miércoles, 3 de junio de 2009

Las lecciones de una bancarrota (II y final)

¿Qué tienen en común General Motors (GM) y los pequeños comercios minoristas de Japón? Lo mismo que miles de negocios en diversas partes del mundo: Una pasmosa improductividad, que se traduce en incompetencia, auspiciada y protegida por intereses políticos.

En Japón sería impensable la quiebra de los pequeños comercios (tienditas) porque sus dueños son parte constitutiva del electorado duro del partido hegemónico que ha gobernado por décadas; de ahí que en Japón las competitivas empresas comerciales de carácter multinacional, como Wal Mart, encuentren todo género de obstáculos legales y políticos para operar. Los políticos protegen a su electorado y, de paso, cultivan la incompetencia.

El ejemplo de las “tienditas” de Japón es uno de los muchos casos de improductividad estructural que estudió William W. Lewis, director fundador de McKinsey Global Institute, a lo largo de varios años en países tan disímiles como Brasil, Rusia, Corea, India o Francia. El estudio de Lewis quedó plasmado en un libro (“The Power of Productivity. Wealth, Poverty and the Threat to the Global Stability”, The University of Chicago Press, 2004) que es lectura indispensable para entender por qué algunas empresas son exitosas en los mercados globales y por qué muchas más, a pesar de su incompetencia y su manifiesta improductividad, sobreviven protegidas por leyes y por acuerdos tácitos con los aparatos gubernamentales y políticos de sus respectivos países.

En Japón los políticos no puede dejar morir a las incompetentes “tienditas” a pesar de que venden productos de mala calidad, de poca variedad y caros, del mismo modo que los políticos estadounidenses y su gobierno no pueden sino rescatar una y otra vez a Chrysler o a General Motors.

Las conclusiones de la extensa y documentada investigación de Lewis no tienen desperdicio. Comento las principales de forma esquemática:
1. El desarrollo no es sólo macroeconomía sino economía micro: en el núcleo está la productividad que se obtiene optimizando en cada caso los factores de la producción: trabajo, capital, tecnología;
2. Ahí donde encontramos empresas manifiestamente improductivas (cuyos bienes y servicios son de calidad inferior y de alto precio, respecto de empresas similares en otros países) invariablemente encontramos la mano interventora de gobiernos y políticos protegiendo la improductividad por razones de interés político;
3. La productividad sólo se alcanza en mercados libres, con amplia competencia, sin barreras de entrada y sin restricciones laborales onerosas; y
4. La piedra de toque para detectar la productividad de una empresa es el mayor bienestar que genera a los consumidores de sus productos o servicios.

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jueves, 3 de enero de 2008

China: ¿Cómo evitó el “capitalismo de compadres”?

A diferencia de muchos países de Europa del Este y de fallidos intentos reformistas de varios países de América Latina – incluido México-, los reformadores de la economía china NO buscaron crear un capitalismo “nacionalista”, lo que suele degenerar en mercantilismo, capitalismo de compadres y relaciones corruptas entre la clase política y la naciente clase de negociantes.

Primera lección china: La parafernalia nacionalista y sus mitos son el más grande obstáculo para desatar la productividad.

Una de las principales diferencias entre las fallidas experiencias “capitalistas” de algunos países de Europa del Este y el gran viraje chino hacia la prosperidad fue que los dirigentes del Partido Comunista Chino, a partir del seminal tercer pleno del 11º Comité Central, y especialmente en la conferencia de trabajo previa al mismo pleno – 36 días de intensas discusiones- en noviembre y diciembre de 1978, detectaron que una transformación económica de fondo sería inviable si se sustentaba en el mito popular de que el Estado debe fomentar un empresariado nacional protegiéndolo de la competencia y entregándole, en bandeja de plata, a millones de consumidores como mercado cautivo o territorio de caza.

Por el contrario, la gran reforma de la economía china se apoyó en una verdadera apertura a la inversión extranjera precisamente en áreas estratégicas y prioritarias. Justo en aquellas áreas que tradicionalmente el mercantilismo latinoamericano del siglo XX cerró, y sigue cerrando, a la competencia internacional y reserva para una supuesta clase empresarial autóctona entreverada con la misma clase política (o peor todavía: las reserva para los mismos políticos, como sucede en PEMEX).

La diferencia de incentivos es abismal: en el caso latinoamericano, por ejemplo, se forjó no una clase empresarial sino de cazadores de rentas a expensas de los consumidores; clase que se beneficia de concesiones, fronteras cerradas, barreras de entrada, y cuyo incentivo es mantener relaciones ventajosas con la clase política que otorga los favores e impone las restricciones. En el caso chino el incentivo es la productividad y su acicate es la competencia internacional.

Otra manera de calcular el abismo entre el modelo mercantilista de América Latina y el modelo capitalista de China es ver las reacciones ante episodios de apertura: Pocos ejemplos tan elocuentes de incompetencia mercantilista como el escenificado hace poco por algunos protegidos industriales mexicanos del calzado ante la competencia china. Dan pena, de veras.

