lunes, 8 de junio de 2009

México, ¿mejor opción que China para localizar una planta manufacturera?

La consultora global Alix Partners informó hace unos días que México ha desplazado a China como destino más barato para la fabricación de varios productos industriales, como motores, destinados a surtir el mercado de Estados Unidos.
Business Week ha dedicado un análisis general al asunto del encarecimiento relativo de las manufacturas chinas que llegan a los puertos de Estados Unidos, del que tomo estos dos párrafos:

AlixPartners studied five categories of machined products, ranging from large engine parts requiring significant labor to small plastic components that need little. The cost shift has been dramatic. In 2005, AlixPartners found that by the time the items had arrived at a U.S. port, Chinese-made parts were 22% cheaper on average than those produced in the U.S. By the end of 2008, however, the average price gap had dropped to 5.5%, which often isn't large enough to merit the hassle of manufacturing halfway around the world.

Even more surprising is the cost comparison with Mexico. While the total cost of making goods in China was about 5% cheaper than in Mexico three years ago, manufacturing in China now is about 20% more expensive. Compared with the U.S., the savings in Mexico have widened to 25%, from 16%. "A couple of years ago outsourcing to China was a no-brainer," says Stephen T. Maurer, AlixPartners' managing director. No longer, he says.


EL COSTO DE PRODUCIR UNA AUTOPARTE DE ALUMINIO ...(y llevarla a Estados Unidos):

En CHINA: En 2005 era de $17 dólares; en 2008 fue de $25 dólares

En ESTADOS UNIDOS: En 2005, $24 dólares; en 2008, $29 dólares

En MÉXICO: En 2005 era de $18 dólares; en 2008 fue de $20 dólares

Fuente: AlixPartners y BW.

Pero más interesante, para México, si es que de veras queremos atraer inversiones extranjeras (porque a veces parece que no queremos, ¿verdad?), es el ensayo que BW encargó a Harold L. Sirkin de Boston Consulting Group donde se analizan con más detalle los puntos a favor y los puntos en contra para localizar una planta manufacturera en México. Vale la pena leerlo, pensando en qué hacen los gobiernos - no sólo el gobierno federal - y los legisladores (bueno, los que llegarán después de las elecciones, porque los que van de salida ya están muy cansados...) para aumentar los atractivos y disminuir los inconvenientes...Ya sabemos: Estado de Derecho, combate a la corrupción, garantías de seguridad frente a la violencia de los grupos criminales, legislación laboral flexible...Porque la geografía (Dios) ya nos dio gratis la inmensa ventaja de la vecindad.

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viernes, 21 de noviembre de 2008

Demasiado grandes para ser rescatadas

General Motors, Ford y Chrysler – armadoras estadounidenses de automóviles- NO deben ser rescatadas con el dinero de los contribuyentes. Deben acogerse, en todo caso, al famoso "chapter eleven"; un proceso ordenado y riguroso de concurso mercantil que no sólo les permita evitar la bancarrota total, sino que las haga competitivas, es decir: MÁS PRODUCTIVAS.


Martin Feldstein, profesor de economía en Harvard y presidente emérito del NBER (National Bureau of Economic Research) resumió en un párrafo contundente por qué las armadoras de automóviles estadounidenses NO deben ser rescatadas con dinero de los contribuyentes, lo cito:
"Los tres grandes fabricantes de autos de Estados Unidos necesitan más que una inyección de 25 mil millones de dólares del gobierno federal. Porque dadas sus pérdidas actuales en menos de un año quemarán ese dinero y volverán por más" (ver artículo de opinión de Feldstein en washingtonpost.com martes 18 de noviembre).
Feldstein les recuerda a los legisladores, y a Barack Obama, que si esas empresas se acogen al "chapter eleven" (equivalente al concurso mercantil en México) podrán seguir produciendo automóviles, podrán seguir siendo fuente de empleo directo o indirecto para millones de personas – dentro y fuera de los Estados Unidos- y, lo más importante, podrán reorganizarse a fondo, para volverse competitivas frente a las empresas asiáticas fabricantes de automóviles, como Toyota o Honda, que también tienen plantas en Estados Unidos y no están mendigando un rescate del gobierno.
La clave NO son las carretadas de dinero del público (la receta favorita de los políticos frente a cualquier problema) sino la productividad.
Una reorganización a fondo, supervisada por un tribunal de bancarrotas, obligaría a que los sindicatos acepten nuevas condiciones laborales, sin prestaciones exorbitantes y sin rigideces absurdas que impiden la productividad, por ejemplo: la prohibición impuesta por los sindicatos al traslado de ciertas operaciones de fabricación fuera de Estados Unidos (por ejemplo, a México) para disminuir costos y/o aumentar la calidad de los automóviles. Un bonito caso de nacionalismo barato alentado por los políticos demagogos.
Son las condiciones de rigidez y de exorbitantes costos laborales y de previsión social impuestas por los sindicatos (que, a su vez, son clientela del partido político que prohijó tales privilegios, al que pertenece Obama) las que les impiden competir exitosamente, y las tienen al borde de la quiebra.

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domingo, 14 de septiembre de 2008

Si pueden prescindir de la mitad del ISR, ¡háganlo!

