martes, 21 de octubre de 2008

Los clichés de la crisis

“¿Cuál es la diferencia entre un banquero de la ‘City’ y una paloma? Respuesta: Que la paloma aún puede hacer un depósito en un Maserati”: Lucy Kellaway, columnista de Financial Times.

Cuentan que en el otoño de 1929 los conserjes en los hoteles de Nueva York preguntaban a los clientes: “¿El caballero desea la habitación para dormir o para arrojarse por la ventana? En ese último caso le rogamos pagar por adelantado”.

Esta crisis, que los periodistas de todo el mundo ya hemos convertido en “la peor desde 1929”, ni siquiera ha estado dramatizada, que yo sepa, por algún suicidio espectacular de un inversionista o de un banquero en quiebra. Por ejemplo, en el hoy desdeñado pánico de 1907 – que produjo una recesión en 1908 y, según algún aventurado historiador estadounidense, fue una de las causas remotas de la Revolución Mexicana- , hubo más de un suicidio de algún financiero insigne que reportaron, con horror, los diarios de la época.

Según Lucy Kellaway, columnista de Financial Times, hay cuatro tipos de clichés de los que hemos echado mano los periodistas para vender bien empaquetadita esta crisis del credit crunch: 1. Los clichés sísmico-geológicos: terremotos, derrumbes, abismos, trepidaciones; 2. Los clichés médicos: inyecciones (de liquidez), (activos) tóxicos, purgas, heridas, sangrías; 3. Los clichés de los detalles banales que consisten en decir qué hora era, qué personas estaban reunidas, tensas, alrededor de la mesa, cómo se veían (pálidos, de preferencia; no usar “lívidos” que quiere decir lo contrario) y demás detalles mundanos para infundirle dramatismo a la “nota” (un ejemplo son las crónicas de la reunión de Henry Paulson con los principales banqueros de Estados Unidos para avisarles que el gobierno se convertirá en su socio); y 4. El cliché más manoseado y falaz: declarar que esto es lo peor que ha pasado desde 1929.

La verdad es que esta crisis no sólo es radicalmente distinta a la de 1929 sino que está muy, pero de veras muy lejos de ser tan devastadora. Hay quien, con buenas razones, dice que la crisis conjunta rusa y asiática de 1998-1999 fue más demoledora.

Eso sí, según investigó Kellaway en los diarios de la época, los clichés de 1929 y años siguientes fueron muy parecidos (salvo el cuarto, por razones obvias) a los que usamos hoy…y hasta los chistes, buenos o malos, no han cambiado gran cosa.

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martes, 14 de agosto de 2007

Los mercados y la distribución de la ignorancia

No se han inventado herramientas que distribuyan uniformemente los riesgos en los mercados financieros, porque no hay manera de distribuir uniformemente la ignorancia o el conocimiento.

¿La ignorancia nos hace más aficionados al riesgo? No. Lo que hace la ignorancia o la mala información es ocultarnos los riesgos que otros, mejor informados o más perspicaces, sí ven.

Un interesantísimo artículo del economista John Kay – publicado el lunes en el Financial Times con el título de: “Same old folly, new spiral of risk” y que puede leerse aquí- explica por qué, generación tras generación, hay gente que incurre en los mismos riesgos que en el pasado culminaron en crisis, pensando que “esta vez las cosas serán diferentes”. Creen que ahora los riesgos están neutralizados mediante herramientas ingeniosas o a través de su dispersión en mercados muy extensos. Creemos eso, una y otra vez, y una y otra vez nos equivocamos por una razón que Kay resume magistralmente: Los riesgos no se distribuyen por la aversión o no al peligro (todos somos adversos al riesgo más o menos en la misma medida) sino que tienden a concentrarse en aquellos con menos información y entendimiento. Es decir: No solemos incurrir en riesgos excesivos porque seamos particularmente audaces, sino porque somos igual de tontos y crédulos que quienes incurrieron en el mismo error en el pasado.

Y esa es la misma vieja estupidez alimentando nuevas espirales de riesgo. En inglés “folly”, según el Merriam-Webster, es la falta de buen sentido o de prudencia y previsión; en español, se le llama tontería a una cosa sin importancia; por eso, creo que la palabra “estupidez” define mejor lo que Kay quiere decir: “Torpeza notable en comprender las cosas”.

De 1991 a 1994 se experimentó en México una euforia optimista acerca del futuro y la solidez de la economía y con ella se registró un explosivo crecimiento del crédito al consumo. Fulanito, que ganaba tres salarios mínimos, usaba cuatro tarjetas de crédito y creía: “Si los bancos me dieron las tarjetas, es porque ellos saben que tengo criterio para usarlas y tendré ingresos para pagar lo que estoy gastando”. Todo mundo sabe, ahora, cómo terminó esa fiesta.

Siempre es más barato creer que saber, tal vez por eso el dinero “barato” alimenta tanto la credulidad.

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