jueves, 24 de septiembre de 2009

Que el G-20 sepa reinventarse como lo hizo Pittsburgh

En cierta forma, el título de este comentario es una plegaria: "Que sepan...hacer lo que hizo la ciudad de Pittsburgh".

Hoy comienza una nueva reunión del G-20, diecinueve países más un representante de la Unión Europea, en Pittsburgh, Pensylvania. Los líderes mundiales tendrán como marco una ciudad hermosa que ha experimentado un fecundo proceso de destrucción creativa.

El lema de la ciudad es "P!ttsburgh, imagine what you can do here". (P!ttsburgh, imagina lo que puedes hacer aquí), y refleja ese proceso de re-invención del que sus habitantes están muy orgullosos. Pittsburgh ya no es más la ciudad del acero, sino la sede de la investigación y el desarrollo de vanguardia en medicina, en farmacología, en productos y procesos para mejorar el medio ambiente. Y es, a juicio de The Economist la mejor ciudad para vivir en Estados Unidos y la ciudad número 29 entre las mejores ciudades del mundo para vivir.

Como relata un interesante reporte de la última edición de la misma revista The Economist, cuando la industria del acero entró en declinación acelerada a principios de la década de los años 80, la ciudad y la región que la circunda perdieron más de 120 mil puestos de trabajo, alrededor de la mitad de sus empleos en la industria manufacturera. Pero la comunidad, junto con las autoridades locales, han sabido "reinventarse" alrededor de estupendas universidades, centros de investigación y de la atracción de grandes inversiones dedicadas a la ciencia, a la tecnología y al desarrollo de conocimientos y aplicaciones de vanguardia.

Simbólicamente, el más alto edificio de la ciudad, conocido originalmente como la US Steel Tower, es hoy la sede de UPMC, University Pittsburgh Medical Centre, el principal empleador de la región que da trabajo a 50 mil personas.

¿Sabrán los líderes de los países integrantes del G-20 afrontar con creatividad y entereza el desafío de re-inventar sus naciones y el orden económico mundial, transformarlas, revivir el libre comercio mundial, darle nueva vida a la globalización? Habrá que rezar...y que ponernos a hacer la tarea cada cual en donde pueda y como pueda, porque esperar todo o mucho de los dirigentes mundiales es candoroso, si no estúpido.

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martes, 7 de abril de 2009

Evaluación serena del G-20 (3 y final)

En la reunión del G-20 hubo logros parciales, omisiones graves, asuntos que apenas pudieron esbozarse y desacuerdos profundos a los que la declaración final puso sordina.

Es un avance significativo el otorgamiento de mayores recursos al FMI y a otros organismos financieros multilaterales. Queda pendiente la reforma profunda del FMI y del Banco Mundial. Si algo ha mostrado esta crisis es que, a diferencia de hace 50 años, las economías en desarrollo desempeñan un papel crucial en la economía del planeta; es ridícula, por ejemplo, la “regla no escrita” de que la cabeza del FMI deba ser invariablemente un europeo y la cabeza del BM deba ser invariablemente un estadounidense. Los políticos del mundo marchan con medio siglo de retraso, o más, respecto de la realidad económica.

Es una gravísima omisión que la condena al proteccionismo haya quedado en otra declaración retórica. No hay un solo compromiso firme de los 18 países del grupo que han incurrido en prácticas proteccionistas, de noviembre de 2008 al mes de abril de 2009, para dar marcha atrás a dichas prácticas. El buen deseo de concluir con éxito la Ronda de Doha suena a burla: no está sustentado en una sola medida concreta.

Respecto de la regulación ya señalé que fue un acierto atajar el propósito de crear un organismo regulador supranacional burocrático y evitar el afán de multiplicar limitaciones sin ton ni son para los mercados financieros. Ha quedado claro que las reglas de capitalización, creación de reservas y otras de solvencia, que hoy se aplican a los bancos, también deben aplicarse a los “bancos no-bancos”. (Los “bancos –no bancos”, son aquellas entidades financieras que, sin captar directamente recursos del público para ser prestados, y por lo tanto sin ser jurídicamente bancos, en la práctica sí funcionan como tales).

Los desacuerdos que se silenciaron al final de la reunión son profundos: No ha concluido el diferendo entre China y Estados Unidos acerca de la moneda de reserva mundial, no ha concluido el diferendo entre Europa y Estados Unidos acerca de la regulación y los paquetes de estímulo fiscal de cada país, no ha concluido el diferendo entre los “grandes” y las economías emergentes acerca de la nueva configuración del FMI, el Banco Mundial y otros organismos multilaterales.

Lo mejor de la reunión es que tales desacuerdos no se agravaron.

