miércoles, 7 de octubre de 2009

¿Puedo influir sobre el Congreso?

A bote pronto, la respuesta es un rotundo NO.

Además de la experiencia empírica, tenemos sólidos argumentos analíticos, de la ciencia política moderna, para descartar la viabilidad y la conveniencia de tratar de influir individualmente sobre las decisiones del Congreso.

Tales argumentos nos los proporciona la moderna ciencia política o la moderna política económica, una materia en la que la mayoría de los economistas manifiestan un desconocimiento lamentable -que con frecuencia tiene mucho de arrogante desdén hacia los estudiosos de la ciencia política, como si fuesen una especie de economistas disminuidos, más dados a construir sus argumentos con "rollo" que con ecuaciones o gráficas-. Los argumentos pueden resumirse en lo siguiente:

1. Las relaciones costo-beneficio de tratar de influir sobre las decisiones de los legisladores, para un ciudadano considerado individualmente, son claramente desventajosas: los costos de informarse, acudir al supuesto "representante", convencerlo y hacer que convenza a sus pares, son mucho más elevados, de forma abrumadora, que los beneficios a obtener, amén de la bajísima probabilidad de tener éxito.

2. Los grupos pequeños agrupados en torno a un objetivo o incentivo común, generalmente asociado con la obtención de rentas monetarias, tienden a organizarse con mucha mayor eficiencia y eficacia que los grandes grupos dispersos, como serían los consumidores. Ejemplo: Un par de empresas productoras de refrescos azucarados, que dominen el mercado, tienen todos los incentivos dispuestos y todos los medios para cabildear en el Congreso en contra de un impuesto que pretenda gravar las bebidas azucaradas y carbonatadas aduciendo razones de salud pública, que cientos de miles de diabéticos (o familiares de diabéticos o de ciudadanos preocupados por el incremento alarmante de la obesidad en el país) desorganizados, dispersos, con obligaciones laborales demandantes e ineludibles, mal informados y que difícilmente podrán traspasar las puertas de la Cámara de Diputados y que seguramente no serán recibidos en las oficinas de los legisladores. Además, y esto tiene que ver con el punto número uno, el beneficio a obtener por el impuesto, para los "preocupados" por la salud pública, resulta marginal respecto de los costos, en tanto que el beneficio a obtener para el pequeño grupo organizado - los productores de refrescos- es significativamente mayor que los costos de presionar, cabildear, negociar ante los legisladores: supongamos que la demanda de refrescos responde significativamente al precio - es más o menos elástica - y que un impuesto de 10% o 15% sobre el precio de venta podría desplomar las ventas en 5%, ¡es obvio que las rentas a perder por ese gravamen justifican, desde el punto de vista de un análisis costo-beneficio, las "inversiones" destinadas a "matar" el proyecto de impuesto!

Hay tres libros seminales, clave, que revolucionaron la ciencia política. Los tres, curiosamente, fueron escritos por economistas, pero tales libros - y toda la secuela de investigaciones y hallazgos que han generado- son mucho mejor conocidos por los estudiosos modernos de la ciencia política que por los economistas. Me refiero a:

1. "An Economic Theory of Democracy" de Anthony Downs, publicado en 1957.
2. "The Calculus of Consent" de James M. Buchanan y Gordon Tullock, publicado en 1962, y
3. "The Logic of Collective Action" de Mancur Olson, publicado en 1965.

(Cuando menos de los dos últimos hay traducciones al español, más o menos difíciles de conseguir).

A mi juicio, de los tres libros el que mejor se adapta al asunto que estoy tratando en este comentario es el de Olson. El análisis de Downs atiende más al mercado de las decisiones políticas desde el punto de vista electoral y de los partidos políticos, en tanto que el estupendo libro de Buchanan y Tullock se refiere más a los procesos de negociación en sí y a los incentivos asociados a los mismos (en el mercado de los bienes públicos) y en la línea de la escuela de la "elección pública". Para un repaso de las aportaciones de Olson a la economía política recomiendo el ensayo; "Mancur Olson (1932-1998), Sus principales contribuciones" de Adrián C. Guissarri (Julio de 2004) que puede obtenerse en versión PDF haciendo clic aquí.

