jueves, 20 de noviembre de 2008

La balsa de los 20 en el océano

"Intentábamos defendernos. Pero era imposible. Los débiles sólo pueden huir. Y no se puede huir de una balsa perdida en medio del mar" (Alessandro Baricco, "Océano mar").



No hay que ponerse dramático, pero una imagen que convenía a la reunión del G-20 el pasado fin de semana en Washington es la de 20 personas asustadas en una balsa que flota en medio del océano, a la espera de que se reanude la tormenta o de que llegue algún auxilio providencial.

Para ser exactos: dos mujeres y 18 hombres, aunque no puede haber dos mujeres tan distintas como lo son Ángela y Cristina. La primera es madura, firme, poco dada a las ligerezas; la segunda es despistada, frívola, vanidosa; llegó tarde a la foto de grupo y, según los maliciosos, fue porque no había terminado de maquillarse. Para ser exactos: de las 20 personas una - George, el pequeño – debió sentir alivio, porque en unos días saltará de la barca a tierra más o menos firme. Y otra persona, ausente, Barack, debe sentir aprensión porque en breve le tocará subirse a la balsa en medio del océano; "ahí te veremos el 20 de enero, hermano" dicen que le dijo un desaprensivo.

También estaban los acompañantes y uno que otro colado, como el jefe de gobierno español que, duro y dale, pidiéndole el favor a su vecino, Nicolás, de que lo incluyesen en la nómina; logró un asiento quizá porque deseaba estar en el segundo Bretton Woods o asistir a los funerales del capitalismo; menudo chasco se ha llevado el Zapaterito que la reunión no fue ni lo uno, ni lo otro.

La imagen de los náufragos en medio del océano, compartiendo una precaria balsa, encierra al menos una lección muy importante: la de la cooperación forzosa. La pesadilla terminará – todas terminan- pero de la cooperación entre todos, sin jugarle al listo, depende que termine más o menos bien.

Digamos que si alguno de los fuertes del grupo sucumbe a la tentación autista – proteccionismo- o que si otro buscando salvar a los suyos pone en riesgo a los demás, todos se irán al fondo del océano.

O nos salvamos juntos, o nos hundimos todos. El nombre del juego se llama cooperación. Pero, que conste, no nos estamos poniendo dramáticos, sólo un poquito realistas.

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lunes, 12 de mayo de 2008

Tauromaquia, política y engaños

Vista la política como el conjunto de estratagemas para vencer al adversario o el de los disimulos calculados para engañarle, tiene mucho en común con la tauromaquia.

Lejos de mí la beatería de quienes, cual solteronas de la Inglaterra victoriana, dicen abominar el toreo. Tampoco soy conocedor de la tauromaquia. Veo las corridas de toros a la distancia, y de vez en vez. Lo suficiente para descifrar de qué va la cosa cuando alguien habla de la habilidad de un torero con el engaño, es decir con la muleta o con la capa, para llevar al toro a donde él quiere.

Hace unos días leí un artículo en el cual el periodista José María Carrascal sugería que la reciente ocurrencia en España del reelecto gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ("el zapaterito de León") de poner sobre la tapete de la discusión pública una inopinada revisión de la ley de la libertad religiosa se antoja maniobra de torero que pone el "engaño colorido", (parafraseando las palabras que Sor Juana dedicó a su retrato) frente a la res. El toro al que se desea encaminar es, por supuesto, el Partido Popular (PP). "Para ello – precisaba el periodista- cuenta (el gobierno del PSOE) con la ingenuidad del PP, sabiendo que acudirá al trapo como el toro a la muleta".

La analogía me parece genial y aplicable a decenas de países, como México, en los que el quehacer de los políticos – diestros o torpes- se asemeja a la lidia de los toros. Hay quienes batallan con reses traicioneras que de súbito levantan la testa; otras bestias – dicho sea con respeto- son impetuosas en la embestida, pero de trayectoria predecible y sin sorpresas.

Y cada cual, de los espectadores, apuesta ya sea por el animal o por el torero. Asunto de preferencias. Hay políticos que, cual toreros sorprendidos por un imprevisto cambio en la trayectoria del toro, corren a refugiarse en el burladero. Otros hacen faenas decorosas, dependiendo de la calidad de las reses y de otras circunstancias, incluido cierto oficio.

Habrá quien diga que, en asuntos de política cotidiana, hay escasos diestros y casi ningún toro bravo, sólo bueyes y alguna que otra vaca que no tiene nada de sagrada.

Y no faltan los políticos menores que trabajan de monosabios, esos mozos que ayudan al picador en la plaza.

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