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Evaluación serena del G-20 (2)

Tengo para mí que el resultado más importante y positivo de la reunión del G-20 fue que se lograse abortar la equivocada pretensión europea (principalmente de los gobiernos de Francia y Alemania) de crear una regulación financiera supranacional rígida, restrictiva, politizada y demagógica, que manejaría alguna burocracia internacional al estilo de la ONU. Eso es lo que festejaron los mercados financieros al final de la cumbre, más que la inyección de recursos en billones de dólares para estimular una recuperación.

No sólo se trata de que cada país y cada economía tiene peculiaridades que una regulación financiera supranacional no sabría entender ni atender, sino de que en materia de regulación los excesos siempre (repito: siempre) resultan más costosos que las omisiones. Sé que decir esto, en medio de una crisis global cuya principal causa parecen ser las omisiones de los reguladores en Estados Unidos, es políticamente incorrecto y parece un contrasentido, pero hay que saber ver un poquito más allá de lo reciente para analizar con objetividad la historia.

Invariablemente, el intervencionismo controlador ha generado más problemas que soluciones.

Aclaro que sí es preciso, y urgente, ampliar el perímetro de lo regulado (aplicar a los bancos-no bancos, como a las administradoras de fondos de inversión o de cobertura, o como a las sociedades financieras de objeto múltiple, para ponerlo en terminología local, los mismos parámetros estrictos de capitalización y de formación de reservas que se aplican a la banca convencional), pero ello lo debe hacer cada país y sin incurrir en un afán controlador que inhiba la creación de nuevos mecanismos para potenciar los efectos benéficos de la intermediación.

Lo que es un auténtico despropósito en materia de regulación es entrar a terrenos demagógicos, como ése de fijar topes a los salarios de los ejecutivos que trabajan para intermediarios financieros privados, como si fuesen servidores públicos, burócratas, y como si limitar sus ingresos los hiciese automáticamente más probos y mejores personas. Es odioso y repulsivo ese prurito de los políticos por convertirse en niñeras o en directores espirituales de las personas.

Por cierto, las conclusiones del G-20 no pudieron eludir esa ridícula concesión a la demagogia. Esperemos que sólo haya sido eso, una concesión retórica para consumo de la galería, que suele demandar chivos expiatorios y santas inquisiciones que quemen a tales chivos expiatorios en leña verde.

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sábado, 4 de abril de 2009

Evaluación serena del G-20 (1)

Al final de las reuniones en la cumbre lo que se anuncian son los acuerdos, nunca los desacuerdos.

Vale la pena hacer una evaluación serena y objetiva de los resultados de la reciente reunión del G-20. ¿Por qué?

Uno, porque al final de una “cumbre” lo que se publicita son los acuerdos, no los desacuerdos; a nadie, entre los jefes de gobierno y de Estado, le conviene regresar a casa diciendo que fue una pérdida de tiempo (y de dinero y esperanzas de los contribuyentes) eso de reunirse en lejanas tierras con toda la parafernalia, y los gastos, que acompañan a estas juntas en las alturas. Esta tendencia a publicitar la concordia y no el disenso es algo que con extrema facilidad se tragan los medios de comunicación, basta con que en los discursos y declaraciones finales se deslicen estratégicamente las frases clave: “acuerdo histórico”, “se inaugura una nueva etapa de cooperación internacional”, “después de las tensiones surgió sorpresivamente el consenso” y similares. Créanme, esto de las frases clave es muy importante en la política y se paga bien.

Dos, porque se corre el peligro de confundir el fin de la crisis, con el principio del fin (la frase original es de Winston Churchill y después la retomó Bruno Donatello) y olvidar que los relativamente aceptables resultados de la reunión del G-20 no equivalen a una solución mágica al episodio de desconfianza profunda que hoy aqueja a la economía mundial. Todavía saldrán algunos esqueletos escondidos en los armarios (hay que prestarle atención a lo que sucede en varias economías de Europa del Este) y hay que admitir que el pantagruélico programa de estímulos fiscales aprobado en Estados Unidos generará en el mediano y largo plazos no pocos aprietos.

Tres, aunque parezca que se le han otorgado mayores facultades al FMI y a otros organismos multilaterales lo que se les ha dado es más recursos (quizá no los suficientes para la magnitud de la sequía que se avecina) pero queda pendiente reconfigurar sus atribuciones, reconocerle a los países emergentes mayor protagonismo en la conducción de esos organismos y, al mismo tiempo, acotar con gran cuidado sus facultades en materia de regulación porque se corre el peligro de convertirlos en monstruos que estorben a la economía mundial, en lugar de ayudarla y dejarla ser.

Hay aún más razones para la cautela y para el optimismo moderado. En las próximas dos entregas espero comentarlas.

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jueves, 2 de abril de 2009

Hablando de “voracidad” en el G-20

Barack Obama dice cosas muy chistosas para ser Presidente de los Estados Unidos.

Habla, con frecuencia, como si fuese un predicador puritano que fustiga los dispendios, los excesos y las desmesuras; lo cual podría estar muy bien si Obama no fuese la cabeza de un gobierno que se ha embarcado en el que podría ser el mayor despilfarro fiscal de la historia de la humanidad.

