jueves, 10 de abril de 2008

Un poquito de solidaridad, por favor

¿No habrá en la izquierda mexicana – antigua o moderna- un alma caritativa que impida que el señor López siga haciendo el ridículo?

No lo entiendo. Se supone que un ingrediente esencial de las "sensibilidades progresistas" – esto es, de la izquierda- es la infatigable voluntad de hacer el bien a los demás, corregir injusticias, deshacer entuertos y levantar a los caídos. ¿Por qué, entonces, los izquierdistas mexicanos permiten que uno de sus personajes emblemáticos, el señor Andrés López, se siga exhibiendo en los medios de comunicación para ser motivo de befa y escarnio de los perversos derechistas?

Detengan esa masacre.

Ya había quedado claro, en una memorable entrevista en un noticiario matutino de la televisión con el joven Loret de Mola, que el señor López no las trae todas consigo – para decirlo suavemente – y que tiende a quedarse desarmado ante cualquier pregunta u observación medianamente aguda. Se supondría que algún inteligente correligionario del señor López, advirtiendo lo dañino que resulta esa exhibición de miseria intelectual para la causa de la progresía, habría intervenido, solidariamente cual debe de ser, para que en el futuro se evitasen tales bochornosos incidentes. Y también para que los cercanos a López le pusiesen a buen recaudo y buscasen ayuda competente para evitar que se siga infligiendo daño. Mucha defensa de la soberanía, de la patria, del petróleo y de las sentidas tradiciones, pero ni una elemental medida de solidaridad hacia el correligionario en apuros (esta fórmula, "en apuros", como descubrió Guillermo Sheridan, es el eufemismo favorito de quienes ponen títulos en español a las películas extranjeras; así, Hamlet es "un príncipe en apuros" y que Shakespeare nos perdone).

El miércoles, por la radio, Sergio Sarmiento entrevistó – por llamarle de alguna manera- al señor López acerca de la reforma propuesta por el Presidente Felipe Calderón para Pemex. Un desastre, para López. Gran diversión para la mayoría del auditorio que escuchó cómo cada pregunta pertinente era respondida con balbuceos sin sentido. Hagan de cuenta que Sarmiento estaba tratando de sacarle agua a las piedras o entrevistando a un señor al que acababan de aplicarle electrochoques masivos.

No entiendo a los paladines de la izquierda (moderna o antigua, lo mismo da en este caso) que no detienen, por solidaridad ya que no por caridad, esta masacre.

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martes, 31 de julio de 2007

La ruido-difusión y el hartazgo de la política

¿Cuál es el sentido de repetir miles de veces, en decenas de estaciones de radio y en “cápsulas” de 30 segundos, el mismo mensaje durante meses?, ¿los promotores de esos anuncios ya calcularon el efecto de hartazgo y rechazo que provocan? Tal vez no les importa porque no es su dinero el que se desperdicia…

“Hola, les tengo una buena noticia. A partir de ahora…usted dejará de escuchar este anuncio con el cual el Senado de la República le ha atosigado durante las últimas doce semanas a todas horas del día a través de la radio, para decirle que se aprobó el no cobro de comisiones de bancarias para quienes les depositan un sueldo de hasta $8,300 pesos al mes. En el Senado alguien, por fin, cayó en la cuenta de que en lugar de mejorar la deteriorada imagen de los legisladores, la machacona repetición ha logrado hartar a los radioescuchas y reforzar la percepción de que los senadores, como la mayoría de los políticos, desperdician los escasos recursos públicos. Ya era justo”.

No, nunca escucharemos un mensaje semejante por la radio. Tampoco escucharemos algún anuncio de que por fin, tras 70 años de existencia, desaparecerá la “Hora Nacional” porque alguien se dio cuenta no sólo del fuerte tufillo totalitario de esa ocurrencia – un mensaje único producido por el gobierno difundido en todas las estaciones de radio durante una hora- sino también de su absoluta inutilidad, aun en términos de propaganda.

En sus inicios la radio despertó de inmediato el afán controlador de burócratas y políticos tanto en Europa como en Estados Unidos y hubo quien aseguró (sir William Preece en 1899) que “lo peor que le puede ocurrir a este invento es ir a parar a las manos de una compañía (privada). Basta ver qué pasó con el teléfono para convencernos de ello”.

Hubo quien se opuso al afán controlador con un argumento que me parece contundente: “Nos hemos educado en la idea de que el aire es absolutamente libre para todos, ¿por qué habría de dejar de serlo?”, en el Congreso de Estados Unidos, alrededor de 1912.

En buena medida los controladores obsesivos – adoradores del Estado- siguen queriendo restringir el uso del aire y, si los dejásemos, obstaculizarían hasta el libre vuelo de papalotes o cometas. Gracias en buena parte a ellos la radio-difusión parece cada día más ruido-difusión.

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jueves, 1 de marzo de 2007

El aberrante permiso para calumniar

Despenalizar la calumnia no es ningún avance democrático y no abona un ápice a favor de la libertad de expresión.

Con gran tino Carlos Marín calificó ayer de “dictamen aberrante” el que aprobó el miércoles, ¡por unanimidad!, la Cámara de Senadores para despenalizar la calumnia, que ahora sólo sería una infracción dirimible en los juzgados civiles.

No faltará el ingenuo que calcule que esta decisión es fruto de la transición hacia la democracia. Error. Se trata de un terrible retroceso.

Tampoco faltará quien conjeture que, con esta despenalización de una conducta miserable y socialmente corrosiva, se benefician los periodistas que denuncian con valentía las tropelías y los yerros de poderosos “intocables”. Tal conjetura es insostenible. Nadie necesita mentir, lastimando la honra ajena, para revelar la verdad.

En realidad los destinatarios de esta insólita propuesta – minimizar socialmente la calumnia, al grado de dejarla impune- son otros. Pocos pero poderosos.

Haré una analogía extrema. En el sistema carcelario de la Unión Soviética – Gulag- había una estrategia de supervivencia muy socorrida por los presos comunes y en la que cayeron también algunos presos políticos: La colaboración con el carcelero – en último término, con Stalin- a cambio de aliviar en algo las frecuentemente mortales condiciones de vida y trabajo en los campos de reclusión. A esto se le llama en ruso: “Pridurki”.

Alejandro Solzhenitizin condena duramente la conducta de los “pridurki” y admite con pena que, en algún momento en sus años de reclusión, él fue cooptado por sus carceleros. En cambio, otro ex prisionero político, Lev Razgon, argumenta que ese colaboracionismo en ocasiones estuvo moralmente justificado, no sólo por razones de estricta supervivencia, sino porque permitió, a veces, aliviar algunos sufrimientos.

Allá cada cual y su conciencia.

En México hoy habrá tal vez medio centenar de destacados colegas periodistas – en especial, entre quienes escriben columnas diarias- que como parte de la lucha por la vida - ¿supervivencia?- suman a sus escritos cotidianos intervenciones en la radio y la televisión. No es ningún secreto que con frecuencia los dueños de esos medios electrónicos – o sus personeros- les instruyen acerca de qué personajes merecen ser perseguidos por la jauría mediática – lo que incluye, con harta frecuencia, la calumnia- por interferir con los intereses de esos dueños.
La decisión de los senadores constituye una herramienta valiosa para el trabajo de los “pridurki”. Así de sencillo. Así de miserable.

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