Este año el subsidio a los combustibles – gasolinas y diesel – será equivalente casi a la mitad de la recaudación total del ISR cobrado a empresas y personas físicas. Esa es la mejor prueba de que el erario podría disminuir, sin problema, la tasa máxima de ese impuesto a la mitad: 14 por ciento. Háganlo, y en una de esas hasta se incrementa la recaudación.


No cabe duda que el Presidente Felipe Calderón y su gobierno están preocupados por la competitividad de la economía mexicana. Hay una manera sencilla, directa, contundente, de incrementar de golpe la competitividad y está en manos del Poder Ejecutivo y del Poder Legislativo: Disminuir a la mitad la tasa máxima (para el caso de las empresas, y para efectos prácticos, tasa única) del Impuesto Sobre la Renta: a 14 por ciento.
Aunque hay un sinnúmero de evidencias mundiales de que una menor tasa impositiva NO disminuye la recaudación sino que la incrementa, desechemos esas evidencias y decretemos que esa presunción es una falacia “neoliberal”. Más todavía: Digamos neciamente que una menor tasa impositiva disminuirá linealmente la recaudación y que si hoy la tasa es de 28% y el fisco recauda “X”, en el momento en que la tasa baje a 14% el fisco recaudará “X/2”, la mitad de “X”.
¿Puede el erario prescindir de los ingresos equivalentes a la mitad de la recaudación del ISR?
Tan puede hacerlo que lo ha hecho durante 2008 sin generar déficit fiscal, sin que haya desparecido una sola dependencia del gobierno federal, sin que ningún estado ni ningún municipio haya dejado de recibir aportaciones y participaciones federales. Lo ha hecho al subsidiar el precio al consumidor final de las gasolinas y el diesel. Y amenaza seguir haciéndolo, aunque en menor proporción, durante 2009.
La próxima vez que algún funcionario o algún legislador ponga los ojos en blanco, imposte la voz y diga que está empeñado en aumentar la competitividad de la economía mexicana, digámosle que ya tenemos la respuesta a su sentida preocupación: “Bajen la tasa del ISR a 14% o, mejor aún: Desaparezcan el ISR y dejen como impuesto único el IETU – también para todas las personas físicas- a una tasa de 14 por ciento”.
¿Querían soluciones? Ahí tienen una. Y, por supuesto: ¡Cobren la gasolina a su precio verdadero!

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Precios distorsionados, presupuesto e incompetencia

El proyecto de presupuesto de egresos para 2009 está programando un amplio margen de distorsión en los precios de los energéticos. Esto significa, por increíble que parezca, que el gobierno gastará, otra vez, varios miles de millones de pesos en promover la falta de competitividad.



El gobierno procurará en 2009 que el monto de los subsidios a ciertos energéticos – como la gasolina o el diesel – sea menor que en 2008. Bien, pero la mala noticia es que dicho propósito es muy probable que se vea frustrado, toda vez que la trayectoria futura de los precios del petróleo en el mundo es particularmente incierta.

Y una peor noticia – que todo mundo callamos por conveniencia – es que mediante estas distorsiones en el sistema de precios, México se aleja de los estándares de una economía verdaderamente competitiva en la que la búsqueda de una mayor productividad sea la norma.

Cuando en México un litro de gasolina regular sin plomo cuesta 26% menos que el mismo litro de combustible en Estados Unidos es perfectamente lógico que en México los agentes económicos (consumidores, productores, gobiernos) le demos un menor peso al costo de los energéticos en nuestros cálculos económicos cotidianos. Y es por ello por lo que la política económica plasmada en el presupuesto promueve una mala asignación de los recursos.

La gran ventaja de un mercado libre, en el que concurren varios oferentes en competencia frente a miles de consumidores, y en el que el gobierno no interviene fijando los precios, es que los precios ofrecen la información más fidedigna acerca de la escasez o abundancia de los recursos y permiten asignarlos con mayor eficiencia lo que, a su vez (ojo señor secretario de Economía) fomenta una mayor productividad y, por ende, una mayor competitividad.

Estados Unidos tiene un mercado de energéticos mucho más libre que el de México. Los agentes económicos en Estados Unidos reciben, por tanto, una mejor información acerca del valor relativo de los recursos. Y deciden mejor que nosotros acerca de cómo ponderar los factores que intervienen en la producción o acerca de cómo asignar el gasto familiar.

Todo esto se resume así: Los subsidios a los energéticos son un obstáculo para la competitividad.

Que esto, tan claro, no lo entiendan ni el gobierno, ni los negociantes, ni los institutos privados que pretenden medir la competitividad es una gran tragedia.

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El mito genial de la competitividad (22 de agosto)

¿"Competitividad" es una etiqueta confortable para ocultar la incompetencia?, ¿por qué la palabra "competitividad" es políticamente correcta y la palabra "productividad" es políticamente incómoda y hasta incorrecta?, ¿se trata de que "México Pyme S.A. de C.V." gane en el futuro una medallita de bronce en algún listado de países, a golpe de subsidios, apoyos, estímulos, cabildeos legislativos, discursos y argucias proteccionistas?