La víspera de la reunión económica global (G-20), en Londres, Obama lanzó una advertencia que, con toda razón, The Washington Post calificó de “inusual”. Cito el párrafo original escrito por Anthony Faiola tal como lo recibí del servicio digital de noticias del Post:

“LONDON, April 1.-On the eve of a global economic summit here, President Obama delivered an unusual warning Wednesday for an American leader: The “voracious” U.S. economy can no longer be the sole engine of global growth”.

Escuchar al Presidente de los Estados Unidos calificar de voraz a la economía de su país debe haber sido como miel para los oídos de algunos de mis viejos profesores jesuitas, quienes parecían más aficionados a leer a Antonio Gramsci que a Tomás de Aquino.

El adjetivo “voraz” tanto en inglés como en español connota una condena moral a la glotonería, a la rapacidad, a la desmesura, a la incontinencia. Así pues mister Obama condena el apetito insaciable de sus compatriotas.

Todo lo cual es bastante discordante con el keynesianismo en boga en el propio gobierno de Obama – que cifra sus esperanzas de recuperación precisamente en estimular la demanda con pantagruélicas cantidades de dinero público-, pero además suena, dirigido al resto del mundo, como un feo regaño a europeos y chinos, entre otros, porque están esperando que el febril consumismo estadounidense los saque del aprieto, mientras que ellos (ojo, Unión Europea) no le dan rienda con la misma alegría que en Obama Country al gasto público y al déficit concomitante. (¿O no tendrán cómo hacerlo?).

Tal vez esa última fuese la intención del discurso de Obama, pero ¡vaya que lastimó a todos sus compatriotas! utilizando un adjetivo impertinente (voraz) para describir el consumo de un pueblo que sí, gasta y se endeuda, a veces mucho, en los tiempos bonancibles, pero que tiene la virtud encomiable de ajustarse de inmediato a la frugalidad y al ahorro en los malos tiempos, como hoy sucede.


Voraz, lo que se llama voraz e insaciable es el apetito de los políticos (incluido Obama) para disponer de los recursos de los contribuyentes.

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G-20: Lo que está en juego

El asunto más importante para el bienestar mundial – incluso para la paz del planeta- que tienen en sus manos los dirigentes del G-20 es evitar a toda costa que la crisis se convierta en el pretexto para dar marcha atrás al proceso de globalización comercial.

Un compromiso auténtico con la libertad comercial y una condena enérgica a las casi incontables prácticas proteccionistas es lo más importante que puede lograr la reunión del G-20.

La mala noticia es que hay muy pocas probabilidades de que así suceda.

Un ejemplo: Los desplantes de Nicolás Sarkozy (cito su declaración: “No seré socio de una cumbre que concluya con un comunicado de compromisos falsos que no aborden los temas que nos preocupan”) son una pésima señal. El gobierno de Francia (y en gran medida el de Alemania) parece llegar a la cumbre con una agenda no-cooperativa, más para consumo de sus electores en casa, en la que ostensiblemente NO está el libre comercio o la condena al proteccionismo comercial. Su agenda – “los temas que nos preocupan” – es enfrascarse en una discusión sin salida con Estados Unidos acerca del falso dilema entre programas de estímulo (gasto) a la demanda y nuevas regulaciones financieras de carácter global.

El libre comercio NO es un “tema” que agobie a Francia; por el contrario, la tradición secular de la política comercial francesa ha sido el proteccionismo.

Pero no son sólo los gobiernos de Francia o Alemania los que relegan el asunto del libre comercio. La mayoría de los líderes llegan a la cumbre con agendas marcadas por la necesidad de complacer, cada cual, a grupos de interés en sus respectivos países que, a su vez, forman parte de sus reductos electorales. Grupos de interés anclados en el proteccionismo.

Fue precisamente la interconexión entre economías emergentes y economías desarrolladas la que posibilitó un largo período de prosperidad y crecimiento del comercio mundial en las últimas décadas. En el proceso varias economías emergentes crecieron desempeñando el papel de exportadoras y acreedoras, en tanto que varias economías altamente industrializadas disfrutaron de financiamiento abundante y barato proveniente de sus contrapartes comerciales.

La opción de restablecer esa prosperidad es lo que podría tirarse por la borda en esta cumbre.

Por desgracia, la globalización no es irreversible. Ya en las primeras décadas del siglo pasado el mundo retrocedió en materia de libertad comercial y migratoria; ese retroceso fue una de las principales causas de las dos grandes guerras mundiales.

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domingo, 29 de marzo de 2009

Un día después de la crisis

Un día después de la crisis…empezará otra. Un día después de la crisis, por ejemplo, los gobiernos de Estados Unidos y de Gran Bretaña tendrán que explicar cómo van a sacar a sus naciones de la hecatombe fiscal en que, so pretexto de la crisis, las habrán hundido.

