martes, 6 de octubre de 2009

"Liberales" de contentillo

“I still believe in liberalism today as much as I ever did, but, oh, there was a happy time when I believed in liberals”. G. K. Chesterton.


A ver: Suena lógico y hasta encomiable que los “liberales mexicanos” (universo difuso y confuso, pero evidentemente no profuso) estén en contra de los aumentos de impuestos.

Pero sería deseable que muchos de esos “liberales” (así les llamo porque así se han bautizado a sí mismos) le dieran un poco más de sustento y coherencia a sus alegatos.

Veamos. En principio, los impuestos son un mal necesario. La denominación “mal necesario” indica que sí, deben existir los impuestos, pero mientras menos, mejor. ¿Por qué? Primero, porque los impuestos distorsionan el funcionamiento del mercado libre. Segundo, porque los impuestos se destinan a sufragar el gasto del gobierno y es claro que, frente a frente, el gasto que se hace del dinero ajeno tiende a ser menos eficiente que el gasto que hacemos de nuestro propio dinero. Nadie gasta el dinero ajeno (los impuestos) con el mismo cuidado que una persona gasta su propio dinero. De ahí, la tendencia inevitable del gasto público a la ineficiencia, a la asignación errónea o defectuosa de los recursos (que, por definición, son escasos), aun en la eventualidad de que quien ejerza el gasto público sea sumamente escrupuloso y esté sometido a un agudo y puntual escrutinio por parte de los ciudadanos. Tercero, porque resulta claro que los impuestos restan inevitablemente recursos a la sociedad.

Hay muchas otras razones, derivadas de las anteriores, para desear que los impuestos sean pocos, de tasas bajas y únicas, parejos o iguales para todos. Proporcionales, que no progresivos. (No es lo mismo, como nos enseña no sólo la semántica, sino las matemáticas).

Hasta ahí estamos de acuerdo. Pero ahora resulta que algunos “liberales” (que se denominan a sí mismos como tales) llevan su aversión a los impuestos hasta el extremo de ver con buenos ojos, o con indiferencia, cosas mil veces peores que los impuestos, como son el déficit fiscal y la consecuente inflación.

Como una especie de coartada, algunos de estos “liberales” afirman que la solución es disminuir más el gasto público (siempre y cuando no sea el gasto público que los salpica a ellos o a sus patrocinadores). ¡Correcto!, ¡que se disminuya más el gasto público!, pero a todos los niveles y en todos los ámbitos de gobierno. Sin embargo, la mayoría de estos “liberales”, acérrimos enemigos de los impuestos, desdeña lo que ya ha hecho (insuficiente, sin duda) en esa línea al gobierno federal y, más grave aún, parecen formular su consigna en abstracto, como si no existiese un marco institucional – un arreglo, bueno o malo – que funciona en el mundo real y que pone límites, restricciones, obstáculos insalvables a los buenos deseos. Parecen ignorar que es la Cámara de Diputados la que aprueba el Presupuesto de Egresos y que sus encendidas diatribas contra el dispendio deberían dirigirse también a los flamantes diputados para rogarles, por ejemplo, que ya no le den recursos a las entidades federativas, si esos recursos se gastarán para financiar la versión cinematográfica de alguna de las recientes obras de Gabriel García Márquez (mediocre, sobre las "putas tristes"), como planeaba hacer el gobierno de Puebla. Parece que ya no lo hará, porque algunas activistas, por razones que nada tienen que ver con la ortodoxia fiscal, han protestado. ¿Dónde estaban los "liberales"?

La política fiscal no se desenvuelve en el vacío, sino en un marco institucional (bueno, malo, regular o peor) que está plasmado en la Constitución y en multitud de leyes. El Presidente no puede decretar de un plumazo que decenas de miles de pensionados dejen de recibir sus pensiones para poder disminuir el gasto corriente. No puede tampoco invalidar, de forma retroactiva, las condiciones generales de trabajo que han regido por décadas digamos en la Comisión Federal de Electricidad o en la Compañía de Luz y Fuerza del Centro y que establecen que todo jubilado de esas empresas públicas reciba cada mes hasta su fallecimiento una pensión equivalente a su último salario. Ese es un marco institucional, si quieren cambiarlo (y deberían quererlo, ¡ya!), pugnen en donde deben pugnar: ante los legisladores federales y critiquen a quien deben criticar. Y sepan, por cierto, que no hay forma - sin destruir el estado de derecho - de modificar ese arreglo de forma retroactiva.

El colmo es cuando leemos que algunos de estos “liberales” (verbigracia, el director general de Instituto Mexicano de la Competitividad, IMCO) proponen que el gobierno “estimule” fiscalmente la economía, de acuerdo con la rediviva moda mundial del keynesianismo silvestre, lo que – si nos atenemos a la lógica – no sólo implica proponer un mayor déficit fiscal, sino postular que es el gobierno, y sólo el gobierno, el que mueve a la economía. Curiosos “liberales”, por decir lo menos.

El día de mañana veremos cómo alguno de estos “liberales” (hemos de llamarles así porque de tal forma se bautizan a sí mismos, no por otra razón) critica al gobierno por proponer la desaparición de la Secretaría de Turismo y aplaude a los valientes legisladores priístas que logren impedir esa racionalización (mínima, si se quiere, pero racionalización deseable) del tamaño y la presencia del gobierno en la actividad económica. Habrá de suponer ese hipotético "liberal" que los turistas extranjeros vienen a México atraídos por la arrolladora personalidad del Secretario de Turismo y no por otros atractivos que, ingenuo, yo conjeturaba que explotaban con inteligencia los verdaderos empresarios turísticos.