Para el caso de México, hay elementos adicionales que agravan esta "impotencia" de los electores, considerados individualmente, para tratar de "influir" sobre los legisladores.

1. México tiene un sistema mixto de representación en el Congreso: De 500 diputados federales, 200 son de "representación proporcional" o "plurinominales". Es decir, llegaron a su encargo NO por el voto directo de los electores en sus distritos, sino por el voto más que indirecto de las "listas" que, por circunscripción electoral (son cinco en el país), presenta cada partido al reverso de las boletas electorales; lo mismo sucede con 64 de los 128 senadores. Para ilustrarlo, me permito poner un ejemplo: Uno de los diputados del PAN más influyentes en las discusiones acerca del programa económico para 2010, a la vista de sus frecuentes apariciones en medios de comunicación hablando a nombre de los diputados de su partido, es Luis Enrique Mercado (mi ex-jefe en "El Economista" de quien diversos avatares me han distanciado). Es un diputado competente, destacado periodista especializado en economía y claramente comprometido con un proyecto liberal de país. Habría votado por él si yo hubiese sido elector en el tercer distrito electoral de Zacatecas, donde LEM fue candidato uninominal o por mayoría; pero yo no vivo ahí. LEM, en la elección del 6 de julio, quedó en cuarto lugar detrás del PRD, el PT y el PRI, sin embargo también estaba anotado en la lista de la circunscripción como candidato de representación proporcional en el sitio número 11 de la lista del PAN para esa circunscripción electoral; la compleja aritmética de la representación proporcional (que debe hacer salivar de envidia a quienes formulan las tablas del ISR) permitió, entonces, que llegase al Congreso. Lo que me queda claro, en este ejemplo, es que LEM no le debe nada a los electores del tercer distrito de Zacatecas, pero sí le debe mucho a los dirigentes del partido (PAN) que lo incluyeron en las listas de representación proporcional aún sin que LEM, hasta donde puedo saber, sea miembro activo de ese partido. Ojo, en lo personal, me parece muy bueno que personas competentes como LEM lleguen a la Cámara de Diputados, pero es claro que NO existe esa idealizada y mítica relación entre los electores del distrito y el diputado en cuestión. Añádese que, con cierta lógica en la que no está ausente la desconfianza de los políticos respecto del buen juicio de los electores, todos los partidos, sin excepción, privilegian a sus diputados de representación proporcional por encima de los diputados de mayoría.

2. En México no hay reelección inmediata de los legisladores, lo que impide que sus electores premien o castiguen su desempeño. Una vez obtenido el escaño en el Congreso el diputado pasa a ser un soldado más de su partido (en el caso de que su partido sea el del Presidente de la República se entiende que pasa a ser un soldado del Ejecutivo Federal) o, en casos que deberían alarmarnos aún más, pasa a ser el diputado o el senador que representa los intereses de tal sector de actividad económica (digamos, de las televisoras o de los cañeros o de los transportistas), no los intereses de sus presuntos representados (diputados) o de su entidad federativa (en el caso de los senadores). En la actual Cámara de Diputados se admite, sin embozo, que una mayoría de los diputados tienen "dueño", refiriéndose a los respectivos gobernadores de sus estados (u otras combinaciones, en el caso de gobernadores muy influyentes, como el del estado de México) que impulsaron sin reticencias sus carreras políticas.

Ante este panorama, todo parece indicar que la respuesta a la pregunta que titula este comentario ("¿Puedo influir sobre el Congreso?") es no sólo un rotundo sino un decepcionante NO. Sin embargo...

Sin embargo, hay un punto débil, un flanco que hace vulnerables a los legisladores frente a las demandas, reclamos y deseos de los ciudadanos individuales.

Ya me he extendido demasiado por hoy, y prometo analizar ese prometedor flanco débil mañana (además, así puedo generar algo de expectación y suspenso en los amables lectores de estas "Ideas al vuelo". Hasta mañana).

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jueves, 16 de julio de 2009

¿Estará asesorando Roubini a los presupuestívoros del PRI?

Roguemos que no. Lean lo que la nueva - y efímera - estrella del firmamento de los economistas favoritos de los medios propone para Estados Unidos. ¡Brrr!