El jueves pasado, 26 de marzo, un miembro del parlamento europeo (MEP), británico, nacido en Perú en el seno de una familia británica, encaró al Primer Ministro Gordon Brown para decirle “un par de cosas” en una sesión solemne de dicho parlamento presidida por el propio Brown – acompañado de su gabinete- en preparación a la cumbre del G-20, a celebrarse en Londres el próximo jueves 2 de abril.

El brillante alegato de este parlamentario de 37 años, Daniel Hannan, puede verse y escucharse aquí.

No tiene desperdicio. Al momento en que escribo esto el pequeño discurso de Hannan registraba un millón 590,611 reproducciones en “You Tube”. No está mal para cuatro días. Los medios convencionales desdeñaron el discurso. En una emisión regional de la BBC, que lo mencionó a regañadientes, los locutores se justificaron diciendo que a Hannan “nadie lo cubrió, porque nadie sabe quién es”. Sin embargo Hannan lleva 14 años escribiendo con regularidad en el Telegraph, el diario británico de calidad de mayor circulación. Pero los locutores de la BBC no suelen leer ese diario, por lo visto.

Hannan le dice a Brown que podría tener un poquito más de autoridad moral para proponer soluciones a la crisis, si su gobierno hubiese aprovechado los buenos días de antaño para ahorrar, en lugar de despilfarrar los recursos públicos. Le recuerda que hoy la Gran Bretaña ya tiene un déficit fiscal superior al de Pakistán y que cada niño británico llega al mundo cargando una deuda pública de unas 20 mil libras esterlinas (más de 400 mil pesos mexicanos); en resumen y muy británicamente le llama a Brown “el devaluado primer ministro de un gobierno devaluado”.

El gobierno de Brown, al igual que el de Barack Obama, propone darle más droga al adicto. Para los medios (y los políticos) la noticia son los bonos que cobraron los ejecutivos de AIG, no el pantagruélico déficit fiscal. “Es que los bonos de esos ejecutivos incompetentes – se alega – los pagan los contribuyentes”. Pues, ¿quién les mandó rescatar AIG con el dinero de los contribuyentes?

Del gran desastre fiscal que están fabricando tal vez nos informarán más tarde…un día después de la crisis.

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miércoles, 25 de marzo de 2009

¿Y si fundamos “Proteccionistas Anónimos”?

En una semana, el 2 de abril, será la nueva reunión del G-20, que agrupa a 19 países tanto desarrollados como en desarrollo, más la Unión Europea como conjunto con un sitio adicional rotatorio.

En la reunión anterior celebrada en Estados Unidos en noviembre de 2008, los jefes de Estado y/o de gobierno de todos los países presentes manifestaron su repudio al proteccionismo comercial, recordaron sensatamente que las medidas proteccionistas durante la década de los 30 del siglo pasado profundizaron, prolongaron y diseminaron la Gran Depresión en todo el orbe, prometieron hacer su mejor esfuerzo (como si fueran jugadores de un seleccionado nacional antes de un partido decisivo) para reanimar una agonizante Ronda de Doha y nada más les faltó ponerse la mano en la corazón – “cross my heart”- o besar cada cual la cruz formada por los dedos pulgar e índice de su mano derecha – “se los juro, por ésta”-, para proclamarse como los paladines del libre comercio.

Pues ¿qué creen?, a inicios de este mes 17 de los 20 ya habían incurrido en nuevas prácticas o medidas proteccionistas (desde subsidios a sus exportaciones hasta barreras arancelarias o no arancelarias a las importaciones, pasando por los consabidos intercambios de represalias comerciales; ejemplo: China prohíbe la importación de carne de cerdo irlandesa), según una investigación del Banco Mundial que detectó 47 importantes restricciones comerciales nuevas en el mundo surgidas entre el 15 de noviembre de 2008 y el primer día de marzo de 2009.

Mi cálculo es que para hoy, si bien nos va, sólo quedan dos, Australia y tal vez Sudáfrica, del grupo de los 20, que han honrado sus juramentos a favor del libre comercio. El resto parecen alcohólicos reincidentes tras una emotiva sesión catártica de promesas que serán incumplidas. Habrá que fundar el club P. A. (Proteccionistas Anónimos) y alguien deberá inventarse una guía de diez pasos para que estos hombres y mujeres – y sus burocracias – puedan controlar la enfermedad proteccionista, que es crónica, progresiva y mortal.

Los hay peores, de esos que parecen irredentos y cínicos (la Unión Europea como conjunto, Francia, Japón, China, Argentina, Rusia, Estados Unidos), los hay medio proteccionistas y hasta alguno habrá que, cansado de los constantes incumplimientos de su arrogante vecino, se acaba de unir al grupo.

Señoras y señores: el primer paso debería ser la confesión pública. Reconocer que son enfermos y que necesitan ayuda: “Hola, soy Barack y soy proteccionista…”, o algo así.