Excelente que se opongan a los impuestos. Felicidades, pero no recuerdo haber escuchado a muchos de estos “liberales” lamentar que el gobierno derrochase los recursos escasos para subsidiar el precio de la gasolina o del diesel. En ese asunto, sólo recuerdo las advertencias de Sergio Sarmiento, Arturo Damm y Juan Pablo Roiz. ¿Dónde estaban los otros "liberales"?

Pareciera que son “liberales” con, al menos, un par de carencias intelectuales importantes: 1. Desdeñan u olvidan el marco institucional en el que se desenvuelve, para bien o para mal, una democracia como la mexicana y 2. Ignoran, al igual que tantos socialistas, que no se puede tener todo a la vez: un mundo sin impuestos, con abundante gasto público y sin deuda pública. Padecen, al igual que multitud de políticos mexicanos, del síndrome Cantarell: El petróleo que nos dio la Providencia será la solución a todo.

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viernes, 20 de marzo de 2009

La solución de la crisis, ¿está en chino?

Con su proverbial perspicacia el semanario británico The Economist (en su edición más reciente, que empezó a circular ayer) pone a China como pieza decisiva sobre el tablero de juego de esta crisis global.

En su articulo de portada se pregunta si estamos entrando a una nueva era bipolar con Estados Unidos y China como protagonistas y si la inminente reunión del grupo de los 20 (G-20) en Londres no debería llamarse mas bien reunión del G-2.
El propio semanario descarta, líneas después, esta inquietante hipótesis recordando que, a pesar de todo, China sigue siendo un país extremadamente pobre…, aunque clave para encontrarle una solución de largo plazo a esta calamidad global.

En noviembre pasado se cumplieron 30 años del gran viraje chino hacia una versión de economía de mercado, aunque sin mecanismos democráticos de gobierno y de deliberación de los asuntos públicos. Como escribí en enero de 2008 el camino hacia la economía de mercado en China ha sido sinuoso y ha avanzado mediante el método de ensayo y error. Los resultados han sido exitosos, lo que demuestra otra vez la superioridad de los mecanismos de libre mercado sobre los modelos intervencionistas; una lección que algunos pretenden borrar contando una historia mentirosa de la crisis actual.

Hoy día estamos presenciando, en el antiquísimo debate entre liberalismo económico e intervencionismo estatal, episodios insólitos: Hu Jintao hace el elogio de Adam Smith en la reunión anual de Davos Suiza o Wen Jiabao pide a los Estados Unidos un poco más de responsabilidad monetaria y fiscal.

Más que la crisis en sí lo que parece perturbar gravemente a los integrantes del gobierno chino son las extrañas respuestas de los gobiernos de las grandes potencias occidentales (digamos, Estados Unidos) ante este episodio recesivo. Se ve que los chinos estudiaron concienzudamente el liberalismo económico y lo aceptaron en lo esencial; ahora no comprenden – y tienen toda la razón – el temperamento veleidoso de los políticos de Occidente quienes, ante la crisis, se apresuran a olvidar esos principios o, peor aun, culpan al libre mercado de un desastre que, bien visto, tiene su origen en el abandono del liberalismo económico.

Tal vez sea un espejismo hablar de un nuevo mundo bipolar con Estados Unidos y China como protagonistas. Pero China tiene un peso mayúsculo en este tablero de juego y mucho ayudaría para superar esta crisis (y mucho lo agradecería el gobierno chino) que en Occidente nos mostrásemos un poco más coherentes con los principios liberales.

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domingo, 12 de octubre de 2008

Lo que querían escuchar

“Querida familia: No cabe duda que esta crisis nos va a pegar y que nuestros ingresos se verán mermados. Por eso, vamos a gastar más”. Aplausos de la clase política que elogia con entusiasmo esta insensatez.


No sólo han sido días de tremendos sobresaltos en los mercados financieros, también han sido días para una borrachera demagógica en los medios de comunicación de la aldea. Los eternos objetores de la sensatez económica, de la ortodoxia fiscal y de la prudencia monetaria, dan por fin su beneplácito a un gobierno al que, sin razón alguna, habían calificado como “neoliberal” y afín a la libre competencia en los mercados.

De entre varios diagnósticos instantáneos de la “comentocracia” mexicana tomo uno como muestra de esta orgía de ignorancia económica y propaganda barata: El Ejecutivo “formuló un plan de acción inmediata, sorpresivo también por su contenido. Se trata de un programa explícitamente contracíclico (el propio Calderón usó la palabra, que es anatema para el credo liberal, mercadólatra, a que su gobierno estaba afiliado), es decir, que propuso aumentar el gasto público en vez de achicarlo como recomienda la ortodoxia” (Miguel Ángel Granados Chapa, hoy 12 de octubre).

Aunque Granados acierta, sorprendentemente, al calificar de heterodoxo lo que es insensato (que el gobierno proponga gastar más, cuando reconoce que sus ingresos se verán menguados), comete varios errores:

1. El gobierno de Felipe Calderón -por desgracia- no ha dado motivo alguno para que se le acuse, ayer u hoy, de haber estado afiliado al credo liberal,
2. No es novedoso el uso del adjetivo contracíclico, lo ha usado profusamente este gobierno, y en el mismo sentido que ahora, desde hace muchos meses y en multitud de ocasiones, y
3. En realidad también la ortodoxia fiscal usa el adjetivo de marras, pero en otro sentido: No hay mejor política contra cíclica que unas finanzas públicas en superávit o, al menos, en equilibrio.

