martes, 25 de noviembre de 2008

Ponernos de acuerdo, eso es el mercado

El primer paso para salir de esta crisis económica es reestablecer plenamente el mercado, esto es: Dejar que sea la confluencia de millones de voluntades libres, en millones de relaciones de conveniencia social, la que defina en cada momento el precio de productos y servicios; definir, pues, el valor del dinero, que es tanto como decir: el valor que, por acuerdo y por conveniencia, le asignamos al trabajo.

Barack Obama ha dado una pista inicial de sus planes para que Estados Unidos salga de la recesión: Generar 2.5 millones de nuevos empleos en un plazo más o menos corto, digamos un par de años. Suena bien, pero también es incurrir en el "fetichismo del empleo" tan común entre los políticos.
Me explico: No se trata de pagarles un salario a 2.5 millones de personas que hoy no lo reciben, sino de descubrir qué riqueza pueden generar esas 2.5 millones de personas para que la gente (cualquier número de personas, en cualquier lugar) esté dispuesta a pagarles cada mes los dólares equivalentes a 2.5 millones de salarios.
Digo los dólares porque estamos hablando de Estados Unidos, pero igualmente podemos decir: "el dinero". ¿Qué es el dinero? Es la expresión que convencionalmente acordamos darle a un trabajo humano ya realizado o pactado para realizarse, cuyo resultado es conveniente para otros, quienes estarán dispuestos a intercambiar parte de su trabajo ya realizado o por realizar (dinero) a cambio de disfrutar del resultado del trabajo ajeno.
Ejemplo: Juan es un cirujano a quien le resulta conveniente compartir con Beatriz, una contadora, parte de los frutos de su trabajo a cambio de que Beatriz mantenga el registro de los ingresos y egresos de Juan; a su vez, Juan percibe ingresos porque su destreza como cirujano le resulta conveniente a Pedro quien requiere de una cirugía para mejorar su calidad de vida. Y los tres están de acuerdo en que el dinero empleado es algo más que su realidad física de papel, tiene una realidad meta-física: la capacidad de obtener de otros trabajo ya realizado o trabajo por realizar.
Un empleo se crea cuando el producto del trabajo de A resulta conveniente, esto es: susceptible de ser libremente comprado. No basta el dinero, se requiere del mercado para dos asuntos básicos: Ponernos de acuerdo en el valor del trabajo y ponernos de acuerdo en el valor del dinero.

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jueves, 23 de octubre de 2008

Recobrar la libre flotación, pero ¿cuál?

Tal vez hoy sea el momento oportuno para que la Comisión de Cambios, que preside la Secretaría de Hacienda, reconozca que fue un error intervenir en el mercado mediante las subastas extraordinarias de divisas.

A la distancia de sólo unos cuantos días parece haber sido una mala idea y un mal cálculo la decisión de la Comisión de Cambios de intervenir para frenar una depreciación del peso dictada por condiciones reales de los mercados y de la economía.

Hasta ese día aciago el sistema de libre flotación del peso frente al dólar funcionó sin intervenciones discrecionales de la siguiente manera: Los flujos de divisas – salvo los correspondientes al sector público- llegaban y salían de acuerdo con la oferta y la demanda. Esa oferta y esa demanda marcaban el precio del dólar. El otro flujo de divisas – fundamentalmente, en términos de ingresos, las generadas por exportaciones petroleras- llegaba a otro receptáculo, mucho más grande, donde servía sólo para cubrir las necesidades de divisas del sector público y acumular reservas. Con la característica muy importante de que los precios del dólar en esa balanza separada (la del sector público) los establecía el mercado libre; esto es: el mercado "chico" de divisas (el no gubernamental) marcó también los precios del dólar en el receptáculo "grande" pero exclusivo de la balanza de divisas gubernamentales.

Para evitar una excesiva acumulación de reservas se instrumentó un ingenioso mecanismo de subastas diarias con precios y volúmenes no discrecionales y, en gran medida, con ambas variables – precio y volumen diario a subastar- dictadas por el libre mercado. Hoy ya no es así, y eso es malo.

Dos ideas para meditar: 1. La inexorable declinación de los ingresos por exportaciones petroleras podría ser la señal para permitir, de una vez por todas, que también las divisas petroleras se ofrezcan en el mercado libre y que el sector público compre en dicho mercado libre las divisas que requiera, y 2. El tipo de cambio libre puede ser la variable de ajuste ideal para amortiguar – de acuerdo con la oferta y la demanda- el choque recesivo global.

La otra opción es hacer del dólar moneda de curso legal, conviviendo con el peso, y dejar que la ley de Gresham (la moneda buena desplaza la mala o, en términos de gasto y de pago de deudas, a la inversa: la mala desplaza a la buena) haga su trabajo, es decir: dejar que los mercados decidan.