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martes, 24 de marzo de 2009

China, sus motivos y el dólar

Ahora fue el gobernador del banco central de China, Zhou Xiaochuan, el encargado de enviar el mensaje a los Estados Unidos. Bajo el ropaje de un ensayo académico el banquero central chino propone una idea perturbadora e irrealizable en el corto plazo, pero que no deja de tener engañosos atractivos: Que el dólar deje de ser la moneda mundial de reserva (ninguna autoridad mundial ha decretado que el dólar lo sea, pero así es de hecho) y que se establezca una nueva moneda mundial de reserva administrada y emitida por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y que, por lo tanto, no sea la divisa nacional de nadie.

La propuesta es irrealizable, al menos en el corto plazo, y desaconsejable; a pesar de que podría parecer que una moneda internacional de reserva, digamos los Derechos Especiales de Giro (DEG) del FMI, obligaría a todos los países, empezando por Estados Unidos, a una mayor responsabilidad fiscal. Desaconsejable, entre otras razones, porque supondría convertir al FMI en un súper-banco central mundial, con un poder inmenso y temible. Muy peligroso. Pero además irrealizable porque la experiencia histórica nos ha mostrado que, más allá de los deseos de los voluntariosos políticos y gobernantes, son los mercados los que acaban eligiendo la moneda que mejor les acomoda como moneda de reserva, que no necesariamente ni en todo momento –¡atención!- es la moneda de mejor calidad, sino la más fácilmente comerciable que, a veces y por la misma razón, puede ser la moneda más mala, que es la que todos preferimos usar para pagar deudas y mercancías, en lugar de atesorarla.


En realidad ése es el grave problema de China en estos momentos: Atesoró en una moneda que podría haber sido la equivocada; y esa, ¡ay!, es la ventaja de Estados Unidos: Se endeudaron a lo bestia en la moneda que ellos mismos emiten.

Ni el gobierno chino, ni el gobernador de su banco central, parecer estar proponiendo en serio esa nueva arquitectura para el sistema financiero del mundo. Expresan su preocupación ante la eventualidad de que el gobierno de Barack Obama intente una depreciación rápida del dólar – mediante el despilfarro fiscal- para amortizar de forma acelerada y tramposa sus deudas (el sueño de todo “barzonista”). Es la natural preocupación del acreedor cuando ve que su deudor es adicto al derroche.

Preocupación legítima, respecto de la cual el gobierno de China no puede hacer mucho más que quejarse. ¿A dónde moverá sus reservas?, ¿al Rand sudafricano?

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viernes, 20 de marzo de 2009

La solución de la crisis, ¿está en chino?

Con su proverbial perspicacia el semanario británico The Economist (en su edición más reciente, que empezó a circular ayer) pone a China como pieza decisiva sobre el tablero de juego de esta crisis global.

En su articulo de portada se pregunta si estamos entrando a una nueva era bipolar con Estados Unidos y China como protagonistas y si la inminente reunión del grupo de los 20 (G-20) en Londres no debería llamarse mas bien reunión del G-2.
El propio semanario descarta, líneas después, esta inquietante hipótesis recordando que, a pesar de todo, China sigue siendo un país extremadamente pobre…, aunque clave para encontrarle una solución de largo plazo a esta calamidad global.

En noviembre pasado se cumplieron 30 años del gran viraje chino hacia una versión de economía de mercado, aunque sin mecanismos democráticos de gobierno y de deliberación de los asuntos públicos. Como escribí en enero de 2008 el camino hacia la economía de mercado en China ha sido sinuoso y ha avanzado mediante el método de ensayo y error. Los resultados han sido exitosos, lo que demuestra otra vez la superioridad de los mecanismos de libre mercado sobre los modelos intervencionistas; una lección que algunos pretenden borrar contando una historia mentirosa de la crisis actual.

Hoy día estamos presenciando, en el antiquísimo debate entre liberalismo económico e intervencionismo estatal, episodios insólitos: Hu Jintao hace el elogio de Adam Smith en la reunión anual de Davos Suiza o Wen Jiabao pide a los Estados Unidos un poco más de responsabilidad monetaria y fiscal.

Más que la crisis en sí lo que parece perturbar gravemente a los integrantes del gobierno chino son las extrañas respuestas de los gobiernos de las grandes potencias occidentales (digamos, Estados Unidos) ante este episodio recesivo. Se ve que los chinos estudiaron concienzudamente el liberalismo económico y lo aceptaron en lo esencial; ahora no comprenden – y tienen toda la razón – el temperamento veleidoso de los políticos de Occidente quienes, ante la crisis, se apresuran a olvidar esos principios o, peor aun, culpan al libre mercado de un desastre que, bien visto, tiene su origen en el abandono del liberalismo económico.

Tal vez sea un espejismo hablar de un nuevo mundo bipolar con Estados Unidos y China como protagonistas. Pero China tiene un peso mayúsculo en este tablero de juego y mucho ayudaría para superar esta crisis (y mucho lo agradecería el gobierno chino) que en Occidente nos mostrásemos un poco más coherentes con los principios liberales.