Tengo entendido que la medalla de oro que ganó un mexicano en China compitiendo es un logro individual. No es fácil, ante esa "odiosa muestra de individualismo" (talento, capacidad y esfuerzo personales), que el gobierno, los políticos o alguna entidad abstracta y colectiva – por ejemplo, una hipotética ONG promotora de la competitividad deportiva de México- se cuelguen la medallita y la presuman.

Nadie, que yo sepa, puede decir: "Fulano ganó el oro para México porque nosotros, en la legislatura número tantos, aprobamos visionariamente tantos miles de millones de pesos de estímulos al deporte en el presupuesto de egresos".

Tampoco nadie, que yo sepa, puede decir: "Este es el resultado del trabajo que ha llevado a cabo la banca de fomento (Bancode, Banco Nacional de la Competitividad Deportiva, cuyo lema es 'hemos abaratado el oro para que no sufras más') gracias a los créditos preferenciales otorgados para estimular la competitividad de los pequeños y medianos atletas nacionales".

Ni siquiera algún político, que yo sepa, puede asegurar que la medalla es el fruto de la defensa férrea de la soberanía nacional frente a las acechanzas de "extraños enemigos" que osaban "profanar con sus plantas" los suelos – y los subsuelos- de la patria.

Hay miles de mexicanos triunfando individualmente en México y en el mundo. Brillantes ingenieros, médicos, economistas, matemáticos, biólogos, físicos. Me atrevo a decir que ninguna de esas historias de éxito se forjó eludiendo los rigores de la competencia pareja, con reglas iguales para todos los competidores y con un terreno de juego más o menos igual para todos.

Esto quiere decir algo terrible: que el discurso político convencional de la competitividad es un fracaso.

¿Por qué? Porque le teme, como a la peste, a la productividad, a la competencia pareja y al individualismo liberal y capitalista (¡qué horror!, no deberían permitir esas malas palabras en un periódico; aunque en El Economista, no sólo las permiten sino que su director general, yo, las escribe).

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"Lecturas" apresuradas ¿o interesadas? (viernes 8 de agosto)

Pregunta de concurso: Enumere con nombres y apellidos, y en orden sucesivo, los nombres de los cuatro Secretarios de Economía durante el gobierno de Vicente Fox. Difícil, ¿no?



Sospecho que pocos lectores podrán responder con total acierto la pregunta que propongo arriba y que, en cambio, la totalidad de ellos tiene muy presente el nombre del economista que era Secretario de Hacienda y a quien el entonces presidente Ernesto Zedillo propuso como Gobernador del autónomo Banco de México.

Hoy, el único funcionario del equipo de Ernesto Zedillo que sigue ocupando una posición estratégica y decisiva en la vida pública de México se llama Guillermo Ortiz Martínez.

Teniendo lo anterior en mente, ¿usted cree, de veras, estimado lector, que tiene algún sustento racional la opinión de que Eduardo Sojo fue "destituido" o "removido" o "degradado" por el Presidente Felipe Calderón al proponerlo como primer presidente de la junta de gobierno del INEG autónomo?

¿Y usted cree que Gerardo Ruiz, el flamante Secretario de Economía, fue lanzado al estrellato político con ese nombramiento?

Nadie, fuera del propio Presidente, puede asegurar que conoce lo que sucede en el fuero interno de Felipe Calderón, ni cuáles son sus intenciones detrás de tal o cual decisión.

Independientemente de las intenciones, los hechos tiene su propia lógica y el entramado institucional pesa mucho más de lo que solemos pensar. Y ese entramado institucional así como la experiencia histórica dicen tres cosas:

1. El INEGI, y aún más el futuro INEG autónomo, tiene mucho más importancia y peso específico en la economía mexicana de hoy y lo tendrá en la de mañana que la Secretaría de Economía, cuya tarea más relevante es influir en el marco regulativo del comercio exterior. Influir, no más.

2. Eduardo Sojo y los demás consejeros propuestos por el Presidente para el autónomo INEG parecen ser una espléndida nómina de especialistas competentes para las tareas que por ley se han encomendado a ese nuevo órgano autónomo.

3. Sojo no sólo tiene amplias probabilidades de ser ratificado por la Comisión Permanente del Congreso, sino de reelegirse para otro periodo después de la transición, por lo que es muy probable que sigamos oyendo de él más allá del 2012. ¿Sucederá lo mismo con Gerardo Ruiz?

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sábado, 9 de agosto de 2008

¿Qué entendemos por competitividad?

Sería desastroso para la economía mexicana que, dentro de nuestra proclividad al ablandamiento de instituciones y conceptos, usásemos la palabra "competitividad" como un eufemismo para justificar que el gobierno otorgue subsidios a las empresas privadas.


La mejor ayuda que el gobierno puede dar a las actividades productivas del sector privado – que van desde los pequeñísimos negocios hasta las gigantescas corporaciones- es garantizar la seguridad física y patrimonial de las personas, el cumplimiento irrestricto de los contratos y mantener una política fiscal responsable; al tiempo que permite la ejecución de una política monetaria igualmente responsable por parte de un banco central autónomo.

