jueves, 12 de marzo de 2009

Hoy a Einstein le negarían la visa

Albert Einstein llegó a Nueva York el 17 de octubre de 1933, en medio de la Gran Depresión, a los 54 años, para incorporarse al Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton.

Hoy, miles de extranjeros altamente calificados, la mayoría de los cuales han estudiado sus doctorados en ciencias o en ingeniería en universidades de Estados Unidos, no son bienvenidos para trabajar en ese país, sobre todo si pretenden aportar sus conocimientos y su talento a empresas o instituciones gravemente afectadas por la crisis global.

Supongamos que un doctor en ingeniería o en ciencias (chino o indio o mexicano o salvadoreño o argentino o ruso o lituano) pudiese ser parte clave de la solución para General Motors. Olvídenlo, lo más probable es que ni siquiera sea considerado para el puesto. Lo prohíbe una de las leyes más estúpidas que ha aprobado la actual mayoría demócrata en el Congreso; una ley supuestamente encaminada a resolver la crisis: La EAWA (Employ American Workers Act) que forma parte del publicitado “paquete de estímulos” que aprobó el Congreso a iniciativa del gobierno de Barack Obama.

La EAWA prohíbe que empresas e instituciones que hayan recibido dinero del paquete de estímulos contraten a trabajadores extranjeros altamente calificados (a quienes normalmente se otorga la visa H1-B) a menos que se demuestre que no hay un solo estadounidense que pueda desempeñar ese trabajo. Eso significa que General Motors, Chrysler, Citi, AIG, y más de 400 empresas o entidades que han recibido o recibirán fondos del paquete de estímulos tendrán que prescindir de cualquier talento extranjero calificado.

Significa, además, propinarle un golpe mortal al mejor sistema de educación de posgrado del mundo, que ha existido por décadas en Estados Unidos. Pocas mujeres y hombres talentosos querrán estudiar sus doctorados en un país que les garantiza, al finalizar sus estudios, ser rechazados para trabajar.

Paul Danos, Matthew J. Slaughter y Robert G. Hansen (decano y decanos asociados de la prestigiosa Escuela de Negocios Tuck de la Universidad de Darmouth) denunciaron esta monumental estupidez en un elocuente articulo de opinión publicado el miércoles en The Wall Street Jorunal.

Extraigo de esta protesta, (que se suma a muchas otras) sólo un dato que los ignorantes legisladores desdeñaron: El 42% de los doctores en ciencias y en ingeniería que hoy trabajan en Estados Unidos NO nacieron en Estados Unidos. Igual de extranjeros que Albert Einstein, quien nació un 14 de marzo, viernes como hoy, pero de 1879, en Ulm, Alemania.

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miércoles, 4 de febrero de 2009

Los mitos de FDR y el "New Deal"

Encontré un ejemplar, en una venta de libros usados, del segundo tomo de la obra "La era de Roosevelt" del historiador estadounidense Arthur M. Schlesinger junior, que trata de "La llegada del Nuevo Trato" (The coming of the New Deal 1933-1935), a un precio de ganga. Lo empecé a leer con la sincera intención de convertirme en un admirador de Franklin Delano Roosevelt (FDR) y del famoso New Deal que la sabiduría dizque progresista suele tipificar como el arquetipo del buen gobierno que derrotó a la Gran Depresión.

Schlesinger no oculta su admiración por Roosevelt. Finaliza la obra (página 563) con este panegírico: "Vivió, de acuerdo con su exultación, en los horizontes lejanos y en los mares desconocidos. Fue esto lo que le mereció la confianza y la lealtad en una época atemorizada (…) esto y la convicción de la gente sencilla de que les había dado su mente y su corazón y que no cesaría de luchar por su causa".


Sin embargo, lo que antes ha reseñado Schlesinger a lo largo de la obra, no se conduele con la imagen heroica de un gobernante ejemplar, sino con la de un amasijo de contradicciones, voluntarismo político, arrogantes experimentos intervencionistas, demagogia, impericia técnica, transacciones políticas inconfesadas con los poderosos…Lo que salvaría al personaje es que invariablemente dijo estar a favor de la "gente sencilla" y en contra de la odiosa "derecha". Esto es: el mito del "pueblo bueno" al que invariablemente recurren los populistas.

