martes, 8 de diciembre de 2009

Copenhague: "Progreso maldito que nos matará"

La venta de catástrofes en tres tiempos:

UNO:

"La población se incrementa en razón geométrica, mientras que los medios de subsistencia se incrementan en razón aritmética" es el axioma más conocido y popular (así como falso) de "An essay on the Principle of Population; or, a view of its past and present effects on human happiness; with an enquiry into our prospects respecting the future removal or mitigation of the evils which it occasions" (Un ensayo sobre el Principio de la Población; o una visión de sus efectos pasados y presentes sobre la felicidad humana; con una investigación acerca de nuestras perspectivas respecto de la futura remoción o mitigación de los males que ocasiona) de Thomas Robert Malthus (1766-1834), publicado, segunda edición corregida y aumentada por el autor, en 1803.

El tiempo ha desmentido ampliamente este axioma de Malthus. La producción de medios de subsistencia - alimentos - ha crecido a tasas mayores que las de la población, los precios de los alimentos han caído sustancialmente respecto del pasado, la productividad de los cultivos (rendimiento por hectárea) y la productividad ganadera y lechera han crecido a un ritmo que sobrepasa con creces el ritmo de crecimiento de la población.

DOS:.
"Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso tanto de la población como de la capacidad industrial."

(D.L. Meadows y otros, Los Límites del Crecimiento, 1972)

Treinta años después de la primera publicación de "Los Límites del Crecimiento" - en 2002- el mundo había experimentado un progreso insólito en prácticamente todas las áreas de la actividad humana; la esperanza de vida se incrementó sustancialmente; aumentó la producción de alimentos y se desplomaron sus precios, la disponibilidad de petróleo y de otros energéticos también creció en forma notable, a la vez que la humanidad en su conjunto logró un uso más eficiente de la energía, lo mismo para transportarse que para comunicarse y hacer transacciones comerciales y financieras globalmente.

TRES:
"Las emisiones (de CO2) no se han frenado sobre todo en los gigantes, desarrollados y en proceso de desarrollo. Las cuotas de reducción en lo general no se han cumplido. Los glaciares se están derritiendo en los dos casquetes, pero sobre todo en el norte. La Antártica y Groenlandia son las mayores reservas de hielo del planeta. El ascenso en los derretimientos en las últimas dos décadas no deja duda. Incluso en el caso de un gran éxito en las medidas adoptadas la curva de ascenso seguirá pues el enorme buque del calentamiento no puede dar un viraje en pocos años. Hay sin embargo un cambio importante. Gracias a esfuerzos como los de Al Gore hoy la conciencia sobre el horror que estamos enfrentando es mucho mayor."

(Federico Reyes Heroles, "Nuestra huella", periódico "Reforma", 8 de diciembre de 2009).

¿Cuál es el eslabón falso en la cadena de "razonamientos" que llevan a estas profecías alarmistas fallidas? En realidad, suelen ser varios eslabones débiles porque más que ante demostraciones concluyentes estamos ante un encadenamiento de presunciones no probadas; encadenamiento que no está exento de auténticas extrapolaciones fuera de toda lógica.

Un buen ejemplo de la cadena de presunciones nos lo ofrece hoy Sergio Sarmiento, también en el periódico "Reforma" en el párrafo inicial de su artículo, donde escribe:

"El hecho incontrovertible es que la temperatura de la atmósfera y de los océanos está aumentando. La mayor parte de los científicos encuentran una relación entre el uso de combustibles fósiles y este calentamiento. De ser cierto el diagnóstico, en unas cuantas décadas podría haber consecuencias muy importantes para el planeta, que incluirían inundaciones, como las que hemos visto en Tabasco, incrementos en el número e intensidad de los huracanes, sequías y extinción de especies enteras."



Veamos: 1. No es un hecho - mucho menos "incontrovertible"- que la temperatura de la atmósfera y de los océanos esté aumentando. La temperatura ha variado siempre, en la atmósfera y en los océanos, tanto en ciclos cortos, estacionales, como en ciclos largos y ello depende básicamente de factores que están fuera del control y del alcance humano, como la lejanía o el acercamiento relativo del planeta respecto del sol, como la actividad del mismo sol, como las erupciones volcánicas (todavía hoy padecemos o gozamos, según se vea, las consecuencias climáticas globales de la erupción del volcán Chichonal en el sur de México que sucedió hace más de 30 años).
2. No está demostrada la relación causal entre el uso de combustibles fósiles y dicho calentamiento global, en primer lugar porque no está científicamente demostrado que exista tal calentamiento; en segundo lugar, Sarmiento sufriría en serio para demostrar que "la mayor parte de los científicos encuentran" dicha relación causal, entre otras cosas tendría que definir cuál es el universo de científicos del que habla (y mostrar que tales científicos han investigado realmente la validez de la hipótesis de dicha relación causal); en tercer lugar, la verdad - incluida la verdad científica- no se determina por mayoría de votos; en el siglo XII "la mayor parte de los científicos" encontraba, para usar el mismo verbo que usa Sarmiento, que el sol se movía alrededor de la tierra.
3. "De ser cierto el diagnóstico". No, Sergio, eso NO es un diagnóstico, sino una hipótesis. El diagnóstico viene después.
4. Inundaciones, "como las que hemos visto en Tabasco", no las veremos en unas cuantas décadas, las vemos hoy, las hemos visto en el pasado y las vieron los primeros españoles que en el siglo XVI se asentaron en esas tierras. ¿Cómo es posible que desde hace siglos suframos los efectos (inundaciones) que provienen de una supuesta causa (uso intensivo y extendido de combustibles fósiles) que aún no existía?, lo mismo respecto del número e intensidad de huracanes: el informe del Panel de Científico sobre Cambio Climático (panel conocido como IPCC) de la ONU, dice textualmente, en su página 6, que "los datos no permiten ver tendencias a largo plazo, ni en la intensidad ni en la frecuencia de los huracanes". . ¿Sequías?, ¿en qué quedamos?, si se intensifica la frecuencia y severidad de los huracanes la consecuencia obvia es que aumentan las lluvias, disminuye la sequía; cualquier agricultor en Veracruz, Tamaulipas, Chiapas o Tabasco sabe que hay una correlación directa entre menor número de huracanes en un año y mayor sequía. Alguien dijo, sarcásticamente, y a la vista de esta mentira sobre la correlación entre huracanes y emisiones de CO2, que habrá que promover, en años de sequía, la quema de llantas para "invocar" a los huracanes, que suelen ser benéficos para la agricultura.

Puede verse más de esto en esta misma bitácora AQUÍ, ADEMÁS AQUÍ y AQUÍ TAMBIÉN.

Bien, en Copenhague hoy veremos la reedición de esa vieja superstición que se disfraza de "ciencia": El progreso nos llevará a la catástrofe. Ahora, en la modalidad de: "Hay que encarecer las emisiones de CO2, algo que agradecen las compañías petroleras, desde luego, porque sólo así evitaremos que el progreso nos mate".