En contraste, un político priísta independiente (poquísimos, pero los hay), Federico Berrueto, señaló hoy una verdad que resalta como una catedral: “…no hace mucho sentido eso de que nadie pagará costos. Quienes generan bienestar y empleo son las empresas, éstas empiezan a reducir planes y a padecer los embates de la crisis global. Una refinería o muchas carreteras o viviendas no dan para compensarlo. Los políticos viven del gobierno y eso les impide advertir, con oportunidad y precisión, lo que ocurre en el mundo real.”

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miércoles, 2 de julio de 2008

Algo más que una gran palabra

La batalla por la libertad no tiene nada de abstracta. Se trata lo mismo de pelear, con las armas de la razón, por el derecho de una persona a llevar sus propias maletas en un carrito, que de defender el derecho de cualquier persona a decir lo que piensa acerca de un partido político o de un candidato en campaña. Hoy como ayer, seguimos en esa batalla.



A veces hay que tomar con guantes las "grandes palabras". Se usa y abusa tanto de ellas que uno, al recibirlas, se pregunta por qué manos habrán pasado y para qué causas habrán sido usadas.

Pero son algo más que "grandes palabras" o que eslabones útiles para enhebrar frases en un discurso. Son realidades que existen y sobreviven, airosas, al maltrato que les damos.

Tomemos el caso de la libertad. No es una abstracción, ni una etiqueta ideológica; tampoco – desde luego – es un pretexto aceptable para violar acuerdos o para conculcar los derechos de los demás. Es una realidad muy concreta que de inmediato echamos en falta cuando nos impiden ejercerla. Porque la ejercemos en pequeñas y en grandes cosas, aun cuando con frecuencia se empeñen, una y otra vez, en que no lo hagamos.

Pequeñas cosas como poder trasladar nuestras propias maletas en un aeropuerto mediante un carrito ideado para el efecto o grandes cosas como poder expresar nuestras preferencias o nuestras aversiones en materia política o electoral.

El 27 de noviembre pasado escribí sobre ambas cosas, en algo que se llamó "Los políticos y los maleteros", criticando por igual las barreras físicas con que el aeropuerto de la ciudad de México recibe a un viajero que desea transportar por sí mismo su equipaje, que las barreras legales contra la libre expresión, plasmadas en esa malhecha legislación electoral que los partidos políticos impulsaron el año pasado. La batalla sigue vigente porque ésas, como cientos de barreras más a la libertad, siguen en pie. Y esas barreras no sólo atentan contra nuestro bienestar material, sino también, y esto es lo más importante, atentan contra nuestra condición de seres racionales y espirituales.

La batalla vale la pena. Me emociona, por eso, estar a las puertas de un nuevo desafío profesional, ser director general del periódico El Economista; desafío que los accionistas de esa empresa han cometido la temeridad de proponerme. Lo he aceptado, entre otras razones, por la causa de la libertad.

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martes, 24 de junio de 2008

Alimentos, mercados y tonterías

El alza en los precios de los alimentos ha tenido un efecto secundario temible: Algunos comentaristas de asuntos económicos están sacando del desván de los recuerdos sus pésimos apuntes escolares de hace 30 años para "explicar" lo que no entienden.

Un colega de Guadalajara publicó la siguiente frase en su colaboración habitual del lunes pasado: "La cosa es tan bizarra que los grandes supermercados tienen más fuerza que la Sagarpa cuando se trata de definir lo que consumiremos los mexicanos". Es una frase que combina, con gran ahorro de palabras, la pésima gramática con la pésima economía y la pésima "ideología" reinantes en los años 70 del siglo pasado. Veamos:

Primero, el adjetivo bizarro significa en español "generoso, valiente, espléndido"; justo lo contrario de lo que quiso decir este colega, quien seguramente estaba pensando en francés (idioma en el que el adjetivo "bizarre" significa "extraño, extravagante" o incluso "absurdo") cuando escribió su columna.

Segundo, ¿de cuándo acá es tarea de la Sagarpa o del gobierno determinar lo que consumiremos los mexicanos? Aun en las épocas de la economía cerrada a piedra y lodo los consumidores en México consumían los alimentos que podían comprar, que había en el mercado y que se les daba la gana comer. ¿En dónde cree este colega que vivimos?, ¿en un monasterio?, ¿en un orfanato?

Tercero, tampoco los grandes supermercados determinan lo que comemos, lo elegimos nosotros de acuerdo con lo que hay en el mercado (donde hay más opciones que en el pasado, gracias a la apertura comercial).

La frase es la desafortunada conclusión de varios prejuicios ridículos: 1. El gobierno debe protegernos como críos y decidir por nosotros, 2. El libre comercio es malo porque es "neoliberal", 3. Los intereses de un puñado de productores incompetentes son más importantes que la libertad de los consumidores, 4. No existen las ventajas comparativas, ni las ventajas competitivas, 5. Si los islandeses quieren comer plátanos tendrán que cultivarlos en Islandia (en invernaderos) y les costarán una fortuna y si los mexicanos queremos comer ciruelas durante el invierno tendremos que cultivarlas en invernaderos, a un costo prohibitivo, pero jamás importarlas del hemisferio sur, porque perdemos "soberanía".

Ya veo al ingeniero Alberto Cárdenas, ordenando qué es lo que tenemos que comer. ¡Ni en una pesadilla, y a Dios gracias!

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domingo, 4 de mayo de 2008

Salinas de Gortari y Telmex

El ex presidente Carlos Salinas de Gortari ha reiterado su abominación hacia lo que él llama “fundamentalismo de mercado”. Esta antipatía hacia la libertad individual explica, tal vez, por qué su gobierno jamás se preocupó por garantizar la competencia – y con ella, los derechos del consumidor- cuando privatizó el monopolio telefónico.