Si Barack Obama pretende resucitar en los albores del siglo XXI los mitos de FDR y del "New Deal" ha empezado con el pie derecho (o con el izquierdo, para aquellos que llevan la ideología hasta los píes), pero eso significa, también, que no hay que abrigar esperanzas de que Estados Unidos supere con rapidez esta crisis. Intervencionismo gubernamental a granel, rescates y socorros multimillonarios, mucha retórica y sofismas (basta seguir hoy los alegatos falsamente académicos de keynesianos redivivos contra neoclásicos en los diarios y en las bitácoras de la red), proteccionismo comercial aderezado de xenofobia y de solidaridad con la "gente sencilla" que perdió su empleo, nos dirán, por culpa de la codicia de Wall Street, del libre comercio y de la invasión de indocumentados de pelo oscuro y grasoso que hablan español. Prepárense.

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martes, 10 de julio de 2007

Reforma migratoria y política fiscal

Una inteligente reforma migratoria podría darle salida al grave problema fiscal de Estados Unidos, pero la miopía de políticos y comentaristas – que no ven más allá de su racismo- ha impedido que los inmigrantes calificados sean la respuesta al envejecimiento de los otrora bebés de la posguerra.

El envejecimiento de la generación nacida en los años inmediatos posteriores a la Segunda Guerra Mundial no sólo tiene en jaque el futuro de la productividad de la economía estadounidense, sino también a sus precarias finanzas públicas.

El año 2000, Kjetil Storesletten de la Universidad de Estocolmo y del Centro de Investigación de Políticas Económicas, publicó un trabajo de investigación: “Sustaining Fiscal Policy through Immigration” – “Sosteniendo la política fiscal a través de la inmigración”- difundido por la Universidad de Chicago, que demuestra sólidamente que una reforma migratoria que permitiese a Estados Unidos aceptar cada año 1.6 millones de inmigrantes jefes de familia entre 40 y 44 años con calificación laboral media y alta, bastaría para resolver los graves problemas fiscales que enfrenta ese país por el envejecimiento de los bebés de la posguerra.

El trabajo muestra que: 1. Una apertura migratoria generaría muchos mayores ganancias que pérdidas a las finanzas públicas de Estados Unidos, 2. Que la reforma migratoria debería crear un sistema semejante al canadiense, de selección por puntos, en los que la calificaciones laborales de los inmigrantes junto con su edad productiva fuesen criterios determinantes, 3. Que Estados Unidos ganaría mucho si automáticamente otorgase la residencia permanente a los extranjeros doctorados en sus universidades.

La alternativa fiscal a NO hacer una reforma migratoria es elevar considerablemente los impuestos y las cuotas de seguridad social y/o que se reduzcan sustancialmente los beneficios a retirados y a los trabajadores inscritos en programas de bienestar.

Además: 1. Los inmigrantes aportan una ganancia neta al sistema fiscal y de seguridad social, porque retiran de él menos de lo que aportan y 2. Hay un porcentaje superior al 20 por ciento de trabajadores inmigrantes que retornan a su país de origen tras haber aportado al menos una década de trabajo, impuestos y cuotas de seguridad social que quedan como beneficio fiscal neto para Estados Unidos.

Sólo la estupidez de políticos y comentaristas, que no ven más allá de sus prejuicios raciales, explica por qué Estados Unidos conspira contra su bienestar.

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lunes, 9 de julio de 2007

Verde, que te quiero verde

Una desgracia ecológica es que son más ruidosos los ecologistas de pacotilla, que los ecologistas serios. Que taxis y microbuses estén pìntados de verde en la ciudad de México, ¿disminuye el daño que hacen?

Al Gore fue a España y les reveló a los españoles la causa última de la migración de cientos de miles de africanos a Europa: El calentamiento global. Ahora resulta que los africanos que arriesgan la vida atravesando el mar en precarias embarcaciones para llegar a las Canarias y de ahí al continente europeo, no lo hacen en busca de oportunidades de trabajo o de libertad, sino huyendo del calentamiento global.

¡Haberlo dicho antes! La miseria, la opresión social y política, la falta de oportunidades de desarrollo, el fanatismo pseudoreligioso, la corrupción de los gobiernos…Todo borrado de un plumazo gracias al espectáculo del cambio climático.

Predicado su evangelio, Gore tomó su avión – previo pago de indulgencias verdes, bonos de carbono, a una organización idónea de la que el propio Gore, causalmente, es miembro fundador- y siguió su apostolado.