Ese conjunto de elementos son necesarios y suficientes para que los verdaderos emprendedores alcancen una mayor productividad y enfrenten con éxito – mayor o menor, según las capacidades y los talentos empresariales de cada cual- la competencia en los mercados. Así pues, esos son los elementos necesarios y suficientes para la competitividad, siempre y cuando el gobierno no estorbe a la actividad productiva con asfixiantes regulaciones, ni con trámites tortuosos y promueva activamente, dentro de México y en el extranjero, el cumplimiento estricto de leyes, convenios y tratados.

Otra manera de decirlo es: El gobierno ayuda a la actividad productiva, a la generación de empleos y de riqueza, así como a la mejor distribución del ingreso, cuando cumple eficaz y eficientemente con su misión fundamental. En cambio, distorsiona y hasta obstruye la actividad económica cuando trata de manipular diversos precios en el mercado, aun cuando tal manipulación trate de justificarse con la más noble de las intenciones o con la retórica más emotiva.

Esto significa que la competitividad auténtica no se logra con subsidios, del tipo que sean o se disfracen como se disfracen, ni con controles de precios.

Al anunciarse el nombramiento de un nuevo Secretario de Economía en el gobierno federal no faltaron las voces de organismos y asociaciones, de etiqueta "empresarial" y honda raigambre mercantilista, que hicieron votos para que el cambio signifique un nuevo impulso a la competitividad de las empresas. Suena bien, pero si se les piden definiciones precisas acerca de qué entienden por competitividad suele comprobarse, lamentablemente, que otra vez estamos ante un eufemismo ablandador: "Competitividad es que me subsidies". Mal, muy mal.

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jueves, 24 de enero de 2008

La falacia de la competitividad

La competitividad, entendida como mejorar la posición del país o de las empresas nacionales en tal o cual listado mundial, se suele convertir en una coartada para reforzar el intervencionismo del gobierno y el fracasado modelo mercantilista. Lo que debe importarnos es la productividad que se mide muy fácil: Mayor bienestar para los consumidores.

No se trata de un prurito semántico o de carácter académico, sino de distinguir entre dos modelos económicos radicalmente distintos. Competitividad no es lo mismo que productividad. Sobre todo, la diferencia entre uno y otro concepto se vuelve abismal cuando en algunos países la competitividad se entiende, en el discurso público, como sinónimo de ganar mayor participación en el mercado global (exportaciones) o mayores crecimientos en los márgenes de utilidad de las empresas, con la ayuda de regulaciones gubernamentales o de dinero público.

Con gran desparpajo muchos negociantes imploran que el gobierno les dote de mayor "competitividad", otorgándoles créditos en condiciones especiales, cerrando fronteras mediante barreras al comercio (arancelarias o no), subsidiando precios y tarifas públicos, condonando impuestos, poniendo barreras de ingreso a la inversión extranjera, encareciendo la entrada a tal o cual rama de actividad mediante regulaciones y controles. Incluso, todavía hay quienes piden "devaluaciones competitivas".

Pongo un ejemplo común: Los precios y las tarifas de los energéticos en un entorno en el cual la producción, el suministro y la comercialización de la energía son monopolio del gobierno. Muchos negociantes razonan que el hecho de que el gobierno subsidie dichos precios incrementaría la competitividad de su país (la típica extrapolación: "si me va bien a mí, quiere decir que le va bien al país"). El razonamiento es simple: "Si mi empresa paga menos por la energía, estoy en mejores condiciones para competir globalmente". ¡Viva la competitividad!

El gran engaño es que dicha mejora en la "competitividad" – temporal y hasta ilusoria- se ha pagado en detrimento de la productividad del país y de los consumidores y contribuyentes porque gravita sobre las finanzas públicas. La competitividad alcanzada mediante políticas y regulaciones que nos hacen retroceder en la productividad sólo refuerza el mercantilismo que ha lastrado el desarrollo de América Latina.

Una mejora productiva, para seguir con el ejemplo, sería abrir el sector energético a la competencia global. Terminar con el monopolio. Punto. Lo demás es volver al viejo juego de las complacencias mutuas entre gobiernos y cazadores de rentas.

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jueves, 13 de diciembre de 2007

Zapateros de Guanajuato: Solos contra el mundo

Lo que yo entendí de toda la alharaca que armaron algunos fabricantes de zapatos es que se deben sentir muy solos: Según dicen ellos son una isla de eficiencia rodeada de un océano de imbecilidades; tontos, los chinos que quién sabe por qué andan regalando zapatos al mundo y tontos, millones de consumidores que compran zapatos más baratos.

El 12 de diciembre los zapateros de León, Guanajuato, junto con el gobernador de ese estado y la Concamin, hicieron su numerito contra la desaparición de las cuotas compensatorias – estratosféricas, por cierto- que se imponen en México a las importaciones de calzado producido en China. Un papelón digno de una sátira de Frederic Bastiat (los zapateros leoneses pueden consultar en alguna enciclopedia quién es ése señor del que tal vez jamás oyeron hablar), como la sátira de los fabricantes de velas exigiendo al gobierno que prohibiese la “competencia desleal” de…¡el sol!

