lunes, 17 de agosto de 2009

Chesterton en Iztapalapa

¿Cómo sería hace cien años el barrio de Pimlico en Londres? Probablemente muy feo. Al menos G. K. Chesterton escribió, en el quinto capítulo de su espléndida "Ortodoxia", justo cuando disecciona el asunto del pesimista y del optimista, lo siguiente:

"Supongamos que nos hallamos frente a frente de una de las cosas más feas: Por ejemplo, el barrio de Pimlico".

Bien, supongamos, para ponerlo en un contexto a la vez actual y local, que estamos ante una de las cosas más feas de México que podría ser Iztapalapa. Y supongamos, también, que el ya famoso delegado electo de Iztapalapa, "Juanito", es un incodicional de su barrio o delegación.

Es, para seguir el itinerario que nos traza Chesterton, un "optimista" de Iztapalapa, una suerte de "patriota". Que "Juanito" acaso ame Iztapalapa con amor incondicional no le cierra los ojos a la fealdad de su querida delegación, argumentaría Chesterton. Por el contrario: Porque ama Iztapalapa "Juanito" desea reformarla.

Ése, el que ama con los ojos bien abiertos, es el optimista. No el bobalicón que cree que todo está bien y que todo es hermoso porque se trata de "su" barrio, de "su" país o de "su" cosmos.

El optimista quiere reformar lo que ama, porque sabe que es reformable y porque está cierto de que aquello que ama merece una suerte o un destino mejor. Las mujeres, aventura Chesterton, siempre defienden a capa y espada a quien aman, aun cuando siempre estén empeñadas en reformar a quien aman.

(Hoy, por cierto, en una especie de autocrítica contenida, Jesús Silva Herzog Márquez cita unas definiciones de Chesterton sobre el optimista y el pesimista - ese par de originales sujetos que "en los días de mi infancia, dice Chesterton, vagaban por el mundo"-, pero olvida advertir que el propio escritor británico ofreció tales definiciones, en su "Ortodoxia", como aproximaciones provisionales y antes de citar una definición que podría ser, acaso, la mejor que se ha dado sobre esos dos personajes, el optimista y el pesimista, y que Chesterton escuchó decir a una niña: "Optimista es el que os mira a los ojos y pesimista es el que os mira a los pies").

No se si las reformas que México necesita se vayan a realizar. Sólo se que son racionalmente posibles (otros países las han hecho y aun en condiciones más adversas). También estoy seguro de que son necesarias y deseables. Si soy un optimista porque me atrevo a creer en ello, que se me condene por optimista. Si soy un optimista porque creo que las cosas pueden mejorar, en la medida que nos empeñemos en mejorarlas y en que tengamos la inteligencia y la humildad necesarias para sostener ese empeño, sí, lo confieso sin vergüenza, soy optimista.

Pero no soy candoroso o bobalicón. No soy optimista, en lo absoluto, si por optimista se entiende el fanático ciego que no ve las carencias, las enormes fallas, las miserias, la fealdad abrumadora de su terruño.

Y tampoco soy romántico: No creo que Iztapalapa, o Pimlico, o esa cosa horrenda que es Santa Fe al poniente de la Ciudad de México , se puedan transformar de la noche a la mañana y al solo influjo de un voluntarismo quijotesco. No, tanto es lo que hay que reformar que de antemano sabemos que el camino será largo y arduo. Que tendremos que negociar y ceder, que el cambio será gradual.

Tendremos que empezar por el primer paso, digamos por encender una vela en medio de la oscuridad (¡otro apagón por la incompetencia de Luz y Fuerza del Centro!) o por poner una bonita maceta con flores en medio de la fealdad de una calle de Iztapalapa, repleta de vulcanizadoras, talleres mecánicos y "deshuesaderos" de autos de dudosa procedencia.

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jueves, 2 de agosto de 2007

De Salomón a Gore, con un final de Chesterton

Por fin se ha descubierto cuál es el agente maligno que provoca la elevación de temperaturas en el planeta. La respuesta, al final del artículo.

Se atribuye a Salomón (970-931 a. C.), rey de Israel, haber dicho: “No hay nada nuevo bajo el sol”.

Sin embargo, todos los días aparece alguien diciendo que ya descubrió, ahora sí, algo nuevo bajo el sol. Por ejemplo, el calentamiento global.

