lunes, 16 de marzo de 2009

China desenfunda y Obama ¿en qué piensa?

El Primer Ministro chino, Wen Jiabao, dijo el viernes:
“Le hemos prestado un montón de dinero a Estados Unidos. Por supuesto, estamos preocupados por la seguridad de nuestros activos. Para ser honesto, estoy definitivamente un poco inquieto”.

Tratándose del gobierno chino, y de Wen Jiabao, podemos estar seguros de que cada palabra ha sido meditada minuciosamente. La comedida declaración es, de hecho, una severa queja dirigida contra el gobierno de Barack Obama tan sólo unos días antes de que se celebre la reunión en la cumbre del G-20:

¿Qué demonios está haciendo el gobierno de Estados Unidos, en esta crisis global, además de incrementar su deuda pública a niveles insólitos y enfrascarse en acaloradas discusiones domésticas y electoreras entre demócratas y republicanos?, ¿hay alguna garantía, más allá de las promesas retóricas, de que Estados Unidos regresará en algún momento a la senda de la responsabilidad fiscal?, ¿de qué magnitud serán las pérdidas que China habrá de contabilizar cuando las tasas de interés de los bonos del Tesoro repunten y los precios de los bonos, consecuentemente, se desplomen?


Uno puede detestar, por razones totalmente justas, la falta de respeto a los derechos humanos en China y la cerrazón del gobierno chino a la auténtica democracia, pero la lógica económica del reclamo de Wen Jiabao es impecable: Como el principal acreedor individual de los Estados Unidos lo menos que puede pedir China a su deudor es una garantía de que no esté jugando al aprendiz de brujo o, peor aún, de que no esté cocinando alguna jugarreta para licuar sus deudas a través de una depreciación mayor del dólar, invocando a las fuerzas de la inflación.

En este sentido, la severa queja del gobierno chino es también un reclamo por la desatención que el gobierno de Obama ha manifestado hacia la necesidad de dar una respuesta global a la crisis en lugar de aplicar compresas de carácter aldeano y casuístico. Una queja, también, totalmente justificada. La política exterior de George W. Bush fue condenada, casi por unanimidad, por arrogante e incompetente. ¿Qué adjetivos merece la política exterior de Barack Obama al día de hoy? Pues estos dos: arrogante e incompetente.

Si Wen Jiabao dice: “Para ser honesto, estoy un poco inquieto” quiere decir que todos los focos rojos deben encenderse. Y el gobierno de Obama, que sólo ha dado un par de respuestas retóricas al reclamo, no parece haberlo entendido.

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lunes, 9 de marzo de 2009

El precio de los “activos tóxicos”

Una muestra clara de la zozobra en el área de urgencias de la economía estadounidense es el empeño de los médicos (encabezados por Tim Geithner, secretario del Tesoro) en considerar que los llamados “activos tóxicos” deben valer más de lo que dicen los mercados.

Incluso Paul Krugman, a quien nadie puede acusar de falta de entusiasmo y simpatía por Barack Obama y su nuevo-nuevo-nuevo trato (the newest new deal, podríamos llamarlo), ha enderezado una cáustica crítica a los sucesivos planes tentativos que ha lanzado el Tesoro de Estados Unidos para rescatar bancos en problemas y que, una y otra vez, son mal recibidos por los mercados y tienen que regresar a la mesa de diseño.

La de Krugman en este caso es una crítica que da en el blanco: El Tesoro insiste en que los “activos tóxicos” deben valer más de lo que hasta ahora han dejado saber los escasos compradores potenciales que pudiera haber para los mismos. ¿Por qué? Pues, porque si así fuera estaríamos ante una solución casi mágica e inmediata a la insolvencia de muchas instituciones financieras. Si los activos tóxicos – préstamos malparidos- valen más, todo quedaría en un mal sueño, la “insolvencia” sólo habría sido un error de percepción.

Para sostener su punto de vista – que en el fondo es un deseo ardiente más que una hipótesis razonada - Geithner se ha inventado una curiosa distinción entre el “valor económico inherente” y el “valor depreciado de manera artificial” de dichos activos. Obvio: Geithner “sabe” cuál es ése valor inherente que los mercados, tontos o miedosos, no reconocen.

Lo único divertido de todo esto es leer en palabras de Krugman una crítica que parece un eco de la condena que hiciera F. A, Hayek de “la fatal arrogancia” socialista fijando precios a despecho de la oferta y la demanda.

Pero cuando hasta los economistas en la izquierda del espectro, como Krugman, lamentan que el gobierno de Obama quiera establecer “precios de gabinete” contra “precios de mercado” hay razones para asustarse.

Esta insistencia por corregir al mercado sólo profundizará la crisis y la extenderá como una mancha imparable por todo el mundo.

En medio de esta lucha sorda entre la dura realidad y los ardientes deseos es imposible, por ejemplo, saber siquiera cuál es el valor auténtico de Citigroup, con o sin “joya de la corona” (la etiqueta adocenada para denominar a Banamex) en sus alforjas.

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miércoles, 4 de marzo de 2009

La crisis en pantuflas (3 y final)

Quedamos en que nadie se atreve a proclamar que el rey se anda paseando en cueros. Habrá que precisar: “casi nadie se atreve”. Los mercados sí se atreven.

Por lo pronto, los mercados bursátiles en el mundo han estado diciendo una y otra vez, a los cuatro vientos, que no le creen a Barack Obama y a su simpática banda de rescatadores.

Mientras los doctos analistas – de Paul Krugman a Luis Rosendo Gutiérrez – empuñan sus respectivas plumas (¿todavía escriben con pluma?) para regocijarse porque –dicen- Obama está cambiando el paradigma (otro lugar común), los mercados financieros están, duro y dale, anticipando los fracasos del multimillonario déficit fiscal en Obama Country (la denominación es de Juan Pablo Roiz) y de todas las promesas-programas de rescate de bancos, de aseguradoras, de créditos deformes desde la concepción (eso quieren decir los “especialistas” cuando, hablando como salvajes iletrados, hablan de problemas de “originación”), de armadoras de automóviles y de lo que se ofrezca.

Así como los políticos no quieren que se desate una epidemia de ejecución de hipotecas, tampoco quieren que, tras el festín de dinero fácil, nos sometamos a una dieta rigurosa de ahorro y frugalidad. La consigna de los políticos henchidos de keynesianismo de manual es: “¡A gastar, a gastar, que el mundo ya va a cambiar!”.

Pero la gente (ya ve usted cómo es de díscola “la gente”) comete el “pecado” de ahorrar. Lo publicó ayer Sergio Sarmiento: “El ingreso disponible de los estadounidenses después de impuestos aumentó 1.5 por ciento en enero de 2009 (…) Los consumidores están sembrando las raíces de la recuperación al rechazar las políticas del binomio Bush-Obama”. En otras palabras: Los consumidores están desobedeciendo a los políticos y están ahorrando.

Los consumidores, cuidando de sí mismos mejor de lo que puede hacerlo cualquier político, están consumiendo menos y ahorrando más. ¡Ah qué consumidores tan poco keynesianos!

La recuperación llegará a despecho del “cambio de paradigma” de Obama y su banda (de hecho, no veo mucho “cambio de paradigma” de la irresponsabilidad fiscal de Bush a la irresponsabilidad fiscal de Obama), gracias a millones de decisiones individuales, libres, de no gastar lo que no se tiene. Me atrevo a prever que las frías y despiadadas caídas de los mercados bursátiles caminan en el mismo sentido: No nos hagamos tontos, reconozcamos errores y tomemos las pérdidas que nos corresponden. Es la vieja, única e infalible receta para levantarse.

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