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domingo, 27 de mayo de 2007

Burocratismo y falta de competencia

Es lógico que las empresas privadas sin competencia se asemejen, en lo malo, a los gobiernos: Tienden a la ineficacia en la misma medida en que no hay agentes externos que amenacen su supremacía y les obliguen a ser productivas o desparecer.

Un error común al hablar de productividad es confundir los indicadores de medición de la productividad con la productividad misma.

Ejemplo: Un monopolio petrolero se beneficia del descubrimiento azaroso (que no tuvo que ver con actividades de exploración deliberadas) de un yacimiento más rentable que los que explota actualmente. Sólo en sentido figurado puede decirse que el monopolio se volvió más “productivo”, el adjetivo preciso sería decir que se volvió más “lucrativo”. En cambio, si a raíz de las tareas de investigación tecnológica del mismo monopolio se descubre un método más rentable para la extracción de petróleo, no sólo el monopolio se habrá vuelto más lucrativo, sino más productivo. Dicho de otra forma: En el primer caso la mayor rentabilidad fue azarosa, en el segundo fue el producto de una búsqueda deliberada para hacer más con menos.

En el primer caso la mayor rentabilidad deriva no del trabajo de la empresa sino del privilegio monopólico: Sea quien sea quien descubra un yacimiento, éste sólo podrá ser explotado por el monopolio. En el segundo caso deriva de la creación de valor, a través del trabajo. En el primer caso el descubridor del yacimiento no obtiene ningún beneficio (salvo, tal vez, el de que se bautice el yacimiento con su nombre) y se trata de una “suma cero”. En cambio, la productividad se distingue por la generación de un valor adicional.

Las empresas que se desempeñan en un entorno sin competencia no tienen incentivos para orientarse a la creación de valor a través de la productividad. Viven en un mundo de “suma cero” en el que la ganancia obtenida suele originarse a partir de la pérdida de valor para otro; en el caso de las prácticas monopolísticas esa ganancia se obtiene por una pérdida de bienestar para el consumidor.

Todo esto genera poderosos incentivos en dichas empresas hacia la burocratización, la expulsión del talento, la igualación hacia abajo y, en fin, hacia la dictadura de los incompetentes. En esto, las empresas que actúan en entornos sin competencia – o protegidas de la competencia- tienden a parecerse a los gobiernos. En lo malo.

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jueves, 24 de mayo de 2007

Depredadores defendiendo su territorio

¿Por qué son tan burdos y previsibles en la defensa de sus intereses? Porque siguen la lógica instintiva del animal depredador; su negocio no es convencer a los consumidores sino amedrentar a todo aquél que ponga en riesgo su exclusividad.


Es de lógica elemental que una empresa que se desenvuelve en un entorno sin competencia o en un entorno de competencia simulada, por ejemplo: reparto pactado del mercado entre dos empresas con concesiones exclusivas, tenderá a mostrar elevados márgenes de utilidad de operación (el margen es el cociente que resulta de: ingresos menos costos y gastos asociados a las ventas dividido entre ingresos), en ocasiones hasta cuatro o cinco veces mayores que los que registran empresas en entornos competidos.

Invito a los lectores a realizar una sencilla comprobación: Comparen los márgenes de utilidad de operación de empresas cotizadas en la bolsa que se desempeñan en entornos de alta competencia – por ejemplo, tiendas de autoservicio- con los márgenes de operación de empresas que actúan en mercados con férreas barreras de entrada y escasa competencia – por ejemplo, las que explotan concesiones de televisión abierta. Al cierre de 2006: márgenes de seis a ocho por ciento en las primeras y márgenes de 36 a 40 por ciento en las segundas.

Tales márgenes de utilidad excesivos son los excedentes de los que se ha despojado a los consumidores. Esa es la lógica mercantil de las prácticas monopolísticas: Los precios se fijan sólo al arbitrio del oferente porque quienes demandan los bienes y servicios carecen de opciones.

Si sólo hay dos grandes corporaciones en un mercado con barreras de entrada para otros oferentes, estas corporaciones tenderán no a competir entre sí, sino a repartirse por cuotas el mercado y a hacer un frente común en la defensa de su territorio. A su vez, tenderán a ser incompetentes, es decir: Degradarán la calidad del bien o servicio ofertado.

Por eso son tan burdas sus prácticas para amedrentar y amenazar a quienes pueden poner en riesgo el privilegio del que disfrutan. Es mero instinto de animal depredador. No han desarrollado otro talento por la falta de competencia.

Hoy les están rugiendo y mostrando los colmillos a los jueces; ayer lo hicieron con los políticos anhelantes de espacios en las pantallas de la televisión; antes de ayer los amedrentados fueron quienes osaron manifestar su deseo de entrar a competir en el territorio. Mañana…

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