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lunes, 16 de marzo de 2009

China desenfunda y Obama ¿en qué piensa?

El Primer Ministro chino, Wen Jiabao, dijo el viernes:
“Le hemos prestado un montón de dinero a Estados Unidos. Por supuesto, estamos preocupados por la seguridad de nuestros activos. Para ser honesto, estoy definitivamente un poco inquieto”.

Tratándose del gobierno chino, y de Wen Jiabao, podemos estar seguros de que cada palabra ha sido meditada minuciosamente. La comedida declaración es, de hecho, una severa queja dirigida contra el gobierno de Barack Obama tan sólo unos días antes de que se celebre la reunión en la cumbre del G-20:

¿Qué demonios está haciendo el gobierno de Estados Unidos, en esta crisis global, además de incrementar su deuda pública a niveles insólitos y enfrascarse en acaloradas discusiones domésticas y electoreras entre demócratas y republicanos?, ¿hay alguna garantía, más allá de las promesas retóricas, de que Estados Unidos regresará en algún momento a la senda de la responsabilidad fiscal?, ¿de qué magnitud serán las pérdidas que China habrá de contabilizar cuando las tasas de interés de los bonos del Tesoro repunten y los precios de los bonos, consecuentemente, se desplomen?


Uno puede detestar, por razones totalmente justas, la falta de respeto a los derechos humanos en China y la cerrazón del gobierno chino a la auténtica democracia, pero la lógica económica del reclamo de Wen Jiabao es impecable: Como el principal acreedor individual de los Estados Unidos lo menos que puede pedir China a su deudor es una garantía de que no esté jugando al aprendiz de brujo o, peor aún, de que no esté cocinando alguna jugarreta para licuar sus deudas a través de una depreciación mayor del dólar, invocando a las fuerzas de la inflación.

En este sentido, la severa queja del gobierno chino es también un reclamo por la desatención que el gobierno de Obama ha manifestado hacia la necesidad de dar una respuesta global a la crisis en lugar de aplicar compresas de carácter aldeano y casuístico. Una queja, también, totalmente justificada. La política exterior de George W. Bush fue condenada, casi por unanimidad, por arrogante e incompetente. ¿Qué adjetivos merece la política exterior de Barack Obama al día de hoy? Pues estos dos: arrogante e incompetente.

Si Wen Jiabao dice: “Para ser honesto, estoy un poco inquieto” quiere decir que todos los focos rojos deben encenderse. Y el gobierno de Obama, que sólo ha dado un par de respuestas retóricas al reclamo, no parece haberlo entendido.

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domingo, 8 de marzo de 2009

Entiende, Obama: La respuesta está fuera de casa

Estados Unidos no saldrá solo de esta crisis. Estados Unidos necesita ahorrar más, para lo cual necesita más clientes en el mundo; para lo cual, a su vez, necesita contar con más trabajadores jóvenes y productivos que produzcan más de lo que consuman. Ese excedente de población trabajadora que requiere no está en Estados Unidos, sino fuera de sus fronteras.

Estados Unidos tiene que abrir sus fronteras a esos inmigrantes jóvenes y calificados de todo el mundo y tiene que impulsar en serio el libre comercio mundial.

No hay manera de restaurar el precario equilibrio anterior: Estados Unidos como gran consumidor-deudor y las economías emergentes como grandes exportadores-acreedores.

La principal falla de todo lo que hasta ahora ha hecho Washington ante esta crisis es que se ha concentrado en la sala de urgencias, actuando espasmódicamente y con respuestas casuísticas, en lugar de diseñar respuestas duraderas. Y aún más grave: Como ha sucedido otras veces en su historia, Estados Unidos es víctima de sus inclinaciones aislacionistas.

El próximo 2 de abril, en Londres, será la próxima reunión del G-20 y el gobierno de Barack Obama no ha dado muestras de comprender la importancia crucial de que para esa fecha Estados Unidos asuma sin titubeos el liderazgo de una respuesta global a la crisis en dos vertientes : liberalización comercial y liberalización migratoria.

Pese a lo que leemos todos los días en los periódicos, el síntoma más grave de esta crisis es el acelerado encogimiento del comercio mundial. El pastel se ha reducido tal vez en más de un tercio de su tamaño y en términos netos el mundo es hoy mucho más pobre que en agosto pasado. Los episodios de turbulencia en los mercados y de grandes empresas quebradas son sólo manifestaciones ostentosas de un mal más profundo: Se ha roto el equilibrio global que generaba riqueza y la respuesta no es renunciar a la globalización, sino incrementarla: liberalizar en serio el comercio mundial y facilitar de veras los flujos migratorios de trabajadores calificados.