El señor que encabeza la Cámara de la Industria del Calzado de Guanajuato, José Antonio Abugaber, hizo el consabido “road-show” en los medios con muchas ganas de envolverse en la bandera nacional, de manotearle al gobierno federal y de presumir que ellos – los negociantes zapateros de León- mantienen a miles de trabajadores (que, se infiere, de otra forma no tendrían cómo ganarse la vida), mientras que los chinos malvados – no hace falta recordar que son comunistas y ateos-, quieren inundar a México de zapatos baratos.

A estos paladines no se les cae de la boca la etiqueta: “Competencia desleal” como sinónimo de “Made in China”, pero jamás han definido qué entienden por eso: ¿vender más barato?, ¿aprovechar las ventajas competitivas y comparativas?, ¿ser más productivos?, ¿explotar el nicho de los zapatos baratos y desechables?

Tampoco quedó claro en este melodrama, tan barato como un par de zapatos chinos, cómo explican los zapateros de León la gran estupidez de los chinos que andan por el mundo vendiendo los zapatos por debajo de su costo, ¿qué les pasa a los chinos?, ¿además de comunistas se volvieron filántropos y quieren calzar al mundo aunque pierdan millones de dólares en el intento?

Y los consumidores, que no sabemos distinguir entre unas zapatillas chinas y unos zapatos de vestir bien hechos, tampoco salimos bien parados en esta historia lacrimosa. Somos tontos irredentos y es preciso que el gobierno nos impida comprar mercancías baratas.

Patético.

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sábado, 10 de noviembre de 2007

La UNAM y un listado muy engañoso

Tanto si salimos bien situados, como si salimos mal calificados en algunos listados internacionales – competitividad, transparencia, educación superior-, lo más inteligente es tomar con una dosis de escepticismo esas calificaciones. La "caída" de la UNAM del sitio 74 al sitio 192 en sólo un año nada tiene que ver con esa universidad, sino con la veleidad metodológica de quienes elaboran ese "hit parade".



Hace un año desaté la temible "ira unamita" porque me atreví a censurar el triunfalismo con el que las autoridades de la UNAM festejaron el hecho de que esa universidad apareciese en el lugar 74 del listado que publica año con año "The Times Higher Education Suplement" de las 200 mejores universidades del mundo. Sospecho que no habrá muchos comentarios de la UNAM ahora que la misma publicación bajó a la "maximísima casotota de estudios" nada menos que al lugar 192.

A reserva de un análisis más detallado del cambio de la metodología, e incluso de algunos indicadores, encuentro menos confiable el listado de este año que el precedente. En todo caso, es un grave error de los editores del suplemento pretender que son comparables los sitios de 2006 con los de 2007 porque no miden lo mismo.

La comparación entre el listado de 2006 y el de 2007 habla mucho más de las veleidades metodológicas de los editores que de los avances o retrocesos de las universidades. Nadie en su sano juicio puede creer que la UNAM o que Washington Univerisity en Saint Louis o la Escuela Normal Superior de Lyon en Francia hayan caído en sólo un año ¡118 sitios!, ¡113 sitios!, y ¡85 sitios!

Tampoco es creíble que prácticamente todas las universidades británicas en el listado (salvo la London School of Economics a la que bajaron del lugar 17 al 59 y alguna otra) hayan avanzado en sólo un año tantos lugares. Por ejemplo: diez sitios la Universidad de Edimburgo, 20 sitios el King College, 27 sitios Bristol, 34 sitios Sheffield, 41 sitios Leeds, 42 sitios Cardiff, 50 sitios York, 54 sitios Leicester, 61 sitios Southampton, 67 sitios Dundee, 68 sitios Surrey.

No me interesa hacerles el trabajo a los numerosos propagandistas de la UNAM, oficiosos y oficiales, pero este listado parece muy poco confiable. Y eso no hace a la UNAM ni mejor ni peor de lo que en realidad es.

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jueves, 16 de agosto de 2007

Misterios de la (in)competencia en México

¿Qué tanta chamba le ahorra a la Comisión Federal de Competencia el artículo 28 de la Constitución? Un montón.

La Comisión Federal de Competencia (CFC) surgió en 1993 para “Proteger el proceso de competencia y libre concurrencia mediante la prevención y eliminación de prácticas monopólicas (sic, debería decir: monopolísticas) y demás restricciones al funcionamiento eficiente de los mercados, para contribuir al bienestar de la sociedad”.

En principio es mejor tener una comisión así, que no tenerla. El problema es tener una comisión que parte de unas restricciones constitucionales a la libre competencia – artículo 28- gigantescas. Si a esas restricciones constitucionales le sumamos las meta-constitucionales, que van desde las que impone la corrección política al uso hasta las que se derivan de los criterios personales de los comisionados – en términos de conveniencia de actuar o no en determinados casos-, pasando por un sistema judicial en el que el amparo es el instrumento más socorrido por las empresas en materia tributaria y de competencia, nos queda una CFC con un impacto muy disminuido en el bienestar de los consumidores.