Las ideas tienen consecuencias. Si un gobernante cree que el ejercicio irrestricto de la libertad individual sólo conduce al “egoísmo y la soledad” o que la competencia equitativa en el mercado es “adversa a la soberanía popular” difícilmente diseñará un proceso de privatización de un monopolio gubernamental, como lo era Teléfonos de México, previendo condiciones de competencia que beneficien al consumidor para que éste pueda elegir individual y libremente.

En días próximos, según se ha anunciado, saldrá a la venta un nuevo libro de Salinas de Gortari, “La década perdida”, del que algunos medios han publicado algunos extractos. De lo difundido se infiere que el ex presidente de nuevo quiere situarse a sí mismo en una especie de tercera vía ilusoria entre el liberalismo y el populismo; en su época se inventó el mote de “liberalismo social”, una especie de híbrido entre el mercantilismo y la social burocracia asistencial que usa el gasto público para crearse clientelas electoralmente adictas. Critica Salinas acremente a un espantajo llamado “neoliberalismo” encarnado por fuerzas impersonales, sin nombres ni apellidos, que según él “entregaron el sistema de pagos del país, duplicaron la deuda pública y lo contaminaron (al país) de la enfermedad holandesa”. Que lo pruebe, si puede.

De lo que se ha difundido sobre este libro de Salinas de Gortari no aparece una sola explicación – indispensable, a la luz de los acontecimientos posteriores- sobre los criterios que aplicó su gobierno para transformar un monopolio de gobierno quebrado e ineficiente – Teléfonos de México – en un monopolio privado singularmente eficaz para apropiarse de los excedentes de los consumidores y para impedir la competencia.

Es obvio que Salinas de Gortari jamás consideró, en esa privatización, los intereses de los consumidores, sino la necesidad de obtener más ingresos para unas finanzas gubernamentales deterioradas. Es obvio que los privatizadores de Telmex no sucumbieron al abominable “neoliberalismo” que detesta Salinas…

Lástima, si hubiesen sido un poquito liberales sin duda los servicios telefónicos hoy serían más baratos y los consumidores tendríamos verdaderas opciones para satisfacer nuestro “egoísmo y soledad”.

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martes, 8 de abril de 2008

Izquierda moderna y honestidad intelectual

No conozco a nadie que diga que es mejor tener una izquierda obsoleta que una izquierda moderna, del mismo modo que no conozco a nadie que diga es mejor comer alimentos chatarra que comer alimentos sanos. ¿Cuál es el punto, entonces?


El punto es que en estos tiempos y en este país, México, varias personas que se autodenominan de izquierda desean advertir que, pese a los frecuentes desvaríos de algunos prominentes "izquierdistas", la izquierda no sólo es salvable, sino deseable.

La advertencia es importante, a juicio de estos emisores de opinión, porque conjeturan que los desprevenidos ciudadanos podríamos incurrir en el error de juzgar a "la izquierda" por las conductas y actitudes no muy edificantes de algunos prominentes militantes de partidos que se denominan de izquierda; en todos los partidos suceden eventos bochornosos e irregulares – comentan – y además es hasta cierto punto lógico que en México, donde no existe una acendrada tradición democrática, se verifiquen conflictos dentro de los partidos, por ejemplo: elecciones internas con algunos pecadillos.

Lo que sí es detestable – prosiguen- es la perversa manipulación que la derecha y los medios de comunicación a su servicio hacen de estos incidentes con el avieso fin de desprestigiar algo tan noble, tan querido, tan deseable y tan maravilloso como el ideario de la izquierda.

Aquí es donde el alegato se empantana porque cada cual, según sus apetencias y las circunstancias, describe diferentes vaguedades bondadosas como el "auténtico" ideario de la izquierda. Y cada cual describe diferentes "maldades" como la esencia de la repugnante "derecha". A veces nos dicen que la malvada derecha quiere mercados libres y gobiernos no intervencionistas; otras nos aseguran que la derecha lo que quiere es, por el contrario, gobiernos omnipresentes que le impongan a los ciudadanos tal o cual jerarquía de valores y que se entrometan en todos los resquicios de la vida individual, con el abominable fin de favorecer a los ricos y a tal confesión religiosa.

A veces se proclaman "liberales", para al día siguiente condenar el ejercicio de las libertades en algo tan simple como comprar y vender; otro día se erigen en campeones de la tolerancia, pero al día siguiente obstruyen a gritos cualquier debate civilizado.

¿Izquierda moderna? ¡Adelante!, tal vez para lograrlo tendrían que empezar por algo tan antiguo, y tan olvidado, como la honestidad intelectual.

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martes, 5 de febrero de 2008

Energéticos y “guerras de religión”

El concepto “revolución mexicana” es un poderosísimo mito integrador que el general Lázaro Cárdenas consolidó con la expropiación petrolera. Conforme al mito, plantear una reforma energética desde el punto de vista de los consumidores provoca excomuniones fulminantes dictadas por los guardianes de la fe revolucionaria, quienes amenazan con desatar una guerra de religión contra los liberales infieles.

Supongo que el valiente y valioso libro de Macario Schettino, “Cien años de confusión” (1), fue recibido con fingida indiferencia por las capillas intelectuales de México – ya no se diga por los amanuenses de las minorías rectoras del país- porque es un libro peor que herético, que derrumba el mito fundacional e integrador (“revolución mexicana”) alrededor del cual se han sustentado la mayor parte de los arreglos de poder y de reparto de rentas en México de 1937 a la fecha.