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Algo acerca de la vapuleada ciencia económica

Con su habitual elegancia estilística, y con un poco del humor británico al que nos tiene acostumbrados, The Economist trata de responder la pregunta que sin duda inquieta a miles hoy en el mundo: Esta crisis ¿demuestra la inutilidad de la economía y de los economistas?

Vale la pena leer, como siempre, este fino análisis. Cierto, una ciencia arrogante y sus clérigos han recibido una dura lección de humildad, pero la mayor parte de la sabiduría económica acumulada por siglos permanece incólume y la mayor parte de los principios básicos de la economía funcionan igual que siempre lo han hecho.

Otro punto importante que The Economist aclara: Sólo los ignorantes o los intoxicados de ideología pueden sostener que esta crisis ha mellado, siquiera, el paradigma del mercado libre.

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miércoles, 27 de mayo de 2009

¿Cómo empezó esto? (VI)

El 29 de diciembre de 2007 un muy buen amigo y excelente economista corrigió con gran cordialidad y por escrito el optimismo que yo había manifestado apenas el día anterior (¡día de los santos inocentes!). Estas fueron sus palabras, para el registro de esta crisis:

“Creo que puedes pecar de optimista. Nadie tiene la bola de cristal, pero me temo que la que intentamos usar en esta ocasión está más empañada que nunca. No hemos podido apreciar aún la magnitud y duración de esta crisis pero mi impresión es que se va a agudizar y a extender geográficamente, particularmente hacia nuestro país.
“Es cierto que la depreciación del dólar nos ayuda y que la economía de Estados Unidos ha mostrado una fortaleza sorprendente. Eso nos hace desear y pensar que esta ocasión puede ser distinta la influencia de una crisis hipotecaria-financiera.
“También ayuda el exceso de recursos en manos de los países exportadores de petróleo. Sin embargo, una contracción mundial del crédito no es algo que podamos descartar. Si esto sucede sus efectos pueden ser devastadores.
“Parte del problema para evaluar apropiadamente la magnitud del problema que vivimos es que nadie conoce la magnitud de la debilidad financiera de las instituciones bancarias ni del colapso relacionado que se vendrá en la situación de los deudores. El problema de la solvencia de las aseguradoras de crédito por ejemplo, el verdadero nivel de riesgo de créditos mal calificados, etc.
“Cada día nos trae una sorpresa desagradable de enorme magnitud y el alud de malas noticias parece imparable.
“Sin embargo, estoy de acuerdo contigo en que México podría salir airoso de este trance. Para eso sin embargo hacen falta reformas que aumenten la productividad. Y ese renglón todavía no se ha tocado, o, más bien, hemos dado unos pasos hacia atrás en aspectos críticos relacionados con una mayor productividad.”


A toro pasado, sabemos que se cumplió el peor escenario previsto por mi amigo. Mañana desglosaré cada elemento de su atinado pronóstico. Desde luego, en esos días, ¡diciembre de 2007!, esos asuntos ni siquiera merecían la atención de los “perspicaces” – es ironía – editores en la mayoría de los medios de comunicación. Con todo hay que admitir que, desde entonces, el gobierno mexicano a través de la Secretaría de Hacienda, introdujo un fuerte componente contra-cíclico en el proyecto de Presupuesto de Egresos para mitigar lo que podría venir.

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lunes, 4 de mayo de 2009

Obsesión por el empleo, relectura de Keynes (II y final)

Se dice que en 1927, con la formulación del principio de incertidumbre por Werner Heisenberg, la ciencia tomó un rumbo insospechado, que la alejó del determinismo mecanicista y del positivismo. No basta con que contemos con un modelo racionalmente coherente para afirmar que hemos aprehendido la realidad. Por el contrario, el mismo afán del científico racionalista puede alejarlo del conocimiento de la verdad, al encorsetarlo en esquemas de los cuales la realidad se escapa. Es preciso la constante confrontación de las teorías con los datos que arroja la experiencia, aun cuando ello nos confine a la incertidumbre.

J. M. Keynes -en su teoría general del empleo, el interés y el dinero – pretende formular una “teoría del empleo” sustentada en un recurso argumentativo (los supuestos) que ha dado motivo a un cáustico chiste acerca de los economistas que dice así:
“Un economista naufraga en una isla desierta y cuenta, entre lo que se ha salvado del naufragio, con varias latas de alimentos en conserva, ¿cómo resuelve el problema de abrir las latas para poder comer? Muy sencillo: el economista postula: ‘supongamos que tenemos un abrelatas’”.