El gran pecado del gobierno de Estados Unidos en esta crisis (incluido de manera destacada el Congreso; que ha sido miope y mezquino) han sido sus respuestas egocéntricas. No se salvarán solos, pero sí pueden hundirnos a todos, como lo haría un gran oso torpe y ciego que no mide las consecuencias de sus movimientos atolondrados.

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sábado, 28 de febrero de 2009

China: Háblenle suavecito

Durante su reciente visita a China, la flamante Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary (Hilaria) Clinton, fue extremadamente comedida. Nada que ver con la señora candidata que criticaba las violaciones a los derechos humanos en China o que alarmaba a sus compatriotas al protestar porque China era ya el acreedor individual (prestamista) extranjero más importante de la endeudada economía de los Estados Unidos.

Por supuesto Hilaria tiene que ser comedida. Una de las pocas cosas claras en este crisis es que a China hay que hablarle suavecito. De la paciencia del gobierno chino y de su persistencia como principal comprador de los bonos del Tesoro de Estados Unidos – mecanismo mediante el cual se financiará el déficit fiscal de 1.75 billones (millones de millones) de dólares, anunciado ayer por Barack Obama- depende que el barco de la economía mundial no se hunda de golpe y porrazo.

Por supuesto, los chinos están muy concientes de que estos no son tiempos para propinarle un buen susto a Estados Unidos, como sería la ocurrencia de liquidar buena parte de sus cuantiosas tenencias en bonos del Tesoro y en otros activos estadounidenses (según algunos cálculos más de 1,700 miles de millones de dólares) e invertirlas domésticamente, en China, en gasto social y en gasto destinado a la infraestructura (algo por lo que claman millones de chinos). No, no lo harán (por ahora), pero ganas no les faltan.

Por eso, porque a China hoy más que nunca hay que hablarle suavecito y de buen modo, causó tanta consternación en los mercados que en su primera aparición ante el Congreso el flamante Secretario del Tesoro, Tim – Timoteo- Geithner, criticase la política cambiaria del gobierno chino y lo acusase de manipular su moneda para dominar como potencia exportadora. ¡Chitón, Timoteo!, ¡así no se le habla a tu principal prestamista individual!

En lugar de criticar a China, Estados Unidos debe hacer todo lo que pueda para que China siga siendo potencia exportadora; y en esa medida, el gran prestamista de Estados Unidos y aval del dólar.

El próximo abril, en la reunión del G-20, mister Obama tendrá que sacudirse los reflejos aldeanos y mostrar un liderazgo efectivo a favor de la expansión del comercio mundial. El gobierno chino lo estará escuchando y sería estúpido creer que la paciencia y la prudencia de los chinos son inagotables.

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jueves, 20 de noviembre de 2008

La balsa de los 20 en el océano

"Intentábamos defendernos. Pero era imposible. Los débiles sólo pueden huir. Y no se puede huir de una balsa perdida en medio del mar" (Alessandro Baricco, "Océano mar").



No hay que ponerse dramático, pero una imagen que convenía a la reunión del G-20 el pasado fin de semana en Washington es la de 20 personas asustadas en una balsa que flota en medio del océano, a la espera de que se reanude la tormenta o de que llegue algún auxilio providencial.

Para ser exactos: dos mujeres y 18 hombres, aunque no puede haber dos mujeres tan distintas como lo son Ángela y Cristina. La primera es madura, firme, poco dada a las ligerezas; la segunda es despistada, frívola, vanidosa; llegó tarde a la foto de grupo y, según los maliciosos, fue porque no había terminado de maquillarse. Para ser exactos: de las 20 personas una - George, el pequeño – debió sentir alivio, porque en unos días saltará de la barca a tierra más o menos firme. Y otra persona, ausente, Barack, debe sentir aprensión porque en breve le tocará subirse a la balsa en medio del océano; "ahí te veremos el 20 de enero, hermano" dicen que le dijo un desaprensivo.

También estaban los acompañantes y uno que otro colado, como el jefe de gobierno español que, duro y dale, pidiéndole el favor a su vecino, Nicolás, de que lo incluyesen en la nómina; logró un asiento quizá porque deseaba estar en el segundo Bretton Woods o asistir a los funerales del capitalismo; menudo chasco se ha llevado el Zapaterito que la reunión no fue ni lo uno, ni lo otro.

La imagen de los náufragos en medio del océano, compartiendo una precaria balsa, encierra al menos una lección muy importante: la de la cooperación forzosa. La pesadilla terminará – todas terminan- pero de la cooperación entre todos, sin jugarle al listo, depende que termine más o menos bien.

Digamos que si alguno de los fuertes del grupo sucumbe a la tentación autista – proteccionismo- o que si otro buscando salvar a los suyos pone en riesgo a los demás, todos se irán al fondo del océano.

O nos salvamos juntos, o nos hundimos todos. El nombre del juego se llama cooperación. Pero, que conste, no nos estamos poniendo dramáticos, sólo un poquito realistas.

