viernes, 17 de agosto de 2007

“Mi caudillo es el sol azteca y López mi copiloto”

Urge elevar la calidad histriónica de nuestros políticos. Anhelan, sin duda, facturar frases para inmortalizarse en bronce y acaban, lastimosamente, profiriendo babosadas retóricas.

De que les gusta el tono melodramático, les gusta. Lo malo es que carecen de neuronas, destrezas o conocimientos para desarrollar con decoro, sin incurrir en el ridículo, esa vocación histriónica. Necesitarían leer más a Cicerón o a Séneca o, cuando menos, al moderno Cioran que siempre es muy citable ante coros de intelectuales.

El otro día, el senador Manlio Fabio Beltrones intentó un juego retórico con la gasolina, la pobreza y la reforma fiscal. Lástima, la pólvora lingüística le salió mojada y aquello no encendió imaginación alguna, ni siquiera la de los locutores radiofónicos que tienen la rara virtud de entusiasmarse hasta con la más gastada de las frases hechas.

Dos o tres días después superó la marca el siempre dicharachero Andrés López Obrador cuando sentenció: “El PRD sólo puede tener como caudillo al PRD”. Se llevó “la de ocho” como se dice en la jerga de los periódicos: Es una frase corta, suena definitoria y definitiva. El problema – para quienes todavía creemos que las palabras tienen significado y las oraciones sentido- es que la frasecita es un disparate, algo así como decir: “¡Al diablo con las instituciones!, atentamente: el diablo”.

Hasta ahora, sin embargo, mi favorita entre las babosadas retóricas, por su complejidad y porque revela en forma magistral cómo un intento voluntarioso de fabricar una frase ingeniosa puede terminar en un estruendoso ridículo, fue escrita por un anónimo redactor de noticias de espectáculos que dio a luz este ayuntamiento imposible de metáforas desgastadas: “Fulanito llevó agua a sus molinos de viento”. El pobre autor de este disparate jamás cayó en la cuenta de que hay molinos que mueve el viento y hay molinos que mueven las corrientes de agua, y que del incesto de dos metáforas fatigadas por el uso, y con sentidos diversos, sólo puede surgir un engendrito ininteligible.

Tan mala es esa combinación de molinos metafóricos que podría usarse para describir a estos aspirantes fallidos al melodrama: Quieren mover las aspas de un molino de viento a salivazos…o las paletas de un molino de río a soplidos.
Eso sí: “No hay más caudillo que el sol azteca, ni más copiloto que López, nuestro Señor”. ¿O era al revés?

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jueves, 19 de julio de 2007

No era un cuento chino, era un pedo de asno

Una vez disipado el estruendo que los dejó entre alelados y expectantes, los sagaces comunicadores se llaman a engaño y se enojan en la misma medida que se exhibieron como propagadores de flatos…

No es muy elegante el símil, pero es elocuente. Dice el filósofo español Fernando Savater que es “mucho más fácil combatir la influencia social perniciosa de un sofisma complejo y sutil que la de un dogma planfetario, simple como el pedo de un asno. El sofisma está construido para engañar a los que tienen el hábito de razonar, los cuales por tanto pueden también ser ‘desengañados’ merced a otros razonamientos que demuestren la falsedad del primero; el dogma tipo ‘pedo de asno’ en cambio engaña a aquellos que no suelen ser persuadidos por los argumentos sino que prefieren cuanto halaga la disposición bovina de buscar pienso o embestir”.

Un porcentaje considerable de los medios de comunicación en México y de colegas periodistas viven pendientes de los pedos de los asnos, cuanto más estruendosos ¡mejor!

El miércoles, por ejemplo, se disipó el más reciente de estos flatos “irrefutables” y al mediodía escuché en la radio del automóvil la irritación de un comunicador – Joaquín López Dóriga- quien se mostraba indignado porque, alegaba, nadie le sabía decir dónde estaban físicamente los dólares que hace meses se decomisaron de la casa de un chino naturalizado mexicano. Ya días antes alguien le había explicado que los billetes de dólar son bienes fungibles, por lo que no sólo es irrelevante sino prácticamente imposible saber dónde están todos y cada uno de esos billetes, una vez que se acreditó su valor y se registró a favor de alguien en una institución financiera; los billetes – meros símbolos del valor de cambio- regresan a la corriente tumultuosa de los mercados. Hubiese bastado que la primera vez que se lo explicaron - ¡aún cuando parece innecesario explicar a un adulto cómo funciona el dinero!- el comunicador acudiese al diccionario y leyese: “Bienes fungibles: aquellos en reemplazo de los cuales se admite legalmente otro tanto de igual calidad”.

Pero no, una vez encantados con los pedos de los asnos, algunos ya no razonan, les basta con embestir o con irse tras la pastura. El famoso comunicador concluyó enojado: “¡Lo que hay que oir!”. Pues sí, Joaquín, lo que hay que oir…

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jueves, 5 de julio de 2007

¿Conviene estar en la cima de la montaña?