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miércoles, 2 de diciembre de 2009

Cambio climático y el derecho al escepticismo

El espectro de opiniones respecto de las amenazas del llamado cambio climático es muy amplio. Veamos.
En un extremo tenemos el rechazo total a las previsiones de una eventual catástrofe climática - seguida de una secuela de catástrofes económicas y sociales - y el rechazo a que se inviertan cuantiosos recursos públicos y se limiten seriamente las oportunidades de crecimiento de los países pobres fijando prohibiciones y límites al uso de combustibles de origen fósil.
En el otro extremo tenemos a quienes proclaman una fe ciega (de carbonero, se decía antes) en las predicciones más sombrías acerca de la catástrofe ecológica y proclaman que esta lucha - contra el llamado calentamiento global - es la más importante, urgente y noble que pueden y deben emprender hoy los seres humanos.
En medio de estos extremos, tenemos a multitud de gobiernos que hablan mucho del asunto, que hacen propias la mayoría de las presunciones de los profetas del desastre ecológico final, pero que a la hora de la verdad tampoco hacen mucho, en sus propios ámbitos de poder local, para disminuir eficientemente las emisiones de CO2 a la atmósfera.
Ejemplo del primer extremo es la excepcional - y sin duda valiente, porque se necesita mucho valor para desafiar la opinión dominante y la hegemonía de los políticamente correctos- postura del presidente de la república checa Vaclav Klaus quien sin ambages hace votos porque fracase la inminente cumbre de Copenhague: Tal fracaso consistiría en que no se acordarse ninguna medida efectiva en la cumbre - a celebrarse del 7 al 18 de diciembre- porque para Klaus toda la retórica acerca del cambio climático sólo esconde una "ideología medioambiental" que socava los fundamentos del liberalismo y promueve un totalitarismo pintado de verde. (Ver aquí).
Por el otro, tenemos a los campeones más o menos serios del cambio climático, como Nicholas Stern (digo "serios" porque personajes como Al Gore son más estrellas pop de la política medio-ambiental que sin escrúpulos ni bases científicas incrementan las alarmas sólo para llevar agua a su molino político y dólares a sus bolsillos) quien poco menos que advierte que la cumbre de Copenhague es la última oportunidad para que la humanidad se salve a sí misma de la destrucción. (Ver en este otro sitio).
Me ubico más cerca de Klaus que de Stern, pero no por ello creo que debamos hacer oídos sordos a los llamados serios a evitar una mayor degradación ambiental. Tampoco creo que sea pura pérdida de tiempo buscar políticas públicas viables que limiten el uso desenfrenado del petróleo, del gas y del carbón (entre otros energéticos) y sospecho que la mejor respuesta está en la energía nuclear que injustamente ha sido calificada como excesivamente riesgosa (eso es un cuento, pregunten a los franceses que reciben la mayor parte de su energía eléctrica de plantas nucleares, sin haber enfrentado nunca un accidente serio). Pero también aplaudo la franca y valiente oposición de personajes como Vaclav Klaus porque nos recuerdan dos cosas muy importantes: 1. Tenemos derecho a ser escépticos y a no comprar, sin análisis ni crítica, cualquier profecía disfrazada de ciencia que, en el fondo, se sustenta en un entramado complejo de suposiciones no demostradas, y 2. Los costos de combatir con denuedo a un espectro - de cuya existencia no tenemos certeza- pueden ser altísimos e irreversibles sobre todo para muchos países que apenas empiezan a despegar hacia el desarrollo.

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domingo, 7 de junio de 2009

Calentamiento global: La cuestión previa

Dejé pendiente el señalar los “puntos débiles” en el alegato de Martin Feldstein en contra de la propuesta del gobierno de Barack Obama y de los demócratas en el Congreso para establecer en Estados Unidos mecanismos de “cap and trade” que reduzcan las emisiones de bióxido de carbono (CO2) a la atmósfera.

Feldstein tiene toda la razón al argumentar que la propuesta de ley Waxman-Markey no aprueba un mínimo análisis costo-beneficio, ya que el costo – imponer un gasto adicional de unos 1,600 dólares promedio por año durante los próximos diez años a cada familia estadounidense- es exorbitante a la luz de los supuestos beneficios que arrojaría: una magra reducción de menos del 4 por ciento de los efectos nocivos que los gases, se supone, causan en el clima del planeta.

Tan sólo este análisis debería bastar para desechar la propuesta legislativa.

Pero hay también, en los argumentos de Feldstein publicados en el Washington Post del lunes pasado, uno que es, por principio, inaceptable: Estados Unidos no debe hacer nada en esta materia hasta que otras naciones que hoy día contribuyen con más emisiones de CO2, como China, las reduzcan y “hasta que se alcance un acuerdo global”.

Este tipo de razonamiento – “el país A no actúa si no lo hace antes el país B” - ha sido común en la política internacional y nos ha condenado a una esterilidad desesperante y costosa.

Se ha aplicado con singular desparpajo en los asuntos de libre comercio y es la causa inmediata del lamentable fracaso de la ronda de Doha. Este tipo de argucia ha sido nefasta y sólo ha servido para justificar el sostenimiento de un estado de cosas indeseable. Es una estratagema que debería ser inaceptable en la política internacional.

Una vez reconocidos los problemas hay que actuar y punto.

Lo que, ¡oh paradoja!, me lleva al otro punto débil en el alegato de Feldstein: ¿Hay de veras un problema en el asunto del cambio climático? Se omite lo que en las discusiones parlamentarias se llama “la cuestión previa”, es decir: aquella que requiere resolverse antes de proponer supuestas soluciones y que es muy sencilla: ¿Cuál es el problema, si es que lo hay?, ¿es el cambio climático o es la dependencia del petróleo? ¿Se justifica gastar cuantiosos recursos en solucionar “problemas” que aún son conjeturas?

Si fuese esta cuestión previa la que argumentara Feldstein – y no la argucia de: “si tú no actúas, yo tampoco lo hago”- su alegato sería aún más sólido.

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viernes, 5 de junio de 2009

Calentamiento global, ¿qué hacer?

Hoy, 5 de junio, es el día mundial del medio ambiente y se supone que lo propio es que uno escriba algo inteligente – difícil- e interesante – casi imposible- sobre el asunto. Cuando la Organización de las Naciones Unidas decrete que el 18 de abril es el día de las señoras con rulos habrá que publicar el 18 de abril sesudos y sentidos comentarios respecto de las señoras con rulos, diciendo, por ejemplo, que son encantadoras.

Bueno, supongo que en el caso de las señoras con rulos ya se le ocurrirá algo gracioso a Germán Dehesa.