Me parece muy bien que la CFC se preocupe y se ocupe de que ninguna empresa productora de refrescos le imponga restricciones a un estanquillo de abarrotes, pero me da una profunda tristeza que la CFC no tenga nada que decir acerca del monopolio de PEMEX o respecto de la nula competencia en el mercado de la energía eléctrica o en varias otras actividades “estratégicas y prioritarias” (para emplear la fórmula política venerable) para el bienestar de los consumidores.

La situación es más deprimente si uno lee el artículo 28 de la Constitución – ¿por qué forma parte del capítulo de las “garantías individuales”, cuando es más restrictivo de las libertades de los ciudadanos que garante de ellas? - y encuentra que, tras prohibir tajantemente los monopolios y prometer castigar “severamente” las prácticas que impidan la competencia (los dos primeros párrafos), enumera en los siguientes ¡diez párrafos! toda suerte de restricciones a la libre competencia: Desde los monopolios que sí se valen (la estratagema jurídica es decir que no se considerarán monopolios) hasta establecer una anchísima avenida para la intervención discrecional del Estado en los precios y en los mercados.

Toda prevención es poca: No vaya a ser que un día de estos nos vayamos a volver un país competitivo, ¡qué horror!

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miércoles, 13 de junio de 2007

Ciudad de México: ¿Ombligo continental?

¿En serio hay quien cree que la Ciudad de México pueda volverse “la sede continental preferida de los corporativos multinacionales”?, ¿de veras?, ¿una ciudad en la que moverse es lo más semejante a convertirse en ratón de laboratorio eludiendo cada día nuevos obstáculos en un laberinto diseñado por idiotas?

No entiendo esa vocación competitiva chafa que les ha surgido a ciertos “genios” mexicanos. Es chafa porque conciben la competitividad como una variante de las clasificaciones que hace la FIFA o un periódico de deportes respecto de qué seleccionado nacional de futbol ocupa tal o cual sitio en una tabla de posiciones.

El chiste para estos visionarios es, por ejemplo, que la Ciudad de México le gane a Sao Paulo o a Miami y se vengan aquí, al ombligo del mundo, las sedes de los más importantes corporativos multinacionales. Y quien padece todos los días la Ciudad de México, ¿qué gana con esa competencia de vanidades, si lleva años esperando que funcione eficazmente la recolección de basura o si tiene que recurrir diariamente a toda clase de artilugios para detectar los nuevos obstáculos a vencer para llegar a su trabajo?, ¿será una manifestación – de esas que no sólo jamás se reprimen, sino que son diligentemente auxiliadas por las autoridades locales-, será un “operativo vial” que cerró alguna avenida atravesando una patrulla o con cintas de plástico amarradas entre dos postes?, ¿qué gana a cambio de enrolarse en esa carrera de los más populares quien tiene que gastar miserablemente tres horas de su jornada en llegar de un punto a otro?

La competitividad es un derivado de la productividad, no un sitio en una lista convencional publicitada a los cuatro vientos.

Una ciudad en la que los registros de propiedad carecen de confiabilidad, una ciudad en la que el transporte público es sucio, insuficiente, con tarifas distorsionadas, una ciudad en la que la última gran obra vial es el medio más rápido para llegar a un embudo, una ciudad en la que el agua se tira, no se cobra, o se cobra de veras mal, una ciudad en la que 30 subnormales pueden cerrar las principales avenidas por horas o hasta por días…¡por favor!, una ciudad así es un monumento a la improductividad.

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jueves, 24 de mayo de 2007

Depredadores defendiendo su territorio

¿Por qué son tan burdos y previsibles en la defensa de sus intereses? Porque siguen la lógica instintiva del animal depredador; su negocio no es convencer a los consumidores sino amedrentar a todo aquél que ponga en riesgo su exclusividad.


Es de lógica elemental que una empresa que se desenvuelve en un entorno sin competencia o en un entorno de competencia simulada, por ejemplo: reparto pactado del mercado entre dos empresas con concesiones exclusivas, tenderá a mostrar elevados márgenes de utilidad de operación (el margen es el cociente que resulta de: ingresos menos costos y gastos asociados a las ventas dividido entre ingresos), en ocasiones hasta cuatro o cinco veces mayores que los que registran empresas en entornos competidos.

Invito a los lectores a realizar una sencilla comprobación: Comparen los márgenes de utilidad de operación de empresas cotizadas en la bolsa que se desempeñan en entornos de alta competencia – por ejemplo, tiendas de autoservicio- con los márgenes de operación de empresas que actúan en mercados con férreas barreras de entrada y escasa competencia – por ejemplo, las que explotan concesiones de televisión abierta. Al cierre de 2006: márgenes de seis a ocho por ciento en las primeras y márgenes de 36 a 40 por ciento en las segundas.

Tales márgenes de utilidad excesivos son los excedentes de los que se ha despojado a los consumidores. Esa es la lógica mercantil de las prácticas monopolísticas: Los precios se fijan sólo al arbitrio del oferente porque quienes demandan los bienes y servicios carecen de opciones.

Si sólo hay dos grandes corporaciones en un mercado con barreras de entrada para otros oferentes, estas corporaciones tenderán no a competir entre sí, sino a repartirse por cuotas el mercado y a hacer un frente común en la defensa de su territorio. A su vez, tenderán a ser incompetentes, es decir: Degradarán la calidad del bien o servicio ofertado.

