miércoles, 30 de enero de 2008

¿En dónde estuviste los últimos 60 días?

Para ellos el año empieza en febrero. Regresan de unas “merecidas vacaciones” que iniciaron el 14 de diciembre y de inmediato se ponen a regañar a todos los que se quedaron trabajando ¡por perder el tiempo en discusiones estériles!

Como decía una tira cómica en algunos periódicos del siglo pasado: “¡Nunca falta alguien así!”. Son esos fastidiosos personajes que, con pretexto de la Navidad y del fin de año, se recetan a sí mismos un “pequeño descanso” de seis o siete semanas y regresan, al mundanal ruido, convencidos de que tienen que corregir todas las tonterías que hicimos los que nos quedamos trabajando.

Imaginemos la escena: Don Remigio Salsipuedes, un magnate mexicano por herencia que se describe a sí mismo como “una isla de eficiencia rodeada de un mar de imbecilidades”, vuelve al trabajo en la última semana de enero y descubre, con horror, que en su ausencia nadie ha hecho lo que se tenía que hacer y, en cambio, todo mundo ha derrochado incompetencia con ocurrencias idiotas.

Supongo que es una estrategia napoleónica – “la mejor defensa, dicen, es el ataque”- y es la forma mediante la cual estos remisos doctos apartan de sí cualquier pregunta incómoda como: ¿Y en dónde andabas tú, oráculo pletórico de sabiduría, mientras nosotros hacíamos puras idioteces? Por supuesto, don Remigio andaba en un crucero por las islas griegas o estuvo recluido en un monasterio budista cerca de Nepal. I-lo-ca-li-za-ble, des-co-nec-ta-do, fuera del área de servicio.

El colmo es que estos doctos remisos suelen estar muy mal informados. Su idea de “ponerse al día” es hojear dos o tres periódicos (con lo que se forman una idea totalmente fantástica del mundo) o, peor todavía, recurren a la tía Angustias, que tiene fama de pasarse la vida pegada al televisor, y le preguntan: “¿Qué hay de nuevo, querida tía?”. Entonces llegan a la oficina alarmadísimos porque nadie ha hecho nada para enfrentar la recesión que viene o porque todo mundo está muy quitado de la pena mientras que en Pakistán estallará la violencia.

Por ahí de septiembre u octubre de 2008 se enterarán de que les subieron el predial más del cien por ciento y pondrán el grito en el cielo: “Pero ¡qué barbaridad!, ¿es que nadie va a hacer algo para evitar este atropello?”

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domingo, 2 de septiembre de 2007

¡Ay, las tradiciones!

¿Cuánto hay que pagar para que se mueran ciertas tradiciones?

Desde que tengo uso de razón, y de eso hace muchos años, dicen que la tradición de los organilleros en la ciudad de México se está muriendo. Y no se muere. Todos los días los dichosos organilleros y organilleras se plantan en alguna calle del centro de la ciudad, le dan la vuelta a la manivela de sus armatostes y nos infligen una melodía melcochada que lo mismo puede ser el vals sobre las olas que una canción de Juan Gabriel – todo lo que tocan esos aparatos suena igual de mal-e incordian a los desprevenidos peatones pidiendo un pago "para que no muera la tradición, jefecito".

Pues, ¿cuánto hay que pagar para que se callen y se dediquen a una labor más productiva?

Esto de las tradiciones en México, que va desde la estúpida costumbre de mojar al prójimo dizque para celebrar a San Juan el bautista, hasta la incitación al vandalismo y al abuso en que suelen convertirse las piñatas, es una monserga (exposición fastidiosa y pesada) comparable casi a la de los políticos transitivos ("no es transitable la propuesta de reforma fiscal si antes no le dan más dinero a PEMEX") cuyo verbo de moda, ya se habrán percatado, es "transitar", acción que el diccionario define como "pasar de un punto a otro por vías o parajes públicos". Le dice un político a otro: "¿Ves transitable una comida en Casa Bell?"…y "transitan".

El sábado fueron los señores del PRD que cobran como legisladores quienes salvaron una gran tradición mexicana que no por relativamente reciente deja de ser menos entrañable: El intercambio pugilístico el día del informe presidencial. Como por diversas circunstancias no pudo haber gritos y sombrerazos en el recinto del Congreso, un par de diputados perredistas se enfrascaron a golpes mientras escenificaban su graciosa huida para no convalidar – dicen los amanuenses del iluminado- al Presidente de la República con su irrelevante presencia.

Ese pleito salva una tradición que, por lo visto, no se quiere dejar morir.

Originalmente iba a escribir sobre la saludable competencia que en materia de impuestos se verifica entre los cantones suizos – como ejemplo de federalismo fiscal-, pero ¿para qué hacerlo si la objeción a esos ejemplos es otra inmortal tradición mexicana? "Es que no somos Suiza". Sí, ya nos dimos cuenta.

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jueves, 29 de marzo de 2007

Nabokov, protestas forzadas y un gran fastidio

Sospecho, al verlos y oírlos, que los actores de la protesta no saben muy bien su papel; los oradores gritan su mezcolanza de lugares comunes pero no entusiasman al auditorio desperdigado en la plaza.

Vladimir Nabokov interrumpe la deliciosa narración de los recuerdos de su infancia y advierte tajante:
“Este párrafo no es para lector en general, sino para el idiota en particular que, porque ha perdido su fortuna en alguna quiebra, cree comprenderme.
“Mi antigua (desde 1917) querella con la dictadura soviética no tiene relación alguna con asuntos de propiedad. Mi desprecio para el émigré que ‘odia a los rojos’ porque le ‘robaron’ su dinero y sus tierras no puede ser más absoluto. La nostalgia que he estado acariciando durante todos estos años no es dolor por los billetes de banco perdidos sino una hipertrofiada conciencia de infancia perdida”.

Cierro el libro. En la mesa de junto, una gorda de mediana edad, sudorosa, acomoda su inmenso trasero en la silla, se asoma hacia la plaza y diagnostica: “Ya empiezan a concentrarse”. Su compañera, sin esa vulgaridad ostentosa de la gorda, asiente. Ordenan su comida. La gorda decide: “Vamos al baño”. Se levantan y la gorda intercepta a una mesera preguntándole por “los sanitarios”. Le indica que están en el primer piso, arriba. La gorda grita para que todos nos enteremos: “Entonces voy a comer con las manos sucias, tengo (sic) una cirugía de rodilla y no puedo subir escaleras”. Sonriente, la mesera le dice: “Hay elevador”. Asunto arreglado: La gorda sí se lavará las manos. Suspiro aliviado por este pequeño triunfo de la higiene.
Conjeturo que el par de mujeres forman parte de la avanzadilla de la protesta convocada esta tarde calurosa para enumerar una tupida agenda de agravios (de acuerdo con las mantas), que si las pensiones, que si el campo, que si el presupuesto para la educación, que si la presunta privatización de no se qué maravillas…
Pago la cuenta, tomo mi libro de Nabokov – “Habla, memoria”- y un rato después cruzo la plaza en la que todavía parece haber más mantas que gente. Un orador se desgañita. Un puñado le hace caso. Los demás remolonean o ensayan el milenario juego mexicano de los golpes fingidos, las pullas y las anfibologías de connotación sexual (“albures”) para pasar el rato.

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