martes, 18 de septiembre de 2007

Un nuevo embuste de Ebrard

Sólo para empezar: El seguro de desempleo que prometió el lunes Marcelo Ebrard no es tal, ya que un seguro se financia con las aportaciones de los asegurados no con recursos de los contribuyentes o con deuda. Y para seguir: No se puede financiar ese señuelo para incautos con recursos inexistentes; los ahorros financieros no son ingresos nuevos, sino menores costos más o menos hipotéticos.

Cuatro de diez periódicos editados en la capital del país consideraron como la noticia más importante, en sus ediciones de ayer, el anuncio que hizo Marcelo Ebrard de un presunto seguro de desempleo en la ciudad de México.

Que un embuste de tal magnitud merezca tanta atención de los medios resulta significativo. ¿Por qué se trata de un embuste?

Por varias razones: 1. Lo que prometió Ebrard en forma alguna es un seguro, sino, en el mejor de los casos una nueva ayuda monetaria a fondo perdido, como las que ya se otorgan a los ancianos y a otros grupos en la ciudad de México. Un seguro de desempleo se financia con las cuotas de los asegurados, no es una donación graciosa de dinero público. En este sentido Ebrard repite la falacia de su nefasto antecesor, quien llamaba “pensiones” a las ayudas monetarias a los ancianos (una pensión es resultado del ahorro que el trabajador realizó a lo largo de su vida laboral).

2. Es mentira decir que dicha ayuda se financiará con los ahorros de la reestructuración de la deuda del gobierno del Distrito Federal, porque tales ahorros serán, en el mejor de los casos, disminuciones en los costos financieros, pero no recursos nuevos. El ahorro financiero podrá liberar recursos de otras fuentes pero no es un ingreso que se sume a los existentes. Ebrard debe explicar de cuál de tres fuentes posibles saldrán los recursos: ¿Ingresos propios?, ¿participaciones y aportaciones federales?, ¿nueva deuda?

3. Es idiota, en cualquier caso, financiar un gasto corriente perpetuo – una vez que se instaura resulta políticamente imposible cancelarlo- y a fondo perdido, con ahorros de una sola vez, no recurrentes.

Lo cierto es que este señuelo populista se convertirá en otra debilidad de las muchas que ya padecen las finanzas del gobierno capitalino, las cuales comentaré mañana.

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jueves, 19 de julio de 2007

No era un cuento chino, era un pedo de asno

Una vez disipado el estruendo que los dejó entre alelados y expectantes, los sagaces comunicadores se llaman a engaño y se enojan en la misma medida que se exhibieron como propagadores de flatos…

No es muy elegante el símil, pero es elocuente. Dice el filósofo español Fernando Savater que es “mucho más fácil combatir la influencia social perniciosa de un sofisma complejo y sutil que la de un dogma planfetario, simple como el pedo de un asno. El sofisma está construido para engañar a los que tienen el hábito de razonar, los cuales por tanto pueden también ser ‘desengañados’ merced a otros razonamientos que demuestren la falsedad del primero; el dogma tipo ‘pedo de asno’ en cambio engaña a aquellos que no suelen ser persuadidos por los argumentos sino que prefieren cuanto halaga la disposición bovina de buscar pienso o embestir”.

Un porcentaje considerable de los medios de comunicación en México y de colegas periodistas viven pendientes de los pedos de los asnos, cuanto más estruendosos ¡mejor!

El miércoles, por ejemplo, se disipó el más reciente de estos flatos “irrefutables” y al mediodía escuché en la radio del automóvil la irritación de un comunicador – Joaquín López Dóriga- quien se mostraba indignado porque, alegaba, nadie le sabía decir dónde estaban físicamente los dólares que hace meses se decomisaron de la casa de un chino naturalizado mexicano. Ya días antes alguien le había explicado que los billetes de dólar son bienes fungibles, por lo que no sólo es irrelevante sino prácticamente imposible saber dónde están todos y cada uno de esos billetes, una vez que se acreditó su valor y se registró a favor de alguien en una institución financiera; los billetes – meros símbolos del valor de cambio- regresan a la corriente tumultuosa de los mercados. Hubiese bastado que la primera vez que se lo explicaron - ¡aún cuando parece innecesario explicar a un adulto cómo funciona el dinero!- el comunicador acudiese al diccionario y leyese: “Bienes fungibles: aquellos en reemplazo de los cuales se admite legalmente otro tanto de igual calidad”.

Pero no, una vez encantados con los pedos de los asnos, algunos ya no razonan, les basta con embestir o con irse tras la pastura. El famoso comunicador concluyó enojado: “¡Lo que hay que oir!”. Pues sí, Joaquín, lo que hay que oir…

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