Va de nuevo: Hoy es el día mundial del medio ambiente y confieso que fue el pesado de Al Gore quien me convenció, en principio, de que lo del calentamiento global era una patraña. Tuvieron que acudir en mi auxilio ecologistas serios, como Gabriel Quadri entre otros, quienes me rogaron que olvidara las descaradas mentiras del señor Gore y prestara atención a personas más serias e intelectualmente honestas que habían demostrado que sí existe una alteración en el clima causada por la acción de los seres humanos.

Acepté, pues, que sí hay alteraciones climáticas graves ocasionadas por los seres humanos. ¿Qué hacer?

Se han propuesto ingeniosos mecanismos de mercado – inducidos por los gobiernos- para mitigar y combatir esas alteraciones, como el llamado “cap and trade” – “topes y comercio” en traducción literal- que consiste en fijar topes cuantitativos a las emisiones de gases de efecto invernadero y cobrar muy caro en el mercado los permisos para poder emitir más CO2 del conveniente; de ahí el comercio, porque tales permisos tendrían que comprarse y serían tan caros que desalentarían a los contaminadores…, a menos que éstos logren trasladar los altos costos a los precios que paguen los consumidores.

Aquí surgen los problemas porque otras personas serias, como Martin Feldstein, profesor de economía en Harvard y presidente emérito del prestigiadísimo (exageré con el superlativo) National Bureau of Economic Research (NBER), dicen que el “cap and trade”, al menos como lo está proponiendo el Congreso de Estados Unidos (ley Waxman-Markey), ocasionará que salga más caro el caldo que las albóndigas (un alto costo sin ningún beneficio relevante), porque les costaría unos 1,600 dólares anuales a cada familia estadounidense y en el largo plazo (los próximos 20 años) sólo servirá para disminuir la emisión de gases de efecto invernadero en el planeta en menos de 4 por ciento.

Es un argumento seductor, pero tiene algunos puntos flacos que podemos discutir el lunes, ¿vale?

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sábado, 12 de julio de 2008

Una ducha con agua fría

Lo más importante que pueden hacer los grandes líderes políticos del mundo, el G-8, es eliminar las barreras al libre flujo comercial, financiero y de personas. Eso sería mucho más provechoso que sembrar tres arbolitos en una isla japonesa.

Sin duda las emisiones de CO2 que arrojamos a la atmósfera han causado, causan y causarán daños al entorno en el que vivimos los seres humanos y en el que, esperemos, habrán de vivir muchas generaciones futuras.

Reconocerlo, sin embargo, no implica aceptar sin el menor asomo de análisis crítico diagnósticos tremendistas y "soluciones" interesadas que causan más males de los que pretenden remediar. Al paso del tiempo hasta los más entusiastas defensores de la ecología han reconocido que dos o tres de los principales supuestos en que se basaron los diagnósticos de alarma resultaron más cercanos al mito que a la verdad.

Tampoco el paso del tiempo ha sido compasivo con el Protocolo de Kyoto. Se ha visto que el acuerdo planteó metas tan ambiciosas como inalcanzables y lo peor: cada vez es más dudoso que las reducciones de CO2 propuestas resulten suficientes y pertinentes para mejorar el clima del planeta y para evitar las catástrofes que se anunciaron. Eso, por no recordar que casi ningún país ha cumplido lo acordado y que el gobierno de Estados Unidos desde entonces se negó a suscribir el acuerdo, esgrimiendo un escepticismo que, aunque odioso, resultó justificado.

El cambio climático no es el problema número uno de la humanidad.

Mucho más grave es la persistencia de miles de muertes a causa de enfermedades que son curables, no sólo en África, sino en vastas extensiones de pobreza desperdigadas en el planeta. Mucho más graves son la pobreza y el hambre causadas no por una insuficiente oferta de alimentos y de bienes, sino por las estúpidas barreras que los gobiernos han erigido en contra del libre movimiento de bienes, de servicios, de capitales y de personas.

Por eso las reuniones en el cumbre son tan simbólicas como inútiles; semejantes a "un punto de acuerdo" de las señoras y señores senadores.

Puestos a producir gestos simbólicos, pero inútiles, para la próxima cumbre los grandes líderes en lugar de sembrar tres arbolitos podrían darse, en grupo, un buen duchazo de agua fría. Simbolizaría que algo hacen contra el calentamiento global…y sería divertido para los espectadores.

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La infamia del etanol

Si Estados Unidos quiere subir a China e India al compromiso de reducir sus emisiones de carbono a la atmósfera, tendrá que poner sobre la mesa la seria promesa de abandonar su nefasta ocurrencia de subsidiar la producción de etanol a partir de maíz y de otros cultivos. No lo hará. ¿Resultado? La cumbre del G-8 será otro fracaso de Bush. Tal vez un fracaso "fríamente calculado".


Lo más probable es que el gobierno de Estados Unidos haya calculado de antemano que China e India se rehusarían a sumarse al compromiso de reducir a la mitad sus emisiones de CO2 a la atmósfera para el año 2050. Contando con ese rechazo, George W. Bush pudo darse el lujo de mostrarse, en la cumbre del G-8, seriamente preocupado por el cambio climático, hacer promesas retóricas y eludir un examen serio de los infames subsidios a la producción de etanol, que no sólo NO son una política efectiva de protección al ambiente, sino que tienen la perversa cualidad de generar a la vez varios efectos indeseables para el bienestar global:

1. La producción de etanol a partir de maíz y otros cultivos genera más emisiones de carbono de las que reduce.

2. Ha contribuido al encarecimiento de los alimentos en el mundo, al distraer tierras para producir un complemento – que no sustituto- de la gasolina, en lugar de alimentos.

3. El subsidio desalienta a otros productores de granos fuera de Estados Unidos porque compiten en franca desventaja; inhibe, pues, una mayor oferta.

4. Retrasa la búsqueda tecnológica de energías limpias y de procesos productivos menos contaminantes,

5. El subsidio se ha mostrado eficacísimo para generar un efecto en cascada de encarecimiento en toda la cadena de los alimentos: del maíz al trigo, a la soya, al sorgo, a la leche, a la carne,

6. Provoca un efecto de imitación: Cientos de políticos irresponsables en el mundo sueñan con promover la producción de etanol, para posar como "verdes" mientras arrasan selvas y sistemas ecológicos.

Así las cosas, la salida fácil es culpar a China y a India de falta de conciencia ecológica porque no quieren frenar su proceso de crecimiento a cambio de un premio por su contribución a enfriar o postergar el "calentamiento global".

No los culpo…son naciones que quieren salir de la pobreza, no son Al Gore buscando los reflectores.

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lunes, 26 de noviembre de 2007

Los desafíos del calentamiento local

En lugar de usar el calentamiento global como un cómodo pretexto, deberíamos combatir todo lo que genera mayor calentamiento local en nuestras ciudades, por ejemplo: las políticas públicas que premian la proliferación de autos-chatarra.