La tesis fundamental de Schettino es que la revolución mexicana es un concepto construido a posteriori – principalmente por Lázaro Cárdenas del Río- para dar coherencia a las variopintas revueltas de las primeras décadas del siglo pasado y establecer un sistema corporativista y mercantilista de permanencia en el poder. Palabras más o menos, Schettino propone a Cárdenas como el gran creador del concepto nacional-revolucionario y ubica a la expropiación petrolera como el momento fundacional de ese mito integrador.

Con más o menos rigor, el autor aporta numerosos elementos históricos para desmontar el mito. Se podrán encontrar varias imprecisiones y lagunas en la revisión que hace Schettino, pero la tesis de que la revolución mexicana es una construcción posterior a los hechos, diseñada para controlar e integrar a los mexicanos, así como para repartirse más o menos pacíficamente el poder y las rentas entre unas minorías rectoras, tiene un gran poder explicativo. Rechazarla a priori es como rechazar la teoría general de la relatividad porque en su formulación, en 1905, Einstein cometió alguna pifia matemática.

Mito integrador que se ha convertido en religión institucional, con culto, sacramentos, liturgia, sumos sacerdotes, dogmas, escrituras y santoral. El monopolio estatal petrolero – monopolio extendido más tarde a todos los energéticos- está en el núcleo del mito.

Y los guardianes del culto – como Andrés López- desean fervientemente la gloria de encabezar una guerra de religión, sangrienta si es preciso, en contra de los infieles liberales que osen, siquiera, proponer una reforma. ¿Otra guerra de reforma, pues, con López encabezando a los “cangrejos de la reacción”?

(1) Ficha bibliográfica: Cien años de confusión. México en el siglo XX. Schettino, Macario. México 2007, editorial Taurus (Santillana), 526 páginas.

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jueves, 3 de enero de 2008

China: ¿Cómo evitó el “capitalismo de compadres”?

A diferencia de muchos países de Europa del Este y de fallidos intentos reformistas de varios países de América Latina – incluido México-, los reformadores de la economía china NO buscaron crear un capitalismo “nacionalista”, lo que suele degenerar en mercantilismo, capitalismo de compadres y relaciones corruptas entre la clase política y la naciente clase de negociantes.

Primera lección china: La parafernalia nacionalista y sus mitos son el más grande obstáculo para desatar la productividad.

Una de las principales diferencias entre las fallidas experiencias “capitalistas” de algunos países de Europa del Este y el gran viraje chino hacia la prosperidad fue que los dirigentes del Partido Comunista Chino, a partir del seminal tercer pleno del 11º Comité Central, y especialmente en la conferencia de trabajo previa al mismo pleno – 36 días de intensas discusiones- en noviembre y diciembre de 1978, detectaron que una transformación económica de fondo sería inviable si se sustentaba en el mito popular de que el Estado debe fomentar un empresariado nacional protegiéndolo de la competencia y entregándole, en bandeja de plata, a millones de consumidores como mercado cautivo o territorio de caza.

Por el contrario, la gran reforma de la economía china se apoyó en una verdadera apertura a la inversión extranjera precisamente en áreas estratégicas y prioritarias. Justo en aquellas áreas que tradicionalmente el mercantilismo latinoamericano del siglo XX cerró, y sigue cerrando, a la competencia internacional y reserva para una supuesta clase empresarial autóctona entreverada con la misma clase política (o peor todavía: las reserva para los mismos políticos, como sucede en PEMEX).

La diferencia de incentivos es abismal: en el caso latinoamericano, por ejemplo, se forjó no una clase empresarial sino de cazadores de rentas a expensas de los consumidores; clase que se beneficia de concesiones, fronteras cerradas, barreras de entrada, y cuyo incentivo es mantener relaciones ventajosas con la clase política que otorga los favores e impone las restricciones. En el caso chino el incentivo es la productividad y su acicate es la competencia internacional.

Otra manera de calcular el abismo entre el modelo mercantilista de América Latina y el modelo capitalista de China es ver las reacciones ante episodios de apertura: Pocos ejemplos tan elocuentes de incompetencia mercantilista como el escenificado hace poco por algunos protegidos industriales mexicanos del calzado ante la competencia china. Dan pena, de veras.

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miércoles, 12 de diciembre de 2007

Los comisarios de las conciencias

Por más que quieran disfrazarse de liberales atemperados, los burócratas que maquilaron la reforma electoral al gusto de los políticos de oficio revelan de inmediato su talante controlador y su fundamentalismo autoritario.

Escribí el martes 18 de abril de 2006 lo siguiente: “Frustrado el intento de crear un ‘consejo de sabios’ que vigilase el contenido de los medios de comunicación electrónica, el partido de los conservadores mexicanos – cuya organización insignia es, por ahora, la ‘Alianza por el bien de todos’- desearía ahora hacer del Instituto Federal Electoral una entidad que censure la propaganda política y que tutele la libertad de expresión de ciudadanos y partidos, de acuerdo a las normas de corrección política dictadas por algún Supremo Consejo Conservador”.

La novedad, en diciembre de 2007, es que ya lo han logrado, al parecer, mediante la retrógrada reforma electoral que, quiérase o no, vulnera la libertad de expresión no de los empresarios, no de los dueños de los medios de comunicación electrónica o de sus dóciles empleados, sino de los ciudadanos comunes y corrientes, como usted o como yo.

