domingo, 8 de noviembre de 2009

"Health care" y ¿qué tanta intervención del gobierno queremos?

En la Cámara Baja de Estados Unidos (The House) se aprobó anoche la más relevante reforma al sistema de cuidado de la salud en décadas. Fue una apretadísima victoria para Barack Obama y para el Partido Demócrata, de apenas 220 votos a favor, 215 votos en contra.
Ahora, en el mejor de los escenarios para Obama, la ley aprobada por los representantes tendrá que conciliarse con otra iniciativa aprobada también por escaso margen en el Senado y, para inicios de 2010, el Presidente de los Estados Unidos podrá, por fin, anotarse una gran reforma en su expediente.
Independientemente de los aciertos y defectos de la reforma, el tortuoso y largo proceso de negociación y los resultados logrados arrojan varias lecciones interesantes acerca del funcionamiento de las instituciones en una democracia.
Por ahora, concentro el comentario en dos puntos que resultaron clave para vencer diferentes resistencias a la reforma. Demuestran a mi juicio que cualquier proceso de reforma pública, en un marco institucional democrático de contrapeso de poderes, requiere más de pragmatismo que de ideología para resultar exitoso.
Primero, los demócratas vociferantes y radicales – como Nancy Pelosi y, en cierta forma, el mismo Obama- debieron resignarse a que la ley prohibiese que los subsidios gubernamentales para cuidado de la salud, así como la nueva opción pública de seguro (que competirá con los seguros privados), pudiesen ser usados para abortos voluntarios. De no haber cedido en este punto, habrían perdido casi cincuenta votos de representantes demócratas conservadores opuestos al aborto. La reticencia de los conservadores en este caso parece perfectamente fundada: los recursos de los contribuyentes no deben incentivar el aborto habida cuenta de que es un asunto que repugna moralmente a millones de electores. Más aún, incluso para quienes son etiquetados como “pro choice” (a favor de la libre elección personal sobre el tema) el aborto no es el recurso ideal para evitar los nacimientos no deseados, sino un recurso más o menos desesperado, de última instancia; dado que los seguros médicos sí contemplan, sin restricciones, el uso de píldoras anticonceptivas y otros métodos distintos del aborto, la exclusión no puede considerarse que prive a las beneficiarias del seguro médico de opciones para evitar embarazos no deseados y, en cambio, la exclusión satisface a millones de estadounidenses para quienes el aborto es lisa y llanamente un crimen; algo similar es la exclusión, en los planes de los seguros médicos, de la cobertura de tratamientos o cirugías meramente estéticas; la exclusión en sí no prejuzga acerca de la conveniencia moral o no de una cirugía para aumentar el tamaño del busto, sino que determina que esa elección, libérrima, debe ser sufragada con recursos privados, no públicos.
El otro punto en el que fue clave ceder se refiere a la obligatoriedad, que prevé la iniciativa aprobada ayer, del seguro médico para todo estadounidense. Quienes objetan la obligatoriedad, en este caso sobre todo republicanos, aducen que ello atenta contra la libertad individual de elegir tener o no una cobertura de salud. Sin embargo, la no obligatoriedad encarecería significativamente el costo de las primas y podría convertirse en una invitación a la proliferación de “free riders” del sistema de salud, es decir: personas que en su momento rehusaron tener una cobertura médica pero que de cualquier forma demandarían los servicios de atención pública en casos de urgencia o de enfermedad grave. Por otra parte, al existir varias opciones de cobertura en el mercado (según prevé la ley) la libertad de elección queda a salvo. Se podrían citar ejemplos análogos de aparente conflicto entre libertad individual y normas mínimas obligatorias para todos los miembros de una comunidad, por ejemplo: el uso obligatorio del cinturón de seguridad al conducir.
Desde otro punto de vista – el de los efectos externos no buscados o las externalidades- el asunto de la obligatoriedad de la cobertura médica mínima, plantea interesantes problemas de elección sobre lo que Gordon Tullock ha llamado “el análisis económico del nivel deseable de intervención pública” o la conveniencia del uso de medios públicos para la satisfacción de necesidades privadas. Para ver más sobre las obras de Tullock, incluido “El cálculo del consenso” escrito junto con James M. Buchanan, ir a este sitio en la red.

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miércoles, 22 de julio de 2009

¿Por qué nos gusta el activismo gubernamental?



La fuente de la gráfica (si se pincha en ella se amplia la imagen) es "World Public Opinion" (WPO) un proyecto de cooperación internacional entre más de 25 países surgido del Programa Internacional de Actitudes Políticas de la Universidad de Maryland, Estados Unidos.