Hace unos días el ecologista Björn Lomborg describió de manera accesible – para nosotros, los neófitos- el fenómeno de las "ciudades horno" o del calentamiento local en las grandes concentraciones urbanas, donde el asfalto, el concreto y las construcciones que incrementan la temperatura le ganan terreno, día a día, a parques arbolados y otros espacios que refrescan y oxigenan el ambiente.

Lomborg mencionó, entre otros casos, el de la ciudad de Houston que en los últimos doce años creció 20% (unos 300 mil habitantes) y, como consecuencia, ha incrementado su temperatura nocturna 0.8 grados centígrados en el mismo periodo, lo que significaría un aumento impresionante de siete grados en un siglo (para leer el artículo de Lomborg, ver, entre otros, el periódico colombiano "El Tiempo" del 19 de noviembre).

Si eso sucede en una ciudad del tamaño de Houston, el lector podrá imaginar que el grado de calentamiento y la velocidad a la que se incrementa la temperatura son mucho más graves aún en la ciudad de México. Y uno de los principales responsables es todo el asfalto que hemos sembrado para servicio de "su majestad, el automóvil".

Por eso resulta criminal que sigamos teniendo políticas públicas tales como el contraproducente programa "Hoy no circula", la libre importación de automóviles usados sin verificaciones ambientales previas y el impuesto a la tenencia de vehículos, que premian e incentivan la proliferación de chatarra automovilística, incrementando las temperaturas y deteriorando el ambiente.

Un ejemplo: El viernes 16 de noviembre la ciudad de México padeció los usuales embotellamientos de tráfico típicos del último día laborable previo a un "puente"; la lentitud exasperante de la circulación en varias arterias, y la consecuente contaminación, se agravaron exponencialmente por las descomposturas de automóviles chatarra (y por los frecuentes accidentes causados por ellos). Autos de esos que fácilmente se regularizan en estados como Michoacán, de esos que pagan una tenencia ridícula, de esos que proliferan – como auto "comodín"- cuando se restringe la circulación mediante programas como el "Hoy no circula" y de esos que el gobierno de la ciudad de México permite circular sin seguro de daños a terceros por puro desplante demagógico.

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martes, 6 de noviembre de 2007

Lluvias y “calentamiento global”

La mejor base de datos sobre precipitaciones pluviales disponible en el mundo NO permite inferir que el llamado calentamiento global haya incrementado las lluvias; por lo pronto, se sabe que, de unos años a la fecha, ha llovido un poco más en el océano, pero un poco menos en tierra.

Un periodista “serio” escribió ayer respecto del desastre en Tabasco: “…con el proceso de calentamiento global, las inundaciones y los huracanes se van a hacer más comunes en distintos lugares de nuestro país”.

¿Cómo lo sabe?

Tal vez por ciencia infusa, porque después de muchos e intensos huracanes (2005), hemos tenido dos años consecutivos (2006 y 2007) de muy escasos huracanes en el golfo de México y en el Atlántico Norte, lo cual echa por tierra el vaticinio que hizo Al Gore – en su célebre corto metraje- acerca de la creciente intensificación de los huracanes por el calentamiento global.

Además: La base de datos más completa y confiable sobre variaciones en las precipitaciones pluviales en el mundo – la del Global Precipitation Climatology Project (GPCP) – que abarca 27 años (de 1979 a 2005, inclusive) combinando varias fuentes de información (Sensor Especial de Imágenes de Microondas – SSM/I por sus siglas en inglés-, estimaciones de precipitación pluvial por rayos infrarrojos a partir de satélites en órbita y mediciones en la superficie) revela para los trópicos (25° S- 25° N): 1. Un incremento lineal de la lluvia en los océanos de 5.5% para todo el periodo y un decremento lineal de la lluvia en tierra de 1%, con un cambio cercano a cero en la precipitación global en el planeta y 2. Que los indicios de mayores precipitaciones pluviales en los océanos no son concluyentes, aunque tampoco desmienten “las ideas de una alteración en los ciclos hidrológicos atribuibles a un calentamiento del ambiente”. Ver “Tropical Rainfall Variability on Interannual-to-Interdecadal and Longer Time Scales Derived from the GPCP Monthly Product”, Adler, Robert F; Curtis, Scott; Huffman, George J; Gu, Guojun , agosto 1 de 2007 en “Journal of Climate” . (Este trabajo se puede consultar en la red sólo estando suscrito al motor de búsqueda especializado "Highbeam Research").

Lo cierto es que, aun aceptando la hipótesis del calentamiento global, éste habría disminuido – apenas 1% en 27 años- las precipitaciones pluviales en tierra, NO las habría incrementado.

Para la base de datos ver en este sitio de la NASA.

Nota (por si las dudas, ya ven que Miss Ecuador "cree" que el Everest es el río más caudaloso del mundo): Tabasco está en tierra, no en el océano.

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lunes, 5 de noviembre de 2007

Tabasco y la prevención de riesgos

Monstruoso y totalmente imprevisible sería que en Zacatecas, con una precipitación pluvial anual promedio de 515 mililitros, se acumularan en sólo tres días de lluvia 300 mililitros; que del 28 al 30 de octubre se acumularan 300 mililitros en Tabasco fue extraordinario, pero había sucedido antes y volverá a suceder. Era un evento probable y previsible para un estado en el que la precipitación anual promedio fue de 2,424 mililitros de 1941 al año 2000.

Uno no compra un seguro de gastos médicos mayores pensando en que lo deberá utilizar todos los días o todos los años. Por el contrario, uno compra un seguro de gastos médicos mayores – y renueva la póliza año con año- con la expectativa de que en el largo plazo (diez, veinte o treinta años, por decir algo) algún día podrá necesitarlo…y deseando que eso no suceda.

Sería desaconsejable que el gobierno de Nuevo León gastase parte de su presupuesto en la prevención de sismos, pero es perfectamente lógico que el gobierno de la ciudad de México tome las medidas preventivas para un sismo de 7 grados o más en la escala de Richter. La probabilidad de que un sismo de esa magnitud se verifique esta misma semana en la ciudad de México es bajísima, pero un sismo entra dentro del espectro de riesgos catastróficos a los que está sujeta esa ciudad.

Suena acorde con el fatalismo mexicano decir que la tragedia que hoy vive Tabasco fue totalmente imprevisible: una mala pasada de la traicionera naturaleza o producto de ese novedoso y omnipresente demonio abstracto del "calentamiento global", pero es tan absurdo como si un hombre mayor de 60 años dijese que es un evento inaudito, imprevisible, el hecho de que la próstata le cause problemas.

También suena bien, acorde con la superstición política de que todo se arregla con toneladas de dinero público, decir que Tabasco no recibió suficientes recursos federales para prevenir el desastre; lo que nadie comenta (supongo que se considera de mal gusto) es que Tabasco es el estado de la república que más participaciones federales por habitante ha recibido en los últimos siete años.