Incapacitados para entender que el principio fundamental del liberalismo es que cada individuo es el único depositario de su libertad – y no, como falazmente arguyen, que tales depositarios son los partidos, las organizaciones, las iglesias, las empresas, los sindicatos o las clases sociales- y que la libertad no es donación graciosa de algún déspota benevolente o de las burocracias al servicio del Estado o de los políticos de oficio, insisten en que las graves objeciones contra esta reforma electoral son expresión de intereses mercantiles o son el pataleo de unos cuantos ricachones privilegiados. Mentira.

El lunes pasado Agustín Basave Benitez, secretario técnico de la comisión para la reforma del Estado – o como quiera que se llame ese engendro- calificó a buena parte de las objeciones a la reforma como “liberalismo fundamentalista”, un oxímoron tan descabellado como el de “revolucionario institucional”.

Se equivoca Basave al suponer que el liberalismo puede ser compatible con el afán regulador de las conciencias, reflejo condicionado de todos los conservadurismos.

Basave, candidato a diputado por la fallida “Alianza por el Bien de Todos” en 2006, se equivoca también al tratar de defender lo indefendible: La libertad de expresión en una auténtica democracia siempre es individual y nunca es negociable.

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miércoles, 11 de julio de 2007

El terrorismo y sus precursores

Hace diez años el brutal asesinato de Miguel Ángel Blanco Garrido perpetrado por la banda criminal ETA despertó un espíritu cívico de firmeza contra el terrorismo y sus precursores que, a la postre, puso a los etarras al borde la extinción. Después llegó el contemporizador Zapatero con su vacua política de diálogo y los terroristas se fortalecieron.

Ninguna sociedad democrática puede darse el lujo de contemporizar con los terroristas. Por eso, ninguna sociedad democrática debería darse el lujo de ser complaciente con los precursores del terrorismo.

Son precursores del terrorismo, como lo ha demostrado claramente la historia de los últimos diez años en España, todos aquellos que aprovechando las libertades de la democracia se dedican sistemáticamente a minar el estado de derecho que hace posible la misma democracia, sea que lo hagan en la actividad política, sea que lo hagan en los medios de comunicación.

Son precursores de la violencia y de la destrucción terrorista todos aquellos que gozan poniendo en entredicho la institucionalidad de la democracia, sea vituperando a las autoridades legítimas, sea exaltando la violencia, sea justificando conductas delictivas escudados en inflamada retórica ideológica. Son precursores del terrorismo aquellos que, perturbados por la ambición de poder, mandan al diablo a las leyes y a las instituciones que garantizan la convivencia civilizada y las libertades de todos.

Son precursores del terrorismo y de la extinción de la sociedad abierta todos aquellos que propagan deliberadamente falsedades escudados en la libertad de expresión. Son precursores de la violencia y del fin de la democracia quienes desde los medios de comunicación sacrifican las exigencias de veracidad y precisión a cambio de protagonismo y notoriedad.

El brutal asesinato de Blanco, en julio de 1997, en Ermua, comunidad del país vasco en la que ese joven de 29 años era concejal por el Partido Popular, despertó en España un espíritu cívico y de defensa firme e intransigente contra los enemigos de las libertades y de la democracia. Se le conoce como el espíritu de Ermua y fue el origen de un eficaz pacto antiterrorista que logró poner en jaque a ETA…hasta que llegó Zapatero, el bobalicón contemporizador, y ETA volvió por sus fueros.

Lo dijo bien Karl Popper: "Debemos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes".

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lunes, 18 de junio de 2007

Las leyes de pacotilla en el Distrito Federal

Las leyes liberales limitan los poderes del gobierno, las leyes propias de las dictaduras y de las camarillas sectarias le dan poderes omnímodos al gobernante. Son leyes de pacotilla para complacer a reyezuelos.


Habrá quien diga que las leyes y el gobierno del Distrito Federal son "liberales" en materia de manifestaciones públicas. Falso: el gobierno y las leyes locales en las que dice ampararse son profundamente autoritarios. La pésima manufactura de las leyes – específicamente de la Ley de Cultura Cívica- otorga una total discrecionalidad a las autoridades. A mayor poder discrecional menor libertad para los ciudadanos.

Véase la fracción II del artículo 25 que, aparentemente, prohíbe la obstrucción de la vía pública: Dice que es una "infracción contra la seguridad ciudadana…impedir o estorbar de cualquier forma el uso de la vía pública, la libertad de tránsito o de acción de las personas", pero inmediatamente después aclara: "siempre que no exista permiso, ni causa justificada para ello". La ley no define quién expide los "permisos" para obstruir la vía pública ni con qué criterios, pero eso no es lo peor sino lo que sigue: "Para estos efectos, se entenderá que existe causa justificada siempre que la obstrucción (…) sea inevitable y necesaria y no constituya en sí misma un fin sino un medio razonable de manifestación de las ideas, de asociación o de reunión pacífica".

¿Quién define que la obstrucción es "inevitable y necesaria"?, ¿quién decide que la obstrucción no es en sí misma el fin que persiguen los manifestantes sino un "medio razonable"?, ¿qué es "razonable" y quién determina lo que es y lo que no es "razonable"? El Jefe de Gobierno y nadie más.

Queda claro que los redactores de la ley gastaron muchas palabras para decir algo que cabe en una frase: "Lo que diga el Jefe de Gobierno que se puede hacer se permitirá y lo que diga el Jefe de Gobierno que no se puede hacer no se permitirá".

Esa ley de pacotilla se trata del típico decreto dictatorial que le otorga poderes omnímodos – ¡hasta el de conocer las inescrutables intenciones de las personas!- al jefe máximo. Los asambleístas la llenaron de palabrería, tal vez para justificar sus sueldos. En mayo de 2004 se la entregaron en charola de plata al jefe supremo de entonces, un tal Andrés López Obrador.

