lunes, 11 de febrero de 2008

¿Una reforma o un psicoanálisis?

Algunos intelectuales “sienten” que no habrá auténtica democracia en México hasta que la izquierda – léase el PRD – gane la Presidencia. Para satisfacer ese “sentimiento”, dicen, se hizo la reforma electoral. ¡Qué enredo!

Escribe uno de los promotores de la reciente reforma electoral (Agustín Basave Benitez) que la transición a la democracia en México está trunca porque en 2006 prevaleció un veto al Partido de la Revolución Democrática (PRD). ¿Cuál es la demostración de esta enormidad? La “demostración” es la siguiente y cito: “Me basta con acreditar la percepción social, que es la medición de la legitimidad y que indica que una tercera parte de los mexicanos creyó y cree que hubo fraude electoral”.

Es decir: La “demostración” no es demostración, sino la creencia-sentimiento del analista de que: 1. La percepción social (¿una encuesta?, ¿un sondeo entre amigos?, ¿una consigna?) es la medición (¿fuente?) de la legitimidad, que se suma a la creencia-sentimiento de que: 2. Un tercio de los mexicanos creyó y tal vez aún cree que hubo fraude electoral, lo cual conduce al terrible sentimiento de trauma que el analista formula con dramatismo: 3. “En otras palabras, que la gente de izquierda o centro-izquierda, creo que es valido llamar de esa manera a quienes votamos por Andrés Manuel López Obrador, se siente excluida” (puse dos comas que faltaban a la confusa sintaxis original).

Se le escapa al analista que su sentido alegato implica reconocer que sólo un tercio de los mexicanos votó por López, ¿no se la ha ocurrido que ese simple dato, equivalente a que dos tercios de los mexicanos NO votamos por López, explica la derrota mejor que cualquier veto fantástico? Pero dejémoslo así. Lo que importa en esta apología sentimental de la reforma es la confesión de que estamos NO ante la mejoría de un diseño institucional, sino ante la sublimación de un sentimiento de agravio: “Siento que merecía ganar; por eso no perdí, me robaron”.

Con los sentimientos no se discute. Si Eloísa le dice a su amante Abelardo: “Siento que ya no me quieres”, Abelardo, con todo su arsenal de lógica, está perdido.

Así estamos. Este país no debe hacer otra cosa en los próximos años que exorcizar el sentimiento de exclusión de estos sentidos muchachos y muchachas… ¿No saldría más barato pagarles una terapia psicoanalítica y mandarles flores?

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lunes, 10 de septiembre de 2007

¡No con mi dinero!

Partidos políticos, grupos sociales y cualquier persona deben tener total libertad para contratar propaganda en los medios de comunicación, siempre y cuando cada cual lo haga con su dinero y con total transparencia, ¡no con el dinero de los contribuyentes!



1. Una reforma electoral en un país democrático y libre NO puede restringir la libertad de cada cual para difundir mensajes de contenido político, incluso mensajes poco comedidos o contundentes ("Fulano es un peligro para México" o "Zutano es un tonto con balcones a la calle"), siempre y cuando la contratación de dicha propaganda se haga en condiciones de libre mercado y auténtica competencia, con total transparencia, y NO se haga con dinero público, que proviene del bolsillo de los contribuyentes.

2. Una reforma electoral en un país democrático y libre NO puede coartar la libertad de expresión de nadie decretando discrecionalmente qué mensajes son correctos a juicio de algún pacato consejo de notables. Un país democrático y libre tiene leyes claras sobre la difamación y la calumnia – incluso se suele castigar ésta última penalmente - que están hechas, precisamente, para que todo mensaje que no sea calumnia, difamación o incitación al delito jamás sea censurado.

3. La discusión sobre la reforma electoral está totalmente fuera de foco y lastrada por intereses torpes. Ni los medios tienen derecho a ser beneficiarios graciosos de miles de millones de pesos de recursos públicos – por propaganda política o gubernamental pagada con recursos de los contribuyentes-, ni los partidos políticos, ni nadie, tiene derecho a regular la libertad de expresión de los demás.

4. Ninguno de los grupos interesados – enfrascados en una disputa majadera y mezquina- quiere ver la auténtica relación entre reforma fiscal y reforma electoral, que sí la hay y nada tiene que ver con chantajes: El recorte más urgente al gasto público federal, al de los estados y al de los municipios es cancelar de inmediato toda la propaganda política, gubernamental y para-gubernamental que se paga con recursos de los contribuyentes. Y preservar con todo vigor la libertad irrestricta de quién quiera para expresar y difundir lo que le venga en gana, con la única limitación de sancionar de veras la calumnia, la difamación y la promoción de delitos.

5. Lo demás son discusiones vergonzosas, indignas de un país democrático y libre. ¿México lo es?

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jueves, 7 de junio de 2007

¿Qué podemos aprender de los Pactos de la Moncloa?

Hace unas horas, en España, falleció un gran economista y hombre de Estado, don Enrique Fuentes Quintana, quien dotó de contenido sustancial a los Pactos de la Moncloa. El legado de Fuentes Quintana encierra muchas lecciones valiosas para México.

Mucho se suele hablar de los Pactos de la Moncloa (octubre de 1977) como hecho clave en la transición de España a la democracia, pero poco se conoce de su esencia – fundamentalmente de reforma económica consensuada-, y mucho menos se conoce el papel crucial que jugó en ellos el ministro de Hacienda y Vicepresidente de Gobierno de ese entonces, el profesor Enrique Fuentes Quintana.

El fallecimiento de este personaje clave de la historia contemporánea de España, a los 83 años de edad, coincide con un momento singular en la vida de México, al cual mucho pueden aportar su ejemplo y su legado.

Artífice de la reforma tributaria que modernizó la Hacienda Pública en España, Fuentes Quintana fue, además de solvente economista, un funcionario público fuera de serie que hizo gala de una gran maestría política para generar acuerdos entre las distintas fuerzas políticas y para diseñar mecanismos de consenso – como los Pactos de la Moncloa- de suma de acuerdos sin restricciones de entrada para los participantes.

Convencido de la necesidad de vincular indisolublemente los ingresos con los gastos del Estado, y de hacer el gasto público no sólo transparente sino eficaz, Fuentes Quintana – ya retirado de la vida pública- pedía en 1998 que la siguiente reforma fiscal contemplase lo siguiente: “Me gustaría que junto con la declaración se nos dijera qué se ha hecho con el dinero entregado el año anterior (al fisco)”. Y explicaba que el entonces ministro de Hacienda, José Borell, ante su petición, le envió una carta “en la que me decía las cantidades gastadas en salud, educación o seguridad social. Cuando nos vimos me dijo: ‘Estarás contento’. Y yo le dije: ‘¡En absoluto!, porque lo que yo quería saber es cuántos puestos escolares se han creado y a qué costo, cuántas camas de hospital y a qué precio, o qué cuesta un litro de aceite en forma de subvenciones’. El gasto no es índice de eficiencia, es índice de potencia, de capacidad, pero no de eficacia”. (Ver entrevista completa aquí).

Pertinente y crucial mensaje para el México de hoy.

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