Una de las peores pesadillas de la ciudad de México es de color verde: es el ejército de destartalados microbuses, diseñados por alguien que cree que los mexicanos no miden más de 1.30 metros o no tienen piernas y que está convencido de que los pasajeros disfrutan lo indecible con los erráticos y sorpesivos bamboleos – acelerar, frenar, virar a la izquierda, ahora a la derecha-, y gozan con la refinada experiencia de ser compactados como ganado rumbo al matadero. Esa pesadilla se complementa con otra plaga verde: cientos de vehículos compactos descontinuados, que han sido perfeccionados por los conductores con variados artilugios que mantienen en exhibición, para disfrute de todos, los motores jadeantes. Se llamaron en su origen, ¿alguien se acuerda?, taxis ecológicos. Humor negro que se pinta de verde.

La plaga verde se ha extendido por la ciudad gracias a que el gobierno local consideró por años que era innecesario ampliar el Metro.

El gobierno de la ciudad recibirá sin duda nuevos recursos de almas ecológicas y pías – bonos de carbono- por el Metrobus. No importa que para establecerlo, y ahora para ampliarlo, se derriben decenas de árboles y se eliminen prados y arbustos.

“¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…? Ella sigue en su baranda, verde carne, pelo verde, soñando en la mar amarga”.

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lunes, 21 de mayo de 2007

Amistades peligrosas

Hacerse “amigo” del gobierno en turno puede ser una estupenda forma de hacer negocios. En sentido estricto no hay ley que prohíba la amistad, pero…

Hace años escuché decir a un exitoso hombre de negocios mexicano: “Nosotros –con un expresivo movimiento de las manos abarcó su amplia oficina y metafóricamente toda su corporación- queremos ayudar al Presidente”.

Era sincero, desde luego. Pero también era cierto que a cambio de esa “amistad” él esperaba que, en su momento, el Presidente le ayudase.

Pero no hablemos de México. En todas las democracias existe el riesgo constante de que la no tan desinteresada amistad entre negociantes y quienes ocupan cargos en el gobierno pervierta la democracia y el estado de derecho.

Una de las formas más eficaces que encontraron para abrirse paso en un medio hostil algunos emigrantes irlandeses – llegados a Estados Unidos a raíz de la hambruna por las cosechas de papa malogradas a partir de 1845-, fue entender el funcionamiento de la política en su país de acogida en términos de “amistad”.

En Boston, después de años de penalidades, los irlandeses hallaron refugio en el Partido Demócrata. Martin Lomasney, destacado dirigente de ese partido en Boston, solía esperar a los inmigrantes en los muelles y los conducía al Henricks Club, su cuartel general en el West End. Ahí les explicaba el funcionamiento, asombrosamente simple, del mecanismo de “amistad”: A cambio de ayuda para encontrar trabajo y vivienda u otros favores (préstamos, un médico, ropa para los chicos) Lomasney sólo exigía a los recién llegados su afiliación al partido y la disciplina del voto.

Los votos le otorgaban a Lomasney el prestigio necesario en las instancias de gobierno para gestionar las ayudas que ofrecía.

Uno de los irlandeses que llegó a Boston en 1849 como parte de ese gran éxodo se llamaba Patrick Kennedy (1823-1858). Su nieto sería Joseph Patrick Kennedy (1888-1969), exitoso negociante, astuto especulador en el mercado de valores…y tan amigo de los políticos, por ejemplo del presidente Roosevelt, que llegaría a ser embajador de Estados Unidos ante el Reino Unido.

Un bisnieto de Patrick e hijo de Joseph, como todos sabemos, sería John Fitzgerald Kennedy (1917-1963), Presidente de los Estados Unidos. Otro bisnieto, Robert Francis Kennedy (1925-1968), paradójicamente combatiría, como Procurador de Justicia, algunas mafias de negociantes surgidas al amparo de “amistades” con el gobierno.

Vueltas que da la vida.

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jueves, 10 de mayo de 2007

Atrapados por fantasmas ancestrales

¿Por qué son tan populares los miedos y los prejuicios contra la migración y contra el libre comercio?

Hace ya muchos años el demógrafo, antropólogo e historiador de la economía Alfred Sauvy (1898-1990) combatía el mito de los límites del crecimiento en el que se empeñaron en formarnos durante la segunda mitad del siglo pasado.

