jueves, 19 de abril de 2007

Las armas son la excepción

Me agrada estar en buena compañía: La más prestigiada revista de economía del planeta, The Economist, a la que nadie puede acusar de favorecer la intervención de los gobiernos en la vida de las personas, marca claramente su posición: Debe haber un control mucho más restrictivo de la venta de armas en Estados Unidos.

Cada semana los suscriptores en línea de la prestigiada revista británica recibimos por correo electrónico una breve carta del editor y la enviada ayer no puede ser más enfática:

“Abundan los productos peligrosos – drogas ilegales, veloces automóviles, alcohol, por ejemplo- respecto de los cuales The Economist defiende un punto de vista mucho más liberal del que sostiene el gobierno de Estados Unidos. Las armas de fuego personales son la excepción.”.

En su reciente edición, y a raíz de la masacre en el Tecnológico de Virginia (VT), Estados Unidos, la revista sostiene que debe restringirse con verdadera severidad la venta de armas en ese país. La postura de The Economist está en la misma línea que la política que ha seguido el Reino Unido y que, por cierto, explica por qué hay mucho menos muertes por arma de fuego, respecto del total de la población, en Inglaterra que en Estados Unidos.

La revista británica lo denuncia con todas sus letras, al citar al jefe de la policía de los Ángeles, William Bratton: La mayoría de los políticos estadounidenses de ambos partidos han sido “capturados” por la muy poderosa National Rifle Association, en cuya página de internet, por cierto, se ofrecen "condolencias" a las víctimas de VT. Sin más comentarios.

Hay muchas cosas en el mundo que pueden ser usadas como armas mortales por un desquiciado (desde un alfiler hasta una piscina), pero sólo las armas de fuego han sido expresamente diseñadas para matar.

Una de las dos armas que usó Cho Seung-hui fue una pistola Glock de nueve milímetros semiautomática, un arma que en la inmensa mayoría de los países del mundo sólo pueden tener los ejércitos y las fuerzas policíacas especiales, pero que en miles de tiendas a lo largo y ancho de Estados Unidos se puede adquirir tan fácil como se renta un auto, como lo hizo el coreano.

Para México es doblemente trágico: No sólo hay que lidiar con el hecho de que tenemos al norte al mayor mercado de consumidores de drogas, sino que la gran mayoría de las armas que la delincuencia organizada usa aquí fueron adquiridas sin problema en Estados Unidos.

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miércoles, 18 de abril de 2007

Un héroe desarmado

Liviu Librescu no necesitó un arma para hacer lo que tenía que hacer: enfrentarse a la irracionalidad criminal, defender la vida de los demás y reconciliarnos con lo mejor del ser humano.

Para algunos, el derecho a portar armas es una muestra del respeto a las libertades individuales frente a Estados autoritarios y controladores.

Sin embargo, bien vistas las cosas, ese presunto derecho vulnera la capacidad del propio Estado para cumplir la primera y fundamental obligación que tiene ante los ciudadanos: Preservar la integridad física de cada una de las personas en su territorio.

Ningún gobierno puede ejercer con mínima eficacia la tarea de defender la vida y la libertad de cada individuo si cualquiera – a condición de que no tenga antecedentes criminales manifiestos – puede adquirir un arma y usarla cuando considere, subjetivamente, que está justificado hacerlo.

Ninguna autoridad sobre la faz de la tierra tiene la capacidad para distinguir de una vez y para siempre entre aquellos que tendrán y eventualmente usarán un arma responsablemente – menuda definición, por cierto- y aquellos que usarán un arma en contra de la vida y de la libertad de los demás.

Dadas esas premisas, la restricción a la posesión y al uso de armas de fuego debería ser universal – para todos los ciudadanos- justamente para evitar que cualquier gobierno se adjudique a sí mismo la exorbitante facultad de discriminar – cual si fuese dios omnisciente- entre ciudadanos dignos de confianza y ciudadanos bajo sospecha.

Dicho esto, vale la pena considerar el ejemplo de Liviu Librescu, profesor del Tecnológico de Virginia, quien dio su propia vida para salvar la vida de muchos de sus alumnos amenazados por el desquiciado tirador de sólo 23 años de edad.

Librescu sobrevivió a los campos de concentración nazis, sobrevivió a la dictadura de Ceacescu en Rumania, pero no sobrevivió al ataque de un loco solitario. A sus 76 años interpuso su cuerpo, a la entrada del aula 204 donde dictaba su cátedra de matemáticas, y así permitió que decenas de estudiantes pudiesen saltar por las ventanas y ponerse a salvo.

En inglés se suele decir que tal o cual persona “make the difference”. Librescu lo hizo superlativamente. No necesitó un arma para defender la vida frente a la locura criminal. Necesitó una gran valentía que sólo puede provenir de un gran amor a sus semejantes. Gracias.

Dos referencias en la red, entre decenas, al heroísmo de Librescu, quien murió asesinado, irónicamente, el mismo día que se conmemora el Holocausto:

Nota de EFE

Nota de AP

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miércoles, 21 de marzo de 2007

¿Por qué 14 semanas y no 14 años?

En una sociedad de mujeres y hombres libres, éstos tienen plena propiedad sobre sus cuerpos. De ahí que sea criminal y aberrante pretender negar ese derecho a quienes desarrollan su propio cuerpo personalísimo – no el apéndice de otro cuerpo humano- dentro del vientre materno.

¿Tienen “derecho” los padres a disponer del cuerpo de sus hijos menores de edad? Desde luego que no. Si admitiésemos ese falso “derecho” tendríamos, en automático, que permitir el abuso infantil en todas sus execrables modalidades y nos veríamos ante el abominable dilema de determinar a partir de qué momento esa suerte de “esclavos” – los menores de edad- podrían considerarse jurídicamente “libertos”, dignos de que se les garantice su derecho elemental a la vida.

No hay evidencia científica que nos permita decir con absoluta certeza: “A partir de aquí comienza la vida auténticamente humana”. Sí tenemos en cambio abundantes evidencias de que un óvulo humano fecundado tiene una identidad específica y unívoca: Es un ser humano en proceso y tenemos la certeza de que el resultado de dicho proceso será con el paso del tiempo, en caso de no frustrarse, un ser humano autónomo y libre, al que todos los Estados medianamente civilizados le reconocen derechos inalienables.

Las sociedades civilizadas tienen su pilar fundamental en el carácter inviolable – sagrado- de la vida humana; de ahí que repugne la persistencia en algunos países (¡que se ostentan arrogantemente como civilizados!) de la pena de muerte. Ese carácter sagrado, reconocido también por las religiones monoteístas – especialmente las judeocristianas-, NO es un dogma de fe, sino el primer principio de la convivencia humana.

No estamos discutiendo si la mujer tiene o no derecho sobre su cuerpo, ¡claro que lo tiene! Estamos discutiendo qué diablos nos autoriza a dogmatizar que una mujer – o un hombre- no lo son todavía porque están en desarrollo dentro de otro cuerpo.

¿Por qué 14 semanas y no 14 años, visto que los seres humanos siempre estamos en proceso de hacernos plenamente seres humanos?

¿Por qué el aborto sí y la esclavitud infantil no, a cargo de la madre y/o del padre?

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