Decir que el desastre entraba en el espectro de los eventos probables no es insensibilidad ante la tragedia. Es honestidad intelectual, un bien mucho más escaso que el dinero público.

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sábado, 3 de noviembre de 2007

Tabasco: Extremo, pero no inaudito

Las precipitaciones pluviales de los últimos días de octubre en Tabasco fueron, en apariencia, de las más altas registradas desde 1948, pero no fueron inauditas, monstruosas o fuera de lo que se puede esperar para esa región hidrológica, ni para esa época del año.


Lo importante en estos momentos es atender con diligencia y eficacia las necesidades más urgentes de quienes han sido afectados por las inundaciones en Tabasco. Pero también es importante determinar con la mayor exactitud y objetividad, sin politiquerías, las causas del desastre.

Todo indica que los daños podrían haberse minimizado tanto con medidas de prevención relativamente sencillas y económicas – una verdadera cultura del riesgo entre la población- como con un patrón racional de asentamientos humanos. Al respecto, no tiene desperdicio el análisis crítico de Gabriel Quadri de la Torre publicado el viernes en El Economista : “Diluvio en un territorio huérfano”.

Por desgracia, en lugar de un ejercicio de autocrítica profunda – respecto de nuestro pésimo arreglo jurídico en materia de normatividad del uso del suelo- se ha empezado a echar mano del chivo expiatorio de moda – el calentamiento global- para tranquilizar conciencias y minimizar responsabilidades.

Lo sucedido, sin embargo, desde el punto de vista de las precipitaciones pluviales NO es inaudito o monstruoso o fuera de la norma – regularidad estadística- para la región o para la temporada del año. Los meses más lluviosos en Villahermosa y en toda la región centro de Tabasco son septiembre y octubre. El año más lluvioso en Villahermosa de la serie que va de 1948 a 2003, inclusive, fue 1988. En dicho año, la precipitación pluvial de octubre (641.2 milímetros) fue 67.5% superior a la de septiembre. Todo indica que este año, 2007, se verificó el mismo patrón que entonces.

Lo que debe discutirse seriamente es cómo regular la convivencia armónica entre el aprovechamiento óptimo del gran potencial hidroeléctrico de la cuenca y la presencia de densos asentamientos humanos en las zonas inundables. Del mismo modo, ya no puede desatenderse la necesidad de desazolvar las cuencas, contaminadas por los asentamientos humanos, para permitir que las precipitaciones se derramen hacia el mar.

Lo peor que podemos hacer es diluir las responsabilidades. No sin amargura se dice que así como el perro es el mejor amigo del hombre, el chivo expiatorio es el mejor amigo de los políticos.

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jueves, 1 de noviembre de 2007

Supersticiones irrefutables

Una vez que han sido promulgadas – como si fuesen revelación divina-, algunas modernas supersticiones resultan tan irracionales como irrefutables.

Escuché por la radio decir a un conocido juez y profeta instantáneo que ya está “demostrado científicamente” que un trágico accidente en una plataforma petrolera – que cobró varias vidas- se debió al calentamiento global. Este visionario, tal vez usted lo haya escuchado, se caracteriza porque maniáticamente repite las palabras como si su auditorio fuese sordo o distraído.

Ha nacido, pues, una nueva causa última que lo explica todo: El calentamiento global.

Después de escuchar este monótono evangelio – y ¡ay de aquél que dude! porque será tachado de “negacionista” (sic)- leí en un periódico de inconfundible e incorregible sintaxis que: “Impacta el IETU el bienestar”. Vamos mejorando, se trata de una superstición más compleja. La fuente original de esta otra profecía es un comunicado del banco central que dice: “Existen riesgos adicionales para la inflación (sic). En particular, es previsible que algunas empresas intenten trasladar al consumidor el costo asociado a la elevación de la carga fiscal”. Además de que en buen castellano debería decirse que ése es un posible riesgo para la estabilidad de precios, NO para la inflación, la conjetura – que el diario convirtió en superstición dogmática- es poco probable, toda vez que la competencia en la mayoría de los mercados de los bienes comerciables impediría que el presunto intento tuviese éxito.
Pero eso no importa, porque estamos en el reino de las supersticiones irrefutables. Bertrand Russell en su ensayo “Un perfil de la basura intelectual” (An Outline of Intellectual Rubbish) escribió:

“Admiro especialmente a cierta profetisa que vivió a orillas de un lago al norte del estado de Nueva York en 1820. Anunció a sus numerosos seguidores que ella poseía el poder de caminar sobre las aguas y propuso que lo haría a las 11 horas de cierto día. Llegado el momento se reunieron miles de fervorosos seguidores alrededor del lago y ella les preguntó: ‘¿Están completamente convencidos de que puedo caminar sobre las aguas?’ A una sola voz la multitud replicó: ‘Lo estamos’. Entonces ella anunció: ‘En tal caso, no es necesario que lo haga’. Y todos ellos volvieron a sus hogares muy edificados”.

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domingo, 7 de octubre de 2007

Milagro en el Metro

¡Gloria a Dios en las alturas!, recogieron las basuras en el Metro, ayer a oscuras y hoy sembrado de bombillas…, desparecieron los ambulantes y surgieron pulcros y trajeados los empleados del servicio, le sacaron brillo a pisos y muros…El milagro lo consumó una efímera y propagandística visita de Marcelo Ebrard y su marabunta.


Escribí hace días que una de las ventajas de viajar en el Metro de la ciudad de México es la bajísima probabilidad de toparse en uno de los atestados vagones con Marcelo Ebrard. Pues bien, me equivoqué. El jueves pasado poco después de las nueve de la mañana los desprevenidos pasajeros salíamos apresurados del vagón en la estación "Zócalo" cuando nos dimos de frente con una marabunta (conjunto de gente alborotada y tumultuosa) no de hormigas sino de malencarados guardaespaldas, fotógrafos, camarógrafos, reporteros, funcionarios con cara de embobamiento y, en medio de la turba, como figura estelar de la farándula, Marcelo Ebrard, el mismo que está encantado de conocerse desde que se llama: "La Ciudad", con mayúscula mayestática por favor.

Lamento que por todo saludo a mi amigo Arturo Tornell, de Televisión Azteca, yo le espetara una irritada queja: "Oye, yo tomo el Metro en serio como medio de transporte, no con fines de propaganda" y haber huido del sitio como alma que ha visto al demonio…

Ni un solo vendedor ambulante en andenes, pasillos y escaleras de salida. Relucientes los pisos, pulcros y elegantes – de traje- unos empleados del Metro que salieron de quién sabe dónde (a lo mejor los tienen guardados en un almacén y los sacan los días de fiesta) y hasta la estación de radio del Metro – pletórica de amables y serviciales consejos para los usuarios- se escuchaba prístina por los altavoces (normalmente se escuchan intermitentes y crípticos llamados como: "Rigoberto Godinez, reportarse a su permanencia para un H-17").