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lunes, 17 de noviembre de 2008

Hu Jintao y el futuro de la economía mundial

No hay que perder de vista a China en medio de esta crisis financiera global. Su estrategia es inteligente y sin aspavientos. Hu Jintao, el Presidente chino, sabe que el mundo necesita de ellos.

Esta crisis es una magnífica oportunidad para estudiar chino. En serio.

Uno de los personajes más relevantes en la reunión del G-20 en Washington estaba unas horas después en La Habana visitando a Raúl Castro. Se llama Hu Jintao, es el presidente de China, es líder del partido comunista, tiene 66 años, es ingeniero y es un “caballero” en el sentido que los chinos suelen dar al término: de trato suave y de bajo perfil.

Pero tratándose de decisiones cruciales para salvaguardar al partido comunista chino Hu Jintao es inflexible y no hace concesiones. Pregunten en el Tíbet, si no.

“Las economías emergentes y en desarrollo deben tener una mayor voz y representación en el Fondo Monetario Internacional y en el Banco Mundial” fue una de las tantas conclusiones de la reunión del G-20, pero para China no fue una declaración retórica. Aportará dos millones de millones (“trillions” en inglés) de dólares para fortalecer el fondo de estabilización del FMI; no lo hará a cambio de nada, sino de un mayor protagonismo en el rediseño del sistema financiero global.

Días antes, y como preámbulo a la reunión en Washington, el gobierno chino anunció un impresionante paquete de estímulos fiscales de 586 mil millones de dólares para la construcción de infraestructura en China, con el fin de mantener elevado el crecimiento económico, disminuir desigualdades regionales y sostener la demanda global por maquinaria, y “commodities”. Sin empacho, el primer ministro chino, Wen Jiabao, calificó el paquete como “la mayor contribución china al mundo” en el umbral de una recesión severa y prolongada.

De alguna forma, la estrategia china marcó la pauta del mensaje conjunto de los países en desarrollo durante la reunión en Washington: En las economías emergentes está la clave para mantener la demanda global con aliento, no cometamos el error de incurrir en el proteccionismo durante esta crisis, fomentemos el comercio global, rediseñemos las instituciones financieras multilaterales dándoles más atribuciones y recursos, pero también dándole a las economías en desarrollo una mayor presencia efectiva.

Tal vez Barack Obama debe empezar a tomar clases de chino. Podrá ser una instrucción muy útil para su próximo trabajo.

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jueves, 13 de noviembre de 2008

G-20, ¿cómo restablecemos el juego?

Más allá de rollitos retóricos, el planteamiento de los países emergentes a los países industrializados, especialmente a Estados Unidos, en el G-20 deberá ser: Ustedes nos necesitan para que la demanda global conserve algo de su antiguo empuje. ¡No cierren sus mercados!, ¿estás escuchando, Obama?

La crisis global está rompiendo un equilibrio – inestable, como la mayoría de los equilibrios – entre el crecimiento de las economías emergentes (en algunos casos, como China, hablamos de un crecimiento explosivo) y la zona de confort de la que gozó la economía de los Estados Unidos que financió su carencia de ahorro con buena parte de los excedentes generados por las exportaciones de las mismas economías emergentes.

Podemos caracterizar, o caricaturizar, este equilibrio inestable, a punto de romperse, de la siguiente forma: Los consumidores en Estados Unidos disfrutaron de una mayor oferta de productos provenientes del extranjero, a mejores precios, apoyados en una orgía de apalancamiento – deuda – y dinero fácil que parecía interminable; mientras que los habitantes de los países emergentes mejoraron su nivel de vida trabajando duro para venderle cosas a los ávidos consumidores estadounidenses.

A su vez, el gobierno de Estados Unidos pudo financiar su creciente déficit – para regocijo de los políticos- gracias a que los gobiernos de los países emergentes (como China, India, México o Brasil) invirtieron e invierten las divisas, que obtuvieron con sus exportaciones a Estados Unidos, en bonos del Tesoro de ese mismo país, que pagan tasas de interés negativas.

Ninguno de los jugadores quería romper este juego, pero sus fundamentos eran endebles y estalló la crisis. El hilo se rompió por lo más frágil: el enloquecido apalancamiento en Estados Unidos.

Si los políticos estadounidenses, digamos Barack Obama y/o los populistas del estilo de Nancy Pelosi, caen en la tentación proteccionista (olvidando las lecciones de la gran depresión de los años 30 del siglo pasado), todos estaremos fritos, empezando por los estadounidenses que no encontrarán ya quién produzca para ellos, ni quién les financie su déficit y su carencia de ahorro interno.

Ejemplo: El Tratado de Libre Comercio con Colombia. El asunto no es un “quid pro quo” entre Obama y Bush, sino entre Obama y las economías emergentes, que exigen, con toda razón, un gesto de inteligencia. Son tiempos de cooperación, no de ignorar al resto del mundo. O nos salvamos todos, o nos hundimos todos.

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