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martes, 5 de agosto de 2008

"Caer en lo blandito" (II)

Segundo caso: De cómo la interminable batalla, de mínimos avances, para lograr una verdadera competencia en telecomunicaciones se ha vuelto una escenificación que se antoja simulada.

Se supone que el dictamen preliminar de la Comisión Federal de Competencia (CFC) indicando que Telmex ejerce un poder dominante – eufemismo de "pone obstáculos deliberados a la competencia" – en varios de los mercados de telecomunicaciones tiene a esa empresa profundamente disgustada. ¿Será?

Si uno tiene la paciencia de leer la versión pública del dictamen de la CFC – en el que las cifras y los datos más importantes están censurados aduciendo la confidencialidad, "fracción II del artículo 31 bis de la Ley Federal de Competencia Económica" – encuentra que está lejos de ser una respuesta contundente en contra de prácticas que impiden la competencia; es probable que los señores de Telmex tengan razón cuando acusan a la CFC de emitir un dictamen al que le falta rigor; lo que no aclaran es que esa blandura favorece a Telmex ya que, en el futuro, obstaculizará una efectiva tarea de los reguladores para impedir prácticas anticompetitivas de esa empresa.

Ejemplo: En la generación (origen) de llamadas en redes fijas la CFC considera que Telmex tiene "poder sustancial" de mercado únicamente en las "áreas de servicio local abiertas a la presuscripción", al ser las únicas donde se presta el servicio tal y como fue (mal) definido en el dictamen preliminar. Esto se traduce en el absurdo de que la CFC considera que Telmex NO tiene "poder sustancial" en aquellas áreas de servicio local no abiertas a la presuscripción, esto es: en aquellas áreas en las que Telmex ¡es monopolio!

Cuando en el futuro algún competidor encuentre barreras de Telmex para entrar a dichas áreas, Telmex podrá esgrimir con razón que la CFC ya dictaminó que ahí la empresa no ejerce "poder sustancial" para obstruir la competencia ¡porque es monopolio!

¿Para alguien resultó novedoso que el dictamen de la CFC constatase la dominancia de Telmex, cuando ésta salta a la vista? Para nadie. Lo sorprendente es que a los consumidores nos sigan vendiendo una escenificación de "yo hago como que te sanciono, tú haces como te inconformas con mi resolución y ahí vamos llevándola; el asunto es que caigamos en lo blandito". México es diferente, ¡oh, sí!

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jueves, 26 de junio de 2008

Parábola del mercado

Pocas cosas tan de carne y hueso, tan humanas, como los mercados. Y pocas cosas tan impersonales, tan despiadadas y tan insensibles como las burocracias gubernamentales.

Hace muchos años elaboré un bosquejo de guión que serviría para una serie de programas de televisión acerca de la economía en la vida cotidiana. El proyecto no encontró eco entre los genios de la televisión que estaban más interesados, entonces como hoy, en la producción de telenovelas lacrimosas que repiten hasta la saciedad dos o tres historias melodramáticas o en noticiarios salpicados de sangre, balazos, tragedias y sollozos. Ni modo.

He recordado ese proyecto frustrado porque justamente el primer programa de la serie trataba acerca de lo que es el mercado. Las primeras imágenes mostrarían un mercado público en México – digamos, el mercado de Mixcoac, en la ciudad de México- pleno de actividad a media mañana, con compradores comparando precios y calidades en los distintos puestos y con vendedores empeñados en seducir a los clientes potenciales, mostrando sus mejores frutas y verduras, presumiendo de sus precios bajos y jurando que sus relucientes básculas, a diferencia de otras, pesan con ejemplar honestidad y transparencia. La voz de un locutor que no aparece a cuadro, simplemente sentencia: "Esto es un mercado".

En la siguiente escena la cámara recorre las mismas instalaciones de ese ¿mercado? público, pero vacías, sin compradores y sin vendedores, sólo con las mercancías en los estantes, pero sin letreros indicando los precios y sin persona alguna…En este caso la voz fuera de cuadro advertía: "Esto NO es un mercado, para efectos prácticos esto es un almacén o una bodega".

¿Cuál es la diferencia entre un mercado y una bodega? La gente, decidiendo libremente si se deshace de su dinero a cambio de un kilo de tomates o de un cuartito de perejil o si se deshace de sus tomates o de su perejil a cambio de unos billetes o unas monedas. Cuando esa gente llega a un acuerdo se da mutuamente las gracias porque ambas partes – quien compra y quien vende- consideran que han ganado en el intercambio y, efectivamente, así es.

Eso es un mercado. Ninguna oficina gubernamental, ningún burócrata iluminado ha logrado, en toda la historia de la humanidad, sustituir con eficacia esa maravilla o hacerla "más humana".

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miércoles, 9 de abril de 2008

¿La mano invisible o la pezuña política?

Una de las causas remotas de la crisis hipotecaria en los Estados Unidos fue la excesiva injerencia del gobierno, queriendo corregirle la plana a los mecanismos de libre mercado.