Más tarde me enteré de que el inmerecido honor de la visita se debió a que el señor Ebrard daría fe de la instalación de unos dispositivos que retardan la velocidad de las escaleras eléctricas en alguna estación del Metro, con el fin de ahorrar energía en las horas de menor afluencia de pasajeros, ¡guau!, ¡gran logro!...supongo que después de eso vendrá la entrega por parte de alguna ONG de algunos bonos de carbono por combatir con tanto fervor el calentamiento global…

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domingo, 5 de agosto de 2007

En defensa del escepticismo

Ahora resulta, según algunos fervorosos y agresivos apóstoles del “calentamiento global”, que lo científico es creer y no dudar.

No falla. Cada vez que he manifestado mi escepticismo sobre la moda del calentamiento progresivo del planeta presuntamente causado por las emisiones de CO2, recibo algún “regaño” por dudar de que haya sido demostrada satisfactoriamente dicha hipótesis. Los reproches van desde lo comedido hasta lo visceral y suelen estar acompañados de una admonición moralista: Mi escepticismo es reprochable, se me advierte, porque las conscuencias del “calentamiento” podrían ser tan terribles y destructoras que cualquier duda promueve criminalmente la extinción de la especie humana. De ese tamaño.

Esta vertiente moralista – totalmente acientífica- es lo más chocante. La ética no puede fundarse en mentiras o en patrañas, así el fin propuesto sea el más noble que algunos atinen a imaginar. Con la mejor de las intenciones, en el pasado algunos padres trataban de alejar a sus hijos adolescentes de la masturbación asegurándoles que dicha práctica onanista les provocaría males físicos u orgánicos abominables e irreversibles, desde la aparición inopinada de pelos en la palma de la mano hasta la demencia. Nadie puede dudar de la irreprochable intención de dichos padres, pero también es cierto que tales consejas eran patrañas.

Lo que se trata de dilucidar es si es cierto: 1. Que el planeta en su conjunto experimenta una fase de calentamiento irreversible por primera vez en su larga existencia y 2. Que, supuesto que se compruebe dicha fase de calentamiento de manera indubitable, la causa del mismo sean las emisiones de los llamados gases de invernadero.

Aun dando por cierta la primera premisa – la cual no ha sido posible demostrar dado que no disponemos de mediciones confiables y unívocas de la temperatura global que vayan más allá de un par de siglos, ¡contra millones de años de existencia del planeta!-, la segunda premisa es totalmente espúrea: Basta considerar que ni uno solo de los investigadores que sostienen la hipótesis del calentamiento ha aislado – para demostrar que no es la causa del calentamiento- la más probable de las variables independientes que explicarían el fenómeno: la actividad del sol durante los períodos en los que presumiblemente habría aumentado la temperatura.

Un poquito más de escepticismo científico y un poquito menos de moralina dizque ecologista no nos harían daño.

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jueves, 2 de agosto de 2007

De Salomón a Gore, con un final de Chesterton

Por fin se ha descubierto cuál es el agente maligno que provoca la elevación de temperaturas en el planeta. La respuesta, al final del artículo.

Se atribuye a Salomón (970-931 a. C.), rey de Israel, haber dicho: “No hay nada nuevo bajo el sol”.

Sin embargo, todos los días aparece alguien diciendo que ya descubrió, ahora sí, algo nuevo bajo el sol. Por ejemplo, el calentamiento global.

Si uno escucha a ese predicador, favorito de los compradores de catecismos a la moda, que se llama Al Gore, oirá que este político estadounidense ha encontrado la noticia más estremecedora e importante de la historia de la humanidad. Noticia que sería, más o menos, la siguiente: “El planeta se está calentando con consecuencias catastróficas para la vida, a causa de las emisiones de gases invernadero que provoca el ser humano; en especial, a causa del uso de los derivados de carbono como fuentes de energía”.

Se supone que a Gore le mueve, para revelar esta novedad con ribetes apocalípticos, un encomiable sentido de urgencia moral: Salvar al planeta y a la humanidad de su más o menos inminente destrucción.

Que esta “noticia” del calentamiento global sea considerada falsa por muchos científicos serios (recomiendo, sólo como un ejemplo entre muchos, el artículo que publicó en la edición en inglés de “Newsweek” el experto en cambio climático del MIT Richard S. Lindzen: “Why so gloomy? There is no such thing as a ‘perfect’ temperature” el 16 de abril de 2007), a muchos les parece irrelevante, porque tal vez prefieren las “buenas intenciones” (supuestas) que rendir tributo a la verdad. Como quienes creen que es bueno difundir leyendas negras con tal de que la causa que se defienda sea “justa”: “Contaminar es malo, asustemos a la gente para que no lo haga”.

Ni hablar, la honestidad intelectual no es moneda común. Si los predicadores del calentamiento global, como Gore, fuesen un poco honestos intelectualmente deberían reconocer que la causa fundamental, única, capaz de generar un verdadero calentamiento verdaderamente global del planeta es…

Una estrella de tipo espectral que, se calcula, se formó hace unos 5 mil millones de años y que, se conjetura, podría permanecer en su secuencia principal otros 5 mil millones de años más. Es popularmente conocida como Sol.

No en vano Gilbert K. Chesterton (1874-1936) dijo, corrigiendo a Salomón: “Sí hay algo nuevo bajo el sol: Ver el sol”.

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martes, 17 de julio de 2007

¿También se regresa en bicicleta?

Una de las tragedias del periodismo es que los seres humanos cuando hacemos cosas excepcionalmente buenas o excepcionalmente malas, las solemos hacer en lo secreto, sea porque somos unos buenazos o, caso contrario, porque somos malvados pero no tontos.

Todas las mañanas de los lunes primeros de mes el jefe de gobierno de la ciudad de México llega a su trabajo montado en una bicicleta. Para que no se nos vaya a olvidar la hazaña los medios de comunicación nos la recuerdan puntualmente. Hasta que se vuelva rutina y deje de ser noticia.

Lo que nunca he leído, ni leeré, es cómo regresa todas las noches de los primeros lunes de cada mes el señor jefe de gobierno a su casa: ¿También lo hace en bicicleta?, si es así, ¿por qué nadie nos deleita con la crónica de esa otra hazaña, aun más meritoria? Sería interesantísimo saber cómo le hace el funcionario para sortear los “encharcamientos” (eufemismo para inundaciones) y si cuenta con algún artilugio que le permita ver y ser visto por automovilistas y camioneros, toda vez que avenidas enteras de la ciudad, no se diga las modestas calles, permanecen en las noches con más de la mitad del alumbrado público apagado.