Queda claro que (casi) todos, en (casi) todo el mundo, queremos que el gobierno "se mueva más" en tiempos de crisis. Una querencia, si se vale decirlo, no exenta de peligros, dado que por lo general los gobiernos hacen más daño haciendo cosas que dejando de hacerlas.

Pero así como preferimos en el futbol soccer que el portero se mueva cuando enfrenta un tiro penal, como escribí hace unos meses robándole la metáfora a mi amigo Diego Petersen, preferimos (bueno, una mayoría apreciable lo prefiere, según las encuestas que conjuntó WPO alrededor del mundo) gobiernos "activistas" a gobiernos tímidos o pasivos; gobiernos intervencionistas en lugar de gobiernos restringidos a sus funciones básicas: respetar todas las libertades de todos, aplicar justa y oportunamente leyes que son iguales para todos, preservar la integridad física del territorio y de sus habitantes, garantizar los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos. No más, ni menos.

La comparación de las preferencias sociales en cada país respecto de lo que debe hacer el gobierno y las preferencias de los aficionados al futbol respecto de lo que deben hacer los guardametas ante un tiro penal tiene mucha más "miga" de lo que parece, porque la mayor parte de los tiros penales van al centro del arco, no a la izquierda o a la derecha, y los porteros que permanecen bien plantados en el centro de su portería, sin querer adivinar y anticiparse al tiro penal, suelen parar más penales que los porteros "dinámicos"..., pero los primeros (los "inmóviles" vamos a llamarlos) son también los más criticados por la afición.

"¡Haz algo!, lo que sea, pero ¡haz algo!", "¡muévete, no te quedes ahí, parado como idiota!".

Los lectores, perspicaces, habrán notado que el único país en el que una gran mayoría de la gente (63 por ciento) está totalmente de acuerdo con la forma en la que su gobierno ha enfrentado la crisis ¡es China! Algún ingenuo, o alguien excesivamente malicioso dirá que precisamente por eso, porque (casi) todos los chinos están conformes y hasta felices con su gobierno, en la República Popular China NO les desvelan mucho esas monsergas de la democracia y de los derechos humanos. ¿Para qué democracia, si de antemano todos (o casi todos) estamos de acuerdo?

Y también habrán notado, perspicaces que son los lectores, que el país donde hay más personas que opinan que el gobierno ya fue demasiado lejos en su activismo contra la crisis es, después de la India (?), Estados Unidos: 31 por ciento. Mi hipótesis (para el caso de Estados Unidos, ya que no tengo la menor idea de porqué 37 por ciento de los indios opinan que su gobierno ha hecho "de más" en esta crisis) es que una sabia desconfianza hacia el gobierno - hacia todo gobierno - y una sana repulsión hacia el intervencionismo gubernamental son virtudes características del pueblo estadounidense que, aún en estos tiempos tan proclives al intervencionismo estatal, se preservan (al respecto, basta ver cómo descendió la popularidad de Barack Obama por su activismo en el rescate de General Motors y Chrysler).

Hace un siglo aproximadamente G. K. Chesterton, en su "Ortodoxia", escribió:

"La idea democrática es que el gobierno es algo análogo a escribir uno sus propias cartas de amor o sonarse uno sus propias narices. Cosas que deseamos que los hombres las hagan por sí mismos, aunque las hagan mal. No discuto aquí la exactitud de ninguna de estas concepciones; sé que algunos modernos andan por ahí pidiendo que los científicos les elijan sus esposas y, por lo que sabemos, muy pronto pedirán niñeras que les suenen la nariz".


Bien, cien años después parece que tales "modernos" ya son mayoría: Queremos que el gobierno nos resuelva la vida, aunque el propio gobierno haya sido responsable, antes, con su febril actividad controladora, de habérnosla fastidiado.

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miércoles, 17 de junio de 2009

Obama y su “toque relativamente ligero”

Hoy se difundirá con más detalle la propuesta del gobierno del Gobierno Barack Obama para establecer un nuevo, y más extenso, marco de regulación para el sistema financiero. En ese contexto, el propio Obama hace la apología de su gobierno en una crucial entrevista que publica hoy The Wall Street Journal. El mensaje que quiere mandar Obama es claro: No soy socialista, ni intervencionista; creo en el poder del libre mercado para asignar eficientemente los recursos como el que más. Lo que pasa es que estoy arreglando el desastre que me heredaron…

Sin embargo…

Sí, sin embargo esta apología de Obama es literalmente increíble. No se puede creer. Si un animal tiene aspecto de pato, camina como pato, grazna como pato, nada como pato, se sacude el agua al salir de un estanque como se sacuden los patos el agua al salir de un estanque…¿Qué tiene de extraño que le llamemos pato?