No deja de ser lamentable, y paradójico, que hoy se diga que la crisis hipotecaria en los Estados Unidos demuestra que los mecanismos de libre mercado merecen ser vigilados y corregidos por el Estado y los gobiernos.

Es lamentable porque es un terrible error de juicio. Desde los remotos tiempos de James Carter (ese bondadoso inepto que tanto daño causó a la economía de Estados Unidos y a quien los venezolanos deben agradecer sus malhadados oficios gracias a los cuales Hugo Chávez sigue en el poder) una cauda de políticos estadounidenses, sea desde el Congreso o desde la Casa Blanca o desde sus escritorios en los gobiernos locales, han promovido la bondadosa idea de que los bancos deben prestarle dinero a quienes no pueden ni podrán pagarlo. Son las cosas maravillosas de los políticos: Pueden idear una regulación llena de buenas intenciones (es lindo que un “sin casa”, por ejemplo, pueda tenerla mediante decreto, ¿o no?) sin afrontar las consecuencias.

Los bancos, ya se sabe, no son entidades altruistas pero sí son lo suficientemente astutos como para ponerle buena cara al mal tiempo de las voluntariosas regulaciones de los políticos, ajustarse a ellas, y hasta sacarles provecho. Resumiendo: Gracias a la ingeniería financiera, así como a la liberalidad de la Reserva Federal en asuntos de dinero (usted sabe, el miedo a la recesión), idearon mecanismos ingeniosos para cumplir con la ordenanza y seguir haciendo negocio. El artilugio es, para simplificar, jugar a que el señor Brown podrá pagar lo que no puede pagar, gracias a que hemos acordado que una casa que a duras penas vale 30 valdrá 100 mediante la generosidad de las calificadoras de valores y trataremos de que Brown haga como que paga facilitándole una segunda hipoteca por 200 dando como garantía la primera. Todos contentos: los bancos, el señor Brown, los bondadosos políticos, los incautos que compraron “vehículos estructurados de inversión” donde quedaron agazapadas las hipotecas defectuosas.

Así empezó todo, con una impertinente intervención de los gobiernos tratando de que los mercados no funcionasen como pueden y saben funcionar.

Al final la burbuja estalla y ¿a quién culpan los políticos? Pues a los mercados que ellos mismos no dejaron funcionar.

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jueves, 24 de enero de 2008

La falacia de la competitividad

La competitividad, entendida como mejorar la posición del país o de las empresas nacionales en tal o cual listado mundial, se suele convertir en una coartada para reforzar el intervencionismo del gobierno y el fracasado modelo mercantilista. Lo que debe importarnos es la productividad que se mide muy fácil: Mayor bienestar para los consumidores.

No se trata de un prurito semántico o de carácter académico, sino de distinguir entre dos modelos económicos radicalmente distintos. Competitividad no es lo mismo que productividad. Sobre todo, la diferencia entre uno y otro concepto se vuelve abismal cuando en algunos países la competitividad se entiende, en el discurso público, como sinónimo de ganar mayor participación en el mercado global (exportaciones) o mayores crecimientos en los márgenes de utilidad de las empresas, con la ayuda de regulaciones gubernamentales o de dinero público.

Con gran desparpajo muchos negociantes imploran que el gobierno les dote de mayor "competitividad", otorgándoles créditos en condiciones especiales, cerrando fronteras mediante barreras al comercio (arancelarias o no), subsidiando precios y tarifas públicos, condonando impuestos, poniendo barreras de ingreso a la inversión extranjera, encareciendo la entrada a tal o cual rama de actividad mediante regulaciones y controles. Incluso, todavía hay quienes piden "devaluaciones competitivas".

Pongo un ejemplo común: Los precios y las tarifas de los energéticos en un entorno en el cual la producción, el suministro y la comercialización de la energía son monopolio del gobierno. Muchos negociantes razonan que el hecho de que el gobierno subsidie dichos precios incrementaría la competitividad de su país (la típica extrapolación: "si me va bien a mí, quiere decir que le va bien al país"). El razonamiento es simple: "Si mi empresa paga menos por la energía, estoy en mejores condiciones para competir globalmente". ¡Viva la competitividad!

El gran engaño es que dicha mejora en la "competitividad" – temporal y hasta ilusoria- se ha pagado en detrimento de la productividad del país y de los consumidores y contribuyentes porque gravita sobre las finanzas públicas. La competitividad alcanzada mediante políticas y regulaciones que nos hacen retroceder en la productividad sólo refuerza el mercantilismo que ha lastrado el desarrollo de América Latina.

Una mejora productiva, para seguir con el ejemplo, sería abrir el sector energético a la competencia global. Terminar con el monopolio. Punto. Lo demás es volver al viejo juego de las complacencias mutuas entre gobiernos y cazadores de rentas.

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