Si uno escucha a ese predicador, favorito de los compradores de catecismos a la moda, que se llama Al Gore, oirá que este político estadounidense ha encontrado la noticia más estremecedora e importante de la historia de la humanidad. Noticia que sería, más o menos, la siguiente: “El planeta se está calentando con consecuencias catastróficas para la vida, a causa de las emisiones de gases invernadero que provoca el ser humano; en especial, a causa del uso de los derivados de carbono como fuentes de energía”.

Se supone que a Gore le mueve, para revelar esta novedad con ribetes apocalípticos, un encomiable sentido de urgencia moral: Salvar al planeta y a la humanidad de su más o menos inminente destrucción.

Que esta “noticia” del calentamiento global sea considerada falsa por muchos científicos serios (recomiendo, sólo como un ejemplo entre muchos, el artículo que publicó en la edición en inglés de “Newsweek” el experto en cambio climático del MIT Richard S. Lindzen: “Why so gloomy? There is no such thing as a ‘perfect’ temperature” el 16 de abril de 2007), a muchos les parece irrelevante, porque tal vez prefieren las “buenas intenciones” (supuestas) que rendir tributo a la verdad. Como quienes creen que es bueno difundir leyendas negras con tal de que la causa que se defienda sea “justa”: “Contaminar es malo, asustemos a la gente para que no lo haga”.

Ni hablar, la honestidad intelectual no es moneda común. Si los predicadores del calentamiento global, como Gore, fuesen un poco honestos intelectualmente deberían reconocer que la causa fundamental, única, capaz de generar un verdadero calentamiento verdaderamente global del planeta es…

Una estrella de tipo espectral que, se calcula, se formó hace unos 5 mil millones de años y que, se conjetura, podría permanecer en su secuencia principal otros 5 mil millones de años más. Es popularmente conocida como Sol.

No en vano Gilbert K. Chesterton (1874-1936) dijo, corrigiendo a Salomón: “Sí hay algo nuevo bajo el sol: Ver el sol”.

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lunes, 7 de mayo de 2007

La credulidad agnóstica

Al final el agnosticismo presuntamente racionalista ha desembocado en credulidad supersticiosa. Medir no es saber; etiquetar no es descifrar.

Parecería que seguimos inmersos en la profunda crisis provocada, tal vez, por el escepticismo sensualista de Hume o tal vez, más lejos aún, por la duda metódica de Descartes – a principios del siglo XVII- que marcó la ruptura de la confianza en la capacidad del hombre para descifrar la realidad.

No es el momento ni el lugar (y mi buen amigo Francisco Calderón me acusaría de extraviarme por los “cerros de Úbeda”) para rastrear los orígenes de la credulidad agnóstica que hoy padecemos en todo el orbe. Baste decir, siguiendo a Chesterton (ver, por ejemplo, "The Innocence of Father Brown" disponible en línea), que empezamos por negar el misterio, por parecernos demasiado portentoso, y acabamos presos en el horóscopo del noticiario matutino.

Un ejemplo de esta credulidad agnóstica – lo que sólo en apariencia es un oxímoron – lo tenemos con las discusiones en torno a la despenalización del aborto. Más allá de los alegatos de sociología barata – que menudearon- y de los argumentos estrictamente religiosos – que son impertinentes al discutir políticas públicas en un Estado aconfesional- el punto a dilucidar debiera haber sido cuándo, hasta donde sabemos con certeza, comienza una vida específicamente humana, por una parte, y, por otra, si somos congruentes con la defensa a ultranza de la vida humana que es el pilar de lo que solemos llamar civilización occidental y democracia liberal.

Al final, además de por la vía de los hechos consumados, el asunto se zanjó con una superstición que despreocupadamente se bautizó como científica: Un grupo “x” de autodenominados “defensores de la bioética” decretó que la vida humana empieza alrededor de las 12 semanas de la concepción, alegando que antes de ese punto no había indicios mensurables de “sufrimiento”.

El despropósito salta a la vista: La vida humana no es tal si yo – presunto científico- no puedo constatar con mis herramientas disponibles la existencia de lo que he denominado arbitrariamente “sufrimiento”, que a su vez consiste, ¡tremenda petición de principio!, en tales o cuales signos (por ejemplo, aceleración del ritmo cardiaco) que arbitrariamente he decretado que definen el “sufrimiento”.

Las consecuencias de esta superstición agnóstica son brutales: El Holocausto jamás existió, el asesinato de millones en la Unión Soviética tampoco porque no hubo ahí un electrocardiógrafo o un electroencefalógrafo que los registrase.

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