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jueves, 24 de mayo de 2007

Liberalismo y cofradías

No pertenezco a ninguna cofradía de liberales; mi liberalismo no me lo permite.

El diccionario nos ofrece cuatro acepciones para la palabra "cofradía". Van desde lo piadoso – "congregación o hermandad que forman algunos devotos, con autorización competente, para ejercitarse en obras de piedad"- hasta lo reprobable: "Junta de ladrones o rufianes".

Ninguna de las cuatro acepciones – ni siquiera la más neutra: "Gremio, compañía o unión de gentes para un fin determinado"- me parece que case con "liberal" o con "liberalismo", mucho menos con "libertario".

Para haber cofrades debe haber, supongo, un catecismo doctrinario y más o menos dogmático que los una. Y encuentro que uno de los más grandes atractivos del liberalismo – en el sentido clásico, y europeo, del término no en el equívoco sentido en que se usa el adjetivo "liberal" en la política estadounidense-, es justamente el de no ofrecer catecismos dogmáticos que tengan respuesta para todo. Cosa que, por ejemplo, sí sucede con el marxismo que ejerce su atractivo, por el contrario, gracias a ser un sistema acabado que ofrece – una vez aceptados dos o tres dogmas básicos- una respuesta automática para encajar cualquier hecho en la totalidad del sistema.

Por eso me extraña que, de vez en vez, algún liberal critique las opiniones de otro espíritu libre de su misma especie no aduciendo argumentos racionales o demostraciones empíricas, sino acudiendo al recurso de las credenciales ("autorización competente") para ser liberal, tales como la pertenencia o no a tal asociación, tales como el aval o no de una institución liberal prestigiada, tales como las opiniones pretéritas de algún liberal del pasado que se desearían convertir en verdad revelada, no en verdad descubierta.

Sin embargo, se entiende. Los seres humanos somos gregarios y nos sentimos más cómodos en compañía afín que rodeados de personas hostiles. No se puede llevar el individualismo – requisito del ser liberal- al extremo del solipsismo.

No encuentro una deliciosa cita en la que Chesterton dice algo así como que creció admirando a los liberales y maduró cuando dejó a los liberales por el liberalismo. Lástima, porque estoy seguro de que lo dijo mucho mejor.

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viernes, 9 de marzo de 2007

El Estado y su monopolio de la "bondad"

El legendario Scrooge ahuyenta de mal modo a los pedigüeños: "¡Ya pago impuestos!", como si les recordase: "Pídanle al munificente Estado la compasión que me expropió".


La tradicional virtud judeocristiana de la caridad, merced a la absorción y anulación de las virtudes personales en el gran e impersonal colectivo del Estado, acabó en un sucedáneo de ínfima calidad, rebautizada como "sensibilidad social".

El Estado de Bienestar significa en el fondo que la bondad – en una versión diluida en retórica vacua – se ha vuelto otro de los monopolios del omnipresente Estado. No hay más virtud individual, el hombre se redime dejándose arrastrar por la corriente colectiva y todo lo que se le pide es que se adhiera con más o menos fervor a la consigna dictada por los políticos: "No soy nada sin el Estado".

A diferencia de la que ejercían las abnegadas religiosas y religiosos dedicados, para mayor gloria de Dios, a socorrer el prójimo, la compasión se ha funcionarizado. La ejercen funcionarios a sueldo, como la enfermera – bien o mal pagada por el Estado- que despacha apresurada un medicamento mientras observa inquieta el reloj para no llegar tarde a la asamblea sindical en la que se discutirán las próximas demandas salariales que le harán al "patrón" – que es el Estado- y que habrá de pagar el contribuyente o el beneficiario de la "seguridad social" que es, tal vez, ese mismo paciente a quien se le escatimó una palabra de consuelo porque no estaba estipulada en el contrato colectivo.

Como un residuo de la olvidada caridad – asunto de cada cual con su conciencia o con Dios- abominar del interés, se convierte en el santo y seña de la "conciencia social", del "ser de izquierda", de la "sensibilidad progresista". Paradójicamente, la búsqueda del interés – en un mercado libre en el cual la competencia se hace con reglas iguales para todos- resulta más eficaz para desperdigar el bienestar que toda la fastidiosa retórica colectivista.

¿Por qué será que en las sociedades en las que el Estado se ha abrogado la ejecución de toda virtud, la filantropía desfallece?

Hay que releer a Dickens: El legendario Scrooge tiene la coartada perfecta, ahuyenta a los pedigüeños recordándoles que él paga impuestos. Como si les dijese: "Vayan y pídanle al Estado la compasión para huérfanos y enfermos de la que gentilmente me despojó".

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jueves, 8 de febrero de 2007

El “calorcito” antiliberal

Hay de calores a calores. Una cosa, por ejemplo, es el “calentamiento global”, nueva versión del cataclismo cósmico dizque causado por el progreso (la mejor recomendación que he oído para combatir ese demonio es bañarse con agua fría, como dicen que hace Al Gore), y otra cosa, muy distinta, es el calorcito antiliberal: esa sensación de amparo, como de vientre materno, que nos prometen si nos abandonamos confiados al cuidado de los bondadosos gobiernos.

Ayer en "Asuntos Capitales" Roberto Salinas León se refería al desagradable sentimiento de “desamparo moral” que dicen experimentar algunos ante el énfasis dado por el liberalismo a la libertad individual y a su concomitante responsabilidad, también individual.

