miércoles, 24 de junio de 2009

¿También en transporte ferroviario, ingeniero?

Algo es algo. La Comisión Federal de Competencia (CFC) acaba de anunciar que impondrá las multas máximas que contempla la ley a empresas de transporte ferroviario en México - así como a las empresas tenedoras directas o indirectas de las acciones de control de las firmas ferroviarias- por incurrir en prácticas monopolísticas absolutas. Específicamente, porque las empresas sancionadas intercambian información y así establecen precios únicos en el mercado en detrimento de los consumidores.

En otras palabras: Ferromex y Ferrosur actúan como si fuesen una sola empresa, a pesar de que la propia CFC prohibió expresamente su fusión por considerar que tal fusión generaría una concentración de mercado contraria a la libre competencia.

Llama la atención que entre las empresas multadas destaquen Grupo Carso, S.A.B. de C.V. y Sinca Inbursa, S. A. de C.V., junto con Grupo México S.A.B. de C. V. como tenedoras de las acciones de control.

Las multas totalizan poco más de 419 millones de pesos. Algo es algo.

Así que también en el transporte ferroviario se aplica el "modus operandi" monopolístico al que nos tiene tan acostumbrados el hombre más rico de México.

El boletín de la CFC puede leerse en este vínculo.

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martes, 12 de mayo de 2009

Una de vendedores electorales

Entre cien compañeras y compañeros suyos del “marketing” español han elegido a Juan Campmany, presidente de la agencia DDB en aquél país, como “el publicitario de la década”. Uno de los grandes logros del elegido fue “vender” a José Luis Rodríguez Zapatero como jefe de gobierno de España en 2004.

Zapatero fue vendido entonces como ZP y se dice, a toro pasado, que la dichosa marca – como de menjurje antioxidante rejuvenecedor – es la que explica su triunfo; pero no fue así: el evento que catapultó a este socialista parecido a “Mister Bean” fue el atroz atentado en las terminales de trenes de los suburbios de Madrid el 11 de marzo, tres días antes de las elecciones.

Ahora el exitoso vendedor habrá de soportar los comentarios sarcásticos de sus compatriotas, en particular los de los muchos que ya no están tan satisfechos con el producto político que les colocaron en la canasta de la compra.

Van algunos ejemplos de las puyas dirigidas al insigne creativo por algunos navegantes en la red:

“Te has lucido, chato. Como vendedor serás una máquina, pero el producto (ZP) que nos has vendido no pasa ni el peor control de calidad existente. Como todos los productos que publicites sean de la misma calidad, lo tuyo no es la publicidad, ¡son los milagros!”
“Cuando tengas un ratito a ver si te pasas por casa y preparas una campaña para vender a mi suegra como embajadora electa (sic) en las antípodas”
“De cualquier forma ZP (nada por delante, nada por detrás) ni una mala palabra, ni una buena acción. Es un resultado de laboratorio que demuestra que un candidato GAS puede anestesiar a toda una sociedad. Candidato GAS es igual a Guapo, Amable, Simpático”.

Y algunas peticiones al prodigioso publicitario para que les eche una mano a los “productos” electorales de la competencia, los del Partido Popular:

“Ya que con Zapatero lo hiciste bien, a ver si te pasas por casa de (Mariano) Rajoy y le quitas la cara de empanado que tiene”.
“A ver si le hacéis un lavado de cara a la Esperanza (Aguirre), le quitáis 20 años, le ponéis unas buenas (referencia vulgar a los pechos) y muchos españoles le votaremos, porque Rajoy no tiene solución”.

La pregunta, desde luego, es ¿el “marketing” astuto puede vender lo que sea y los consumidores- electores se lo tragarán?, ¿usted qué opina?

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lunes, 27 de abril de 2009

“¡Sorpresa!, los vamos a llevar a Ixtapa”

Usted contrató y pagó un sitio en el vuelo 7787 que sale de San Luis Potosí, según el itinerario confirmado por escrito por Click-Mexicana, el domingo 26 de abril de 2009 a las 19:20 horas con destino a la ciudad de México. Sin escalas.

Ya instalado en el avión y esperando partir en cualquier momento, sube a la nave una mujer que avisa: “Tenemos un inconveniente, nos han dado instrucciones de dirigirnos a Ixtapa para recoger ahí unos pasajeros, el tiempo de vuelo a Ixtapa es de una hora y 15 minutos; permaneceremos en la plataforma unos 15 minutos y después partiremos a la ciudad de México; el tiempo estimado de vuelo de Ixtapa a la ciudad de México es de 45 minutos”.

