternidad de Plymouth, puritanos de una "secta intelectualmente cerrada"), y esa convicción de que el ser humano está marcado por un pecado original tiene mucho que ver con la economía, como trataré de explicar en los siguientes artículos.

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martes, 2 de octubre de 2007

El reparto de culpas como teoría económica

Muchos políticos tienen una manera fantástica de abordar la economía: La entienden como si fuese una rama de la teología moral en la cual todo el chiste es definir qué pecado de Fulano ocasionó la miseria de Perengano.

El otro día escuché a dos señoras conversando afuera de una iglesia: “Es que este día la Misa no tuvo homilia” (así, como palabra grave, sin acento ortográfico, cuando en realidad es homilía, palabra aguda). Pensé dos cosas: 1. A lo mejor la ausencia de sermón fue algo bueno, considerando la tendencia de algunos sacerdotes a glosar el periódico “La Jornada” desde el púlpito y 2. Si las señoras estuviesen saliendo de la Cámara de Senadores o de la de Diputados no podrían quejarse: Habrían escuchado no una, sino varias homilías, sentidas prédicas morales de nuestros tribunos.

Ejemplo: “Todos sabemos que un incremento en el precio de la gasolina ocasiona una escalada de precios en los alimentos dada la voracidad de los comerciantes”. Es una bonita visión moralista del mundo, poblado de muchos buenazos (los pobres) siempre torturados y amenazados por un puñado de malvados (los ricos voraces) y Cantinflas – es decir el político, como en el mural del esposo de Frida en la fachada del Teatro de los Insurgentes- quitándole a los malos para darle a los buenos.

El problema es que ese cuento edificante nada tiene que ver con el mundo real.

En vano uno tratará de explicar al predicador-político que cuando hay condiciones de competencia en los mercados resulta imposible – y hasta suicida para quien lo intenta- trasladar mecánicamente al precio de los cacahuates en forma de cinco pesos un alza que aún no se verifica de dos centavos en el precio de la gasolina.

En vano uno tratará de hacerle entender al predicador-político que no es un asunto de buenos y malos, sino de escasez relativa de unos bienes o de otros (oferta) ante necesidades y apetencias de los consumidores (demanda) que pueden variar en magnitud. Y que los precios, cuando se les deja ser e informar de las condiciones de oferta y demanda (es decir, cuando no son precios mentirosos) modelan la conducta de proveedores y consumidores en beneficio de ambos.

Por una vez, al menos, nuestros políticos podrían abandonar el púlpito y dejar que la misa transcurra sin intromisiones. Funciona mejor.

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domingo, 26 de agosto de 2007

Ecología, impuestos y hormonas

¿Qué les falta a los políticos a la hora de llevar a la práctica, con medidas eficaces, su declarado amor por los ecosistemas?, ¿será un problema de hormonas?

No en vano ecología y economía tienen la misma raíz que nos remite al cuidado de la casa. En el funcionamiento de los sistemas naturales se detectan maravillosos mecanismos de asignación eficaz de los recursos. Así sucede en la ecología del crecimiento y de la reproducción del ser humano: Mediante complejas interacciones en el sistema endocrino – y gracias a una información oportuna y precisa de datos clave, como edad, talla, peso y otras condiciones del organismo- se dispara o se inhibe – según sea el caso- la capacidad reproductiva de la mujer. Siempre prevalece la función de supervivencia y por ello, por ejemplo, una mujer anoréxica pierde automáticamente la capacidad de ser fértil mientras prevalece la precariedad nutrimental.

Todo ello automáticamente, en forma natural. Sin que la persona sea conciente de lo que sucede el sistema resuelve con gran acierto el dilema y gana siempre la opción de la vida. Eso es ecología y es también economía: Asignación óptima de los recursos escasos.

Incontables políticos han encontrado una veta muy rentable en los asuntos ecológicos o “verdes”, aunque por desgracia suele tratarse en muchos casos de mera estratagema histriónica. El viernes pasado en estas páginas Gabriel Quadri denunció los graves peligros que para el ambiente representa la reciente moda política de los bio-combustibles. Es otro ejemplo de la pasmosa superficialidad – e hipocresía- detrás de muchas declaraciones de amor “verde” que nos endilgan los políticos.

Otro ejemplo dramático, y cercano, de tal hipocresía lo vemos cuando los mismos políticos que hacen encendidas exhibiciones de fe ecologista – montando en bicicleta o posando con Al Gore- huyen despavoridos apenas alguien plantea la opción eficaz de utilizar potestades locales para cobrar impuestos – locales, valga la redundancia, porque los daños al ambiente son localizados- al consumo de gasolinas y así desalentar el uso del automóvil y, sobre todo, recaudar recursos que se deberían destinar a mejorar los sistemas públicos de transporte. Apenas alguien menciona ese mecanismo para compensar externalidades negativas, a esos políticos se les acaba lo verde…y les aparece la vertiente de especuladores bursátiles: ¿Para qué cobrar impuestos locales si podemos colocar más deuda?

¿Qué será?, ¿una falla endocrina?, ¿carencia de hormonas?

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