Si nombrar a un burócrata de Washington como supremo dictaminador de las percepciones que habrán de recibir los ejecutivos de General Motors, Chrysler, AIG, Fannie Mae, Freddie Mac y de una decena de empresas más que han sido rescatadas con dinero de los contribuyentes, no es promover el intervencionismo gubernamental en la economía (por no hablar del hecho mismo de rescatar, contra viento y marea, empresas en quiebra, como si no formase parte esencial del sistema de libre mercado que cada cual asuma las consecuencias de sus errores en la asignación de recursos), ¿qué es entonces?

Y es que eso, sencillamente, es lo que pregunta el entrevistador de WSJ: ¿cómo entiende Obama el papel del gobierno en la economía?

La respuesta de Obama constituye, a mi juicio, lo más relevante de la entrevista y, siento decirlo, es donde la apología de Obama hace agua por todos lados:

“Creo que la ironía es que me gustaría ver un gobierno que realmente interviniese poco en la economía” (“relatively light touch son las palabras textuales), pero, arguye Obama, el “pensamiento conservador estándar” no lo ha entendido y me etiqueta como intervencionista (la única ironía aquí, digo yo, es que Obama incurre alegremente también en despachar el asunto mediante un intercambio de etiquetas: si me dices “intervencionista” yo te respondo “conservador” y cada quien se queda con su golpe, pero no nos entendemos).

Para entender, tal vez, sirva el mismo ejemplo que propone Obama, respecto de la intervención (¿un toque relativamente ligero?) de su gobierno en empresas automotrices como GM o Chrysler. Teníamos, dice, tres opciones: A. Seguirles dando dinero público y permitir que lo siguiesen desperdiciando al no exigirles un cambio total en su forma de hacer las cosas, B. Dejarlas ir a la quiebra en medio de la peor recesión que ha habido después de la Gran Depresión, “algo que no creo que nadie argumentará que tendría un efecto saludable en la economía”, o C. Proveerlas de cierta ayuda de corto plazo, pero asegurándonos de que nos presentasen un plan de reestructura que les permita ponerse de nuevo de pie.

Por supuesto para Obama la respuesta correcta es C.

Error, señor Presidente Obama, la respuesta correcta es B. Porque las quiebras, aun en medio de recesiones o precisamente en medio de recesiones provocadas por los excesos del pasado, sí tienen un “efecto saludable”, ¡muy saludable!, en la economía.

La opción C es una falacia que presupone que a nadie, de todos los directivos y accionistas que han pasado por GM, por ejemplo, se le había ocurrido que la empresa tenía que reestructurarse o morir, hasta que llegó Obama y su fabuloso equipo y se los hizo entender…La fatal arrogancia, como le llamó Hayek.

Además, señor Presidente Obama, los interventores ni siquiera han presentado un plan creíble de reestructuración de las empresas automotrices, un plan que pase la prueba del mercado. La opción C, ¿un toque relativamente ligero?, es el peor de los mundos: Tirar aún más dinero de los contribuyentes, pero ahora con la bendición de toda una burocracia gubernamental al lado, jugando al empresario; burocracia que junto con el sindicato se convertirá en una clientela electoral permanente que demandará más y más recursos de los contribuyentes.

No, no es ironía que los miopes “conservadores” no entiendan que usted no es un intervencionista. Es una flagrante contradicción, entre retórica y hechos, el hecho de que usted lo niegue

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martes, 7 de abril de 2009

Evaluación serena del G-20 (2)

Tengo para mí que el resultado más importante y positivo de la reunión del G-20 fue que se lograse abortar la equivocada pretensión europea (principalmente de los gobiernos de Francia y Alemania) de crear una regulación financiera supranacional rígida, restrictiva, politizada y demagógica, que manejaría alguna burocracia internacional al estilo de la ONU. Eso es lo que festejaron los mercados financieros al final de la cumbre, más que la inyección de recursos en billones de dólares para estimular una recuperación.