Keynes “supone” la existencia de sucesivos “abrelatas” para que su teoría camine. El “supuesto” básico de Keynes es el de una “ley psicológica fundamental” que “explica” la propensión marginal a consumir (es decir que ante un aumento del ingreso, el consumo crece, pero menos que lo que ha crecido el ingreso), lo que a su vez “explica” a juicio de Keynes porqué antes de que se alcance el “máximo volumen de empleo” los empresarios dejan de invertir, lo que a su vez se traduce en que la demanda agregada siempre será insuficiente a menos que, ¡y aquí es a donde Keynes quería llegar!, el gobierno la estimule mediante intervenciones fiscales (gasto) o monetarias (descenso deliberado de la tasa de interés).

En realidad Keynes no explica – en el sentido de revelar la realidad – nada. Ha elaborado un itinerario de “supuestos” para llegar a su meta prefijada: el Estado debe intervenir en la economía para garantizar el pleno empleo. La “ley psicológica fundamental” ni es ley, ni es psicológica, ni tiene fundamentos en la realidad.

Eso sí, la teoría keynesiana resultó una de las mayores delicias para los políticos que nos siguen vendiendo el “pleno empleo” como el nuevo paraíso terrenal.

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lunes, 16 de junio de 2008

Y la respuesta correcta es…

Aunque en nuestro examen salimos bastante mejor que los 200 economistas de la AEA (Estados Unidos) encuestados, la distribución de las respuestas tuvo una dispersión notoria.

La respuesta correcta a la pregunta planteada en este espacio el viernes (cálculo del costo de oportunidad de no asistir a un concierto de Bob Dylan cuyo precio es $40 dólares, pero por el cual estaríamos dispuestos a pagar hasta $50 dólares) es $10 dólares, opción (b).

No se preguntó si es mejor opción aprovechar el boleto gratuito para el concierto de Eric Clapton. Desde luego, ese es el mejor curso de acción porque, se supone, somos igualmente fanáticos de Dylan que de Clapton y por lo tanto apreciamos igual ($50) la satisfacción de asistir a cualquiera de los dos conciertos.
El costo de oportunidad de no asistir al concierto de Dylan se calcula contra la ganancia neta de sí hacerlo, que es: Satisfacción esperada ($50) menos dinero que se desembolsaría por obtenerla ($40).

Algunos tendemos a responder que el costo de oportunidad es cero (0) porque confundimos costo con desembolso e imaginamos que asistir al concierto de Clapton “no cuesta”. Esta falacia (que olvida que toda elección implica una renuncia y, por tanto, un costo) es la que propone la propaganda comercial y política desde tiempos inmemoriales cuando dice que algo “no cuesta”.

Tampoco es correcto equiparar el costo de oportunidad con el precio de mercado del concierto al que se renuncia ($40 dólares), porque ello desdeña la “ganancia”, que es la diferencia entre el valor otorgado y el precio.

Otros respondieron que el costo de oportunidad es $50 dólares porque ése es el valor que otorgamos al concierto de Dylan; pero el costo de oportunidad se calcula en términos netos, restando a ese valor ($50) el precio que desembolsaríamos ($40), ya que nadie nos regala el boleto para Dylan. Dicho de otra forma: $50 sería el costo de oportunidad si ambas entradas fuesen gratuitas. Y también $50 sería el costo de oportunidad de desaprovechar el boleto gratis de Clapton e ir al concierto de Dylan desembolsando $40.

Esta fue la distribución de las 117 respuestas recibidas: Acertó el 31% (respuesta: $10 dólares); otro 31% dijo $50 dólares; un 20% consideró que el costo de oportunidad es cero y un 18% que $40 dólares. Un porcentaje mayor de aciertos que en la encuesta entre economistas estadounidenses (31% contra 21%), y mayor también que si las respuestas hubiesen sido al azar (31% contra 25%), lo cual habla bien de los lectores de estas “Ideas al vuelo”.
Gracias a todos por sus respuestas y sus valiosos comentarios.

Referencia

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jueves, 12 de junio de 2008

¿Sabemos calcular el costo de oportunidad?

