“Criminal”, “estúpida”, “fallida”, “errónea”, “mal dirigida”, “autodestructiva”, “desastrosa”, “inmoral”.
Todos estos adjetivos, y algunos más, se aplican a la “guerra contra las drogas” que desde hace décadas lleva a cabo Estados Unidos. No son calificativos que a mí se me hayan ocurrido, es una seria y fundamentada
opinión editorial publicada el lunes en el Financial Times (FT) y destacada en su primera plana. La firma uno de los colaboradores más prestigiados del diario especializado: Clive Crook.
La severa crítica tiene sólidos fundamentos y parte de una tesis bien conocida:
“Aun un observador casual puede ver que la mayor parte del daño causado en los Estados Unidos por las drogas ilegales es resultado del hecho de que tales drogas sean ilegales, no del hecho de que sean drogas”.Otras drogas, legales, como el alcohol o el tabaco, sin duda causan estragos en la salud, en la economía y hasta en la convivencia social, pero al ser drogas legales son reguladas, y tales daños son infinitamente menores que los causados por las drogas prohibidas y perseguidas.
La sociedad y los gobiernos han logrado establecer mecanismos de control en el caso de las drogas permitidas: van desde los impuestos hasta fuertes restricciones, conocidas y aplicadas ampliamente, que permiten que el Estado (entendido como el conjunto del gobierno y la sociedad) conozca y controle quién produce las drogas, cuáles son sus canales de distribución, quién puede tener acceso a ellas, en qué proporción, a qué precios, en qué condiciones, bajo qué controles de calidad.
Además, la regulación entendida en sentido amplio (lo que incluye los llamados “impuestos al pecado”) genera ingresos fiscales que se destinan - al menos en parte- a tareas de prevención y combate de las adicciones, así como a sufragar los gastos que genera la atención y el cuidado a los adictos.
Desde el punto de vista de los principios, que es lo más importante si no queremos convertirnos en una manada de cínicos, estas regulaciones aplicadas a las drogas permitidas preservan y respetan la base de toda democracia: la libertad y la responsabilidad personales. Toda democracia que se respete o se sustenta en principios liberales clásicos o degenera en dictadura de la chusma.
México, obligado por la vecindad con Estados Unidos, está atrapado en esta guerra idiota e inmoral. Parece imposible eludir esta tragedia -una tarea absurda, costosa e inútil, promotora del crimen-, mientras el gobierno de Estados Unidos no abandone un enfoque tan estúpido.
¿Hasta cuando?
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