Varios protestan. Es inútil, sólo habrá alguna consideración para quienes tengan conexión inmediata a otro vuelo que parta de la ciudad de México (con suerte, los podrán colocar en otro vuelo de Aeroméxico), si no es así, asegura la empleada de Mexicana, usted tiene que aguantarse. Punto. Es una orden superior, nadie dice quién dio la orden, ni para qué, ni cuál es la lógica de darnos una “vueltita” a Ixtapa (eso sí, por el mismo precio) aunque no queda precisamente “de pasadita”; nadie accede a informar quiénes son esas personas que hay que recoger en Ixtapa. Usted piensa: No somos clientes, somos leva de un ejército llamado Click-Mexicana y una sargento nos ha hecho el favor de avisarnos que “la superioridad” decidió que nuestro itinerario será otro y que dispondrá de nosotros y de nuestro tiempo a su gusto. No hay emergencia meteorológica o de otro tipo, ¿influenza porcina?, que explique la repentina alteración. Los súbditos están para callar y obedecer.

Seis bajan del avión – a pesar de la insistencia de la empleada que insiste en impedirles abandonar una nave donde, para efectos prácticos, estaban secuestrados- y adquieren un boleto en la línea de enfrente donde hay amplia disponibilidad. Salvo dos casos, de conexiones urgentes, los empleados de Mexicana dicen que no están autorizados ni a rembolsar el boleto ni a sufragar el vuelo alterno. Cuatro de los decididos tienen que pagar un boleto adicional en la otra línea…y ver la posibilidad de demandar a Mexicana por incumplimiento de contrato y por daños y perjuicios. O al menos ejercer su derecho al pataleo; que es lo que estoy haciendo.

Hay negociantes que confunden “líneas aéreas de bajo costo” con “líneas aéreas de pacotilla”. Un abismo de diferencia.

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miércoles, 4 de marzo de 2009

La crisis en pantuflas (3 y final)

Quedamos en que nadie se atreve a proclamar que el rey se anda paseando en cueros. Habrá que precisar: “casi nadie se atreve”. Los mercados sí se atreven.

Por lo pronto, los mercados bursátiles en el mundo han estado diciendo una y otra vez, a los cuatro vientos, que no le creen a Barack Obama y a su simpática banda de rescatadores.

Mientras los doctos analistas – de Paul Krugman a Luis Rosendo Gutiérrez – empuñan sus respectivas plumas (¿todavía escriben con pluma?) para regocijarse porque –dicen- Obama está cambiando el paradigma (otro lugar común), los mercados financieros están, duro y dale, anticipando los fracasos del multimillonario déficit fiscal en Obama Country (la denominación es de Juan Pablo Roiz) y de todas las promesas-programas de rescate de bancos, de aseguradoras, de créditos deformes desde la concepción (eso quieren decir los “especialistas” cuando, hablando como salvajes iletrados, hablan de problemas de “originación”), de armadoras de automóviles y de lo que se ofrezca.

Así como los políticos no quieren que se desate una epidemia de ejecución de hipotecas, tampoco quieren que, tras el festín de dinero fácil, nos sometamos a una dieta rigurosa de ahorro y frugalidad. La consigna de los políticos henchidos de keynesianismo de manual es: “¡A gastar, a gastar, que el mundo ya va a cambiar!”.

Pero la gente (ya ve usted cómo es de díscola “la gente”) comete el “pecado” de ahorrar. Lo publicó ayer Sergio Sarmiento: “El ingreso disponible de los estadounidenses después de impuestos aumentó 1.5 por ciento en enero de 2009 (…) Los consumidores están sembrando las raíces de la recuperación al rechazar las políticas del binomio Bush-Obama”. En otras palabras: Los consumidores están desobedeciendo a los políticos y están ahorrando.

Los consumidores, cuidando de sí mismos mejor de lo que puede hacerlo cualquier político, están consumiendo menos y ahorrando más. ¡Ah qué consumidores tan poco keynesianos!

La recuperación llegará a despecho del “cambio de paradigma” de Obama y su banda (de hecho, no veo mucho “cambio de paradigma” de la irresponsabilidad fiscal de Bush a la irresponsabilidad fiscal de Obama), gracias a millones de decisiones individuales, libres, de no gastar lo que no se tiene. Me atrevo a prever que las frías y despiadadas caídas de los mercados bursátiles caminan en el mismo sentido: No nos hagamos tontos, reconozcamos errores y tomemos las pérdidas que nos corresponden. Es la vieja, única e infalible receta para levantarse.

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domingo, 7 de diciembre de 2008

¿Una economía sin consumidores?