Por increíble que parezca, menos de la cuarta parte de los economistas profesionales aciertan al calcular un costo de oportunidad.


Todo mundo, o casi, acepta la necesidad de hacer análisis de costo contra beneficio para tomar decisiones, así se trate de análisis someros. El principio detrás de este convencimiento es que sólo vale la pena producir, consumir o hacer algo cuando el beneficio derivado de esa acción es mayor, o al menos igual, al costo de la acción elegida.

Sin embargo, como comenté ayer en el caso del subsidio al consumo de gasolinas y diesel en México, el costo de la acción elegida no se limita a lo efectivamente desembolsado sino que incluye todo lo que se dejó de hacer por elegir ese curso de acción y no otro. Elegir es renunciar porque vivimos en un universo signado por la escasez; en la utopía de la abundancia absoluta de recursos no habría costos… ni economistas.

En septiembre de 2005 el economista Robert H. Frank, profesor de introducción a la economía en la Universidad de Cornell, y coautor, nada menos que con Ben Bernanke (actual presidente de la Reserva Federal), del libro "Principles of Economics", publicó en The New York Times una interesante columna acerca de la deficiente enseñanza de la economía, a partir del ejemplo de lo mal que calculamos los costos de oportunidad, incluso tratándose de economistas con doctorado.

Según una investigación de un par de economistas de la Universidad estatal de Georgia (Paul Ferraro y Laura Taylor), citada en la columna de Frank, sólo 21.6% de entre 200 economistas pertenecientes a la American Economic Association acertaron con la respuesta correcta, de entre cuatro opciones, a la siguiente pregunta:

"Usted ha ganado un boleto gratis para asistir a un concierto de Eric Clapton (boleto que no puede revenderse). Esa misma noche hay un concierto de Bob Dylan para asistir al cual hay que pagar $40 dólares. Usted, fanático tanto de Clapton como de Dylan, estaría dispuesto a pagar hasta $50 dólares por asistir a un concierto de este último, pero ni un centavo más. ¿Cuál es el costo de oportunidad de aprovechar el boleto gratis para el concierto de Clapton? (a) $0, (b) $10, (c) $40, (d) $50".


Estimado lector, ¿cuál, según usted, es la respuesta correcta? Envíela a mi correo electrónico y el lunes vemos cómo nos fue.

AVISO IMPORTANTE (AUNQUE UN POCO TARDÍO): LA DIRECCIÓN DE MI CORREO ELECTRÓNICO PARA ENVIAR LAS RESPUESTAS ES: ideasalvuelo@gmail.com

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martes, 15 de enero de 2008

La economía y el pecado original (II)

Al menos hay tres oficios que no serán necesarios en el paraíso: los de economista, médico y abogado. Y la mala economía, algo que encanta a muchos políticos, consiste en pensar que podremos recrear o recuperar el paraíso terrenal.

Uno puede creer o no que existió un paraíso terrenal en el cual los seres humanos – Adán y Eva, digamos- no estaban sometidos a las pesadas cargas del trabajo (ganarse “el pan con el sudor de la frente”), de la enfermedad, del dolor y de la muerte. Uno puede creer o no (eso es materia de la fe religiosa) que en uso de su libertad esos seres humanos desafiaron a Dios, quisieron “ser como dioses”, y en consecuencia perdieron esa condición de casi-perfectos y adquirieron una carga de falibilidad y contradicción interna, un desequilibrio abrumador entre lo que desean y lo que pueden, en fin: una “naturaleza caída”. Que consiste, para decirlo en una afortunada expresión de André Frossard, en comportarnos como si fuésemos unos perros que padecen el irrefrenable deseo de maullar como gatos.

Repito que uno puede creer en esto, en el sentido fuerte del verbo “creer”: como fe religiosa, o no, pero lo que uno no puede negar es que esta idea del “pecado original” tiene un formidable poder para explicar algo que han constatado todos los seres humanos: el dolor, la enfermedad, la corrupción, la muerte y la contradicción interna entre razón y voluntad (lo que San Pablo expresaba más o menos así: “Hago el mal que no quiero y no hago el bien que deseo”).