Todo esto lo digo porque me tocó ver, el lunes 2 de julio, los sufrimientos de un pobre ciclista nocturno en la calzada de Tlalpan, a quien su bonito casco con una lucecita intermitente de nada le servía, para ser visto por autos y camiones, y estuvo a punto de ser arrollado tres veces en menos de un minuto. Pensé que se trataba del señor jefe de gobierno…, pero no. Era un hombre común que tal vez regresaba, él sí, a su hogar en bicicleta. Me hubiese gustado preguntarle si lo hacia para combatir el calentamiento global o sólo por vulgar necesidad, pero no pude hacerlo: el pobre hombre estaba demasiado ocupado esquivando obstáculos y venciendo adversidades.

No hay que pensar mal. Tal vez Marcelo Ebrard sí se regrese a su casa por las noches – los primeros lunes de cada mes- montado en su bicicleta, pero prefiere hacerlo, de puro buenazo que es, en lo secreto y por lo oscurito (cortesía del estratégico sistema de oscurecimiento público de la ciudad) para no hacer alarde de virtud y mantenerse humilde y sencillito, como todos lo conocemos. ¿O no?

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lunes, 25 de junio de 2007

Las ventajas políticas de globalizar la contaminación

Surrealismo puro: Premian a la ciudad de México por reducir la contaminación en el planeta, gracias al Metrobús, y un día después se decreta una emergencia ambiental porque, en la misma zona en que opera ese sistema de transporte, la calidad del aire alcanzó la categoría de “muy mala”: el ozono llegó a 176 unidades.

Por supuesto, la mala calidad del aire el sábado en la zona suroeste de la ciudad no es culpa del Metrobús, sino de que hay ya más de cuatro millones de automóviles en el valle de México. Lo cual, a su vez, obedece a décadas de gobiernos erráticos en la capital del país: desatención criminal al transporte público, uso político-electoral del gasto, crecimiento caótico de los asentamientos de población, pésima infraestructura vial y opacidad en la construcción de obras públicas lo que impide vetar proyectos faraónicos – como el famoso “segundo piso”- carentes de justificación económica y social y pésimamente ejecutados.

A este rosario de problemas propios se suma que la burocracia multinacional – Naciones Unidas, Banco Mundial, entre otras organizaciones- así como una legión de organizaciones no gubernamentales, ambientalistas, empresas culposas y estrategas financieros han logrado colocar en la opinión pública la creencia de que los daños al ambiente son planetarios más que localizados y, por lo tanto, es válido “perdonar” algo de la contaminación que se genera en España si se dan fondos para proyectos que reducen algo la contaminación en México.

No sabemos si la emisión de gases en la avenida Insurgentes de México tenga efectos ambientales en España, pero como es algo “probable” da un buen efecto de relaciones públicas que el Fondo Español del Carbono – por intermedio del Banco Mundial- le de casi 122 mil euros al gobierno de la ciudad de México porque, se supone, gracias al Metrobús en dos años se han emitido unas 60 mil toneladas de gases de efecto invernadero menos…, aunque se omite decir que la pésima planeación y ejecución de las obras del Metrobús ocasionaron una emisión adicional de gases invernadero de ¿cuántas toneladas?

Este “reconocimiento” – a la vista de la contaminación real, local, específica y comprobada que se padece en la Ciudad de México-, es algo así como hacerle una fiesta al estudiante que, ¡por fin!, aprobó una de 15 materias…, y eso en examen extraordinario.

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lunes, 18 de junio de 2007

El calentamiento local

Uno de los peligros prácticos de la propaganda sobre el calentamiento global es que desdeñemos lo que sí podemos comprobar con certeza y lo que sí debemos remediar ya: Los daños que causa la contaminación localizada y específica.

Dejemos por el momento la discusión acerca de la validez científica de muchas de las consejas populares acerca del cambio climático. Vayamos al aspecto práctico: La contaminación que usted y yo, y nuestros vecinos, generamos todos los días y que tenemos la certeza de que daña -no los ecosistemas de la selva amazónica o el nivel de los océanos dentro de cien años-, sino el entorno en que vivimos y que hace el daño de manera inmediata.

El sistema solar no gira alrededor del escape de un automóvil, pero ello no significa que una región específica – digamos, la zona metropolitana del Valle de México- no haya experimentado acelerados cambios, varios de ellos nocivos, por la explosión automovilística de los últimos 50 años.

No podemos afirmar con certeza que el planeta haya entrado en una etapa de calentamiento cuya causa principal sean los combustibles fósiles, pero no cabe duda que miles de metros cuadrados de asfalto – plantados para beneficio de su majestad, el automóvil- han contribuido a un grave deterioro del ambiente en el Valle de México.

Hablar de ese deterioro es menos espectacular que, al estilo de Hollywood, imaginar la desaparición súbita de los glaciares, pero es un deterioro cierto que sí podemos revertir con acciones localizadas y específicas.

Ejemplo: El viernes pasado unos 30 manifestantes bloquearon durante más de una hora la lateral del anillo periférico enfrente de las instalaciones de Televisión Azteca (por supuesto, de acuerdo con las instrucciones de su jefe supremo, los policías auxiliaron a los manifestantes para que nadie estorbase su ¿actividad?) y el daño que provocaron fue totalmente desproporcionado respecto de la pertinencia de su protesta: Incrementaron sustancialmente la emisión de contaminantes en la zona, causaron pérdidas incalculables a la productividad y, desde luego, violaron el derecho de miles de personas al libre tránsito (aunque garantizar esa última nimiedad, ya nos dijo el Jefe de Gobierno, no está en su orden de trabajo).

¿Cuál es el remedio? Tal vez el gobierno de la ciudad podría emitir unos "bonos de carbono" para remediar los daños. O tal vez baste con que el Jefe de Gobierno intensifique sus paseos ciclistas. ¿Con eso basta?

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jueves, 14 de junio de 2007

Su majestad, el automóvil, debe pagar

El desarrollo sostenible de la Ciudad de México requiere desalentar en serio el uso del automóvil e invertir cantidades multimillonarias en extender el Metro y mejorar de veras el transporte público.

El locutor que platicaba con Carlos Elizondo Mayer-Serra manifestó su asombro de que Carlos hubiese llegado a un concierto en Bellas Artes tomando el Metro. Lo asombroso, sin embargo, es que el locutor se asombrase de que una persona inteligente tomase la decisión más inteligente para llegar a su destino. El Metro, aun con su saturación y sus múltiples carencias de mantenimiento y seguridad, es un medio de transporte mucho más eficaz, rápido y limpio que el automóvil.

Lamentablemente, la extensión del Metro y su capacidad para transportar a los millones de usuarios potenciales están muy por debajo de las necesidades de la Ciudad de México. En el aciago gobierno de Andrés López Obrador el Metro no creció un solo centímetro; a cambio tuvimos obras caras, mal hechas, fastuosas y de relumbrón político para su majestad: el automóvil. Esa pésima decisión sólo agravó el problema.