Al consumidor no se le deja opinar sobre la reducción de aranceles

Un “especialista” (Luis Rubio) publicó hoy ("Reforma") un extenso artículo acerca de la reducción de aranceles en México. Son más de 1,100 palabras pero jamás aparece la palabra “consumidor” o las oraciones: “precios para el consumidor final”, “bienestar de los consumidores”.
En cambio, el artículo menciona constantemente las palabras: “productores”, “gobierno” y “apoyos”.
El autor argumenta que la reducción de aranceles podría ser impecable desde el punto de vista de la ciencia económica, pero carece de programas de “apoyo” para aquellos productores que podrían ser “arrasados” – ese es el verbo que emplea- por la competencia de productos extranjeros que serían, merced a la reducción de aranceles, más baratos que hoy.
Así como están ausentes los consumidores en el alegato, también se omite cualquier mención a que la devaluación del peso experimentada en los últimos meses ha encarecido para el consumidor final alrededor de 35% el precio de todos y cada uno de los bienes importados.
En México cuando los especialistas, los empresarios o el gobierno hablan de competitividad, de comercio exterior, de empleos, de precios o de crecimiento económico lo último que les interesa, si acaso les interesa, es el bienestar del consumidor.
Reducir aranceles equivale a regresar a millones de consumidores miles de millones de pesos que actualmente les son sustraídos por un puñado de negociantes. Pero tal “apoyo” a los consumidores – que no le costaría un solo centavo a los contribuyentes- es herético, porque no puede capitalizarse en aportaciones electorales, ni venderse como favor en el supermercado de la política, ni traducirse en patrocinios de algunos poderosos empresarios para centros de análisis e investigación.

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jueves, 14 de febrero de 2008

¿Los consumidores? ¡Al final de la fila!

Sólo dos ejemplos recientes del desprecio que manifiesta el pensamiento políticamente correcto hacia los consumidores. La consecuencia es que nuestro marco institucional obstruye la productividad y el crecimiento.

Primer ejemplo: En todo lo que se ha dicho y escrito acerca de una reforma energética en México prácticamente nadie menciona el interés de los consumidores. Aun los más “liberales” aceptan la petición de principio de que tal reforma debe hacerse para “salvar a Pemex”. Es decir: El interés del monopolio está por encima del interés de millones de consumidores de energéticos.

Que la discusión parta de ese prejuicio – del tamaño de la pirámide del Sol- ha provocado que el supuesto debate se convierta en un pleito entre los idólatras del becerro de chapopote. ¿Por qué es impensable plantear la reforma desde el punto de vista de los consumidores? Simplemente porque eso no es rentable, ni para la clase política, ni para el gobierno, ni para los negociantes, ni mucho menos para los sumos sacerdotes del trópico y de los pantanos.

¿A los consumidores mexicanos les conviene que persista el monopolio energético? ¡Chitón, niño, esas preguntas no se hacen!

Segundo ejemplo: Incluso algunos defensores del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) incurren en el despropósito de mostrar el superávit mexicano en la balanza comercial México-Estados Unidos como ejemplo de los beneficios del tratado. Es síntoma del típico desprecio mercantilista por los consumidores, como si el bienestar económico consistiese en vender, no en consumir. ¡El mayor beneficio del TLCAN está en que ha mejorado el nivel de vida de los consumidores mexicanos y que la competencia ha obligado a muchos que eran cazadores de rentas a volverse productivos!

En estos días, este complejo mercantilista (“las exportaciones son buenas, las importaciones son malas”) se ha agudizado con una discusión absurda sobre el crecimiento de las importaciones de maíz, leche y frijol (productos cuyas importaciones se desgravaron, ¡por fin!) como si tal crecimiento – de la magnitud que sea- fuese por sí mismo algo alarmante y perjudicial. Nos dicen, con todas sus letras, que les parece nefasto que los consumidores mexicanos podamos adquirir maíz, leche o frijol a precios más baratos.

No deberíamos asombrarnos de que la productividad promedio de la economía mexicana sea tan baja, ¡es el resultado directo de desdeñar sistemáticamente el interés del consumidor!

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miércoles, 13 de febrero de 2008

¿Por qué las minorías mandan?

Las minorías pesan más que los consumidores en el diseño del marco institucional porque están organizadas. Y están organizadas porque la utilidad que obtienen al orientar el marco institucional en su beneficio supera con creces el costo de organizarse. A los consumidores, dispersos, desorganizados y con intereses diversos, les sucede lo contrario.

El libro “La lógica de la acción colectiva” del economista Mancur Olson se publicó en 1965 y fue parte de la revolución copernicana de la ciencia política ya que despojó a la democracia de su halo romántico para mostrarla como en realidad es: Un arreglo político lleno de defectos y de riesgos que, sin embargo, tiene la enorme virtud de ser menos malo que los otros arreglos conocidos: dictadura, despotismo, anarquía o guerra permanente.