Con esa realidad humana falible, en la que siempre juega la libertad, tienen que habérselas, al menos, tres oficios que sólo tienen sentido en un mundo que NO es el paraíso: el médico que combate la enfermedad y el dolor; el economista que lidia con el dato básico de la escasez y el abogado que justifica su tarea porque existen conflictos entre los seres humanos.

El primer dato básico de la economía, la escasez, es desde una perspectiva judeocristiana un resultado directo del pecado original. Esto tiene varias consecuencias decisivas sobre la economía. Por lo pronto adelanto cuál es, a mi juicio, el primer gran error de la peor economía: Negar la escasez, proclamar que podemos crear o reconstruir (aquí en la tierra por supuesto) alguna suerte de paraíso.

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lunes, 14 de enero de 2008

La economía y el pecado original (I)

Un economista anticlerical con raíces religiosas.

Frank Hyneman Knight (1885-1972) fue uno de los economistas más influyentes del siglo XX. Mucho menos conocido que John Maynard Keynes o que Milton Friedman, este economista dirigió, junto con Jacob Viner, el departamento de economía de la Universidad de Chicago, desde 1928 hasta fines de los años 40 del siglo pasado (aunque siguió perteneciendo al claustro de esa universidad hasta el final de su vida), e influyó decisivamente en la formación de varios de los economistas de la Universidad de Chicago que recibieron el Premio Nobel de Economía como el propio Friedman, Theodore W. Schultz, Gary Becker, James M. Buchanan, George J. Stigler y Ronald Coase, entre otros.

Enemigo de cualquier dogma y argumento de autoridad, Knight era el escéptico por antonomasia: "Su escepticismo, característico de su brillante análisis económico, lo trasladaba también a otros campos. Sus estudiantes recuerdan que dos de los blancos favoritos de sus ácidas críticas eran los médicos y los clérigos (…) Ambos, consideraba Knight, pretenden saber cosas que no pueden saber" refiere un artículo del Chicago Tribune del 28 de mayo de 1972. En su estupendo libro acerca de la escuela de Chicago ("The Chicago School" , 2007, Agate, Chicago) Johan Van Overtveldt recoge la siguiente cita como muestra del anticlericalismo de Knight: "En el cristianismo – escribió en 1956-, con seguridad encontramos la 'suprema ironía de la historia': Que una enseñanza original centrada éticamente en la humildad, en la mansedumbre, en la negación de sí mismo, en el sacrificio, llegue a organizarse en corporaciones cuyos dignatarios difícilmente se identifican (con dichas virtudes) dado su arrogante aprovechamiento, el uso y el alarde que hacen del poder y de la riqueza y dada su insistencia en tener la prerrogativa de la adoración a Dios".

Lo más probable es que esta feroz crítica a la religión institucional tuviese, en el caso de Knight, una raíz profundamente religiosa acerca de la "naturaleza caída" del hombre. De hecho, según James Buchanan, el formidable espíritu crítico de Knight provenía de su educación religiosa (sus padres eran miembros de la Fraternidad de Plymouth, puritanos de una "secta intelectualmente cerrada"), y esa convicción de que el ser humano está marcado por un pecado original tiene mucho que ver con la economía, como trataré de explicar en los siguientes artículos.

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martes, 23 de octubre de 2007

A todo esto, ¿Keynes era keynesiano?

Tal vez junto con Milton Friedman, el británico John Maynard Keynes fue el economista más influyente del siglo pasado; pero, a diferencia de Friedman, es casi imposible saber cuál era la posición de Keynes respecto de muchos de los asuntos para los que se le invoca, sea para elogiarlo, sea para criticarlo.

En el debate entre economistas el adjetivo "keynesiano" evoca básicamente dos creencias o afinidades: 1. Estar a favor de una política fiscal activa como remedio para la recesión o, dicho coloquialmente, promover el gasto público como motor del crecimiento y como generador de empleos y 2. Creer que el libre mercado tiene sus límites y que el gobierno debe corregir los frecuentes excesos y fallas del mercado. En otras palabras: Ser "keynesiano" suele entenderse como sinónimo de "atinada izquierda".

