miércoles, 5 de marzo de 2008

Magnates petroleros en el Metro

Es difícil de creer que la mayoría de los más de 100 millones de “dueños” de la empresa más grandota de México sean pobres. ¿De veras esos serán los “dueños”?

Cuenta una leyenda familiar que somos “dueños” de una isla en el océano Pacífico que se llama o se llamaba Cándido Verdugo. Incluso hay quien dice tener o haber visto las escrituras a nombre de no sé qué bisabuelo o tío bisabuelo. Podría ser, pero para todo efecto práctico en mi familia no somos dueños de isla alguna. Sería un empeño ilusorio reclamar la propiedad de ese islote.

Me acordé de la leyenda de la isla Cándido Verdugo hace unos días, una tarde calurosa, cuando compartía un atestado vagón del Metro de la ciudad de México con decenas de “dueños” de la única empresa petrolera de México, que también es la más grandota de las empresas mexicanas. De veras, nadie en ese vagón parecía ser, ni remotamente, algo así como accionista – ni minoritario, ni mayoritario- de una empresa petrolera. Nadie en ese vagón recibe por correo los estados de resultados de “su” empresa, vaya, ni siquiera creo que a nadie en ese vagón “su” empresa, Pemex, le envíe un calendario cada fin de año o algún recuerdito.

Jurídicamente Pemex es una empresa propiedad del Estado mexicano que explota un recurso que, también formalmente, pertenece a la Nación. Que de esas dos abstracciones – Estado y Nación- alguien deduzca que cada uno de los nacidos en México somos dueños de una empresa concreta – con edificios, presupuestos, miles de empleados y trabajadores, vehículos, torres, pozos, tubos, plataformas marinas y demás- me parece un pasmoso ejemplo de literatura fantástica. O de superstición. O de voluntarismo lúdico: “Que yo era dueño de Pemex”, como los niños que juegan a “que yo era el Hombre Araña y tú eras un científico perverso que quería dominar el mundo”…

Por lo que se ve y se oye lo que se ha llamado “reforma energética” es en realidad la discusión de qué debe hacerse para “salvar a Pemex” de sufrir en unos años su bancarrota definitiva. Quizá por eso (para seguir con las fantasías) la mayoría de quienes viajaban esa tarde calurosa en un vagón del Metro lucían apesadumbrados, sí claro: como magnates petroleros en apuros ¿Alguien se lo cree? Yo no.

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jueves, 21 de febrero de 2008

Los ruido – traficantes

Un gran porcentaje de la supuesta información que difunden los medios no es tal sino “ruido” a veces involuntario y a veces deliberado. Por eso, como aconsejaba Antonio Machado, conviene pararse “a distinguir las voces de los ecos”.

El prematuramente fallecido economista Fischer Black (1938-1995) desarrolló, entre otras valiosas aportaciones a las finanzas modernas (derivados y opciones), una sugerente descripción del mercado financiero como el lugar de encuentro entre los “information traders” y los “noise traders”. Dicho en forma simple: Los mercados se mueven porque no somos omniscientes y diferimos en nuestras especulaciones acerca del futuro; pero algunas de esas especulaciones están sustentadas en información – por ejemplo, los datos sobre el crecimiento de las importaciones de bienes de capital que nos dan indicios sobre el futuro de la actividad económica – mientras que otras de las especulaciones se mueven por puro “ruido”, sinónimo de cualquier interferencia que distorsiona los mensajes. Dos ejemplos de ruido: los múltiples datos falsos que maneja en sus peroratas el patriarca de los pantanos (López) o las frecuentes campañas de desinformación que emprenden las televisoras – y sus apéndices- con el objeto de obtener alguna ventaja para sus negocios.

Tomo prestada la descripción de Black para hablar de los traficantes de ruido – o ruido-traficantes- que padecemos en México y en otros países. Tengo para mí que hay una correlación estrecha entre la proliferación de ruido y los obstáculos al desarrollo. Suele haber más ruido que información en los países pobres e improductivos y la más clara muestra de la improductividad es que hay en dichos países muchas más personas que obtienen rentas mediante el tráfico del ruido, que personas ganando utilidades legítimas al difundir información.

Una de las fuentes más prolíficas de ruido son las supersticiones y mitos disfrazados de dogmas “nacionalistas” o “revolucionarios” que caen en tierra fértil gracias a un sistema educativo diseñado para promover y perpetuar la ignorancia. El sistema educativo es la nodriza y ése, y no otro, es el significado de la frase acerca del gran poder que tiene “la mano que mueve la cuna” acuñada por James Joyce.

A mayor ruido en el sistema mayor será la brecha futura entre los ingresos de quienes tienen información y los ingresos de quienes sólo tienen ruido. Y a mayor pobreza y desigualdad se refuerza el negocio de los “ruido-traficantes”.

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miércoles, 6 de febrero de 2008

Guerra entre idólatras

Por lo visto, el asunto de la “reforma energética” terminará discutiéndose en la subsecretaría de asuntos religiosos de la Secretaría de Gobernación. Es una discusión enconada entre idólatras: los tradicionalistas y los reformistas. Ambos sostienen que debemos adorar al becerro de chapopote, aunque en formas distintas. El petróleo no es para los mexicanos, son los mexicanos los que deben estar al servicio del ídolo.

La esencia del supuesto debate – o intercambio de epítetos y acusaciones- respecto de la reforma energética, al menos lo que se puede leer en los medios de comunicación, es la disputa entre idólatras acerca de cómo se puede salvar y preservar el mito del becerro de chapopote al que los mexicanos debemos adorar y ponernos a su servicio. Por distantes que parezcan sus posiciones, los idólatras enfrascados en el pleito coinciden en un punto: El petróleo nacional es más importante que cualquier mexicano y que la totalidad de los mexicanos.

La aparente discusión – que semeja una disputa apasionada entre teólogos- se centra en qué es lo mejor que se puede hacer para que PEMEX sea – o siga siendo- un poderoso monopolio gubernamental pletórico de riquezas que extrae no sólo de las entrañas de la tierra, sino de los bolsillos de millones de consumidores cautivos. Los tradicionalistas a ultranza pretenden que el ídolo – el becerro de chapopote- es tan grande y fuerte que solito puede mantener su dominio sobre vidas y haciendas de los mexicanos; los reformistas, por el contrario, advierten que para salvar al becerro de chapopote habrá que hacer algunos cambios, como permitir que el ídolo se asocie con empresas privadas – lo que horroriza a los tradicionalistas- o que en asuntos no esenciales para el culto del ídolo (digamos, la petroquímica) se acepte que el becerro de chapopote tenga que competir con - ¡herejía!- empresas normales y profanas.

Lo que nadie discute entre los idólatras, sean éstos avanzados o retardatarios, es que los mexicanos son propiedad del becerro de chapopote. Eso se da por hecho. Es el primer dogma que nos dictó el profeta Tata Lázaro. No estamos presenciando la discusión acerca de la propiedad de los recursos del subsuelo, sino la discusión apasionada entre idólatras acerca de cuál de las sectas que se disputan el culto del becerro de chapopote es la representante legítima del ídolo y, por tanto, la dueña de nuestras vidas.

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