Por eso son tan burdas sus prácticas para amedrentar y amenazar a quienes pueden poner en riesgo el privilegio del que disfrutan. Es mero instinto de animal depredador. No han desarrollado otro talento por la falta de competencia.

Hoy les están rugiendo y mostrando los colmillos a los jueces; ayer lo hicieron con los políticos anhelantes de espacios en las pantallas de la televisión; antes de ayer los amedrentados fueron quienes osaron manifestar su deseo de entrar a competir en el territorio. Mañana…

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domingo, 13 de mayo de 2007

Productividad: “Échale la culpa a la idiosincrasia”

¿Para qué seguimos discutiendo sobre la incompetencia de muchas empresas mexicanas? Ya tenemos la respuesta: Es una condición fatal – dice un ilustre industrial del calzado- producto de la idiosincrasia del mexicano ¡al que no le gusta trabajar! Pobrecitos empresarios, ¿y así quieren que compitan en el mercado global?

El pavor que muchos negociantes mexicanos le tienen a la libre competencia daría para escribir una antología de pretextos disparatados para justificar la incompetencia, el despojo a los consumidores, la protección y el apapacho gubernamental hacia las “empresas nacionales” y hasta el fatalismo sobre la condición del “trabajador mexicano” como un ser holgazán incapacitado genética o racialmente para la productividad.

Cualquier pretexto es bueno para oponerse a la competencia global: Los costos de los insumos, los impuestos, los derechos adquiridos históricamente sobre un territorio (como si se tratase de un coto de caza restringido a una manada específica de predadores) y hasta “la idiosincrasia del mexicano” que, por ejemplo, según dice nada menos que el Presidente de la Cámara Nacional de la Industria del Calzado, Guillermo Márquez, detesta el trabajo. En sus propias palabras – entrecomilladas por el periódico Reforma (requiere suscripción para leerse en línea) del sábado pasado, página 17- “No es lo mismo la idiosincrasia de la gente que quiere trabajar a la del mexicano que ve el trabajo como un castigo y no como una labor que enaltece”.

Supongo que el señor Márquez explicará que millones de trabajadores mexicanos son altamente productivos en Estados Unidos porque, al cruzar la frontera, sufrieron una maravillosa y súbita transformación genética, racial o cultural que los despojó de esa lamentable idiosincrasia holgazana. Supongo, también, que el señor Márquez dirá que cientos de miles de trabajadores mexicanos en México – en industrias competitivas internacionalmente, como ensambladoras de automóviles, de computadoras, de aparatos electrodomésticos, en agroindustrias que exportan tomate, espárragos, pepinos y varios cultivos más, por mencionar unos cuantos casos- perdieron su holgazana idiosincrasia mediante algún artilugio misterioso que aplican los dueños de esas empresas a sus trabajadores: ¿lavado cerebral?, ¿transplante de órganos?, ¿terapia de electrochoques?

El catálogo de excusas para la incompetencia – incluido el agravio a los propios trabajadores- funciona como “argumento” para pedir al gobierno protección y apapachos; para exigir – en realidad- que nadie toque su territorio exclusivo de caza.
Mañana: Un recuento de lo que exigen los depredadores territoriales.

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jueves, 26 de abril de 2007

¿A quién beneficia la libre competencia?

Respuesta: A los consumidores más pobres. Veamos por qué.

Hay dos formas de combatir la pobreza: la ruinosa y la efectiva.

La forma ruinosa de combatir la pobreza: Impedir el funcionamiento de los precios en un mercado libre (lo que “mata” las ventajas relativas y absolutas) sea mediante uno o varios de estos mecanismos: Controles de precios, subsidios a los productores ineficientes, subsidios no discriminados al consumo (que benefician a los más ricos, que son quienes consumen más; verbigracia: tasa cero de IVA en alimentos), barreras a la entrada de más oferentes en el mercado (impedimentos a la inversión privada y extranjera; prohibiciones o aranceles elevados a la importación y otros), restricciones a la libre exportación (verbigracia: el gobierno argentino impide la exportación de carne dizque para bajar los precios internos; lo que conseguirá es desalentar la oferta y por tanto ¡elevar los precios!); sesgos fiscales o de regulación a favor de determinados productores o gremios.

La forma efectiva de combatir la pobreza es liberalizar la economía, permitiendo la libre entrada de cualquier oferente (libertad de inversión) y garantizando el libre acceso a cualquier demandante (libertad de comercio).

Los demagogos, que confunden el éxito competitivo con el abuso, dirán que esta segunda forma de combatir la pobreza (que no es otra cosa que generar bienestar) es “injusta” porque premia a los más eficientes, a los más talentosos y a los más productivos. Lo cual revela, de paso, que los demagogos, oficiosos “defensores de los pobres”, creen que sus “defendidos” son ineficientes, carentes de talento e improductivos. ¡Cuánto los quieren!

Sucede lo contrario: Los principales beneficiarios de la libre competencia son los más pobres, porque la libre competencia desparrama la productividad característica de los más competentes.