Por lo que se ve y se oye la sola mención de que por encima del Estado está la libertad de cada individuo, causa escalofríos en muchas conciencias. En contraste, esas mismas almas piadosas experimentan un tibio regocijo al pensar que el gobierno, el Estado y hasta entidades supranacionales, como las Naciones Unidas (ONU), llenas de sabiduría y bondad, están aquí para cuidarnos aún a nuestro pesar.

Esa arraigada afición al calorcito de la seguridad – que lisa y llanamente es miedo a la libertad y a sus consecuencias- explica el entusiasmo con que algunos proponen el resurgimiento de patrañas tales como la acción del Estado contra los acaparadores y “hambreadores del pueblo”.

También ayer, pero en otras páginas, otro opinante – al que caritativamente llamaré Mínimo Gorki, en memoria del escritor que devino en propagandista de las bondades del socialismo soviético- arrojaba con fruición adjetivos en contra de esos “malvados” que incurren en el “delito” de comerciar con granos, almacenarlos y obtener - ¡qué barbaridad! – alguna utilidad por su trabajo de acuerdo a las “malignas” leyes de la oferta y de la demanda.

Máximo Gorki se envileció cantando las loas del terror implantado tanto por Lenin como más tarde por Stalin en contra los “kulaki”, que no eran otros que los campesinos que osaban oponerse a la colectivización y que guardaban para su propio consumo, o para comerciar con ellos, los frutos de sus cosechas. Millones murieron de hambre en esa lucha que el Estado soviético decía llevar a cabo en contra del hambre. Al final, el objetivo se logró: Los graneros quedaron vacíos, los “acaparadores” muertos o presos en los helados campos siberianos y el hambre asoló todo el territorio soviético. Ah, el calorcito del Estado protector.

Mínimo Gorki, el nuestro, no va tan lejos. Sólo califica de “ruines”, “ratas”, “traidores a la patria” a los presuntos acaparadores de maíz y, ya en plena efusión calorífica, propone: “Yo no digo que debamos ahorcar a los acaparadores, pero sería formativo darles una arrastradita por el primer cuadro, unas buenas cachetadas guajoloteras, diez mil zapes estilo maestro de primaria…”.

El calorcito incluye un poco de faramalla – “charla artificiosa encaminada a engañar”- como ésa. Nada terrible, sólo efusiones demagógicas para darle al pueblo tortillas y circo. Calorcito.

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domingo, 21 de enero de 2007

Recuperar nuestra mejor Constitución, la liberal

La mejor Constitución que ha tenido México es la de 1857. Su esencia liberal, para nuestra vergüenza y desgracia, ha sido traicionada sistemáticamente desde el régimen de Porfirio Díaz hasta nuestros días.


Ayer el historiador Enrique Krauze publicó un excelente artículo recordándonos que el próximo 5 de febrero se cumplirán 150 años de la promulgación de la Constitución de 1857. Un recordatorio más que oportuno ante la pertinacia con que nuestra clase política e intelectual desdeña y hasta denosta lo más valioso de nuestra tradición histórica: La corta vigencia del liberalismo durante la República Restaurada.

El 11 de septiembre pasado publiqué en estas Ideas al vuelo (“Renovar el acuerdo liberal”) lo siguiente:

“Necesitamos acercarnos más a la Constitución de 1857 para renovar y corregir con inteligencia la de 1917. Necesitamos superar las desviaciones, contrarias al Estado de Derecho liberal en que incurrió México a lo largo del siglo XX. (…)
“México cuenta, en su tradición liberal del siglo XIX, con la mejor fuente de inspiración para insertarse plenamente en el siglo XXI, en el siglo de la globalización, que será también en el siglo de las personas; no de las colectividades. Por ello, gran parte de la modernización de México tiene mucho de restauración de los valores que inspiraron a la República restaurada.
“Principios básicos del Estado de Derecho liberal:
“1. Supremacía de la Ley. Todos (gobierno y ciudadanos) estamos sujetos a la Ley.
“2. Un concepto de justicia fundado en los derechos individuales – y no en vagos y engañosos "derechos sociales", que son de todos y de nadie- con énfasis en la adjudicación interpersonal (propiedad privada). Una justicia sustentada en el cumplimiento de los estándares y procedimientos establecidos por la misma Ley.
“3. Restricciones a todo poder discrecional. La discrecionalidad más dañina es la del Poder Ejecutivo, porque sus efectos sobre los ciudadanos son inmediatos e inciertos. Pero también hay que combatir la discrecionalidad del Poder Legislativo, que si bien no siempre genera un daño inmediato provoca incertidumbre, y la discrecionalidad del Poder Judicial que si bien no es incierta, genera daños inmediatos sobre el ciudadano afectado.
“4. Independencia judicial efectiva, con certidumbre por la permanencia de la ley, independientemente de coyunturas y circunstancias.
“5. Balances y contrapesos efectivos entre los poderes, para que nadie pueda ceder a la tentación de la arbitrariedad o del poder omnímodo. Todo poder debe estar restringido por otros, y de esa forma el poder estará, en última instancia, en los ciudadanos y no en los gobiernos.”


La más que lamentable confusión del liberalismo clásico con las artimañas de la masonería y con un obtuso anticlericalismo abonaron al desprestigio del término “liberal”. A ello súmese la gran ignorancia de la opinión ambiente (que identifica, con frecuencia, “ser liberal” con “ser libertino”) y se comprenderá que deberíamos empezar por entender qué es el liberalismo clásico y cómo se opone, por igual, al conservadurismo y al socialismo (ver el formidable alegato de Hayek: Why I'm not a conservative, aquí).

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