El principal hallazgo de Olson fue que en una democracia las minorías organizadas en torno a un interés único suelen prevalecer sobre las mayorías desorganizadas con intereses dispersos. Y que tales minorías pagan los costos de organizarse porque los beneficios que obtienen al influir en el diseño de leyes y políticas públicas resultan mucho más altos que los costos. Por el contrario, la utilidad que las mayorías obtendrían a cambio de informarse y organizarse para influir en las decisiones políticas no compensa los elevados costos en que incurrirían. El arquetipo de la mayoría desorganizada (y desatendida por los políticos y los gobiernos) somos los consumidores.

Todos somos consumidores, pero en esa condición tenemos mucho menos peso político que como productores, miembros de un sindicato o de un partido o socios de un gremio profesional. En las urnas cada voto pesa lo mismo, pero en el Congreso Juan pesa mucho más si se presenta como miembro del sindicato de petroleros que si lo hace mostrando su credencial de elector.

El político tiende a satisfacer las demandas de esas minorías organizadas porque, a diferencia de la mayoría anónima, esos grupos sí le pueden retribuir sus esfuerzos por complacerlos. Ésa es la razón de fondo por la que suelen estar tan mal defendidos los intereses del consumidor en las instancias que diseñan el marco institucional: Congresos y gobiernos.

A 43 años de distancia el hallazgo de Olson sigue opacado por la romántica leyenda de que la democracia es el gobierno del pueblo y para el pueblo. No del todo, no siempre.

Mañana: Colección de ejemplos mexicanos.

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martes, 12 de febrero de 2008

El misterio del crecimiento y la productividad

¿Por qué el PIB de México no crece de forma sostenida a tasas más elevadas, digamos de 7% u 8% anual?

Mi respuesta inmediata ante esta pregunta suele ser: "México no crece a tasas más elevadas porque padecemos múltiples obstrucciones a la productividad". Y podemos enumerar decenas de dichos obstáculos: precarios derechos de propiedad, barreras a la competencia, restricciones a la inversión, lamentable calidad de la educación, excesivas regulaciones, presencia de monopolios públicos y privados en áreas estratégicas…

Tal vez, sin embargo, la respuesta deba ir más allá de la noción típica de productividad como la relación entre lo producido y los medios empleados en la producción, para enfatizar que ese cociente – el resultado de dividir lo producido entre el caudal de medios e insumos empleados- tiene que definirse en términos de beneficio neto para el consumidor. Es decir: Productividad es todo aquello que nos hace la vida más llevadera como consumidores.

Intento un ejemplo para tratar de arrojar luz sobre esa distinción: La empresa A obtiene una utilidad neta de 45 por ciento sobre sus ventas brutas porque disfruta de una condición monopolística en el mercado. El principal medio empleado para lograr esa condición y esa elevada rentabilidad podemos resumirlo en: "Excelentes relaciones con la agencia gubernamental reguladora y con los legisladores". ¿Es eso productividad? No. Podrá definirse como rentabilidad pero no como productividad porque no se ha generado una riqueza adicional a través del proceso productivo o de mejoras en los factores de la producción (capital financiero, trabajo, conocimientos, destrezas, capital humano, tecnología), sino que se ha verificado una apropiación de rentas, un juego de suma cero: El beneficiario, cazador de rentas, ha obtenido su utilidad despojando a los consumidores de un excedente que los consumidores podrían haber disfrutado en condiciones de competencia o libre mercado. Para el conjunto de la economía se trata, de hecho, de un retroceso en términos de productividad: La vida se ha hecho más difícil, más cara, de lo que podría ser en condiciones de verdadera competencia.

Hay que añadir, entonces, una precisión a la respuesta original sobre las causas del mediocre crecimiento económico: Abrumadores obstáculos a la productividad definida éste en términos de beneficios netos para el consumidor.

Lo cual nos lleva al gran problema de ¿por qué los intereses del consumidor están tan mal defendidos en el terreno institucional? Problema que abordaré mañana.

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domingo, 21 de octubre de 2007

¿Creen que somos idiotas?

“El sepulturero no iba al dentista porque el dentista no le había comprado nada (aún) al sepulturero”: Ramón Mier, ridiculizando el “argumento” idiota de Telmex sobre la reciprocidad en inversión extranjera.