Dos ejemplos:

1. ¿En dónde cuesta más caro hoy un kilo de tortilla en México? En comunidades aisladas, remotas y pequeñas donde viven los más pobres de entre los pobres, ¿por qué?, porque ahí no hay supermercados (con precios muchos más bajos para la tortilla) y sólo hay uno o dos oferentes que se reparten el mercado. Nada los obliga a volverse competitivos (eficientes) y bajar sus precios.

2. Gracias al proteccionismo comercial de Brasil en materia de equipos de informática, para un brasileño es notoriamente más caro adquirir una computadora personal que para un mexicano, y probablemente la computadora del brasileño será de calidad inferior y de tecnología atrasada.

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miércoles, 25 de abril de 2007

Competitividad, ¿para qué y en qué?

Para variar voy a ser políticamente incorrecto y un poco – sólo un poco – provocador: Si de veras nos interesa tanto la competitividad, ¿por qué le tenemos tanto miedo a una verdadera apertura económica?

De unos meses a la fecha se ha puesto de moda criticar a los monopolios y, eventualmente, a los oligopolios. Perfecto, es un gran avance, al grado de que algunos, otrora paladines de la etérea justicia social, ahora se han transformado – en la retórica, al menos- en paladines de la competencia. Lo malo es que cada cual censura la falta de competencia según preferencias e intereses muy particulares y hasta peculiares.

¿Por qué exigimos competencia en las telecomunicaciones y no en el suministro de energéticos?, ¿por qué es bueno que compitan en precios las Afores, pero no las librerías?, ¿por qué nos parecería bien que hubiese más empresas en competencia en la televisión abierta pero nos repugna siquiera pensar que algunas de esas empresas pudiesen ser de capital extranjero?, ¿por qué somos partidarios de la libre competencia mundial sin cortapisas en la oferta de vinos pero nos oponemos a que terminen los apoyos y subsidios a la industria cinematográfica nacional?, ¿por qué está bien que compitan, en los estantes de los supermercados, chocolates y mermeladas de cualquier origen, pero aceptamos como una fatalidad que el azúcar en México cueste tres veces más cara que en el mercado libre internacional?

La lista de incoherencias podría seguir por muchas páginas. Y me parece que seguimos eludiendo la respuesta de fondo, radical en el sentido de ir a la raíz del asunto: Apertura económica plena.

Nunca vamos a saber para qué somos buenos – cuáles son nuestras ventajas y desventajas absolutas y relativas – si nos sigue paralizando de terror hablar de competencia nacional e internacional en el suministro de energéticos o si es tabú la inversión extranjera en medios electrónicos de comunicación o si es políticamente censurable proponer un desmantelamiento de las estructuras proteccionistas y de subsidios que mantienen en un mercado de mentiritas a los cultivos agrícolas tradicionales.

¿Competitividad? ¡Por favor!, ¡si es herejía poner a las escuelas públicas a competir y si merece excomunión cualquier particular que quiera entrar al negocio de producir y suministrar energía en el mercado!

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miércoles, 28 de febrero de 2007

Un país de analfabetas funcionales

Una de las claves del éxito de la república MTP para mantenerse en la dorada mediocridad fue la lucha incansable de autoridades, maestros, hombres y mujeres de empresa, medios de comunicación, para evitar que prendiese entre niños y jóvenes la perniciosa costumbre de leer.

Emma echa una ojeada al periódico. A diferencia de otros días algo - ¡por fin!- capta su atención: Según el diario, que por cierto da insuficientes referencias por si acaso alguien quiere profundizar en el asunto, una encuesta entre maestros de educación básica en MTP (“Media Tabla Perpetua”) muestra que cuatro de cada diez profesores no tienen más de 20 libros en su casa y que seis de cada diez profesores confiesan que no leyeron más de dos libros en el último año.

Adiestrada desde pequeña, por sus padres, en las tareas de cifrar y descifrar Emma obtiene dos conclusiones: 1. Dado que en los últimos 20 años, aproximadamente, los gobiernos de MTP han destinado ingentes recursos a la educación y a elevar los salarios de los maestros, las revelaciones de la encuesta – por otra parte previsibles- confirman la impolítica tesis: No sólo no hay una relación causal entre más gasto público y mejoría sino que frecuentemente más gasto gubernamental sólo sirve para empeorar las cosas.

2. Qué pena, pero los datos de la encuesta explican las indudables ventajas competitivas de Emma en el mercado de trabajo. En un país, como MTP, en el que 40% de los maestros tiene una biblioteca en su casa menor al número de libros que Emma lee en un mes y en el que 60% de los maestros leyó en un año menos libros de los que Emma lee en una semana, nadie debe sorprenderse de que Emma a sus 25 años gane un envidiable salario y reciba constantes ofertas de empleo en MTP y fuera del país.

Lo primero que hace Emma al llegar a su oficina es responder afirmativamente, por correo electrónico, a la oferta de trabajo que le hace una corporación del odiado – y envidiado- país del Norte. Mientras lo hace, escucha a una emocionada secretaria encomiar el histórico nivel de audiencia que logró el capitulo final de la telenovela ésa…Sí, ésa de cuyo nombre Emma, ¡pobrecita desmemoriada!, no se acuerda.

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