miércoles, 20 de mayo de 2009

¿Cómo empezó esto? (I)

El origen de la recesión global que padecemos está en la capital de los Estados Unidos, Washington, D.C.

Y, en términos morales, antes que a la codicia de los capitalistas habría que culpar de este desastre a las “buenas intenciones” de los políticos que predican el igualitarismo a ultranza; codiciando, también ellos, el poder.

Hay dos edificios emblemáticos de Washington donde podemos rastrear los orígenes de esta calamidad: El Capitolio y la Casa Blanca.

Este desastre lo cocinaron a fuego lento, desde hace muchos años, tanto los miembros de la Administración o Rama Ejecutiva del gobierno – empezando por varios de los Presidentes-, como los legisladores y lo hicieron, si hemos de creerles, llenos de buenas intenciones para ayudar a los débiles y desprotegidos a tener una casa propia.

El problema es que para lograr tan noble fin se emplearon procedimientos ruinosos que sólo podían conducir al desastre.

En el verano de 2007 se encendieron las luces de alarma en el mercado financiero de las hipotecas de baja calidad; era previsible una reacción cadena aun cuando nadie podía prever que las autoridades estadounidenses manejarían con tantos desatinos el problema hasta convertirlo en recesión mundial. Pero la calamidad se empezó a cocinar mucho antes. Para bosquejar la historia me sirve de guía de una excelente exposición del profesor Allan Meltzer.

Al inicio de la Gran Depresión, en 1931, el Congreso de Estados Unidos urgió al banco de la Reserva Federal a que ayudase a los más necesitados comprando las hipotecas en mora de deudores desempleados. Con toda razón la Reserva Federal respondió que no, que comprar hipotecas no formaba parte de su misión. El Congreso creó, entonces, el “Home Loan Bank System” para que subsidiase a los pobres en la adquisición de sus viviendas, de una manera enrevesada que es comprando sus hipotecas.

Desde entonces, tanto el Congreso como el Ejecutivo de Estados Unidos, así como varios gobiernos locales, han repetido la fórmula ruinosa. Así nacieron Fannie Mae y Freddie Mac, y así en 1977 James Carter promovió la “Community Investment Act” una ley que fomenta los préstamos para la adquisición de vivienda para la población de bajos ingresos, dándoles generosos incentivos a los bancos que coloquen tales hipotecas y promoviendo su bursatilización en los mercados.

El Congreso, a su vez, en 1986 hizo deducibles del pago de impuestos los recursos destinados al pago de intereses de préstamos hipotecarios. Otro incentivo más para el endeudamiento irresponsable.

La calamidad siguió cocinándose a fuego lento. Mañana: Cinco palabras que olvidó decir Bush.

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miércoles, 9 de abril de 2008

¿La mano invisible o la pezuña política?

Una de las causas remotas de la crisis hipotecaria en los Estados Unidos fue la excesiva injerencia del gobierno, queriendo corregirle la plana a los mecanismos de libre mercado.

No deja de ser lamentable, y paradójico, que hoy se diga que la crisis hipotecaria en los Estados Unidos demuestra que los mecanismos de libre mercado merecen ser vigilados y corregidos por el Estado y los gobiernos.

Es lamentable porque es un terrible error de juicio. Desde los remotos tiempos de James Carter (ese bondadoso inepto que tanto daño causó a la economía de Estados Unidos y a quien los venezolanos deben agradecer sus malhadados oficios gracias a los cuales Hugo Chávez sigue en el poder) una cauda de políticos estadounidenses, sea desde el Congreso o desde la Casa Blanca o desde sus escritorios en los gobiernos locales, han promovido la bondadosa idea de que los bancos deben prestarle dinero a quienes no pueden ni podrán pagarlo. Son las cosas maravillosas de los políticos: Pueden idear una regulación llena de buenas intenciones (es lindo que un “sin casa”, por ejemplo, pueda tenerla mediante decreto, ¿o no?) sin afrontar las consecuencias.

Los bancos, ya se sabe, no son entidades altruistas pero sí son lo suficientemente astutos como para ponerle buena cara al mal tiempo de las voluntariosas regulaciones de los políticos, ajustarse a ellas, y hasta sacarles provecho. Resumiendo: Gracias a la ingeniería financiera, así como a la liberalidad de la Reserva Federal en asuntos de dinero (usted sabe, el miedo a la recesión), idearon mecanismos ingeniosos para cumplir con la ordenanza y seguir haciendo negocio. El artilugio es, para simplificar, jugar a que el señor Brown podrá pagar lo que no puede pagar, gracias a que hemos acordado que una casa que a duras penas vale 30 valdrá 100 mediante la generosidad de las calificadoras de valores y trataremos de que Brown haga como que paga facilitándole una segunda hipoteca por 200 dando como garantía la primera. Todos contentos: los bancos, el señor Brown, los bondadosos políticos, los incautos que compraron “vehículos estructurados de inversión” donde quedaron agazapadas las hipotecas defectuosas.

Así empezó todo, con una impertinente intervención de los gobiernos tratando de que los mercados no funcionasen como pueden y saben funcionar.

Al final la burbuja estalla y ¿a quién culpan los políticos? Pues a los mercados que ellos mismos no dejaron funcionar.

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