Sin embargo, acudiendo a la fuente original, la obra de Lord Keynes, es difícil encontrar una postura única y definida sobre asuntos cruciales de la ciencia económica. Hace ya muchos años, en diciembre de 1992, así lo hizo notar un divertido artículo del semanario "The Economist" que proporcionaba, entre otros, los siguientes ejemplos:

A favor del libre comercio . Keynes escribió que el argumento de que las barreras al libre comercio contribuyen a proteger el empleo "esconde la falacia proteccionista más grosera y cruda"; también escribió: "Creo en el libre comercio porque es (…) la única política técnicamente sólida e intelectualmente correcta".

A favor del proteccionismo : "Simpatizo más con aquello que puede disminuir más que maximizar la maraña de la economía entre las naciones. Las ideas, el arte, la hospitalidad, los viajes – ésas son cosas que por su naturaleza deben ser internacionales. Pero dejemos que los bienes sean hechos en casa en la medida de lo razonable o de lo convenientemente posible; y, sobre todo, financiemos primordialmente lo nacional".

A favor de los trabajadores (con motivo de la huelga general de 1926 en el Reino Unido): "Mis sentimientos, distintos de mis juicios, están con la clase trabajadora".

A favor de la burguesía y la aristocracia : "Creo que hombre por hombre la clase media y aún la clase alta son mucho muy superiores a la clase de los trabajadores".

Así que, después de todo, ¿qué es "ser keynesiano"?

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jueves, 21 de junio de 2007

Nuestra tremenda incultura económica

“Un viejo economista decía que de la ignorancia en economía nacen todas las demagogias”: Enrique Fuentes Quintana (1924-2007).

Uno de los grandes problemas funcionales de las democracias es la tremenda ignorancia económica que florece en la opinión pública y que suele exhibirse entre los opinantes de oficio.

El recién fallecido economista español y ministro de Hacienda durante los años clave de la transición de España a la democracia – artífice en buena parte de los famosos Pactos de la Moncloa- lo decía en 1998 respondiendo a una entrevista que le hizo el periódico “El Mundo”. Cito una parte de esa entrevista:

“La enseñanza del bachillerato debe administrar aquellos elementos de cultura que necesita el ciudadano para moverse en sociedad. Y hoy lo que se exige a los estudiantes es que conozcan la calcopirita y su cristalización. Lo lógico es que nadie se enfrente (para vivir en sociedad) a la calcopirita, y si tiene que hacerlo lo más probable es que lo haga por causas económicas, porque tenga una mina.
“Es más importante que se conozca como funciona una letra de cambio o un crédito. Un viejo economista decía que de la ignorancia en economía nacen todas las demagogias. Yo oí a un ministro de Franco decir en 1956 que una subida de los salarios no repercutiría en los precios, y a continuación subió los salarios un 30 por ciento”.
“Ha mejorado la cultura económica de los españoles, cada vez se informa mejor, lo que no ocurre con las tertulias radiofónicas que opinan de economía y uno siente a veces vergüenza ajena”
.


Vergüenza ajena también sentimos por acá. Y no sólo por lo que se oye en el equivalente de las “tertulias radiofónicas” sino por lo que se lee y, por supuesto, por lo que nos llega a través del televisor.

De futbol y de economía todos opinan. El problema con la economía es que no es un saber tan intuitivo como parece – muchos grandes hallazgos económicos parecen ser precisamente contrarios a la intuición o a las consejas populares -, mientras que el futbol –dicen- es la mar de sencillo. Eso sí: los cronistas y los aficionados al futbol hablan una jerga tan arcana como la de los economistas. ¿Alguien me puede explicar qué es eso de “jugar con una línea de tres al frente”?, ¿es bueno, es malo?, ¿es futbol progre, futbol neoclásico o futbol neoliberal?

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jueves, 3 de mayo de 2007

Compartir los frutos de la productividad

El libre comercio promueve la especialización de cada cual, de acuerdo con sus ventajas competitivas y comparativas. La especialización es el óptimo arreglo de los factores de producción disponibles en determinado momento y el resultado de ese arreglo óptimo – relativo, no absoluto- es la generación de valor que el intercambio disemina.