No sólo se trata de que cada país y cada economía tiene peculiaridades que una regulación financiera supranacional no sabría entender ni atender, sino de que en materia de regulación los excesos siempre (repito: siempre) resultan más costosos que las omisiones. Sé que decir esto, en medio de una crisis global cuya principal causa parecen ser las omisiones de los reguladores en Estados Unidos, es políticamente incorrecto y parece un contrasentido, pero hay que saber ver un poquito más allá de lo reciente para analizar con objetividad la historia.

Invariablemente, el intervencionismo controlador ha generado más problemas que soluciones.

Aclaro que sí es preciso, y urgente, ampliar el perímetro de lo regulado (aplicar a los bancos-no bancos, como a las administradoras de fondos de inversión o de cobertura, o como a las sociedades financieras de objeto múltiple, para ponerlo en terminología local, los mismos parámetros estrictos de capitalización y de formación de reservas que se aplican a la banca convencional), pero ello lo debe hacer cada país y sin incurrir en un afán controlador que inhiba la creación de nuevos mecanismos para potenciar los efectos benéficos de la intermediación.

Lo que es un auténtico despropósito en materia de regulación es entrar a terrenos demagógicos, como ése de fijar topes a los salarios de los ejecutivos que trabajan para intermediarios financieros privados, como si fuesen servidores públicos, burócratas, y como si limitar sus ingresos los hiciese automáticamente más probos y mejores personas. Es odioso y repulsivo ese prurito de los políticos por convertirse en niñeras o en directores espirituales de las personas.

Por cierto, las conclusiones del G-20 no pudieron eludir esa ridícula concesión a la demagogia. Esperemos que sólo haya sido eso, una concesión retórica para consumo de la galería, que suele demandar chivos expiatorios y santas inquisiciones que quemen a tales chivos expiatorios en leña verde.

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lunes, 15 de diciembre de 2008

Populismo multicolor

Corren tiempos a modo para la expansión del populismo de izquierda y de derecha.

En cierta forma es un partido "transversal" que ha tomado fuerza en la crisis global. Es el partido del populismo: Para ser un poco más precisos en la descripción, más que un partido en forma se trata de un estado de ánimo populista que invade a muchos políticos de los partidos más disímbolos y les impulsa a proponer – y lo que es peor: a llevar a efecto- políticas públicas desastrosas que, sin embargo, generan réditos de muy corto plazo en términos de resonancia en los medios de comunicación y acaso alguna popularidad efímera para sus promotores.
Para que se vea que hay populismo de todos los colores y sabores, de izquierda y de derecha (según las etiquetas al uso), van dos ejemplos recientes:
1. La ocurrencia de que se le debe agregar a la misión única del banco central, que es la preservación de la estabilidad de precios, el mandato equívoco de promover el crecimiento económico y la generación de empleos. Este disparate hoy se presenta como ocurrencia de legisladores panistas, que acaso con su silencio avala el mismo gobierno federal. Hace poco tiempo era bandera de la izquierda perredista y en muchas ocasiones ha sido prédica oportunista de priístas más o menos despistados. Es una propuesta idiota y peligrosa. Idiota porque nada hay que mejor garantice el crecimiento y la generación de empleos que un entorno de estabilidad de precios. Peligrosa, porque hoy, que la inflación anual es de 6.23% el horizonte es mucho más incierto para el empleo que hace sólo diez meses – febrero de este año- cuando la inflación anual era de sólo 3.72 por ciento. Hay pocos factores que inhiban con tanta eficacia la inversión, y por ende el crecimiento y el empleo, como la inflación y su consecuente distorsión en los precios relativos.
2. La descabellada idea de "regular" las tasas activas de la banca, usando como pretexto las tasas atípicas que los bancos cobran a los usuarios morosos de tarjetas de crédito. Es toda una pedagogía de la irresponsabilidad, fomentada por demagogos de derecha, de izquierda, azules, verdes, colorados y amarillos…y hasta por el señor más rico de la aldea. "Corren buenos tiempos/ para esos caballeros/ locos por salvarnos la vida/ a costa de cortarnos el cuello" (Joan Manuel Serrat).

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miércoles, 9 de abril de 2008

¿La mano invisible o la pezuña política?

Una de las causas remotas de la crisis hipotecaria en los Estados Unidos fue la excesiva injerencia del gobierno, queriendo corregirle la plana a los mecanismos de libre mercado.

No deja de ser lamentable, y paradójico, que hoy se diga que la crisis hipotecaria en los Estados Unidos demuestra que los mecanismos de libre mercado merecen ser vigilados y corregidos por el Estado y los gobiernos.