Uno de los hábitos más irritantes que tienen los monopolios, gubernamentales o privados, es tratar a los consumidores no sólo como rehenes, sino como retrasados mentales.
Hoy día en México sólo pueden ofrecer el servicio de telefonía fija empresas con capital mayoritariamente mexicano, lo cual significa que ése sigue siendo un territorio de caza prácticamente exclusivo de un gran predador. Hubo quien, con toda sensatez, propuso en el Congreso que se levantara esa restricción absurda que perjudica a los consumidores, inhibe le competencia y obstaculiza la productividad del país. De inmediato, la poderosa maquinaria de propaganda y cabildeo de Telmex se puso en marcha para evitar dicha apertura echando mano – a falta de otra cosa- de un “argumento” para retrasados mentales: La falta de reciprocidad en algunos países que tampoco permitirían – dicen- la inversión extranjera mayoritaria en telefonía fija.
El viernes pasado Telmex decidió dejar de utilizar tan sólo voceros indirectos – políticos, presuntos periodistas con información privilegiada, notas a modo en alguna televisora- y nada menos que el director de Alianzas Estratégicas, Comunicación y Relaciones Institucionales de la empresa, Arturo Elías Ayub, salió a repetir el mismo argumento para oligofrénicos: que están de acuerdo con la apertura siempre y cuando exista una cláusula de reciprocidad porque “no hemos podido entrar a Italia, no nos dejan entrar a España”. Y se quedó tan campante, confiando en que los consumidores mexicanos somos tan tontos que vamos a aceptar gozosos que nos digan: “Mira, como los italianos o los españoles no pueden contratar telefonía fija de Telmex, tú consumidor mexicano tampoco debes tener derecho a elegir a otros proveedores”.
En su bitácora en la red Alejandro Hope desmenuza la idiotez del argumento de Telmex y, en un agudo comentario, el empresario Ramón Mier relata la parodia del sepulturero que no iba al dentista por “falta de reciprocidad”.
¿Qué se supone que tenemos que hacer, entonces, los consumidores mexicanos? Fastidiarnos y proponer un pequeño cambio al escudo nacional: El águila ya no devorará a la serpiente sino que hablará por teléfono y ostentará en el pecho, orgullosa, el logotipo de Telmex.
¿Además de esquilmados, idiotizados?

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jueves, 4 de octubre de 2007

¿Los consumidores debemos esperar?

¿A quién se castiga exigiendo "reciprocidad" en la apertura a las inversiones extranjeras como requisito para aceptar la libre competencia en México?, ¿a otros países? ¡No!, a los consumidores mexicanos.

La inversión extranjera directa (IED) contribuye significativamente a mejorar la distribución del ingreso. Esto se ha demostrado con acuciosidad y precisión en una muy pertinente investigación de Nathan M. Jensen y Guillermo Rosas (ver Foreign Direct Investment and Income Inequality in Mexico, 1990-2000, publicada en International Organization, Summer 2007, pp.467-87), (a los interesados puedo enviarles una copia de la investigación a su correo electrónico).

Aun sin necesidad de realizar una investigación científica exhaustiva como ésa, es claro que una mayor IED permite una mayor competencia en los mercados y, en esa misma medida, genera beneficios a los consumidores, ya sea disminuyendo los precios, incrementando las opciones disponibles y/o mejorando la calidad de los productos y servicios.

Aun para la arcaica mentalidad proteccionista y tontamente nacionalista que ha caracterizado a las leyes y regulaciones mexicanas en la materia, empieza a ganar terreno la opinión de que es importante – y hasta urgente para incrementar la competitividad y la productividad en beneficio de los consumidores- garantizar y fomentar condiciones de plena y libre competencia en todos los mercados.

Por desgracia esta incipiente "apertura mental" de muchos de nuestros legisladores, empresarios y funcionarios públicos es más retórica que efectiva. Una cosa es predicar la libre competencia en abstracto y otra, muy distinta, garantizarla efectivamente en actividades clave para la productividad del país, por ejemplo en las telecomunicaciones.

Ante la mera posibilidad de que se modifique la ley de IED en México en un sentido liberal, y específicamente en materia de telecomunicaciones, de inmediato los poderosos intereses monopolísticos han emprendido una campaña proclamando que la apertura es buena, siempre y cuando en el país de origen de la inversión extranjera exista "reciprocidad", es decir existan iguales condiciones de apertura. Restricción cuyo único efecto es fastidiar, ¡otra vez!, a los consumidores mexicanos.

Es una tomada de pelo patriotera – el patriotismo como el último refugio de un canalla, como decía Samuel Johnson- que demuestra que los consumidores seguimos estando al final de la fila en los intereses de políticos metidos a gestores de los intereses de poderosos cazadores de rentas monopolísticas.

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