Hablando de metáforas que se refieren a planicies, terrenos nivelados y montañas, se comenta una ingeniosa analogía de Edward E. Leamer acerca de ganadores y perdedores en los intercambios comerciales.

Profesor de economía internacional en UCLA, Edward E. Leamer suele usar una interesante metáfora para hacer entender a sus alumnos algunas aparentes paradojas del comercio internacional.

Imaginen que hay dos países que intercambian productos, uno se llama Estados Unidos y está en un valle al pie de una montaña; otro se llama Japón y está en la cima de la montaña. Los japoneses sólo tienen que empujar sus productos cuesta abajo y, gracias a la ley de gravedad, éstos llegan a sus clientes en Estados Unidos. Por el contrario, los productos de Estados Unidos tienen que emprender un arduo ascenso por la montaña – que cuesta tiempo, dinero y trabajo- para llegar a los japoneses. Encantados por la aparente “superioridad” que les da el hecho de estar en la cima de la montaña (“top of the world”, como decía una vieja canción), los japoneses creen que es buena idea incrementar su “ventaja” y ponen obstáculos adicionales en el camino de ascenso, para dificultar aún más la llegada de los productos extranjeros. Los políticos, orondos, anuncian al pueblo japonés que están trabajando para proteger los “intereses nacionales” y para impedir que el país se vea “invadido” por bienes extranjeros. El pueblo japonés aplaude.

Pero quienes aplauden y se sienten muy orondos por estar en la cima de la montaña – es la moraleja de esta metáfora- son en realidad los perdedores en la historia. Son ellos, gracias a su posición falsamente ventajosa, quienes pagan todos y cada uno de los obstáculos puestos a la importación de bienes, sea con precios mucho más altos, sea con carencia de productos que los otros sí tienen, sea con una combinación de ambas. Además, sus productores “protegidos” – por ejemplo, los productores de leche en Japón- tienen todos los incentivos para permanecer atrasados, anclados en la improductividad por decreto.

Los prejuicios contra el libre comercio – o los mitos proteccionistas, por decirlo de otro modo- se alimentan de decenas de metáforas y analogías erróneas. Por ejemplo, imaginar que el comercio exterior es semejante a una guerra decimonónica en la que tomar “posiciones de altura” ofrece alguna ventaja o asociar la frase “superávit comercial” con un sentimiento fatuo de “superioridad”.

A veces, en “la cima del mundo” están los perdedores.

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miércoles, 4 de julio de 2007

¿Atrapados en las metáforas?

Después de todo, el mundo NO es tan plano…

Una buena parte de la ciencia se vale de las metáforas para aprehender parcelas de la realidad. De hecho, lo hacemos todos y en todos los ámbitos. El problema es cuando una de esas metáforas nos subyuga tanto que acabamos creyendo que está dotada de omnipotencia explicativa.

A Thomas L. Friedman lo subyugó la metáfora de que el mundo es ahora “plano” – flat- debido a fenómenos fascinantes de la economía internacional como la movilidad de ciertas actividades de producción, por ejemplo el florecimiento del “outsourcing” de empresas multinacionales en la India. A partir de ahí escribió un libro exitoso proclamando su hallazgo. En abril del año pasado, un profesor de economía en UCLA, Edward E. Leamer, vapuleó – otra metáfora, ni modo- a Friedman y a su exitoso libro en un artículo titulado: “A Flat World, A Level Playing Field, a Small World After All, or None of the Above?”, en el Journal of Economic Literature, reprochándole, de entrada, haber recurrido a una metáfora inadecuada y de pobre poder explicativo.

El momento de inspiración en el que Friedman “descubrió” que el mundo es plano lo narra en la página 7 de su libro y revela, inadvertidamente, que Friedman entendió mal otra metáfora que usó uno de sus interlocutores, el presidente ejecutivo de una empresa de tecnología (Nandan Nilekani), quien le dijo: “Tom, ahora el campo de juego está nivelado”. Con candor Friedman hace transparente el mal entendido: “Lo que Nandan está diciendo, yo pienso, es que el campo de juego está siendo aplanado…¿aplanado? ¿Aplanado? ¡Dios mío, él está diciéndome que el mundo es plano!”.

No, no exactamente: Nandan Nilekani le estaba hablando a Friedman de reglas del juego iguales que nivelan el terreno para los participantes. No le estaba diciendo que la globalización abolió la geografía. Friedman descifró una metáfora ajena erróneamente al estar subyugado por su propia metáfora.

Más adelante, Leamer ofrece su propia metáfora que a mí me parece con mayor poder explicativo que la metáfora acerca del presunto aplanamiento del planeta con la que Friedman tejió su libro.

Este símil, el de Leamer, lo podríamos bautizar como “por qué la cima del mundo podría ser el lugar de los perdedores”. Mañana trataré de explicarlo.

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