Es lamentable porque es un terrible error de juicio. Desde los remotos tiempos de James Carter (ese bondadoso inepto que tanto daño causó a la economía de Estados Unidos y a quien los venezolanos deben agradecer sus malhadados oficios gracias a los cuales Hugo Chávez sigue en el poder) una cauda de políticos estadounidenses, sea desde el Congreso o desde la Casa Blanca o desde sus escritorios en los gobiernos locales, han promovido la bondadosa idea de que los bancos deben prestarle dinero a quienes no pueden ni podrán pagarlo. Son las cosas maravillosas de los políticos: Pueden idear una regulación llena de buenas intenciones (es lindo que un “sin casa”, por ejemplo, pueda tenerla mediante decreto, ¿o no?) sin afrontar las consecuencias.

Los bancos, ya se sabe, no son entidades altruistas pero sí son lo suficientemente astutos como para ponerle buena cara al mal tiempo de las voluntariosas regulaciones de los políticos, ajustarse a ellas, y hasta sacarles provecho. Resumiendo: Gracias a la ingeniería financiera, así como a la liberalidad de la Reserva Federal en asuntos de dinero (usted sabe, el miedo a la recesión), idearon mecanismos ingeniosos para cumplir con la ordenanza y seguir haciendo negocio. El artilugio es, para simplificar, jugar a que el señor Brown podrá pagar lo que no puede pagar, gracias a que hemos acordado que una casa que a duras penas vale 30 valdrá 100 mediante la generosidad de las calificadoras de valores y trataremos de que Brown haga como que paga facilitándole una segunda hipoteca por 200 dando como garantía la primera. Todos contentos: los bancos, el señor Brown, los bondadosos políticos, los incautos que compraron “vehículos estructurados de inversión” donde quedaron agazapadas las hipotecas defectuosas.

Así empezó todo, con una impertinente intervención de los gobiernos tratando de que los mercados no funcionasen como pueden y saben funcionar.

Al final la burbuja estalla y ¿a quién culpan los políticos? Pues a los mercados que ellos mismos no dejaron funcionar.

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martes, 8 de abril de 2008

Izquierda moderna y honestidad intelectual

No conozco a nadie que diga que es mejor tener una izquierda obsoleta que una izquierda moderna, del mismo modo que no conozco a nadie que diga es mejor comer alimentos chatarra que comer alimentos sanos. ¿Cuál es el punto, entonces?


El punto es que en estos tiempos y en este país, México, varias personas que se autodenominan de izquierda desean advertir que, pese a los frecuentes desvaríos de algunos prominentes "izquierdistas", la izquierda no sólo es salvable, sino deseable.

La advertencia es importante, a juicio de estos emisores de opinión, porque conjeturan que los desprevenidos ciudadanos podríamos incurrir en el error de juzgar a "la izquierda" por las conductas y actitudes no muy edificantes de algunos prominentes militantes de partidos que se denominan de izquierda; en todos los partidos suceden eventos bochornosos e irregulares – comentan – y además es hasta cierto punto lógico que en México, donde no existe una acendrada tradición democrática, se verifiquen conflictos dentro de los partidos, por ejemplo: elecciones internas con algunos pecadillos.

Lo que sí es detestable – prosiguen- es la perversa manipulación que la derecha y los medios de comunicación a su servicio hacen de estos incidentes con el avieso fin de desprestigiar algo tan noble, tan querido, tan deseable y tan maravilloso como el ideario de la izquierda.

Aquí es donde el alegato se empantana porque cada cual, según sus apetencias y las circunstancias, describe diferentes vaguedades bondadosas como el "auténtico" ideario de la izquierda. Y cada cual describe diferentes "maldades" como la esencia de la repugnante "derecha". A veces nos dicen que la malvada derecha quiere mercados libres y gobiernos no intervencionistas; otras nos aseguran que la derecha lo que quiere es, por el contrario, gobiernos omnipresentes que le impongan a los ciudadanos tal o cual jerarquía de valores y que se entrometan en todos los resquicios de la vida individual, con el abominable fin de favorecer a los ricos y a tal confesión religiosa.

A veces se proclaman "liberales", para al día siguiente condenar el ejercicio de las libertades en algo tan simple como comprar y vender; otro día se erigen en campeones de la tolerancia, pero al día siguiente obstruyen a gritos cualquier debate civilizado.

¿Izquierda moderna? ¡Adelante!, tal vez para lograrlo tendrían que empezar por algo tan antiguo, y tan olvidado, como la honestidad intelectual.

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