Atrapados por fantasmas ancestrales
¿Por qué son tan populares los miedos y los prejuicios contra la migración y contra el libre comercio?
Hace ya muchos años el demógrafo, antropólogo e historiador de la economía Alfred Sauvy (1898-1990) combatía el mito de los límites del crecimiento en el que se empeñaron en formarnos durante la segunda mitad del siglo pasado.
Yo leí la traducción al español de uno de sus últimos libros: “La economía del diablo: paro e inflación” (L’Economie du diable: Chómage et inflation, París 1976) un poco a escondidas, con miedo a que el libro me fuese confiscado, para quemarlo en una hoguera de textos heréticos, por alguno de los jesuitas progre que daban clase en la Universidad y que se esforzaban por “ponerse al día” suscribiendo la moda del momento; imagino que hoy serían profetas apocalípticos del calentamiento global, como antes lo fueron de la explosión demográfica. Antiquísima doctrina: El progreso no existe y si acaso existiese sería malo.
De varias formas, Sauvy insistía en que la tragedia de Francia era su prejuicio antinatalista, tributario de una concepción estática del mundo, de suma cero, en la que si alguien gana algo es porque alguien pierde algo. Ese arraigado prejuicio ve los empleos como espacios físicos limitados a un territorio: si alguien obtiene un empleo, otro u otros lo pierden; la llegada de los jóvenes o, peor aún, de los “otros”, extranjeros, al mundo del trabajo es una agresión que se combate ferozmente.
Los mismos prejuicios ancestrales explican la aversión hacia el libre comercio.
Por su parte, Paul H. Rubin, profesor de Economía y Leyes de la Emory University propone que dichos prejuicios – contra el libre comercio y contra la libre migración de trabajadores, tan fomentados hoy por muchos políticos- son atavismos heredados de una época remota en la que la economía era estática – sin crecimiento- y los horizontes eran tan limitados que uno podía vivir, digamos 50 años, sin haber visto a más de 100 personas en toda su vida.
La sugerente hipótesis de Rubin es que tales prejuicios surgieron como “instinto” de supervivencia en un mundo en el que sólo existía la “suma cero” y quien ganaba algo era porque se lo había quitado a otro, fuese un empleo, fuese una utilidad.
Nuestros prejuicios están anclados antes del siglo XVIII. Son fantasmas que no han evolucionado y alimentan odios y temores antiquísimos en contra del progreso.
Hace ya muchos años el demógrafo, antropólogo e historiador de la economía Alfred Sauvy (1898-1990) combatía el mito de los límites del crecimiento en el que se empeñaron en formarnos durante la segunda mitad del siglo pasado.
Yo leí la traducción al español de uno de sus últimos libros: “La economía del diablo: paro e inflación” (L’Economie du diable: Chómage et inflation, París 1976) un poco a escondidas, con miedo a que el libro me fuese confiscado, para quemarlo en una hoguera de textos heréticos, por alguno de los jesuitas progre que daban clase en la Universidad y que se esforzaban por “ponerse al día” suscribiendo la moda del momento; imagino que hoy serían profetas apocalípticos del calentamiento global, como antes lo fueron de la explosión demográfica. Antiquísima doctrina: El progreso no existe y si acaso existiese sería malo.
De varias formas, Sauvy insistía en que la tragedia de Francia era su prejuicio antinatalista, tributario de una concepción estática del mundo, de suma cero, en la que si alguien gana algo es porque alguien pierde algo. Ese arraigado prejuicio ve los empleos como espacios físicos limitados a un territorio: si alguien obtiene un empleo, otro u otros lo pierden; la llegada de los jóvenes o, peor aún, de los “otros”, extranjeros, al mundo del trabajo es una agresión que se combate ferozmente.
Los mismos prejuicios ancestrales explican la aversión hacia el libre comercio.
Por su parte, Paul H. Rubin, profesor de Economía y Leyes de la Emory University propone que dichos prejuicios – contra el libre comercio y contra la libre migración de trabajadores, tan fomentados hoy por muchos políticos- son atavismos heredados de una época remota en la que la economía era estática – sin crecimiento- y los horizontes eran tan limitados que uno podía vivir, digamos 50 años, sin haber visto a más de 100 personas en toda su vida.
La sugerente hipótesis de Rubin es que tales prejuicios surgieron como “instinto” de supervivencia en un mundo en el que sólo existía la “suma cero” y quien ganaba algo era porque se lo había quitado a otro, fuese un empleo, fuese una utilidad.
Nuestros prejuicios están anclados antes del siglo XVIII. Son fantasmas que no han evolucionado y alimentan odios y temores antiquísimos en contra del progreso.
Etiquetas: Alfred Sauvy, evolución, libre comercio, mercantilismo, miedo, migración. xenofobia, mitos, odios, Paul H. Rubin