Yo leí la traducción al español de uno de sus últimos libros: “La economía del diablo: paro e inflación” (L’Economie du diable: Chómage et inflation, París 1976) un poco a escondidas, con miedo a que el libro me fuese confiscado, para quemarlo en una hoguera de textos heréticos, por alguno de los jesuitas progre que daban clase en la Universidad y que se esforzaban por “ponerse al día” suscribiendo la moda del momento; imagino que hoy serían profetas apocalípticos del calentamiento global, como antes lo fueron de la explosión demográfica. Antiquísima doctrina: El progreso no existe y si acaso existiese sería malo.

De varias formas, Sauvy insistía en que la tragedia de Francia era su prejuicio antinatalista, tributario de una concepción estática del mundo, de suma cero, en la que si alguien gana algo es porque alguien pierde algo. Ese arraigado prejuicio ve los empleos como espacios físicos limitados a un territorio: si alguien obtiene un empleo, otro u otros lo pierden; la llegada de los jóvenes o, peor aún, de los “otros”, extranjeros, al mundo del trabajo es una agresión que se combate ferozmente.

Los mismos prejuicios ancestrales explican la aversión hacia el libre comercio.

Por su parte, Paul H. Rubin, profesor de Economía y Leyes de la Emory University propone que dichos prejuicios – contra el libre comercio y contra la libre migración de trabajadores, tan fomentados hoy por muchos políticos- son atavismos heredados de una época remota en la que la economía era estática – sin crecimiento- y los horizontes eran tan limitados que uno podía vivir, digamos 50 años, sin haber visto a más de 100 personas en toda su vida.

La sugerente hipótesis de Rubin es que tales prejuicios surgieron como “instinto” de supervivencia en un mundo en el que sólo existía la “suma cero” y quien ganaba algo era porque se lo había quitado a otro, fuese un empleo, fuese una utilidad.

Nuestros prejuicios están anclados antes del siglo XVIII. Son fantasmas que no han evolucionado y alimentan odios y temores antiquísimos en contra del progreso.

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martes, 27 de febrero de 2007

Migración y comercio: Nudo de incoherencias

Es absurdo estigmatizar la libre migración de trabajadores al tiempo que se cantan alabanzas retóricas al comercio libre. Esta conducta esquizofrénica – común entre los políticos estadounidenses y europeos- revela que los prejuicios más reaccionarios se han instalado cómodamente en las propuestas de quienes presumen de progresistas.

Hace unos días The New York Times (NYT) trataba de dilucidar una presunta incógnita acerca del Tratado de Libre Comercio de Norte América: ¿Por qué, se preguntaba el diario, el TLCAN no ha frenado la migración de trabajadores mexicanos hacia Estados Unidos?

Se supone que el NYT representa la visión “progresista” y de “izquierda” en Estados Unidos. El solo hecho de plantear una pregunta tan absurda – como si la virtud del libre comercio fuese ser el antídoto contra la libre migración- confirma hasta qué punto el supuesto “progresismo” estadounidense (mal identificado en Estados Unidos como “liberal”) está infectado de prejuicios reaccionarios, así como de análisis y de información sesgados y defectuosos.

Otro tanto sucede en la Unión Europea con las posiciones presuntamente “progresistas”.

Las contradicciones y argumentos falaces del reportaje del NYT son analizados desde una perspectiva estrictamente académica en el espléndido weblog “Politics of Immigration and Trade” de Mariana Medina Garciadiego.

Sin entrar en el análisis académico, hay que anotar que este incoherente enfoque hacia el comercio y la migración – en el que la ultraderecha y los socialistas de diverso linaje acaban por coincidir, para explotar electoralmente los sentimientos xenófobos- no sólo es común, sino que representa uno de los mayores obstáculos que el mundo desarrollado está poniendo al progreso de los países pobres y en desarrollo.

Prejuicios, por otra parte, que por desgracia encuentran su paralelo exacto dentro de la retórica contra el libre comercio que aún persiste entre los líderes supuestamente “progresistas” de los propios países en desarrollo.

En América Latina los gobiernos están dejando pasar una oportunidad preciosa para construir nuevos liderazgos globales alrededor de una lucha decidida a favor del libre comercio y la libre migración.

Sorprendentemente han sido los gobiernos de los pequeños países de la región centroamericana, como en el caso de El Salvador, los pocos que han visto todo el potencial de esta rendija de oportunidad – exigir a los países “ricos” genuina libertad de comercio y libertad migratoria auténtica- como palanca eficaz para lograr la prosperidad y combatir la pobreza.

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