Uno no necesita suscribir la dudosa hipótesis del calentamiento global para percatarse del inmenso daño que le ha hecho a la Ciudad de México la explosión automovilística. No se trata de un hipotético daño planetario sino de un grave daño específico, localizado y creciente: Los contaminantes que arrojamos a diario millones de automovilistas en la capital mexicana se quedan aquí, no dañan la selva amazónica ni ocasionan huracanes en el Golfo. Se quedan aquí y se traducen en enfermedades, en deterioro de la convivencia, en improductividad, en desperdicio de recursos públicos (calcúlese cuántos policías y recursos se dedican en la ciudad a facilitar, como sus comandantes les dan a entender, el tráfico de automóviles y camiones), en irritación y, sí, también en falta de competitividad.

El ejemplo de Carlos tomando el Metro es cien veces más honesto y realista que los paseos en bicicleta para tomarse la foto.

El gobierno de la Ciudad requiere invertir mucho más en extender la red del Metro y darle adecuado mantenimiento. Para ello debería cobrarnos a los automovilistas y destinar lo recaudado a sufragar esas multimillonarias inversiones en transporte público. Eso es lo que hacen los gobiernos de izquierda modernos. Lo demás es “posar para la foto”.

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domingo, 15 de abril de 2007

Predecir huracanes: ¿Tres días o 25 años?

¿Sabrá el presidente municipal de Coatzacoalcos predecir huracanes con mucho mayor precisión y alcance que los mejores científicos dedicados a la meteorología?

La etiqueta “cambio climático” aplicada generosamente a cualquier declaración, conjetura o suceso se ha convertido en receta infalible para fabricar “noticias”. Lo curioso es que el cambio climático no es ninguna novedad. El clima siempre ha cambiado, pero hoy día la frase “cambio climático” se descifra – en muchos medios de comunicación y en la imaginación de una parte del público- como equivalente a “calentamiento global”, lo cual a su vez significa “catástrofe causada por la irresponsable actividad humana cuyo motor es la avaricia”.

Esta mutación de significados ha convertido al asunto en una especie de religión apocalíptica que divide al mundo en creyentes fervorosos – aunque sea de palabra- y en despreciables escépticos, a quienes se supone movidos por la codicia y patrocinados por alguna petrolera que se dedica a destruir al planeta.

El domingo, un periódico mexicano (“Reforma”, la consulta en línea requiere suscripción) anunciaba “Modifica el clima a Coatzacoalcos” e informaba en voz del presidente municipal que se ha modificado el programa de desarrollo urbano de ese puerto “para hacer frente a los efectos del cambio climático”. El funcionario Iván Hillman Chapoy declaró según la nota: “Hemos ubicado las zonas por debajo de los cinco metros sobre el nivel medio del mar que han sido y serán impactadas con mayor fuerza por las precipitaciones y los huracanes”. La metodología – precisó- está prevista para 25 años.

Un poco más humilde, un científico – el profesor Francisco Valero, del Departamento de Física de la Tierra, Astronomía y Astrofísica de la Facultad de Físicas de la Universidad Complutense – explicaba en octubre de 2005, tras los huracanes Rita, Stan y Katrina, dos asuntos: 1. Que no hay ningún indicio razonable de que los huracanes dependan del cambio climático que pueda provocar el hombre y 2. Que se han hecho grandes avances en la predicción de la trayectoria de los huracanes: en los años 80 se podía predecir la trayectoria probable hasta con dos días de anticipación; hoy se puede predecir dicha trayectoria probable – no cierta, sino probable- hasta con tres días de anticipación…y la predicción puede fallar, como sucedió con la entrada a tierra del huracán Katrina.

El presidente municipal “cree” saber, el científico sabe lo que no sabe. Creer es más barato que saber.

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viernes, 13 de abril de 2007

El cuarto viaje de Colón y el cambio climático (III)

Si en el verano del año pasado, 2006, usted hubiera emulado a Cristóbal Colón en su cuarto recorrido por “las Indias” – en el trayecto de Cuba a Honduras- usted habría disfrutado de un mar Caribe mucho más sereno que el terrorífico que enfrentó el genovés en 1502.

El DVD de “An inconvenient truth” fue lanzado al mercado el 21 de noviembre de 2006 por Paramount Pictures. En la presentación se asegura que en 2005 se vivió la peor temporada de tormentas tropicales “en América” (¿Estados Unidos?) de la historia – una flagrante mentira- y también se asegura que Al Gore actualizó su historia con los datos disponibles más recientes. Ese día ya había terminado la temporada de huracanes 2006 en el Caribe y en el Atlántico Norte – que va, oficialmente, de junio a noviembre- pero el señor Gore, sus asesores y su equipo de producción pasaron por alto un pequeño detalle: Actualizar su información sobre huracanes en particular y tormentas tropicales en general con los datos de 2006, ya conocidos para entonces.

¿Por qué este descuido? Tal vez porque resultaba altamente “inconveniente” para los propósitos propagandísticos de la película decir que en 2006 los sistemas tropicales (tormentas y huracanes) en el Golfo de México y en el Atlántico Norte fueron ¡70 por ciento menores a los del año anterior! Y estuvieron por debajo del promedio de sistemas tropicales registrados en la temporada de los años 1950 al 2000. En términos técnicos: “En este 2006 para la cuenca del Atlántico se alcanzó una Actividad Neta de Ciclones Tropicales del 85 por ciento respecto a (sic) la climatología”. ¿No habíamos quedado que año con año aumentaban los huracanes por causa del calentamiento global?, ¿no sustenta sus catastrofistas predicciones el señor Gore en la premisa de que el proceso de calentamiento es irreversible como irreversible se supone que es la acumulación de gases de invernadero en la atmósfera?

De hecho, a raíz de esa baja actividad ciclónica hoy la producción agrícola en el litoral del Golfo, como el sur de Tamaulipas, enfrenta la peor sequía en 20 años y hay quien pregunta con sarcasmo – ver el comentario de Ramón Mier aquí- si acaso el planeta ahora se está enfriando y es momento de salir a quemar llantas para que se incremente el calentamiento global y la superficie del mar se mantenga por encima de los 26 grados centígrados – mínimo requerido para la formación de un sistema tropical- y así salvar al campo de esta sequía.

Esta es otra de las verdades inconvenientes que Gore y los productores de la galardonada película ocultan: En 2006 sólo hubo cinco huracanes en la cuenca del Atlántico, ninguno memorable. Nada que ver con los 88 días de tormenta en 1502. ¿Alguien que no sea especialista recuerda los nombres de esos huracanes? (Ahí van, para los curiosos: Ernesto, categoría 1; Florence, categoría 1; Gordon, categoría 3; Helene, categoría 3 e Isaac, categoría 1. Éste, el último del 2006, fue del 27 de septiembre al 2 de octubre de 2006 y sus vientos máximos sólo llegaron a 140 kilómetros por hora. Un mes y 19 días después se estrenaba mundialmente la ficción “An Inconvenient Truth”).

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