Algún buen amigo y economista me ha hecho notar, respecto del artículo de ayer, una imprecisión técnica que merece corregirse: Como tal el libre comercio no puede modificar el índice general de precios, sino tan sólo los precios relativos. Así es, la expresión correcta debió haber sido que el libre comercio además de disminuir los precios relativos (por ejemplo, del tomate respecto del maíz, sabiendo además que el primero se comercia libremente en tanto que el segundo está sujeto a restricciones comerciales) puede ocasionalmente incidir en el nivel general de precios cuando el intercambio de bienes trae aparejada una modificación en los factores de producción – productividad- que disemina sus beneficios en prácticamente toda la economía.

Hecha la aclaración, insisto en que frecuentemente desdeñamos el formidable potencial del comercio libre como generador de bienestar. Lastimosamente buena parte de los políticos en el mundo están desempolvando prédicas proteccionistas y mercantilistas a veces en busca de votos y más frecuentemente en busca de dinero: aportaciones de cazadores de rentas a quienes favorecen las restricciones a la libertad de comercio.

Tanto en Hispanoamérica, como en Estados Unidos, como en la Unión Europea, como en Japón – por mencionar los casos más conocidos- tales grupos son fáciles de identificar por su protagonismo propagandístico; productores agrícolas, fabricantes de ropa y textiles, siderúrgicas, empresas de transporte o de telecomunicaciones…

Lo que nos están robando tales políticos es invaluable. Nos están impidiendo la oportunidad de participar de los frutos de la productividad mundial. Cuando en México, por ejemplo, los transportistas de carga se quejan de que hay demasiados oferentes en el mercado y se rehúsan a competir con sus similares del extranjero, simple y llanamente nos están diciendo a los consumidores: “Me opongo a que te beneficies de las habilidades, del talento, de los conocimientos o de los esfuerzos de otros. Exijo que permanezcas atado a mi improductividad”.

Cuando los políticos promueven y hacen leyes que “protegen” a determinados productores o gremios elevan a decreto la pobreza y la improductividad.
Debemos ser masoquistas porque, además, les pagamos por hacerlo.

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miércoles, 2 de mayo de 2007

El libre comercio disemina la productividad

Pensar que las bondades del libre comercio se reducen a la generación de menores precios relativos es perder de vista la esencia de los intercambios comerciales en un sistema de libre competencia: Diseminar productividad y, con ella, bienestar.

Entre algunos economistas, por demás brillantes, prevalece cierta visión estrecha de la derrama de bienestar que provoca el libre comercio. Por ejemplo, en su flamante weblog Dani Rodrik, profesor de Economía Política Internacional de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de Harvard, ha sostenido que los efectos benéficos del libre comercio se suelen magnificar, ya que en realidad el libre intercambio de bienes y servicios incide sólo en una disminución de precios relativos, pero no del nivel general de precios y, por tanto, no en el bienestar del conjunto.

A mi juicio Rodrik, cuya tesis ha sido criticada en diversas bitácoras en la red (entre otras, Daniel Drezner 27 de abril y Café Hayek, 30 de abril), comete un típico error de especialista académico: Ver sólo una pequeñísima parcela de la realidad.

Por supuesto el libre comercio genera disminuciones de los precios relativos, pero también puede hacer que disminuyan los precios absolutos, en la medida que el libre comercio disemina productividad. Lo que Rodrik está desdeñando es la esencia del desarrollo económico que es la generación de valor a través de la productividad. El fenómeno de la productividad lo mismo procede gradualmente que mediante saltos que trastornan todo el proceso circular de la economía, por ejemplo: Internet, la invención de la máquina de vapor, la invención del contenedor para transporte de carga…

Entre noviembre y diciembre de 2005 publiqué una serie de seis artículos (“Para superar el siglo XIX”) como relectura – en términos del fenómeno de la productividad- de la gran obra de Joseph Schumpeter: Teoría del Desarrollo Económico (1911), que realiza con el concepto de “destrucción creativa” una de las más acertadas disecciones analíticas del fenómeno de la creación de riqueza.

Por desgracia aun especialistas talentosos desdeñan el papel diseminador de la productividad, y por ende del bienestar, que desempeña el libre comercio, no obstante las brillantes intuiciones de Adam Smith y David Ricardo.

Tal vez esta miopía se entienda si consideramos lo que escribió el propio Schumpeter: “El desarrollo económico no es un fenómeno que se pueda explicar sólo económicamente”. No en vano, Smith y Ricardo fueron, antes que economistas, atinados filósofos.

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